lunes, 24 de julio de 2023

El Virus V

 


Cuentan las cronologías que, hace siglos, en algún lugar del Oriente Medio, una serie de personas anunciaron al mundo una terapia revolucionaria: no se centraba en sanar las enfermedades físicas, sino, de forma sorprendente, las del alma. Desde entonces, se la llamó “La Cura”, cedida por un Maestro Divino para el bien de la humanidad.
Al comienzo, de forma humilde, abrieron pequeños centros de reunión, para que, todo aquel que quisiera, libremente, se acercara a probar su “alquimia”. Muchos de los que la inocularon, afirmaban, sin ningún género de duda, que resultaba completamente efectiva y real: como si les hubieran quitado un peso de encima junto con la pena que embargaba sus corazones, se sentían alegres y vitales, e iban proclamando que “habían nacido de nuevo”. ¡Realmente funcionaba! Desde entonces, a estas personas, se les llamó “Los Despiertos”, puesto que antes estaban “Dormidos”.
Entusiasmados, unidos en un mismo sentir y propósito, y deseosos de dar a conocer al mundo dicho milagro, empezaron a compartir “La cura”, llenos de algarabía con los que se iban cruzando. Con el paso de los años, su mensaje fue creciendo en popularidad y comenzaron a expandirse por distintos continentes, hasta alcanzar los cuatro puntos cardinales del planeta.
En algún momento, nadie sabe exactamente cuándo, a sus descendientes, el éxito les sobrepasó y empezaron a exaltarse unos a otros. Algunos dicen que sus corazones siempre fueron así, desde los mismos comienzos, y otros que la vanidad y la vanagloria les pudo. Fuera como fuera, perdieron el norte, donde lo importante dejó de ser “La cura” que tenían entre sus manos, y pasó a ser ellos mismos.
Ese día –conocido como “El día de la Infamia”-, ocurrió una desgracia: al introducir nuevos elementos, a los que los expertos identificaron con los nombres de “herejías”, “autoritarismo”, “soberbia”, “sumisión ciega”, “chantaje emocional”, “doble moral”, “manipulación mental” y “narcisismo”, la fórmula original dejó de ser pura.
En aquellas semanas, sucedió una horripilante mutación: todos los que habían sido vacunados, comenzaron a enfermar de nuevo en sus almas. Y lo más grave: se sentían incluso peor que antes de pasar por el proceso. Los efectos fueron conocidos por las multitudes: ataques de ansiedad, estallidos de ira, desorientación y tristeza continua.
Alarmados, “Los Despiertos” dieron voces para poner freno a tal sangría y que el mal no fuera a más. Pero los causantes de la mutación, a los que se les puso el sobrenombre de “Las Sombras” –porque parecían seguirte a donde fueras y estaban en todas partes-, no quisieron rectificar y asumir su culpa, la cual arrojaron sobre los demás, acusándoles de sus propias desdichas. Nunca dieron su brazo a torcer, a pesar de que cayeron en desgracia, y ya no podían ocultar sus actos ante “Los Despiertos” ni “Los Dormidos”.
Con el tiempo, se desató una guerra virulenta y sin cuartel, que causó centenares de víctimas inocentes: por un lado, aquellos infectados por la mutación, muchos de ellos engañados, que defendían a capa y espada a “Las Sombras”. Por el otro, “Los Despiertos”, que alertaban sin descanso del mal que se escondía detrás. Lo más llamativo era que, ambos grupos, años atrás, se habían amado con pasión, hasta que se expandió el Virus V y se crearon los bandos. Mientras tanto, y hasta el día de hoy, ante semejante carnicería, el nombre del Maestro era blasfemado por “Los Dormidos”.
¿Cómo terminó todo? Nadie lo sabe, por la sencilla razón de que dicha batalla se sigue escribiendo con fuego y sangre, y nadie conoce su final.
La solución sería evidente: que “Las Sombras” renunciaran a todo, se apartaran para siempre, arrojaran sus armas y volvieran a la fórmula inicial. Esto les conduciría a reconocer sus propias tinieblas y a asumir cuánto mal han provocado a diestro y siniestro. Solo así podrían despojarse de dicha oscuridad, ser envueltos por “La Luz” y hallar la paz, dedicando el resto de sus vidas a restaurar la desolación que dejaron a su paso, haciendo el bien que hicieron en sus orígenes. Para que esto sucediera, debería producirse una catarsis que, quién sabe si, en algún momento del futuro, se hará realidad, o caerá en saco roto.
Hasta que esto no acontezca, la muerte seguirá campando a sus anchas y los muertos llenando los campos. Y no precisamente por culpa de “Los Despiertos”, sino por los que siguen insuflando en el aire el Virus V. 
Todavía están a tiempo. De lo contrario, “Las Sombras” pagarán un alto precio, ya que, tarde o temprano, el Maestro que les cedió la fórmula, les pedirá cuentas por el uso que hicieron de ella. 

lunes, 3 de julio de 2023

Una causa, entre otras, que provocan la ruptura del noviazgo, y que muchos ignoran hasta que es demasiado tarde

 


Un cuento, titulado “Los cien días del plebeyo”, dice así:

Una bella princesa estaba buscando consorte. Nobles y ricos pretendientes llegaban de todas partes con maravillosos regalos: joyas, tierras, ejércitos, tronos…
Entre los candidatos se encontraba un joven plebeyo que no tenía más riqueza que el amor y la perseverancia. Cuando le llegó el momento de hablar, dijo:

- “Princesa, te he amado toda la vida. Como soy un hombre pobre y no tengo tesoros para darte, te ofrezco mi sacrificio como prueba de amor. Estaré cien días sentado bajo tu ventana, sin más alimentos que la lluvia y sin más ropas que las que llevo puestas. Esta será mi dote”.

La princesa, conmovida por semejante gesto de amor, decidió aceptar:
- “Tendrás tu oportunidad: si pasas esa prueba me desposarás”.

Así pasaron las horas y los días. El pretendiente permaneció afuera del palacio, soportando el sol, los vientos, la nieve y las noches heladas. Sin pestañear, con la vista fija en el balcón de su amada, el valiente súbdito siguió firme en su empeño, sin desfallecer un momento.

De vez en cuando la cortina de la ventana real dejaba traslucir la esbelta figura de la princesa, que con un noble gesto y una sonrisa aprobaba la faena. Todo iba a las mil maravillas, se hicieron apuestas y algunos optimistas comenzaron a planear los festejos.

Al llegar el día 99, los pobladores de la zona salieron a animar al próximo monarca. Todo era alegría y jolgorio, pero cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, ante la mirada atónita de los asistentes y la perplejidad de la princesa, el joven se levantó y, sin dar explicación alguna, se alejó lentamente del lugar donde había permanecido cien días.

Unas semanas después, mientras deambulaba por un solitario camino, un niño de la comarca lo alcanzó y le preguntó a quemarropa:

- “¿Qué te ocurrió? Estabas a un paso de lograr la meta, ¿Por qué perdiste esa oportunidad? ¿Por qué te retiraste?”
Con profunda consternación y lágrimas mal disimuladas. El plebeyo contestó en voz baja:
- “La princesa no me ahorró ni un día de sufrimiento, ni siquiera una hora. No merecía mi amor”.

Un cambio que mata el amor
Muchos se preguntan por qué un chico o una chica con la que tenían una relación muy bonita y amorosa en sus comienzos, terminó decayendo, de tal manera que uno de los dos se cansó y terminó por irse, fuera de nuevo al camino de la soltería o porque conoció a otra persona. Lo primero es entender que si alguien te eligió es porque, a sus ojos, vio en ti cualidades que destacaban sobre el resto y que le ofrecías de manera natural. Quería estar contigo por lo que observó. Lo mismo en tu caso: en ese alguien, viste algo diferente entre la multitud, y eso te gustó sobremanera.
Pero, ¿qué podemos ver con demasiada asiduidad, conforme las relaciones avanzan en el tiempo? Lo que expone el cuento: una falta absoluta de reciprocidad en el esfuerzo por una de las partes. Ella lo esperaba todo de él, que estaba dispuesto a darlo todo, mientras ella no ofreció ningún esfuerzo para merecerlo.
Es lo mismo que sucede en muchas relaciones de pareja con los meses y los años, después de acabar ese estado químico que provoca euforia durante la fase del enamoramiento. Se llega a tal estado de comodidad, de abandono, de pereza, que uno espera que el otro siga ofreciendo cariño, aprecio, palabras de amor, tiempo de calidad, conversación, confidencialidad en los secretos compartidos, actividades en común, interés en el ser interior, actos de servicio, regalos, respeto, comprensión, ausencia de ira, un oído que escuche, integridad, fidelidad física y emocional, apoyo y ánimo en los malos momentos, pero la otra parte no hace lo mismo.
Al final, se convierte en una relación egocéntrica, en una sola dirección, donde uno recibe sin dar y el otro da sin recibir. El que recibe se siente bien porque están alimentando su ego sin cesar, pero el que no recibe de forma espontánea termina cansándose y huyendo de dicha persona, al resultarle hasta insoportable la necesidad de “servidumbre” y “complacencia” en su pareja. Algunos permanecen, pero lo hacen porque son codependientes, tienen un carácter débil y sumiso, y no quieren perder la estabilidad que tienen; pueden hasta autoengañarse, creyendo que así son felices.
Salvo los casos de personas cegadas, el resto de afectados, tarde o temprano, se dan cuenta de todo esto al ver cómo personas del otro sexo, sea en el trabajo, de aficiones o de prácticas deportivas, sí le ofrecen lo que la pareja dejó de hacer hace mucho tiempo.
También hay que matizar que una relación no es una competición, a ver quién hace más, sino una sana reciprocidad equilibrada entre lo que se da y lo que se recibe, y del esfuerzo e interés verdadero que se pone. Por el contrario, “aparentar” interés en los pensamientos, sentimientos y vivencias del otro, con el único propósito de recibir, es rastrero, y fruto de una inmadurez que no entiende de edades. Una pareja auténtica es aquella donde los dos miembros -repito, los dos-, ponen en práctica estas palabras atemporales: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hch. 20:25).

Conclusión
Si te han dejado, incluso más de una vez, y no sabes el porqué, analízate, vaya que aquí radique el problema. Puede que no hayas sabido retener a ese hombre o mujer, y hayas dejado de ofrecerle lo que le dabas al comienzo. Como he dicho en el titular, puede ser “una” de las causas. Existen otras muchas, pero esta en concreto merece ser considerada seriamente de cara a tu presente, si estás en una relación, para no caer en tal error y hablarlo si ya está sucediendo, o de cara al futuro, si tienes intención de tenerla y no quieres terminar frustrado.

lunes, 26 de junio de 2023

Barrio Lejano. Si pudieras viajar al pasado, ¿qué cambiarías de tu propia vida?

 


Imagina... imagina... imagina... que, un día normal y corriente, vuelves en el tren de cercanía que te traslada del trabajo a casa, donde tu esposa y tus dos hijas adolescentes te esperan... Imagina que, cuando te das cuenta, te has equivocado y has subido en otro que te dirige a la ciudad donde te criaste hace más de treinta años. Imagina que, una vez allí, te animas a dar un paseo para ver cómo ha cambiado todo y mirar tu antigua casa. Imagina que decides ir a ver el cementerio, más concretamente la lápida donde yacen los restos de tu madre. E imagina que, pocos momentos después de sufrir un leve desmayo, observas que tu propia sombra se hace más pequeña y, al mirar tus manos, también han empequeñecido. Acabas de comprobar que, en lugar de tus cuarenta y ocho años actuales, vuelves a tener doce, pero conservando todos los recuerdos y conocimientos de tu vida adulta.

Nada de esto me lo estoy inventado. Es el argumento de la entrañable historia “Barrio Lejano”, del difunto autor Jiro Taniguchi, y publicada en 1998. Sin duda alguna, una de las mejores obras que he leído en mi vida. Para el que no la conozca, le diré que no es un libro sino un “manga”, que no es ni más ni menos que un cómic japonés. Muchos pensarán que el manga es solo violencia y sexo, pero no saben que, al igual que el cine y la literatura, tiene infinitos géneros y que están dirigidos a distintos tipos de lectores. Esta en concreto es un para un público adulto, con un dibujo muy realista, al estilo europeo, y que recomiendo a toda persona madura. Eso sí, te aviso si te lanzas: al revisitar el pasado de Hiroshi –el protagonista-, vendrán a tu mente multitud de recuerdos y escenas de tu vida, y ahí es más que posible que te emociones, sientas el corazón en un puño, e incluso llores. Cuando lo ves reencontrarse con su difunta madre, con su padre al que no ve hace décadas, con un antiguo amor del instituto, con profesores y amigos, ... impacta sobre uno mismo. Es una obra que marca. En mi caso también lo hizo, y vuelve a hacerlo cada vez que la rememoro, a pesar de que, hasta el día de hoy, solo he tenido el valor de leerla una vez.
(el protagonista, tras viajar al pasado y reencontrarse con su padre después de más de treinta años)

¿Qué cambiarías de tu pasado?
Citemos algunas situaciones generales que, en algunos casos, cambiarías:

- No le habrías dedicado tiempo a esas personas que el paso de los meses y de los años te demostró que no lo merecían.

- Le habrías dedicado tiempo a otras personas que te habrían enriquecido como ser humano.

- No habrías sido amigo de ciertos individuos y sí de otros.

- No habrías dedicado tu esfuerzo en cuestiones que no servían para nada y te abrías centrado en aspectos más útiles y de provecho.

- No habrías tenido de pareja sentimental a esa persona que pasó por tu vida y que no era ni mucho menos la más adecuada.

- Habrías hecho caso a todas las alertas que sonaban en tu corazón y no te hubieras casado con la persona de la que poco después te divorciaste.

- Habrías sido más valiente a la hora de decir lo que realmente pensabas en multitud de temas.

Como harían falta millones y millones de libros para contar al detalle cada paso que cada uno de nosotros ha dado en este mundo, podríamos describir infinitas situaciones de la vida cotidiana, algunas trascendentales e importantes, y otras sin mucha importancia.
En definitiva, la idea sería “dejar de cometer errores” (incluso todos y cada uno de nuestros pecados) y tomar las decisiones correctas que nos trajeran la dicha, en lugar de malos momentos, tristezas, lágrimas y remordimientos.

¿Cambiaría realmente nuestra realidad? & El presente
Es evidente que poder vivir de nuevo la adolescencia y la juventud con los ojos de la experiencia y la madurez actual sería apasionante. Enfrentarse a algo conocido por segunda vez y afrontarlo de forma diferente, reencontrarse con “fantasmas” del pasado y hacerles frente, o pasar el tiempo con aquellos que ya partieron de este mundo en lugar de hacerlo con quienes no lo merecían, es una fantasía muy recurrente entre aquellos que son excesivamente introspectivos. Aquí la pregunta que deberíamos hacernos es: si fuera posible, ¿realmente cambiaríamos? ¿Y los personajes bíblicos? ¿Habrían desobedecido Adán y Eva a Dios si hubieran conocido el alcance de sus acciones? ¿Habría mirado atrás la mujer de Lot de saber que se iba a convertir en estatua de sal?  ¿Habría adulterado David con Betsabé sabiendo la ruina moral que sobrevendría sobre su alma? ¿Habría traicionado Judas a Jesús si se hubiera visto a sí mismo ahorcado de antemano en un árbol? ¿Habría...? Podríamos citar decenas de historias tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.
La respuesta a si modificaríamos partes de nuestro pasado es “sí”. Nos ahorraríamos ciertas dosis de dolor y, casi con total seguridad, facetas de nuestra personalidad serían bien distintas. Pero hay una pregunta que va más allá: ¿dejaríamos de cometer “otros” errores? ¿Dejaríamos de pecar, aun sabiendo las consecuencias de seguir haciéndolo? La respuesta es un tajante “no”. Y mi rotunda conclusión tiene una razón muy clara: los seres humanos, incluyendo por supuesto a los cristianos, siguen fallando y pecando en el presente, aun sabiendo las consecuencias:

- Incontables personas viven atrapadas en su mente por la nostalgia recordando la infancia y la primera juventud donde se sentían felices, mientras que otras siguen estancadas en su pasado por determinadas circunstancias, cayendo algunas en la amargura y otras en la depresión. Actúan como la mujer de Lot, a pesar de saber lo que le sucedió a ella. 

- Incontables personas siguen aceptando herejías, porque las dice el apóstol de turno, que proclama hablar de parte de Dios, a pesar de las advertencias de Pablo y de los veinte siglos de cristianismo.

- Incontables personas siguen enfrascándose en relaciones sentimentales con personas que tienen proyectos vitales tan diferentes que en el futuro les irá mal.

- Incontables personas siguen uniéndose en yugo desigual, a pesar de saber que va en contra de la voluntad de Dios, pensando que en sus casos será diferente y el inconverso se convertirá en el futuro.

- Incontables personas siguen fumando, a pesar de conocer de sobra los efectos sobre la salud.

- Incontables personas siguen consumiendo pornografía, tanto visual como literaria, a pesar de conocer cómo distorsiona la sana sexualidad y el concepto sobre el amor en el matrimonio.

- Incontables personas siguen adulterando, a pesar de saber que, cuando todo se descubra, sus familias serán destruidas y causarán un gran dolor.

- Incontables personas siguen teniendo amistades que no les convienen y que sacan lo peor de ellos mismos.

- Incontables personas siguen subiendo a las redes sociales fotos de sus hijos pequeños, a pesar de que la Policía y expertos en el tema les avisan sobre no hacerlo bajo ningún concepto, porque dichas imágenes, incluso las más normales, terminan en grupos de pedófilos.

- Incontables personas siguen sin educar a sus hijos en valores cristianos, a pesar de saber cuán fácil es que sus retoños sean arrastrados por la corriente de este mundo.

- Incontables personas dicen creer en Dios, pero no hacen nada para conocerle realmente, ni siquiera leen buenos libros de apologética, sino todo lo contrario.

- Incontables personas siguen desaprovechando el tiempo y usándolo para asuntos que no sirven para nada en el avance del Reino de Dios, a pesar de que saben que los días son malos.

- Incontables personas siguen sin despojarse del viejo hombre, sin renovarse, sin santificarse y sin transformar sus pensamientos, a pesar de que son exhortados una y otra vez en las Escrituras a que lo hagan.

- Incontables personas siguen...

En este mundo caído –del que formamos parte- los demás se equivocan y pecan, pero nosotros también lo hacemos. Los demás no hacen siempre –ni mucho menos- la voluntad de Dios, pero nosotros tampoco.

Usando el aprendizaje del pasado para cambiar
Hay dos detalles muy llamativos en las historias de la mujer adúltera, y en la de Adán y Eva:

- La mujer dejó de hacer lo que estaba haciendo en ese momento, porque fue “sorprendida en el acto mismo” (Jn. 8:4). La pillaron in fraganti y, a la fuerza, la detuvieron. Hasta entonces, hasta un segundo antes, ella estaba enfrascada en el pecado.
- Adán y Eva desobedecieron a Dios. ¿Y qué hicieron ambos cuando oyeron la voz de Dios en el huerto? Se escondieron (Gn. 3:8).

Es lo que sucede con los pecados de la mayoría de las personas: hasta que no son “descubiertos”, no dejan de cometerlo y, a la vez, se alejan de los que no pecan como ellos, porque la oscuridad siempre se siente incómoda ante la luz. 
En nuestro caso, y con todo lo que hemos analizado usando “Barrio Lejano”, es evidente que no podemos cambiar nuestro pasado ni las decisiones desacertadas que tomamos en su momento, como tampoco borrar los recuerdos de los pecados que ya cometimos, aunque ya fueran perdonados. Por eso, y sin tener que esperar a ser “sorprendidos” en tal o cual pecado para abandonarlo, sin vivir anclados en la nostalgia o en lo que no fue, lo que debemos hacer es aprender de la experiencia acumulada –tanto de la buena como de la mala, incluyendo el dolor, los reveses, los errores propios y ajenos- para crecer como personas y como cristianos, sabiendo que ambos conceptos son inseparables.
Así que, y como enseñanza final: en lugar de preguntarte qué cambiarías de tu vida si pudiéras viajar al pasado, debes plantearte qué puedes aprender de él para tu presente y futuro. Actúa en consecuencia y haz los cambios que haya que llevar a cabo, en todas las áreas necesarias. Es hora de reflexionar.