lunes, 9 de septiembre de 2024

1. ¿Por qué, en pleno siglo XXI, los hombres rechazan a las mujeres, y las mujeres a los hombres?

 


Antes de comenzar, dos avisos:

1) estos artículos hay que leerlos en su conjunto, con perspectiva global, y sin saltarse el orden. Es algo que repetiré al comienzo de cada uno de ellos.

2) como saben todos los que siguen este blog, soy cristiano, pero estos escritos sirven tanto como para los que lo son como para los que no, por esta razón: hay muchos puntos en común e infinidad de denominadores en común en lo que concierne en las relaciones sentimentales entre hombres y mujeres. Si creyentes y no creyentes coincidimos en muchas aseveraciones, es porque, al igual que dos matemáticos distintos afirman que dos más dos son cuatro, la mayoría hablamos desde la lógica más elemental, sin habernos dejado influenciar por dogmatismos ni ideologías postmodernistas.
El hecho de que yo sea cristiano –con las diferencias e implicaciones éticas y morales que eso conlleva en aspectos muy concretos-, las deducciones a las que llegamos en este tipo de materia son tan básicas que no se pueden negar desde un punto de vista empírico. La historia y la literatura lo atestiguan.
Ahora bien, aunque no voy a incluir nada de teología, irás viendo que incluiré diversos links a otros de mis escritos, para aquellos que quieran profundizar en los mismos, pero ya desde una óptica cristiana. Y en otra serie de artículos que estoy a punto de terminar, el año que viene publicaré otros diez, pero ya completamente específicos para cristianos sobre qué es ser un hombre y cómo serlo.
Sin más, comencemos.

En pleno año 2024, las causas por las cuales hombres y mujeres se rechazan mutuamente para establecer una relación formal y de por vida, son muy claras. Cuando se conocen el uno al otro, ven todo tipo de características que les provocan repudio; algunas se dan más en ellos y otras en ellas:

- Observan personas inmaduras, díscolas o con desequilibrios emocionales muy acentuados, que un día están por las nubes y otro por los suelos.

- Observan personas que no quieren comprometerse y se mueven por impulsos. Prima el aquí y el ahora. Hoy están, mañana puede que no.

- Observan personas que desprecian la idea de formar una familia. Prefieren un animal de compañía que tener un hijo.

- Observan personas promiscuas que no les generan confianza.

- Observan personas que se exhiben en las redes sociales: unas buscando beneficio económico, y otras por vanidad y puro lucimiento, para así hallar validación, autoestima y dopamina.

- Observan personas que son consumidores de pornografía, que les lleva a considerar normal todo tipo de perversiones enfermizas.

- Observan personas que son pura hipergamia, siempre a la búsqueda de alguien mejor y con unos estándares desmedidos, tanto a nivel físico, social y económico. Al resto no los consideran válidos. Buscan el tipo de hombre y mujer que solo lo conforman el 0,1% de la población mundial, cuando ni siquiera ellos son parte de ese porcentaje, sino del 99,9% restante.

- Observan personas superficiales, que no salen de los chismorreos, los deportes, la música vulgar y los programas televisivos.

- Observan personas iracundas, que a la mínima saltan verbalmente a la yugular.

- Observan personas tóxicas: egocéntricas, controladoras, manipuladoras, narcisistas, mentirosas, posesivas, histriónicas, traidoras y carentes de empatía.

- Observan personas emocionalmente dependientes o codependientes.

- Observan personas que no saben divertirse si no hay abundante alcohol de por medio.

- Observan personas que solo les quieren para una noche.

- Observan personas que compran servicios de prostitución.

- Observan personas que están a favor de las relaciones abiertas.

- Observan personas ofuscadas con la ideología de género, donde ya no saben qué es un hombre y una mujer, y van promulgando treinta y siete géneros.

- Observan personas que solo piensan en trabajar y en ganar más dinero, sin interés por las relaciones humanas.

- Observan personas sin deseos de adquirir riqueza interna.

- Observan personas interesadas, que no se preocupan por el otro como ser humano, sino que solo quieren aprovecharse y vivir mejor a costa del otro.

- Observan personas obsesionadas con el físico, o lo contrario: dejadez absoluta.

- Observan personas sin valores, que le conceden más importancia a un animal que a un feto humano.

- Observan personas que no tienen metas, ilusiones ni proyectos, y lo que les mueve es únicamente el ocio en sus más diversas formas.

- Observan personas emocionalmente frías, incapaces de demostrar amor.

- Observan personas que no saben distinguir entre el enamoramiento inicial y el amor maduro que le sigue.

- Observan personas que han perdido la cuenta de cuántas relaciones han tenido.

- Observan personas sin capacidad para resolver problemas.

- Observan personas que solo saben hablar de sí mismas, pero no escuchar.

- Observan personas que no cumplen esos votos que hicieron en el que consideraron el día más feliz de sus vidas: “prometo serte fiel, en las alegrías y en las penas, en la salud y la enfermedad, todos los días de mi vida”.

- Observan personas que no dejan de elegir mal, al típico bad boy o bad girl, y que no lo hacen ni caso a los good.

- Observan personas que vienen de vuelta de todo, tan quemadas, a causa de malas experiencias, que hieren a los demás.

- Observan personas que se pasan horas y horas semanales consumiendo vídeos de TikTok con puras sandeces.

- Observan mujeres masculinizadas y hombres feminizados, tanto en sus maneras, lenguaje y comportamiento.

- Observan personas que consumen sustancias estupefacientes, sean consideradas legales o ilegales en sus países de origen.

El porcentaje de personas que podemos encuadrar en estas conductas, ha crecido exponencialmente en los últimos años de manera desproporcionada. Aunque todo explotó tras la revolución sexual de los años 60, la degeneración en esta década ha sido dantesca.
Es la sociedad que tenemos: infantiloide, neurótica, adicta a las nuevas tecnologías y con la mente llena de basura. Con los atributos nombrados, es normal, lógico, y hasta sabio, huir de esta clase de individuos.
Por todo esto, muchos hombres y mujeres no quieren saber nada el uno del otro para una relación seria.

Lo que esto ha provocado... y provocará
Además, para ambos es jugársela:

- El hombre no tiene presunción de inocencia, y basta una denuncia para ir al calabozo durante 48/72 horas. Si se divorcia, a menos que se tenga firmado una separación de bienes, tendrá que repartirlos con su ex, tanto lo concerniente a la parte económica como a la material. Y si tiene hijos, tendrá que pagar una manutención sin apenas poder ver a su retoño.

- Por su parte, la mujer se arriesga a ser abandonada tras haber sido usada como un trozo de carne o tras el embarazo, donde deberá criar sola a su hijo y tendrá serias dificultades para encontrar a un hombre que quiera estar con una madre soltera.

Por desgracia, es lo que se contempla en este siglo. Y la cosa va a peor, donde los dos sexos, a nivel individual y colectivo, tienen su parte de responsabilidad. En otras ocasiones, es el sexo opuesto el que, mayormente, es el causante. Por ejemplo: en el hecho de que haya mujeres endiosadas, que se muestran medio desnudas en Internet y/o narrando sus vidas a cada minuto, buena parte de la culpa hay que atribuírsela a todos esos hombres que no dejan de adorarlas, con esa atención que les ofrecen con comentarios y halagos. Este tipo de varones son los que, en la jerga de Internet, se conocen como simp.
Con todo lo descrito, ya no sorprenden que los matrimonios hayan descendido un 50%[1] y que, por ejemplo, en España, el 60% de estos terminen en divorcio[2], lo que supone cada año entre los ochenta y cien mil. Y así en todo Occidente.
Todo esto, a menos que haya un cambio radical, va a acabar con la destrucción de la base de la sociedad: la familia. Si sumamos a lo citado, las dificultades para independizarse, el precio desmesurado de la vivienda y la inmigración descontrolada, el resultado es obvio. Al final, en Occidente, seremos sustituidos por los musulmanes, que, nos guste o no su religión, conservan dicho cimiento –la familia-, y que tienen de media cuatro hijos por cada uno de los ciudadanos autóctonos. Es solo una cuestión de números y estadísticas, a medio y largo plazo.

Continúa en Cómo el feminismo radical está distorsionando las relaciones entre hombres y mujeres: https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2024/09/2-como-el-feminismo-radical-esta.html

lunes, 2 de septiembre de 2024

¿Qué tiene que decir el cristianismo sobre la supuesta caída de Occidente a manos del Islam? (2ª parte)

 


Venimos de aquí: ¿Caerá Occidente a manos del Islam? Según Arturo Pérez-Reverte, sí. pero... (1ª parte): https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2024/08/caera-occidente-manos-del-islam-segun.html

¿Es posible romper con el pasado?
Según me ha contado también José Ángel en alguna ocasión, y ha dejado por escrito en varios de sus artículos –los cuales recomiendo-, los hijos de inmigrantes de origen árabe y religión islámica, al criarse en una cultura totalmente diferente, como es la nuestra, están rompiendo con las costumbres que traen los progenitores de sus lugares de origen.
Hace escasos días, tras encontrármelo casualmente por la calle, me numeró esta serie de particularidades: narró que muchas de estas jóvenes van a la piscina con sus amigas españolas del instituto, salen con chicos españoles, se casan con chicos que no son musulmanes, visten con minifalda, llevan el pelo suelto (algo que yo mismo he comprobado) y no van de vacaciones con sus padres a Marruecos; país que ni conocen ni al que quieren ir. Como le dije, sería muy llamativo contemplar in situ cómo reacciona un padre practicante, acérrimo del Islam, ante la “rebeldía” de su hija.
De nuevo, José Ángel y Arturo aquí tienen ideas diferentes, y mientras uno se muestra esperanzado, el otro expone una cara completamente desolada:

- “La esperanza para la deseable plena integración está en las segundas generaciones de esas familias que emigraron a Algeciras desde Marruecos hace poco más de veinte años. Esos jóvenes, nacidos y educados en España, ya han optado o no por el islam de manera libre y personal. Saben lo que es la libertad de expresión, y no la cambiarían por nada. Quieren formarse académicamente hasta donde se lo permitan sus neuronas. Opinan sobre política española y votan. Creen que un musulmán o una musulmana no tiene por qué vestir de una manera especial. Aprueban los valores que consagra la Constitución. Admiten los matrimonios mixtos. No tienen inconveniente en tomar algo de alcohol o, al menos, sentarse en mesas donde otros sí lo beben. No conciben que a nadie se le pueda obligar a abrazar una fe determinada. Y, lo más importante, no ven que el islam esté amenazado ni que vaya a desaparecer: por eso tal vez no refuerzan los signos externos de identidad islámica, como sí lo hacían sus padres”[1], explica José Ángel.

- “Uno de cada dos o tres jóvenes de origen musulmán coloca su identidad religiosa por encima de la nacional –y también la del país de origen antes que el de acogida-, está de acuerdo con la ley islámica y sostiene que la transgresión debe castigarse con dureza. [...] El insumiso se ve condenado a muerte social, boicotean su negocio, marginan a su familia”[2], indica Arturo.

Según Arturo, la identidad religiosa y cultural que traen de serie no tiene arreglo, porque es “imposible” librarse de ella o, al menos, tomar otro camino sin una serie de funestas consecuencias. Según José Ángel, sí es posible.
Sobre estos dos puntos de vista contrapuestos, he leído y escuchado otros muchos, y que se alinean en bandos distintos, por lo que pienso que tal dicotomía se basa en las esperanzas o desesperanzas de cada uno, en cómo perciben la realidad, y en las propias experiencias personales, según el barrio, la ciudad y el país de Europa donde viven. ¿Cuál postura es objetiva y cuál subjetiva? Eso lo dejo en manos del lector, para que reflexione por sí mismo.
El tiempo, juez implacable, nos dirá hasta qué punto esta ruptura con lo antiguo se normaliza y expande, o si se queda en una minoría anecdótica, y si logran apreciar el legado de nuestra historia, incluyendo las humanidades en todo su esplendor, como el arte, la música y la filosofía.
Por mi parte, y que no se me enfade mi amigo: sus planteamientos, que siempre me encanta leer y escuchar, son loables en grado sumo, y eso es digno de aplaudir y admirar. Ahora bien, conociendo el corazón humano en general, veo sus optimistas palabras un tanto inalcanzables, al menos de forma genérica y en ciertos matices. Eso sí, y permítaseme la licencia science-fiction: desde este lugar del multiverso, le animo a no dejar atrás su animosidad, que falta hace, y mucha.
Tampoco quiero instalarme en el pesimismo absoluto de Arturo. Una vez más, serán los acontecimientos futuros los que nos dirán qué realidad se establecerá, para qué lado se inclinará la balanza o si habrá cierto equilibrio en ella.

¿Es mejor la alternativa moral que tiene para ofrecer Occidente al Islam?
Más allá de todo lo descrito, para mí el problema es más peliagudo. La cuestión es que la moral occidental –dominada por el ateísmo, el hedonismo más exacerbado, el egoísmo y la indiferencia- poco tiene que ofrecer como alternativa y que mejore lo que el Islam promulga.
Es cierto que aquí pueden encontrar una libertad social, unos derechos para la mujer, unas infraestructuras desarrolladas y unas condiciones higiénico-sanitarias y de vida que mejoran en gran manera a las de sus países de origen. Buscan un mundo mejor que el suyo, y no se les puede culpar: nosotros haríamos lo mismo en el caso de vernos en su situación. Y ojo, lo vuelvo a recalcar: con esto no estoy apoyando la suicida y demencial política migratoria actual, sino poniéndome en la piel de ellos. Pero, al fin y al cabo, se trata de dos cosmovisiones que chocan frontalmente: libertad contra represión, libertinaje contra principios, nos gusten estos más o menos. Por citar solo tres ejemplos:

- Mientras que aquí las mujeres reniegan de la maternidad, o abortan si un embarazo llama a la puerta, para ellos la familia y los hijos son sagrados.

- Mientras que aquí la mujer es sexualizada desde la adolescencia y viste semidesnuda, para ellos es un ser inferior al hombre, que debe dedicarse en exclusiva a las tareas del hogar y que no debe mostrar su cuerpo en público.

- Mientras que aquí el sexo prematrimonial, las relaciones abiertas, el consumo de pornografía y las canitas al aire son el pan de cada día, para ellos la poligamia es aceptable si se dan las condiciones adecuadas.

Por eso, ¿asimilar costumbres? ¿Cuáles? Porque si nos referimos a los principios morales, Occidente tampoco es de buen ejemplo. ¿Queremos que asimilen la promiscuidad, el rollito de una noche, el consumo masivo de alcohol y tabaco, que vayan en microbikinis y tangas a la playa, que hagan Top Less entre las masas o que se abran un OnlyFans? ¿Le enseñamos a “normalizar” el aborto para que lo practiquen cuando se queden embarazadas? ¿Los volvemos adictos a los videojuegos y la pornografía? No confundamos enseñarles libertad con libertinaje, que es lo que aquí impera.
Es curioso que ambos se consideren superiores al contrario. La realidad es que la hipocresía y la inmoralidad es un denominador común, puesto que el mal anida en el corazón de todo ser humano.
De igual manera, el cristianismo actual, dividido como nunca, formado por falsos cristianos, sincretismo y “ateos en la práctica”, cuya moralidad apenas se distingue de la sociedad caída, encerrado cómodamente entre cuatro paredes, donde muchos abrazan la ideología de género y los postulados LGTBIQ+, tampoco les resulta una alternativa llamativa; más bien, todo lo contrario. Les genera un rechazo atroz, y con toda la razón.

El mensaje, inalterable, de Jesús para nosotros ante esta compleja situación
Tras el análisis político-cultural que hemos llevado a cabo en estos dos escritos, e independientemente de lo que acontezca en las próximas décadas, no me queda más remedio que volver a lo único que todo cristiano debe tener claro, y que son las palabras de Jesús: “Mi reino no es de este mundo” (Jn. 18:36).
Muchos cristianos “pelean” por hacer de esta tierra la suya, de este mundo el suyo, deshumanizando a los que no son como ellos, considerándolos como bestias salvajes a las que tener bien lejos. Al final, no nos diferenciamos de aquellos a los que señalamos. Y es ahí donde incontables cristianos fallamos –en ocasiones, por ignorancia, en otras, por dejarnos llevar por las emociones más viscerales-, y no hacemos nada por dar a conocer ese “otro reino” a los que andan en este.
Salvo entre los misioneros de algunas congregaciones o denominaciones religiosas, en ninguna iglesia –al menos, que yo conozca-, se capacita a los fieles de a pie para llegar al pueblo musulmán que nos rodea. Yo mismo me considero falto de preparación, y es una laguna de conocimiento a la que, más temprano que tarde, debo poner solución, por medio del estudio. Por eso, reto a todo creyente a cultivarse al respecto. Solo de esta manera podrá ver, al que considera “enemigo”, como un alma perdida, necesitada del Dios vivo, que murió en la cruz para regalar la misma salvación que recibimos nosotros por pura gracia.
Nuevamente Jesús lanzó una declaración de intenciones contundente: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mr. 16:15). ¡Toda criatura! Y eso no excluye a nadie, sea de una raza, etnia, religión o estatus social: “Dios no hace acepción de personas” (Hch. 10:34). Así que es hora de que empecemos a aplicarnos el cuento, y nos confrontemos ante el espejo de nuestra propia alma, en lugar de ir de santurrones altivos. Es hora de dejar nuestros prejuicios –fundados o infundados, con razón o sin parte de ella- y aplicarnos la verdad bíblica, y que está por encima de cualquier creencia política o ideológica que podamos tener.
¿Qué la tarea es ardua? Muchísimo. ¿Qué es un camino fácil? Ni muchísimo menos. Pero el camino a seguir es el que nos mostró, nuevamente, Jesús: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen. [...] Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo” (Lc. 6:27, 32, 33).
¿Cómo hacerlo de forma práctica y concreta? La respuesta daría para otra disertación, y previamente debo reflexionar sobre ella. Cuando lo haga, retomaré esta tesis, pero como no sé cuándo sucederá, sería conveniente que cada cual empezara a hacerlo ya por su cuenta.
Mientras tanto, concluyo estas líneas con las palabras de Alfonso Ropero: “El horizonte cristiano no está limitado por una cerrada geografía de nación santa localizada en un pedazo de tierra, sino que corresponde al horizonte cósmico de un pueblo universal, compuesto por todas las lenguas y todas las razas”[3].

lunes, 26 de agosto de 2024

¿Caerá Occidente a manos del Islam? Según Arturo Pérez-Reverte, sí. Pero... (1ª parte)

 


Aunque no es la primera vez que escucho proclamas semejantes, nunca había leído a un escritor famoso hacer semejantes aseveraciones: según Arturo Pérez-Reverte, en su reciente escrito “Oikofobia: odiar la casa donde vives”, estamos asistiendo, a cámara lenta, pero de forma inevitable e irreversible, a la caída de Europa a manos del Islam, por medio de la inmigración, tanto legal como ilegal. ¿Las causas que él expone? La podéis leer cómodamente en https://www.zendalibros.com/oikofobia-odiar-la-casa-donde-vives/.
Por si hay algún perezoso que no se quiere molestar en leerlo –mi tirón de orejas para él-, le diré que, resumiendo al extremo, entre los motivos, señala la debilidad de los propios ciudadanos europeos, más la cobardía y la colaboración implícita de los gobernantes europeos, junto al miedo de ser acusados por los medios como racistas, islamófobos, fascistas y de ultraderecha.

¿Lleva razón Arturo? Una opinión divergente
Le compartí el escrito de Pérez-Reverte a un amigo, José Ángel Cadelo, algecireño, también escritor, experto en Cultura y Religión Islámica, y que suele abordar sin tapujos dichos asuntos en las colaboraciones que lleva a cabo en el periódico “Europa Sur” –lo que le ha suscitado enemigos por ambos bandos-, para que me diera su parecer.
Me señaló algunos aspectos que no comparte: datos sacados de contexto y tremendamente exagerados, donde Reverte se dirige a un público en concreto, con el que conecta a través del drama y el caos, en una visión apocalíptica. En este aspecto, no lo aprueba, ni aprecia, ni recomienda este tipo de periodismo. Por otro lado, le parece bien que saque a colación ciertos asuntos y que ponga ciertos puntos sobre las íes al respecto de esas políticas buenistas, tanto de Bruselas como de muchos gobiernos europeos, que durante muchos años hemos padecido ante la migración. De esta manera, ve correcto que asuste un poco a la sociedad, para que esa opinión pública demande a sus gobiernos actitudes más duras ante la migración.
Algunos parecen que ya lo están haciendo, aprobando planes para revertir la situación, aunque, por ahora, no se aprecian los resultados porque apenas han tenido recorrido desde que se pusieron en marcha. Conforme se desarrollen, se irá viendo.

¿El sentir de la población?
En el caso de que todo siga igual, el problema se multiplicará, y más si los datos referentes a la delincuencia aumentan, van aparejados a este sector de la población o se les asocia por costumbre –estigmatizando a todos por igual, por medio de esos vídeos en redes sociales que se hacen virales-, que es lo que ya está sucediendo y hemos visto en los últimos años.
Entre los autóctonos, salvo entre aquellos que siguen en la inopia o están ideológicamente lobotomizados, queriendo acoger absolutamente a todos los inmigrantes, ya se percibe un hastío del tema. Esto lo hemos comprobado en determinados conatos de implosión, como aconteció semanas atrás a lo largo y ancho en Reino Unido, con disturbios de considerable violencia, o en manifestaciones pacíficas de miles de personas, como en Gran Canaria, desbordados ante las olas migratorias que padecen. Además, el hecho de que los medios de comunicación tradicionales sesguen la verdad, desinformen, tergiversen o, directamente, ignoren ciertos sucesos –aunque, a decir verdad, no es la única materia en la que manipulan-, aumenta más el furor y el auge de determinadas masas descontentas, que acceden a otras fuentes de información y, a su vez, están perdiendo el miedo al uso de la fuerza, lo cual no es un buen síntoma.
Esta turba, si no se frena a tiempo, apaciguándola, por medio de las medidas adecuadas respecto a la inmigración, puede crecer y explotar como la pólvora. Por ejemplo, si sucediera de nuevo un gran atentado en suelo europeo, o se cometiera un crimen atroz llevado a cabo por personas que se consideren parte activa del Islam, lo sean o no realmente.
Por todo lo citado, y apoyando las palabras de Cadelo, entre las afirmaciones de Peréz Reverte, considero una falacia que diga que “la inmigración ni se debe parar ni es posible hacerlo, porque además de inevitable es necesaria. Sin esa mano de obra, sin sangre nueva, la vida aquí sería insostenible, la economía acabaría yéndose al diablo, la pirámide de población se invertiría de forma monstruosa y la seguridad social sería imposible”. Y yerra porque, si se quiere, la inmigración se puede controlar: solo hace falta voluntad política y los medios para aplicar las leyes.
¿Traer inmigrantes? Sí, pero solo los que pueda absorber el país, y más si están cualificados, en lugar de abrir las puertas de par en par a los más de 1400 millones de habitantes que hay en África. Y no olvidemos la otra cara de la moneda: hay que fomentar la natalidad entre los nacionales con todo tipo de ayudas e incentivos, y para eso es imprescindible un cambio absoluto en las políticas económicas de este país, que no para de despilfarrar millones y millones de euros en puras sandeces o en proyectos no prioritarios. Menos gastárselos en promover la cultura de la muerte, que enseña a la mujer a acabar con la vida del bebé que lleva en su vientre, y más ayudar a los padres. Si esto no se lleva a cabo, la sustitución poblacional, aunque tarde varias generaciones, sí que se convertirá en inamovible, siendo nosotros los extranjeros, donde pasaremos a ser lo que ya muchos denominan Eurabia.

¿En qué aspectos queremos que se integren los musulmanes?
Queremos que se integren. Pero, ¿qué entendemos por integración? Que respeten las leyes y no delincan, lo que incluye todo lo básico y de sentido común: no robar, no matar, no violar, no dedicarse al tráfico de drogas y no ocupar propiedades ajenas. Que no traten de establecer la Sharia, como ya sucede en algunas barriadas de Londres, sino que respeten los derechos humanos. Que acepten el sistema democrático europeo, y que no traten de establecer un Califato, como pidieron públicamente en una manifestación en Hamburgo. Que permitan a sus hijas trabajar fuera del hogar si lo desean y casarse por amor con quienes quieran, en lugar de obligarlas de forma concertada con algún primo o por interés. Que no les amputen sus genitales. Que no se las obligue a llevar un hiyab, sino que luzcan su rostro como les plazca. Queremos que no vengan de manera descontrolada o, simplemente, a vivir de los recursos del Estado, sino de forma proporcional y con el deseo de aportar al bienestar social general.
En definitiva, lo mínimo que se le pediría a cualquier persona civilizada, proceda de una parte del mundo u otra. Y eso es algo que, para que todo cambie, se debería enseñar desde la misma infancia en los colegios a esos jóvenes que han nacido aquí, aunque sean de padres inmigrantes.

¿Es posible el multiculturalismo?
Aquí Arturo y José Ángel difieren, al menos en el trasfondo. El primero dice: “El multiculturalismo es un cuento chino. La Historia demuestra que unas culturas empujan a otras impregnándose de ellas, pero siempre acaba imponiéndose la más vigorosa”. Al respecto, siempre se ha citado a Toledo, conocida como la “ciudad de las tres culturas”, donde vivían musulmanes, judíos y cristianos, como ejemplo de convivencia pacífica en los siglos XII y XIII. Sin embargo, muchos historiadores consideran esto como una fake news: coexistían, pero no convivían, y aunque en lo cultural hubo grandes frutos, tenían considerables refriegas violentas. Según Arturo, en el momento en que numéricamente unos son más, prevalecen, y los contrarios terminan siendo súbditos, en mayor o en menor medida, donde hay salvadas excepciones y que no representan la norma.
Por su parte, Cadelo, en contraste, hace este apunte, junto a la única solución posible, tomando como ejemplo nuestra ciudad: “Los escasos problemas de convivencia que surgen, en ciudades como Algeciras, entre los miembros de unas y otras civilizaciones, no tienen nada que ver con las religiones respectivas ni el modo de dirigirse a Dios; más bien, con la herencia cultural y política de cada comunidad. Ha quedado demostrado que seguidores de diferentes tradiciones espirituales (también los agnósticos y los materialistas) son capaces de coexistir e incluso mantener una cívica y suficiente relación de vecindad. Eso es evidente; pero la verdadera convivencia exige necesariamente que todos los colectivos implicados en ella compartan, como mínimo, una misma idea de libertad, de respeto a la libertad del otro, de diversidad y de tolerancia. [...] Existen ciudades en otros países europeos con una presencia histórica de inmigrantes, en las que musulmanes, hindúes, cristianos, budistas, judíos y otros van a los mismos bares y salas de fiesta, asisten juntos al cine, opositan a las mismas plazas, comparten departamentos en las facultades, se apuntan a los mismos talleres de teatro o danza, votan y se presentan como candidatos, se casan entre ellos y hasta participan juntos en las fiestas de sus respectivas tradiciones: la Navidad, el Año Nuevo Chino, la Fiesta del Cordero, el Holi, el Sucot... [...] Pero para que llegue ese día aún tienen las diferentes comunidades que aprender mucho más las unas de las otras, profundizar en la razón de las diferencias culturales y superar algunas barreras y tabúes de origen histórico. Para entonces la condición de ciudadano estará por encima de la de musulmán, cristiano, ateo o agnóstico. De eso se trata”.

Cada uno es libre de quedarse con una opinión u otra. Y para eso seguiremos profundizando en la continuación.

Continuará en “¿Qué tiene que decir el cristianismo sobre la supuesta caída de Occidente a manos del Islam? (2ª parte)