martes, 31 de julio de 2018

El peligro y las consecuencias de admirar a los famosos que “triunfan” en la vida


La chica de arriba a la derecha es una modelo, y la de la esquina inferior izquierda es una cantante que participa en conciertos y fiestas juveniles imitando a su ídolo Shakira. Ambas tienen 12 años. Dos sencillos ejemplos que me sirven para escenificar todo lo que voy a exponer.

Cada día que pasa me encuentro con un mayor número de noticias en la prensa generalista dedicada a los que la sociedad considera personas famosas, sean actores, cantantes, deportistas, toreros, millonarios, e incluso “religiosos”. Hasta hace una década, esto era prácticamente exclusivo de la llamada prensa amarilla que se dedicaba al puro y duro sensacionalismo. Lo llamativo es que hoy en día ya no ocupan un lugar reducido ni son un apéndice más, sino que en muchas ocasiones forman parte de la portada principal y se sitúan al mismo nivel que otras informaciones realmente importantes y de calado nacional e internacional.
En este mundo del famoseo se incluye sus alegrías y desdichas, que abarca desde conquistas sentimentales, escándalos amorosos, problemas de pareja, sus matrimonios, sus divorcios, la ropa que visten de arriba a abajo, el nuevo coche y la nueva casa que han adquirido, el lugar de sus vacaciones, sus nuevos peinados, sus operaciones de cirugía plástica, y prácticamente todo lo que podamos imaginar.
Basta con ver los programas dedicados al deporte rey en Occidente: el fútbol. Hace unos años lo más importante era mostrar las imágenes de las jugadas y los goles, pero ahora lo preeminente es la polémica extradeportiva, los sueldos astronómicos, el look que lucen, el lugar a donde van a cenar, las fotos de sus novias en bikini o semidesnudas, sus agentes, la firma de sus contratos, etc. Como ya dije en Fútbol: ¿Juego o idolatría? (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2014/05/futbol-juego-o-idolatria.html), este deporte como juego me encanta –tanto verlo como jugarlo-, pero me asquea todo el dinero que mueve y las actitudes de muchos aficionados.

Las causas
Curiosamente, y mientras tanto, las personas se sienten cada vez más atraídas hacia este tipo de espectáculos. Como si fueran espectadores del Show de Truman, asisten hechizados ante la vida de estos individuos. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué les motiva inconscientemente a ser parte del público? Algunos dirán que por morbo –el cual vende y ofrece suculentos beneficios económicos para los que lo explotan y viven de ello-, pero la inmensa mayoría afirma que es por entretenimiento y diversión, hasta el extremo de señalar que les proporciona temas de conversación con los amigos.
Los que han estudiado carreras de marketing y sociología (que son los que manejan la publicidad de las empresas y de los medios de comunicación) saben muy bien qué fácil es mover a los seres humanos, tanto como parte de una masa como a título individual. Basta con que se les proporcione la zanahoria que más les gusta y los tendrán caminando en la dirección que ellos marquen. Como conocen muy bien la mentalidad humana, saben qué teclas emocionales tocar. Para saber qué botones pulsan en nosotros y cómo estamos siendo manipulados, veamos cuáles son los deseos más profundos de las personas:

a) deseo de pertenencia (sentirse parte de algo).
b) deseo de ejemplos a imitar (ídolos que seguir).
c) deseo de aceptación (sentirse amado por otros seres humanos).
d) deseo de trascendencia (sentir que su paso por este mundo tiene sentido y propósito).

¡Esto es lo que son y proporcionan los famosos al resto del pueblo llano! ¡Los famosas representan lo que muchos querrían ser y tener!:

- Son parte de algo, de una especie de élite que destaca sobre la media, y que por ello obtiene reconocimiento ante la sociedad. En el fondo, son amados y admirados. ¡Justo lo mismo que desea todo corazón!
- Son el ejemplo a seguir para muchos que anhelan lo que ellos tienen: profesiones exitosas, dinero, vidas glamourosas, ropa hermosa, cuerpos fibrados y esbeltos, novios y novias físicamente espectaculares, etc.
- Cuando mueran, serán homenajeados y sus nombres permanecerán en la historia humana. Los habitantes de este planeta desean que sus vidas tengan trascendencia y tienen pánico a que nadie los recuerde o reconozca sus méritos y logros. Por eso millones alardean en las redes sociales de lo maravillosas y placenteras que son sus vidas subiendo decenas de fotos con eternas sonrisas y rostros de felicidad, sea o no verdad. Es la táctica más antigua del mundo y que con Internet ha cobrado una nueva dimensión global.

Estas que hemos vistos son las ideas que esconden las verdaderas causas del porqué se siente atracción hacia los famosos. Aunque sin cometer sus errores, ¡se desea ser como ellos! ¡Nadie desea ser invisible! ¡Les da miedo! ¡Todos desean amor, reconocimiento y admiración!
Cualquiera que sea mínimanente avispado ya habrá reconocido los puntos concretos en que todo esto afecta en sentido negativo y en los cuales los cristianos deben cuidarse para no dejarse influenciar, puesto que las personas tendemos a imitar a aquellos que admiramos: “Los estudios mas recientes en el campo de la enseñanza secular revelan que la presencia de un modelo sigue siendo la dinámica de aprendizaje más importante. En el desarrollo de la conducta humana, ´la motivación de parecerse a una persona que admiramos` está por encima de la coacción y la recompensa. El nivel mas bajo de aprendizaje es el de la sumisión o conformidad, cuando una persona controla a la otra. El segundo nivel es la identificación. Puede haber influencia porque existe el deseo de que la relación sea satisfactoria. El tercer nivel y el mas alto es el de la interiorización, porque la conducta deseada se ha convertido de forma intrínseca en algo gratificante. Cuando se ofrece un modelo se crea un ambiente que afectará a los valores, las actitudes y la conducta[1].

Los valores sentimentales, sexuales y la forma de vestir
El corazón del ser humano fue creado para darle la gloria a su Creador: “Todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hice (Is. 43:7). Cuando esto no sucede, el corazón busca otras maneras de cumplir ese propósito y llenar el vacío consecuente, por lo que termina adorando cualquier otra cosa, sea una persona, actividad u objeto. La cuestión es que el corazón no tiene en cuenta si –en el caso de ser una persona- es alguien infiel, promiscuo, libertino, favorable al aborto, a la legalización del consumo de drogas o si ha defraudado a Hacienda. Se le exalta por sus cualidades externas, aunque su ética sea repugnante.
Por citar un solo ejemplo: Gerard Piqué, el polémico jugador del Barcelona pero admirado por muchos. Mucho tiempo después, él mismo reconoció en una entrevista que, cuando comenzó su relación sentimental con Shakira –su actual pareja-, ella tenía novio desde hacía muchos años[2]. Lo curioso es que, aunque fue cosa de los dos (él se entrometió y ella dio el paso a la velocidad del rayo), nadie los criticó. ¿Por qué? Porque ambos son muy populares, adinerados, guapos y exitosos. La ética de ambos no le importa a nadie, y esto es un craso error porque lo uno va intrísecamente unido a lo otro. Son la misma persona, no dos. Cuando alguien le pide un autógrafo o se hace una foto con la persona que dice admirar, no lo hace solo con el que marca goles o canta muy bien, sino con el que, a la vez, es inmoral, infiel, promiscuo, deslenguado o estafador.
Tras este caso concreto, a los padres que tienen hijas jóvenes les haría esta pregunta: ¿Qué les parece que sus pequeñas admiren a una chica de poco más de veinte años como Ariana Grande –entre otras muchas “artistas”-, cuyas letras de algunas de sus canciones son de carácter sexual y que viste en sus conciertos como si fuera una conejita de playboy? Por el hecho de que luego la vean visitar un hospital tras el atentado de Manchester o haciendo alguna obra social –lo cual es loable-, ¿pasarán por alto el trasfondo de sus valores perniciosos que atentan contra la ética cristiana más básica? ¿Es el ejemplo que quieren para sus hijas? ¿Responderán que es una etapa de la vida, que ya pasará? ¿No sería mejor educar desde el principio en lugar de evadir la propia responsabilidad y achacarlo todo a la edad del pavo? ¿Es que no se dan cuenta de la hipersexualización que se está llevando a cabo en los medios de comunicación, en las películas y en las series, con modelos, bailarinas y actrices infantiles y adolescentes que son presentadas como Lolitas, y que sus hijas ven y asimilan como algo normal?
No es fruto del azar que en youtube haya miles de vídeos donde crías de 6 a 15 años bailan como si fueran gogós. Sencillamente, se dedican a imitar lo que han aprendido de “adultos” sin sabiduría alguna como la citada Ariana, y otras como Rihanna, Miley Cyrus, Selena Gomez y todas las que van surgiendo año tras año. Y todo esto con la permisividad y pasividad de los progenitores, que no controlan lo que sus hijos e hijas ven y escuchan en Internet y en la televisión.
Basta con ver cómo visten hoy en día muchas mujeres –con edades comprendidas entre los 10 y los 40 años (no todas, ni muchos menos, gracias a Dios)-, y las fotos que suben a las redes sociales: posando como si fueran la portada de una revista erótica, con ropas minimalistas y enseñando todo lo que pueden y más por puro lucimiento.
Pocas cosas hay más vacías e inmaduras que estas actitudes (tengan la edad que tengan), cuyo propósito es atraer miradas, sentirse deseadas –un sucedáneo del amor-, y que los demás les digan cuán sexys son para sentirse bien consigo mismas, cuando lo que objetivamente logran es parecer floreros y objetos sexuales. No entiendo el porqué entran en ese juego. ¿Machismo por mi parte? Eso sería si considerara a la mujer una persona de segunda categoría o la despreciara por su género, lo cual dista sobremanera de mi manera de pensar, ya que las valoro internamente más de lo que ellas suelen hacerlo con su propia persona. Solo estoy ofreciendo una muestra de la realidad presente en nuestra sociedad libertina para hacer saltar las alarmas a aquellos que están dormidos. Y todo lo que he dicho sobre las chicas es exactamente igual de aplicable a los hombres y que visten para llamar la atención y decir “aquí está mi esculpido body”.
Con la sexualidad sucede exactamente igual: “La conclusión es que estamos dejando en manos de Internet la educación sexual de nuestros hijos y éstos se están instruyendo en la pornografía. ´Los chicos están copiando los modelos pornográficos que ven en Internet. No hay nadie que les esté dando una visión humanista de la sexualidad porque no invertimos en educación en valores`, se lamenta Marisa Soleto, directora de la Fundación Mujeres[3].
Los psicólogos y educadores advierten que las consecuencias de que los niños tengan una educación sexual basada en la pornografía serán directamente proporcionales a los modelos de sexualidad que vean en las pantallas: dominación, machismo, desprecio de la mujer e incapacidad para vivir una sexualidad que garantice el respeto y el amor. [...] Otra revisión académica, realizada en 2012, da la razón a esta iniciativa ciudadana. Según la investigación ´El impacto de la pornografía en internet en los adolescentes`, realizada por las universidades de California, de Duquesne y West Chester -todas en Estados Unidos-, ´la exposición a material pornográfico en la Red` en edades tempranas ´es causa y consecuencia de la creencia de que la mujer es un objeto sexual (...), distorsiona la realidad de lo que es el sexo y, en varones con tendencia a la agresividad sexual, ésta se ve multiplicada por cuatro`. El informe llega a afirmar que ´aquellos adolescentes que, intencionadamente, consuman pornografía de contenido sexual violento tienen seis veces más probabilidades de ser agresivos sexualmente`. Además, incide en la autoestima. Así, ´las chicas se sienten físicamente inferiores a las mujeres que ven en los vídeos y los chicos dudan de su virilidad`”[4].
Aunque la sociedad lo considere algo bueno, la realidad es que la pornografía está creando monstruos sexuales. Y cuando me refiero a un monstruo no hago alusión a un pederasta o a un violador, sino a alguien externamente normal pero que tiene su mente llena de depravaciones y de sexo ilícito. De estos los hay de todas las edades a partir de los 10 u 11 años. Ellos, a base de una libertad absoluta en su teléfono móvil con acceso a Internet, han aprendido lo peor del ser humano, hasta considerar muchas de las prácticas que ahí se observan como normales. Basta con ver este vídeo de advertencia sobre los menores pornodigitales (https://www.youtube.com/watch?time_continue=59&v=FxrMhLnwCl8) y, a continuación, los comentarios sobre el mismo, donde se comprueba hasta qué punto están denigradas las personas que consideran normal la pornografía. Como dice Pablo al describir al hombre de los últimos tiempos, son impíos y amadores de los deleites más que de Dios (2 Ti. 3:2, 4)
Y no hace falta ni que vean pornografía explícita: hoy en día es extrañísimo que no haya una serie de televisión o una película sin escenas de sexo.
Lo único que deseo es que los padres cristianos, en estos tiempos tan complicados y difíciles para criar en sanos valores, dejen de mirar para otro lado pensando que sus hijos no están siendo afectados ni ven lo que los demás ven. Es hora de que tomen las riendas sobre la educación de sus hijos en todos los aspectos y que ellos mismos sean el primer ejemplo para sus retoños cuando todavía son niños y preadolescentes; luego ya será demasiado tarde. No consiste en reprimir ni en prohibir, sino en educar. Creo que estos escritos y vídeos son buenos medidores de cómo hacerlo:

1) Educación general. Esta entrevista a Emilio Calatayud, el famoso juez de menores: http://www.elmundo.es/cultura/2016/08/22/57b72da246163fc8448b4658.html
3) Todo el capítulo concerniente a la sexualidad que comienza aquí: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/07/7-la-sexualidad-del-soltero-cristiano.html.
4) Una serie de pautas sobre la exposición de fotos personales que ofrece el Observatorio de la Seguridad de la Información (OSI) en la Guía sobre adolescencia y sexting: qué es y cómo prevenirlo: http://www.elmundo.es/promociones/native/2017/10/09/.
5) Mamá, hablemos de sexting:
6) Preguntas que deben hacerse los padres para saber si están educando bien a sus hijos: Cómo maleducar –sí, maleducar- a un hijo desde pequeño hasta que cumple dieciocho años: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2018/05/como-maleducar-si-maleducar-un-hijo.html.

A los adultos desinhibidos no tengo nada nuevo que decirles que no haya dicho en otros artículos; ya son mayorcitos para saber lo que hacen y las consecuencias eternas y finales de sus actos.

Valores inmorales
Los famosos tienden a ofrecer unos modelos perniciosos de conducta, ya que sus valores no son los de Dios sino los del mundo caído: falta de pudor, exhibición de la vida privada y de la intimidad física, relaciones sexuales prematrimoniales o abiertas, parejas que conviven y que tienen hijos sin estar casadas, adulterios, borracheras, búsqueda de objetivos materiales y económicos que no satisfacen las verdaderas ansias del alma ni son el verdadero propósito de la existencia, la adicción a las compras, a las nuevas tecnologías y al ocio en general, obsesión con alguna práctica deportiva, etc.
El cristiano promedio no llega a estas exageraciones, pero a menor escala se ve afectado por la presión que recibe continuamente sobre lo que la sociedad marca qué es normal y qué no lo es, sobre lo qué es el éxito y qué no lo es, entre otros muchos temas, especialmente entre los más jóvenes y los creyentes inmaduros. Esto se observa claramente con la sobreexposición que hacen de sus vidas en las redes sociales buscando atención sobre sí mismos y para mostrar que están ahí triunfando.

Falsas ideas sobre el éxito
Se nos inculca por activa y por pasiva que el éxito consiste en:
- Tener una buena cuenta bancaria que nos permita unas excelentes vacaciones, comer en los mejores restaurantes, presumir de teléfono móvil de 600€, etc.
- Estar en posesión de un físico llamativo –que por supuesto hay que enseñar y lucir-, sea por pura genética (como si esto tuviera algún mérito...) o forjado en el gimnasio (¿para qué están los espejos en estos lugares? Para admirarse a uno mismo como buen narcisista. ¡Qué triste!). Esto ya lo analizamos en Cómo nos adoctrinan sobre nuestro cuerpo y qué hacer al respecto (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/06/como-nos-adoctrinan-sobre-nuestro.html).
- Tener dones naturales que sobresalgan, como un gran talento musical, una habilidad especial para los deportes, una inteligencia por encima de la media, etc.

Esto hace creer erradamente a millones de personas que el valor que poseen como seres humanos depende de lograr este tipo de éxito. Aunque no la reconozcan abiertamente, ese es el origen de muchas de sus obsesiones, desánimos y sentimientos de frustración. Viven por y para alcanzar alguna de estas metas. Los mismos cristianos caen en este grave error, como también detallamos en Encarando el sentimiento de fracaso: El concepto de éxito (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/04/encarando-el-sentimiento-de-fracaso-el.html).

Continuará en: ¿Cuáles son los valores que te entusiasman, los de las personas famosas y exitosas o los de Cristo?

lunes, 2 de julio de 2018

Westworld: ¿Quién serías si pudieras ser quién quisieras? ¿Y qué harías?

 

Imagina un mundo donde pudieras ser quien quisieras y hacer lo que te viniera en gana. Ahora imagina que, a su vez, todo aquello que llevaras a cabo –principalmente lo malo- no tuviera consecuencias legales de ningún tipo ni que tampoco afectara a tu reputación: “Lo que sucede en ese lugar, se queda en ese lugar”.
Esta, entre otras muchas ideas y planteamientos filosóficos (como el libre albedrío, el destino, la culpa, los deseos de inmortalidad, etc.), es lo que nos ofrece la famosa, profunda y compleja serie televisiva de suspense y ciencia ficción Westworld, protagonizada por algunos de los mejores actores de la historia del cine, como Anthony Hopkins y Ed Harris, entre otros, con una extraordinaria banda sonora y con una partitura musical a piano en su opening sumamente hermosa.
Puesto que mi idea no es analizar todos y cada uno de los conceptos que en ella se trata, me centraré en la que acabo de exponer, y que me va a servir para que nuevamente miremos a nuestro interior como personas y como cristianos, y veamos qué observamos y cómo nos vemos reflejados.

El mundo de Westworld
Esta serie está basada en una película de 1973 del mismo título y que, en su momento, me dejó impactado. Westworld es un parque temático ambientado en el Viejo Oeste y caracterizado como tal. Los habitantes de este mundo son los “anfitriones”, androides creados exactamente iguales a los humanos y que están programados para llevar a cabo todos los deseos de los “huéspedes”, que son las personas reales. A simple vista es imposible diferenciarlos, lo que da mucho juego a la trama.
Lo único que no pueden hacer los anfitriones es causar daño físico a los visitantes. Los humanos pueden hacer con ellos y en ese mundo ficticio lo que les plazca, ya que sus actos no tienen consecuencias. Si mienten, no tiene importancia porque es un juego y le mienten a un robot. Si tienen relaciones sexuales con la prostituta del bar, no es infidelidad porque es un robot. Si cometen una violación, no tiene importancia porque es un robot. Si matan, no tiene importancia porque es un robot. Todo aquello que no se puede hacer en el mundo real, ahí está permitido al ser una ficción.
Aunque para algunos es simplemente una aventura donde disfrutan del lugar, para otros muchos es una manera de expresar todo lo que hay en su interior y así poder cumplir sus deseos más sórdidos sin consecuencias penales y sin el miedo al qué dirán sus familiares y amigos.
Junto a otros misterios que no quiero contar por si alguien está interesado en visualizarla[1], bien puedes imaginar que los robots terminan por tomar conciencia y rebelarse. Pero no es ahí donde me quiero detener, sino en cómo seríamos nosotros si pudiéramos acceder a ese parque bajo las mismas condiciones.

El ateo sin consecuencias
Para el ateo o alguien que dice ser cristiano pero realmente no lo es, su moral y ética depende del momento, de sus propios pensamientos, de cómo se sienta, de los valores que tenga en esa etapa de su vida y de multitud de factores. Puede tener principios fijos, pero estos pueden cambiar ya que no se basan en algo inamovible como la ética cristiana que tiene su base en la Biblia. Sin saberlo, viven según la famosa frase atribuida a Groucho Marx: “Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros”:

- Tengo novia y nunca la he engañado, pero qué hay de malo en recrearse en otras bellezas...
- Estoy casado y soy fiel, pero si aparece alguien mejor...
- No soy promiscuo, pero si surge una buena ocasión...
- No soy mentiroso, pero si alguna vez tengo que hacerlo...
- No suelo emborracharme, pero si me reúno con buenos amigos...
- No soy violento ni agresivo, pero que no me provoquen...
- No soy irascible, pero que nadie me hable mal...
- No le grito a mi cónyuge, pero que no me lleve la contraria...
- No soy un ladrón, pero si puedo sacar provecho económico...

Y estoy hablando de inconversos con un mínimo de ética, no de aquellos que directamente viven en libertinaje y “buscan” llevar a cabo estas prácticas y acciones.
Aunque digan ser personas íntegras, muchos de ellos tienen una ética doble o “adaptable” a las circunstancias. Ellos ven el escenario de este mundo como una especie de Westworld: al considerar que no existe un Dios y Juez ante el que un día tendrán que rendir cuentas, actúan en muchos aspectos como si este mundo fuera ese parque de atracciones.

El cristiano que cree que sus pensamientos no tienen consecuencias
En el lado opuesto, los cristianos decimos que no actuamos como ellos:

- Tengo novia y nunca la he engañado, y no me recreo en otras mujeres.
- Estoy casado y siempre seré fiel, aunque aparezca alguien muy llamativo.
- No soy promiscuo y nunca lo seré, aunque surja una ocasión.
- No soy mentiroso, aunque sienta que a veces debería serlo para evitarme problemas.
- Nunca me he emborrachado, hagan lo que hagan los demás.
- Nunca le he pegado a nadie, y nunca lo haré aunque me provoquen.
- No le falto el respeto a mi marido, aunque haya ocasiones en que estemos en desacuerdo.

Posiblemente, todas estas afirmaciones sean ciertas en tu caso. Tú mejor que nadie sabes qué es verdad y qué podrías añadir o quitar. Pero ahora hazte esta pregunta: si tus actos no tuvieran consecuencias, si nadie te viera, si nadie te juzgara, si pudieras acceder de incógnito a Westworld, ¿qué cosas harías? ¿Qué te dice tu naturaleza caída? ¿Ha hecho ella una lista?
Este es el punto de inflexión: externamente puede que no hagamos nada de lo que haría alguien sin principios bíblicos, pero ¿y en nuestra mente? ¿Qué ideas, pensamientos y deseos fuera de la voluntad de Dios se mueven en ese “mundo mental”?:

- ¡Qué mujer más espectacular! ¡Quién pudiera disfrutar de semejante cuerpo!
- Mi marido ha olvidado la pasión romántica. ¡Lo increíble que sería tenerla con ese otro hermano de la iglesia de sonrisa deslumbrante y hombros hercúleos!
- ¡Qué persona más odiosa! ¡Si pudiera le daría un gancho de izquierda que lo noquearía un par de meses!
- No es una mentira, solo una mentirijilla sin importancia.
- Mi marido me tiene harto y cuando llegue del trabajo le voy a gritar hasta reventarle los tímpanos. ¡Con lo cariñoso, bueno y complaciente que es mi compañero de trabajo! (sí, el de los ojazos verdes).
- ¡Odio a mi profesor! (mientras le sonríes esperando que te apruebe).
- ¡Ven aquí que te dé un abrazo! (cuando piensas en la puñalada que le darías).
- ¡Te echamos de menos hermano! (cuando en realidad nadie quiere verle).

He citado cuestiones genéricas. Cada uno sabrá qué hay en su mente. Eso sí, de cara a los demás, todo esto se silencia o queda disimulado. Aunque es real ese dicho que dice que “del dicho al hecho hay un trecho” –puesto que el hecho de que un pensamiento forme parte de la mente no significa automáticamente que se vaya a llevar a cabo-, los pensamientos sin acciones consumadas no tienen consecuencias reales. Y el cristiano comete un error si cree que, mientras todo quedé dentro de sí, no está mal lo que está pensando. 
La cuestión es que lo que realmente le importa a Dios es nuestro ser interior, ya que ese es nuestro verdadero yo. Si nos creemos buenos porque de cara a los demás hacemos “lo correcto” aunque de cara a nosotros mismos vivamos en “lo incorrecto”, estaremos cayendo en el error de los fariseos. Jesús lo explicó de forma tajante en sus famosos “oísteis que fue dicho... pero yo os digo” (cf. Mt. 5). Hacer la voluntad de Dios no es cumplir una serie de requisitos externos (como creían los judíos), sino que es algo que debe empezar internamente, en el yo auténtico.  

Los cristianos caemos con mucha facilidad en este error por dos razones:
- Creemos que en nuestra mente, como nadie nos ve, podemos ser como queramos, de una manera u otra, como el estribillo de aquella canción de Alejandro Sanz: “Cuando nadie me ve, puedo ser o no ser”.
- Pensar que, como no son visibles, nuestros pensamientos no tienen consecuencias. Sí, puede que nos los tengan en términos humanos, pero sí en términos eternos. ¿Cómo acaba el libro de Eclesiastés?: “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala(Ec. 12:13-14).

¿No podemos cambiar?
Otra de las ideas planteadas en la serie es que los seres humanos no podemos cambiar, puesto que sencillamente “obedecemos” a nuestro código con el que fuimos programados. Posiblemente la idea teológica más interesante de Westworld. Como bien sabemos, nuestro “código” está defectuoso, averiado y corrompido; por eso el Nuevo Testamento habla una y otra vez de nuestra naturaleza caída y de la necesidad del sacrificio de Cristo en la cruz para pagar por nuestros pecados. Es aquí donde, una vez más, nos damos cuenta que “no hay justo, ni aun uno. [...] No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3:10, 12). Como Jesús dijo: sólo Dios es bueno (cf. Mr. 10:18).
Esto significa que no podemos cambiarnos a nosotros mismos. No podemos cambiar ese “código” puesto que solo Dios puede hacerlo, como Él mismo prometió: “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra” (Ez. 36:26-27). Esto no significa que nuestra vieja naturaleza desaparezca tras la conversión y el nuevo nacimiento, sino que ya no tiene que tener control sobre nosotros, siempre y cuando dejemos que sea el Espíritu el que tenga el control sobre nuestra mente.

Una sola mente y una sola vida
Como recalqué en Quiero ser monja: ¿Podemos tener una doble cara y una doble vida? (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/05/quiero-ser-monja-podemos-tener-una.html) y en Cuando los cristianos ofrecemos un mal ejemplo y se nos acusa con razón de hipócritas (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/09/1-cuando-los-cristianos-ofrecemos-un.html), el cristiano que se congrega no puede tener una cara dentro del local de la iglesia y otra fuera, no puede decir que cree en Dios y vivir de manera opuesta, ni puede ser de una manera en su interior y de otra en el exterior. Tampoco puede decir, por ejemplo, que ama a Dios y luego odiar o insultar a sus semejantes, o enfrascarse en una relación de yugo desigual.
Con la mente sucede exactamente igual, porque es donde comienza todo. No podemos “actuar” ante los demás de una manera y “pensar” de manera opuesta. Si nuestras acciones pueden llegar a ser hipócritas, ¡cuánto más nuestros pensamientos! Si hablamos bien de una persona pero pensamos mal de ella, somos hipócritas. Si le deseamos con nuestras palabras el bien a su vida pero en nuestros pensamientos anhelamos que no le vaya bien, somos hipócritas. Si le damos un beso casto y puro a un hermano casado pero pensamos que querríamos tenerlo entre nuestras sábanas, somos hipócritas. Si damos muestras de amor a nuestro pareja o cónyuge pero deseamos amar románticamente al vecino, somos hipócritas. Si presumimos de no ver películas para adultos pero tenemos la mente llena de lujuria, somos hipócritas. Si sonreímos a una hermana con nuestra mejor sonrisa de alegría pero en nuestra mente la despreciamos, somos hipócritas. Y así con todo lo que se nos ocurra. No tiene cabida en el cristianismo tener una actitud y comportamiento determinado, y luego unos pensamientos opuestos. Un psiquiatra diría que esa persona tiene una doble personalidad o un grave desorden mental. Sin llegar a esos extremos, yo diría que el individuo lo que tiene es “religionitis”.
Aunque nos comportemos “correctamente” de cara al público, si mentalmente vivimos un mundo de deseos ocultos y fantasiosos, no habremos comprendido nada del mensaje de Cristo y de sus propósitos para con nosotros.
Jesús dijo: “Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede” (Mt. 5:37). A nivel general, tenemos que ser igual: iguales por dentro que por fuera; iguales por fuera que por dentro. Sí o sí. No o no. Sin disonancias.

Este es un tema básico para reflexionar profundamente contigo mismo. Hazlo sin prisas y mira qué debes cambiar. Aunque somos salvos por gracia y la perfección no la alcanzaremos hasta la glorificación en la otra vida, es el momento de poner manos a la obra si hasta ahora no te habías tomado en serio este asunto.
Piensa lo que piensas. Sé genuino. Sé auténtico. Sé íntegro. Sé consecuente. Sé un discípulo de Cristo. Haz su voluntad, empezando por tu mente.



[1] Aviso a navegantes sensibles: aunque no tiene escenas sexuales (creo que una), sí hay muchos desnudos –especialmente en la primera temporada- que se podrían haber evitado. Pero tristemente el pudor se ha perdido en nuestra sociedad, y la cadena HBO considera muy “adulto” que así sea, siendo una de sus señas de identidad en casi todas sus series.

lunes, 11 de junio de 2018

8. ¿Te cansaste de la hipocresía de otros cristianos?



Creo que los que permanecemos en el camino de Dios –a pesar de todos nuestros errores, caídas y pecados- podemos afirmar que si nos guiáramos por aquellos creyentes que nos han desilusionado, herido, deseado lo peor y roto el alma en diversas ocasiones, hubiéramos dejado de ser cristianos hace muchos años. El error que muchos cometen –y este puede que sea el tuyo-, es el de basar su fe en lo que ven en otros.

Distinción entre Cristo y los cristianos
Soy cristiano por Cristo, no por los que dicen creer en Él. Ghandi dijo: “Me gusta tu Cristo, pero no me gustan tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes de tu Cristo”. Aunque no me gusten algunos cristianos, sigo a Cristo. Aunque algunos sean muy diferentes a Cristo, le sigo a Él. Y espero que aquellos a los que no les gusto, le sigan igualmente: “El cristiano debe, pues, aprender a ver a Cristo en aquellos otros creyentes que no son de su agrado, valorándoles con independencia de su propio gusto. Todos estamos igualmente en Cristo (pudiendo por tanto aceptarnos mutuamente), pero todos somos pecadores (y por ellos participes en una misma salvación)”[1].
Aquí tienes que aprender a separar una cosa de la otra. ¿Acaso el hecho de que veas hipocresía a tu alrededor significa que Cristo sea igual? Mis creencias no cambian ni un ápice porque alguien que dice seguir y servir a Dios viva en yugo desigual, esté enfrascado en una relación adúltera o use a la Iglesia para lograr su propia gloria personal. Señalar el pecado de otros no es un argumento para alejarse del Señor. ¿O es que acaso en el mundo no hay hipocresía? ¡Hay bastante más! Si quieres evitar todo falsedad, compra un cohete e instálate en Júpiter.
Es cierto que suena más coherente un incrédulo con su forma mundana de pensar que un cristiano que dice vivir para Dios pero lo hace de forma farisaica, con doblez. Pero, en todo caso, una hipocresía muy acentuada es un motivo de mucho peso para relacionarte con otros creyentes, no para abandonar al Señor.

¿Imperfección o hipocresía?
No hace falta ni que lleguemos a observar una hipocresía extrema en los cristianos para sentirse desconcertado. Me pondré personalmente como ejemplo negativo. Si cualquier persona se tomara la gran molestia de analizarme detenidamente las veinticuatro horas del día durante un año, podría encontrar en mí multitud de fallos, errores y equivocaciones. Unos podrían decir: “Jesús, tú mucho hablar, pero no siempre cumples lo que dices”; “Jesús, ¿te acuerdas aquel día que me hiciste daño?”; “Jesús, hablaste muchas veces de cómo vencer la tentación y el pecado, pero yo te he visto caer en ciertas ocasiones”; “Jesús, has dado estudios sobre cómo hablar correctamente y cómo usar la lengua según los principios bíblicos, pero yo te he escuchado a veces hablar de una manera desacertada y has dicho palabras que no deberían haber salido de tu boca”. Así podríamos seguir eternamente.
Algunos lo hacen con todo el mundo, como un deporte o un pasatiempo. Y al ver sus errores y completar una lista gigantesca, se olvidan de que ellos también fallan y pecan. Quizá no tanto. Quizá en áreas diferentes. Pero lo hacen. Incluso el más grande entre los cristianos ha actuado alguna vez en su vida de forma hipócrita porque la exigencia moral para los creyentes no es la misma que para los incrédulos. ¿O tú nunca has mostrado una doble cara? Yo al menos sí, y no creo que seas capaz de negarlo en tu caso, a menos que seas perfecto. 
Como humanos que somos, cuando vamos conociendo a las personas que nos rodean, empezamos a ver tanto sus virtudes como sus defectos, sus aciertos y sus errores, lo que nos gusta y lo que nos desagrada. Pero esto nos puede hacer perder la perspectiva, por la sencilla razón de que, al ver tantos errores en los cristianos, podemos sentirnos defraudados con el cristianismo. Eso es caer en uno de los mayores pozos a los cuales se puede enfrentar un creyente, y no sé si es en el que has caído tú: basar tu fe, tu vida, tu forma de pensar, de sentir, tu actitud, tu comportamiento y todo lo demás, en lo que otros hacen, piensan y sienten. Has podido olvidar que el cristianismo no se basa en ningún cristiano en particular, sino que está fundamentado, sustentado, arraigado y basado en un solo Nombre: Jesucristo. Como aclara Pedro al citar el salmo 119:22: “La piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo” (1 P. 2:7).
Es lamentable escuchar a un predicador hablar en contra de la crítica destructiva y sin embargo verlo en privado hacer lo mismo que denuncia. Es tristísimo saber que la persona que te sonríe a la cara y te abraza luego te destripa por la espalda cuando no estás en su presencia. Es grotesco y sumamente dantesco que alguien diga sentir pena por la muerte de un familiar tuyo y que luego te enteres que menospreció tu dolor cuando estaba a solas con sus amigos. Son solo tres ejemplos que conozco en primera persona de los muchos que podría citar.
Igualmente, resulta perturbador saber de una vecina que canta y escucha música cristiana a todo volumen y asiste a cinco cultos semanales, mientras que en sus horas fuera del local de la iglesia es sumamente maleducada y le dedica a su hija adolescente todo tipo de palabras malsonantes. Me siento crispado y se me remueve el alma cada vez que oigo a esa señora mutar su tono de voz normal a melosa invocando al Señor con términos espirituales cuando está “en modo eclesial”, y horas después manifestar su “modo carnal” para decirle a su niña “¡¡¡como no te levantes te choco la cabeza contra la pared!!!”, con una voz gutural que parece proceder del averno. Y lo descrito es muy ligth para lo que suele llegar a mis oídos procedente de esa casa. Es tan incoherente que racionalmente no tiene ningún sentido. Y seguro que tú te sientes igual de mal en otras situaciones de las que eres testigo.
También hay personas que pueden muy “santas” en apariencia y que hablan del amor de Dios de manera tierna y conmovedora, pero cuando llega el momento de amar en la práctica, se llenan de ira y de rencor contra los que no piensan como ellos en cuestiones doctrinales secundarias. Tarde o temprano sale por su boca lo que ya estaba en su corazón.
Hay multitud de testimonios de hijos que no quieren saber nada de Dios porque sus padres fueron de mal ejemplo. Decían ser cristianos –de los que participaban en todo tipo de actividades religiosas-, pero la actitud que mostraban era muy diferente cuando se reunían con otros creyentes y luego a solas en casa. Pura dicotomía moral. De ahí que pensaran de sus progenitores que eran unos comediantes y farsantes.

¿Nuestra fe robada?
En términos generales, contemplar la doble ética de un “cristiano” puede llegar a convertirse en una experiencia terrible, y realmente lo es. Pero, como vamos a ver, nada de esto nos debe robar nuestra fe porque:

- En primer lugar, por lo ya dicho: nosotros también cometemos en ocasiones dichas faltas. Y el que esté libre de pecado, ya sabe qué tiene que hacer (cf. Jn. 8:7). Espera, acabo de recordar que no existe nadie así...
- En segundo lugar, porque todos tenemos esqueletos en el armario, sean de hechos consumados o de pensamientos. Algunos son más graves y otros menos, algunos se conocen y otros no, y algunos son más llamativos que otros. Si somos salvos no es porque seamos mejores que otros, sino por lo que Cristo hizo a nuestro favor en la cruz.
- En tercer lugar, porque Jesús nos avisó que el diablo había venido para robar, matar y destruir (cf. Jn. 10.10), y cuando nos centramos en los errores, pecados, defectos, imperfecciones y acciones hipócritas de los demás –y ellos en las nuestras-, corremos el riesgo de que nuestra fe mengue, y sea robada y destruida, como les ha sucedido a muchos que han caído en esta trampa.
- En cuarto lugar –y lo más importante-, porque CRISTO NO CAMBIA. La señora de la que hablé antes, ¿es cristiana? Según ella, sí. ¿Mi opinión? Religiosa sí es, pero dudo mucho realmente que sea alguien que haya nacido de nuevo; sus obras la delatan. ¿Según Dios? No lo sé, solo Él lo sabe. Pero, lo sea o no lo sea, mis creencias no dependen de lo que ella (o cualquier otra persona) haga o deje de hacer, porque Cristo es INMUTABLE en su carácter y es el EJEMPLO a seguir.

¿A quién mirar?
Siento profundamente si has pasado por algo de lo descrito u otras circunstancias igualmente dolorosas. Si yo mismo me basara en lo que he visto y oído de creyentes –algunos verdaderos y otros falsos (más bien, lobos eclesiales)-, sería el mayor de los ateos. Por eso quiero mostrarte el gran principio por el cual tienes que moverte en estos casos –y en otros muchos-, que se basa completamente en Hebreos 12:2: “Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe”. Para poner un ejemplo concreto, veamos este conocido pasaje, que marca la diferencia entre mirar a Jesús y no hacerlo:
“En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud. Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo. Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario. Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos andando sobre el mar.Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo. Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis! Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento. Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios” (Jn. 14:22-33).
En un primer momento, Pedro escuchó claramente la voz de Jesús. Y le creyó; tanto que no tuvo ningún miedo de andar por el mar embravecido. Pedro no anduvo sobre un jacuzzi. No anduvo por medio de la bañera de su casa. No anduvo ni siquiera por una piscina. Anduvo por un mar lleno de olas en plena madrugada. Pero, por un segundo, ocurrió que, “al ver el fuerte viento”, se llenó de miedo. Dejó de mirar a Jesús, miró al viento y comenzó a hundirse.
Ocurre exactamente igual cuando dejamos de mirar a Jesús y nos centramos en el mar que nos rodea, en este caso, en los errores ajenos, sean intencionados o no:

- Comenzamos a hundirnos.
- Caemos en la amargura.
- Nos olvidamos de la fuente de nuestra fe.
- La esperanza desaparece.
- No oímos la voz de Dios.
- Perdemos la brújula que nos guía.

Las consecuencias finales de dejar de mirar a Dios son funestas. Un ejemplo es Salomón: siendo rey de Israel y el hombre más sabio de toda la tierra, dejó de mirar al verdadero Rey. Puso su mirada en la sociedad que le rodeaba y en lo que ésta le ofrecía. Siguió a falsos dioses. Se rodeó de mujeres paganas y se corrompió su corazón. Es una clara advertencia para todos nosotros.

No apartar la vista del Señor que no cambia
El hecho de que los cristianos fallen no descalifica a Dios, como algunos tratan de argumentar para alejarse, puesto que “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (He. 13:8). El carácter del Altísimo no cambia y su santidad es inmutable, ya que en Él “no hay mudanza, ni sombra de variación” (Stg. 1:17).
Cuando Jesús resucitó, tuvo una conversación con Pedro, anunciándole que iba a morir como mártir. El apóstol, mirando a otro discípulo (creemos que Juan), le preguntó a Jesús: “Señor, ¿y qué de éste? Jesús le dijo: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú. Este dicho se extendió entonces entre los hermanos, que aquel discípulo no moriría. Pero Jesús no le dijo que no moriría, sino: Si quiero que él quede hasta que yo venga, ¿qué a ti?” (Jn. 21:21-22).
La enseñanza es clara: “Si tu hermano no progresa, ¿qué a ti? Sígueme tú; Si tal  persona reniega de Mí, ¿qué a ti? Sígueme tú; Si quien dice ser cristiano realmente no lo es, ¿qué a ti? Sígueme tú. Haga lo que haga los que te rodean, que tu mirada esté siempre puesta sobre Mí”.
La persona que no aparta su mirada del Señor permanecerá fiel hasta la muerte y jamás dejará de darle gracias por haber sido limpiado de todos sus pecados.

Aprendiendo del prójimo
Nada de esto significa que te conviertas en un ciego que no vea lo que otros hacen, pero úsalo en tu beneficio. Puedes aprender por medio de:

- La emulación: consiste en asimilar lo mejor que vemos en nuestros semejantes para ponerlo por obra.
- El contraste: Se basa en observar los errores ajenos y aprender de ellos para actuar de forma opuesta.

Por eso no es del todo cierto ese refrán que dice que “no podemos aprender en cabeza ajena”. Si así fuera, ¿para qué se hubiera molestado Jesús en enseñarnos?

Hagan lo que hagan los demás, sean cristianos genuinos o no, recuerda: “Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos” (Pr. 23:26).
Espero que grabes a fuego esta lección en tu corazón y nunca la olvides.

Seguimos aquí: ¿No le encuentras sentido a la oración?




[1] McGrath, Alister & McGrath, Joanna. La autoestima y la cruz. Andamio.