lunes, 15 de mayo de 2023

¿Se puede llamar “pastor” al que hace “mucho más mal que bien”?

 


Las siguientes líneas no tienen una intención malévola por mi parte, ni tampoco benévolas, en el sentido de caer en un falso “buenismo”. Mi único deseo es ser justo, y eso implica mostrar la cara menos amable de la realidad. Si alguien no piensa así de mis intenciones, es su problema. Dicho queda.

Pastores que resultan no serlo
Desde tiempo inmemorial, en la historia de la cristiandad han existido innumerables personas a las que se las ha llamado “pastores”. ¿Todos lo eran realmente? No, de igual manera que no todo el que se dice “cristiano” lo es realmente. En el caso concreto de los pastores, lamentablemente ha habido –y sigue habiendo- mucho intrusismo:

- personas que se autoproclamaron como tales, bajo el argumento de que Dios los “llamó”, cuando sus obras y el fruto que mostraron a posteriori demostró que “nadie” los llamó a nada.

- personas que carecen de conocimientos teológicos y que se han limitado a repetir lo que otros dicen, esparciendo así infinidad de herejías.

- personas que, en su deseo de servir sincera y genuinamente a Dios, confundieron su posición dentro del cuerpo de Cristo y empezaron a ejercer una función para la cual no tenían el don.

- Y, por último, y algo muy propio de muchas denominaciones en la actualidad: aquellos que estudiaron en un seminario o se sacaron un curso, y creyeron que esto los hacía pastores, como si “convertirse” en pastor fuera sacarse un “título” y tener una hoja con la firma del director que lo confirmara.

Entre ellos están los que ni siquiera cumplen algunos o muchos de los requisitos expuestos por Pablo: “Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?); no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo” (1 Ti. 3:2-7).

Características de estos no-pastores
Cuando me refiero a un pastor “que hace más mal que bien”, no me refiero al que “alguna vez se equivoca” o “comete errores”. Ellos son humanos como el resto y yerran. Pedro lo hizo y fue reprendido seriamente por Pablo. Aquí me refiero al que vive instalado en actitudes diarias, mantenidas a través de décadas, que son contrarias al espíritu de las Escrituras, y que voy a mencionar brevemente. Y para ello me baso en las contundentes palabras que Dios mismo dijo por medio de los profetas Jeremías y Ezequiel en contra de los pastores de Israel, y que son literalmente aplicables al día de hoy: “!!Ay de los pastores que destruyen y dispersan las ovejas de mi rebaño! [...] ¿No apacientan los pastores a los rebaños? Coméis la grosura, y os vestís de la lana; la engordada degolláis, mas no apacentáis a las ovejas. No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada, no volvisteis al redil la descarriada, ni buscasteis la perdida, sino que os habéis enseñoreado de ellas con dureza y con violencia” (Jer. 23:1; Ez. 34:2-4).
El denominado pastor que vive en adulterio, en borracheras, o en cualquier otro pecado de gravedad y sin arrepentimiento, será señalado como un falso pastor por todo el mundo. Pero eso es demasiado obvio, por lo que no es necesario referirse a ellos. Me quiero centrar en los que Dios mismo denuncia: “a los que destruyen y dispersan a sus ovejas”. Son esos pastores que, por su propio criterio y sin base bíblica:

- van destrozando corazones a diestro y siniestro.

- humillan a los creyentes que difieren de sus opiniones personales.

- si tienen que poner a un hijo de Dios contra otro para sacar algún tipo de rédito o afiliación, lo hacen.

- dejan de tener comunión con aquellos cristianos, no con los que están en pecado y no se arrepienten (lo cual llevarlo a cabo es un mandato bíblico mostrado en 1ª de Corintios 5:11), sino a los que no le dan la razón en toda circunstancia.

- rompen amistades y matrimonios “porque a ellos les parece bien” y “contaminan”.

- apartan de ministerios a los que consideran que les hacen sombra.

- se aplican una ética y moral para ellos, y otra para la iglesia que pastorean.

- se llenan la boca hablando en contra de la crítica cuando ellos “despellejan” a todo los que le llevan la contraria.

- se burlan de aquellos creyentes que, según ellos, no dan la talla.

- mienten o manipulan la verdad a su antojo “cuando lo consideran conveniente” o “favorece a sus intereses”.

- muestran una cara por delante y otra muy distinta por detrás, cayendo en la hipocresía, creyendo que nadie se da cuenta.

- retuercen la realidad para que el culpable sea siempre el prójimo; nunca ellos.

- con severidad y formas duras, crean falsos sentimientos de culpa cuando el creyente no se ajusta a todos y cada uno de sus postulados.

- no tienen reparo alguno en revelar secretos contados en confianza. Según ellos, lo hacen por el bien de la iglesia y para prevenir a otros.

- cuando ellos fallan, son pequeños errores sin importancia; cuando lo hacen los demás, son pecados merecedores de una seria reprimenda y disciplina.

Lo reseñado lleva a provocar tales traumas en muchos cristianos, que éstos se alejan de todo lo que huele a “iglesia”, pagando un precio mayor: el tener desde entonces una imagen distorsionada del Dios de amor que muestra a Jesucristo.
¿Que algunos piensan que hacen lo correcto, e incluso se atreven a decir los consabidos “Dios me ha dicho” o “siento de parte de Dios”? Aunque se presenten como víctimas y traten de enmascararlas con palabras de amor, sonrisas, abrazos y buenas intenciones, las pruebas de sus fechorías son irrefutables y visibles a ojos de todo el mundo, por lo que ese tipo de frases les lleva a estar enfrascados en un juego peligrosísimo; diría que el que más: usurpar el Nombre de Dios, con lo que ello acarrea.
Aunque hayan podido llevar a cabo cierto grado de “buenas obras” (incluso haber predicado el Evangelio), si la huella que han dejado a su paso ha sido de desolación, y a pesar de que muchos les han mostrado sus faltas, sin ser capaces de reconocerlas ni de rectificar, habrán demostrado una dureza de corazón sin límites, y una soberbia que les ha cegado el alma: “Abominación es a Jehová todo altivo de corazón; ciertamente no quedará impune. [...] antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu” (Pr. 16:5, 18).
¿Que Dios los ha usado para darse a conocer a otros? No lo pongo en duda, puesto que Él habló incluso a través de una burra, la de Balaam. Y con esto no estoy queriendo comparar o igualar a estas personas con el susodicho animal, sino hacer una mera analogía, para mostrar que el Altísimo se sirve de quién quiere, cuándo quiere y cómo quiere, sea creyente, un falso pastor o el mayor de los ateos, para hacer Su obra.
El problema final no es tanto lo que han hecho –que lo tiene, y mucho, por las consecuencias que ha traído en innumerables vidas- sino que, a pesar de todo, no cambian ni se arrepienten.
Es tremebundo que, ni con todo el daño causado, tienen remordimientos ni muestran empatía hacia los dolientes. Y no solo eso: manipulan de tal manera que pervierten a otros inocentes recién convertidos, al hacerles creer que “el resto son el enemigo”. Considero que no se puede caer más bajo. Resulta grotesco.

Conclusión
Por lo que he dicho en estos pocos párrafos, ya no llamo “pastor” a todo al que se presenta así o a los que otros llaman de dicha manera. No me importan los años que lleven “ejerciendo” ni la buena fama que puedan tener entre algunos: a la luz de las evidencias, al hacer “mucho más mal que bien”, hay que poner en seria duda de que sean pastores y siervos del Altísimo.
Si alguien te dice que es piloto de Fórmula 1, pero descubres que no sabe conducir, que el único coche que tuvo en su vida fue un Panda y lo estrelló a los cinco segundos de arrancarlo porque no sabía ni meter las marchas, llamarlo “piloto de carreras” sería una temeridad por tu parte.
¿Son cristianos? Siendo consciente de mis palabras, a mi parecer, en más de un caso, recelo considerablemente, aunque será Dios quién lo determine en Su momento. Tampoco los condeno, ya que, también, será el Juez el que los juzgue cuando estén en Su presencia.
A pesar de que mis aseveraciones se basan en hechos y no en meras suposiciones, sé que no gustarán a cierto sector del mundo evangélico. Posiblemente, lo considerarán una falta de deferencia por mi parte hacia los que lideran las iglesias. Lo que ellos no saben es que, por querer ser “políticamente correctos” y rehuir los conflictos, están abandonando a su suerte a las ovejas que más les necesitan. Esto les lleva a ser copartícipes y, por lo tanto, también culpables, al permitir que se perpetúe las graves actitudes en la que viven instalados estos, en mi opinión, no-pastores. Estas instancias superiores, en lugar de mirar para otro lado, deberían hacer autocrítica, puesto que nadie se muere por hacerlo y puede repercutir en un gran bien. En sus manos está. 

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