jueves, 11 de septiembre de 2025

¿Leer te convierte en mejor persona? ¿De qué depende realmente?

Por la prensa, supe que la influencer María Pombo –de la cual nunca había oído hablar, puesto que no me muevo por esos “mundos” digitales-, había dicho que leer no te convierte en una mejor persona. Las críticas contra ella arreciaron al instante. Mi intención no es destriparla, sino analizar sus palabras y hablarles a todos aquellos que están detrás de la pantalla y le quieren dedicar unos minutos a estas líneas.
La realidad es que es completamente cierto lo que afirma: el simple hecho de leer no te hace mejor. Es como el que cree que por hacer deporte de cualquier manera se volverá fuerte, cuando se ejercita poco o en exceso, come mal o no lo suficiente, y no descansa para permitir la recuperación y el crecimiento del músculo.
De igual manera, puedes leer los mejores libros del mundo, de cualquier materia, incluyendo de ética, moral, filosofía y espiritualidad, que si no pones en práctica lo que ellos enseñan no cambiarás a mejor. Es más, en psicología se considera que la persona que no hace lo que sabe, en verdad no ha aprendido. Conocer no es saber; saber implica interiorizar, asimilar, hacer tuyo, aplicar. Si sabes, pero no lo pones por obra, en verdad no sabes nada.
 
Lo que ha cambiado en mí por leer
Por otro lado, y sabiendo que millones de personas no leen, quiero exponerles qué ha supuesto para mí la lectura en sí. Mi deseo es hacerles ver que da igual que nunca lo hayan hecho, que lo hagan poco o que no tengan un hábito, ya que “nunca es tarde si la dicha es buena”. No importa que tengas veinte, treinta, cuarenta o setenta años; mientras estés vivo, tienes tiempo de subirte al carro. Y aquí va mi lista de razones para que reflexiones sobre ella y cómo puede hacerte crecer:
 
- Los libros de psicología de Bernabé Tierno, Enrique Rojas Marcos y los de la familia Vallejo-Nágera (recalco lo de Nágera) me han enseñado multitud de aspectos sobre cómo funciona la mente, su interrelación con el sistema nervioso y las emociones, junto a la manera en que nos afectan para bien o para mal las experiencias que vivimos, en función de cómo las valoremos. Y lo mismo con multitud de cuestiones: personas y actitudes tóxicas, el trato con los padres, la educación de los hijos y adolescentes, etc. Necesitaría cien páginas para hacer un brevísimo guion de todo aquello de lo que hablan.
 
- Cada vez que regreso a libros como “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury, “Rebelión en la granja” y “1984”, ambas de George Orwell, observo en dichas fábulas cuán parecidas son a nuestra sociedad presente, y cómo no ser uno más entre la masa para no dejarse arrastrar por ella.
 
- El libro de los Salmos me enseñó, y me enseñan, cómo experimentaron y afrontaron el dolor sus autores. Me mostró la manera de confiar en Dios cuando la tormenta arreciaba en mi corazón, a reconocerlo hasta en los pequeños detalles y a buscar fortaleza en Él.
 
- El libro “El hombre en busca de sentido”, de Viktor Frankl, me llevó a reflexionar sobre lo que es importante, y cómo un propósito vital y existencial te capacita para resistir cualquier penuria, por grave que sea.
 
- Los libros de los Proverbios y Eclesiastés me mostraron cuál es la verdadera sabiduría, junto a decenas de consejos sobre la vida diaria y el sentido de la misma.
 
- Los “libros” sobre Jesús (los cuatro Evangelios) me instruyeron sobre cómo Dios vivió entre nosotros, sobre el significado de su muerte en la cruz y el regalo consecuente que ofrecía, junto a todos los obstáculos que se encontró, cómo los afrontó y cómo valora la fe y la fidelidad a Su Palabra, no los halagos o el aplauso del prójimo. En definitiva, cómo la esperanza vence a la desesperanza.
 
- Los “libros” de Pablo (todas las cartas que escribió) me ilustraron sobre cómo es realmente el corazón humano y lo que significa vivir de una manera diferente a los valores de este mundo, lo cual no depende de lo que los demás piensen de ti, de cómo te sientas o del éxito o el fracaso personal. Es la manera perfecta de descubrir la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios (Ro. 12:2).
 
- Los libros de Charles Swindoll me ayudaron a ver los atinos y desatinos que otros seres humanos cometieron, para así saber cuál es la senda correcta, en lugar de aquella que conduce a la muerte en vida.
 
- La lectura de decenas de libros, tanto seculares como cristianos, sobre soltería, noviazgo y matrimonio, me sirvieron para analizar y entender las distintas formas en que cada persona siente el amor y los problemas que causan en las parejas no saberlo, junto a los motivos exactos de tantos corazones rotos, de tantas rupturas sentimentales y de tantos divorcios. Esto me ha ayudado a seguir con uno de mis lemas: “Fíjate en lo que nadie se fija, y verás lo que nadie ve”. El conocimiento adquirido en esos manuscritos, y que he corroborado con lo que yo mismo he visto mil veces en la vida real, han sido la base de multitud de artículos que he escrito al respecto.
 
- La lectura de “Diccionario de dificultades y aparentes contradicciones bíblicas”, de Haley-Escuain, “Evidencia que exige un veredicto”, de Josh Mcdowell, o “El caso de Cristo”, de Lee Strobel, entre otros muchos estudios a los que he accedido sobre apologética (incluyendo la lectura de los que promulgan los ateos), me han sido de guía para hacer mis propios análisis y encontrar respuestas a todas esas inquietudes intelectuales que trae aparejada la fe, como el problema del mal en el mundo o la manera de actuar de Dios en determinadas circunstancias concretas e históricas. Es la única manera de argumentar racionalmente aquello que dices creer o no creer, en lugar de dejarse llevar por lo que nos enseñaron en el pasado u otras personas influyentes, como familiares y profesores.
 
Y así podría estar mencionando libros, libros y más libros hasta el año que viene, y lo que he aprendido de ellos. Y los “infinitos” que me quedan por hincarle el diente.
 
¿Qué puedes hacer? Si quieres, claro…
Solo quiero despertarte, para que te confrontes ante el espejo contigo mismo. No busco hacerte sentir mal. Tampoco consiste en que digas “ahora voy a leer mucho y sin descanso”. Lo importante es leer libros de gran calidad que te aporten de verdad y te sirvan para llenar tu mente de riqueza sobre temas valiosos. Tú mismo verás que tu cerebro creará nuevas conexiones, donde las ideas brillarán y saltarán de una a otra, donde tu mente tendrá un nuevo “funcionamiento”, incluso cuando estés en reposo.
Una y otra vez he visto que, en las personas que no lo llevan a cabo, se hace realidad en ellos una frase que me acompaña desde que me la enseñaron: “mente vacía, oficina del diablo”. Si no llenas tu mente de “lo bueno”, por lógica, se llenará de lo malo: pensamientos sobre asuntos banales o negativos, críticas hacia los que te rodean, chismorreos continuos, música y lenguaje vulgar, visualización de telebasura, interés por la vida amorosa de los famosos, uso del tiempo libre siempre volcado al ocio sin transcendencia, horas y horas viendo TikTok, búsqueda de validación en las redes sociales, exposición de tu cuerpo semidesnudo para ser “piropeado”, etc.
Estos puntos sintetizan lo que dijo una niña en la novela antes mencionada de Ray Bradbury: “A veces, me deslizo a hurtadillas y escucho en el Metro. O en las cafeterías. ¿Y sabe qué? La gente no habla de nada. Citan una serie de automóviles, de ropa o de piscinas y dicen que es estupendo. Pero todos dicen lo mismo y nadie tiene una idea original”.
La mente trabaja sobre lo que tiene: si le das basura, generará basura; si le das riqueza, generará riqueza interior. El aburrimiento, el sopor, que muchos dicen experimentar, y que se agudiza con la edad, que se manifiesta en un vacío sin fin y en deterioro cognitivo, son causa directa de no usar la mente “para lo que merece la pena”. Tu cerebro es como un Ferrari: si no le echas buena gasolina, si no cuidas el motor, si lo pones a correr sobre el desierto, ese extraordinario coche estará para el desguace en poco tiempo.
 
¿Crecer o no crecer? He ahí la cuestión
Volviendo a las palabras de la tal María Pombo: tener el conocimiento de estos libros, por sí mismos, no me ha hecho mejor persona. Lo que me ha hecho crecer, pulirme, hacerme y rehacerme, ha sido la aplicación, tanto interna como externa, de ese conocimiento. Todos y cada uno de los errores que he cometido en mi vida adulta han sido por falta de conocimiento (por ejemplo, haber creído en varias herejías durante años) o por dejarme llevar por las emociones más viscerales, en lugar de hacerlo por la sabiduría expuesta en los libros, queriendo hacer las cosas a mi manera y no en la de Dios.
Algunos dirán: “Hay personas maravillosas y no leen” o “como se aprende realmente es con la experiencia de la vida”. Y sí, ambas realidades son verídicas. Pero añado: “¿Y cuánto se puede aprender de los errores y aciertos de los demás, de sus conocimientos, de sus vivencias, expresadas en miles de libros?”. La respuesta sería: “Una barbaridad”. En muchos aspectos, nos evitaríamos caer donde otros cayeron, y se nos facilitaría el aprendizaje vital y en todas las áreas del saber. 
 
Así que te pregunto: ¿Qué harás ahora? ¿Buscarás esos libros que te harán crecer o seguirás con excusas como “ya es tarde para mí” o “soy demasiado mayor porque tengo… años”?

lunes, 8 de septiembre de 2025

11.14. Si eres el causante de tu soltería, es hora de que cambies.

 

Venimos de aquí: ¿Te sientes culpable por rechazar a un pretendiente? (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2025/06/1113-te-sientes-culpable-por-rechazar.html).
 
 Lo repetiré a lo largo de todo el capítulo: las causas a la soltería que estamos exponiendo son adyacentes o secundarias. Las causas principales que suelen darse o ser la norma están descritas claramente en el segundo apartado del primer capítulo (Lo que le duele a los solteros: Haciendo malabares: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/03/12-lo-que-duele-los-solteros-haciendo.html). Lo aclaro para que no haya malos entendidos y nadie se cree falsos sentimientos de culpa.
 
 Quizá te has ofendido al leer las distintas descripciones realizadas en este capítulo. O puede que hayas sido honesto contigo mismo y, al verte representado, estés experimentado tristeza y dolor. Sea como sea, reconocer los errores es el primer paso para cambiar. Es hora de que te replantees todos los asuntos que hemos analizados. Es hora de transformar esas partes de tu ser que sabes que no son acertadas. Y para concienciarte de no demorarlo más en el tiempo, te haré ver una historia real antes de concluir este capítulo:
 
 “El 11 de marzo de 2004, un poco antes de las doce de la mañana, me incorporaba como voluntaria al servicio de emergencias 112, destino que me acababa de asignar el Colegio de Psicólogos de Madrid. Cuando entraba en el edificio, una joven acompañada de un señor mayor preguntaba al vigilante por una persona. Era una chica de unos 25 años, rubia, muy ansiosa, que había recorrido hospitales, comisarías y otros centros de atención sin encontrar noticias de su novio. El vigilante no tenía más información que la que se estaba dando a través del teléfono 112. Él estaba en ese tren, insistía la chica. Recuerdo perfectamente su cara crispada por la incertidumbre y su voz, a punto de romperse. Soy psicóloga, me incorporo ahora mismo, le dije. Dime el nombre de tu novio y lo primero que haré será buscarlo y llamarte. Su novio se llamaba J.; ella, Mª A. Enseguida revisé las listas de personas hospitalizadas (salvo una media docena de heridos que figuraban ´sin filiación`, todos estaban perfectamente controlados en los diferentes hospitales de la comunidad), pero J. no figuraba. Hable con Mª A. Le aseguré que seguiría pendiente del tema y la llamé de nuevo a lo largo del día. Se sabía que había más de ciento ochenta fallecidos, pero, aunque todos los equipos que intervinieron es este espantoso día funcionaron con eficacia, la identificación de los cadáveres no fue fácil. Hasta media tarde no se conocieron los primeros nombres. Los datos llegaban poco a poco, la primera lista solo dieciséis personas, después se fue ampliando. En la tercera relación de fallecidos figuraba J. Ambos estaban a punto de iniciar una vida en común. El 11-M se rompieron ciento noventa vidas y seguramente otras tantas historias de amor. Entre ellas habrá alegría y penas, relaciones satisfactorias e insatisfactorias, proyectos de ruptura y proyectos de convivencia, como el de Mª A. y J. ¿Cómo habrían respondido los implicados en unos y otros si, milagrosamente, hubieran tenido una segunda oportunidad? ¿Con qué nuevos ojos, con qué nuevos planteamientos, habrían mirado a su pareja? ¿Seguiría todo igual? Quizá no. Algunas separaciones se evitarían, estoy segura, y ciertas mezquindades se transformarían en cariño. No cabe hacer más que conjeturas, ya que la muerte no da una segunda oportunidad; pero propongo a los lectores que imaginen la desaparición de su compañero en uno de esos trenes y luego vuelvan a su realidad”[1].
 
 En ningún momento ha sido mi deseo llenarte de tristeza, pero, si has llorado, recuerda que hay lágrimas que son de sanidad. Mi deseo es que analices si en el camino has encontrado seres humanos que te ofrecían todo lo que se puede esperar de una relación de pareja y que, sin embargo, has apartado de tu lado por las distintas causas que hemos ido analizando.
 Debes aprender a valorar de otra manera a las personas del sexo opuesto. Así podrás disfrutar de ellas en su justa medida en lugar de demandar unos niveles de grandeza que están fuera del alcance humano.
 Cambiar tus patrones de conducta no es algo que lograrás de la noche a la mañana. No será fácil, pero ya sabes los pasos que debes dar y las herramientas que Dios ha puesto a tu disposición. Como siempre, de ti depende. Que el Señor te dé la fortaleza para llevarlo a cabo.
 
 * En el siguiente enlace está el índice:
 * La comunidad en facebook:
 * Prosigue en: La dependencia emocional. Una dificultad añadida en el noviazgo: Introducción.


[1] Varela, Pilar. Amor puro y duro. La esfera de los libros.

lunes, 4 de agosto de 2025

A los padres cristianos: de vuestras palabras y acciones, y de los recuerdos que tenga vuestro hijo de vosotros, dependerá, en gran medida, que se convierta en “Superman”... o en todo lo contrario

 


Realmente, es difícil hacer un guion que sea interesante partiendo de la historia de un personaje, con apariencia humana, pero que realmente es un alienígena, prácticamente invencible y que posee una serie de poderes que lo lleva a estar muy por encima de nuestras capacidades. ¿Cómo hacerlo? Humanizándolo, convirtiéndolo en una persona con los mismos problemas, miedos, angustias, sueños y esperanzas que cualquiera de nosotros. Más allá de la acción, de las heroicidades y de todas las escenas épicas, eso es lo que vemos en la nueva versión del director James Gunn sobre Superman, estrenada hace escasos días y que ya pude disfrutar en persona. Sin compararla con otras anteriores, sí puedo decir que es el Superman que más se parece al visto en los cómics, y cuya esencia también pudimos ver cuando lo interpretó el difunto Christopher Reeve (1952-2004). Ni siquiera el actor David Corenswet posee un físico imponente, como si era el caso de Henry Cavill.
Sirviéndome de ella, y como ya he hecho en otras ocasiones con otras películas y series, la usaré para hablar de un tema recurrente en este blog: dirigirme a los padres, para que, una vez más y de forma insistente, comprendan la importancia suprema de sus palabras, de sus acciones y del tipo de educación que les imparten a sus hijos, y se pongan manos a la obra. Hacerlo de una manera u otra, marcará la diferencia... como veremos al ver el contraste entre Superman y un villano que, hasta casi el final del largometraje, no se descubre quién es...
También, por supuesto, le hablaré a los hijos, sean todavía adolescentes o ya adultos.

Claros y oscuros
Hace tres siglos, los primeros seres con superpoderes, conocidos como METAHUMANOS, aparecieron en la Tierra, marcando el comienzo de una nueva era de DIOSES Y MONSTRUOS.
Hace tres décadas, un bebé extraterrestre fue enviado en una nave espacial a la Tierra y adoptado por granjeros de Kansas.
Hace tres años, el bebé, ya adulto, se anunció como SUPERMAN, el metahumano más poderoso de todos.
Hace tres semanas, Superman impidió que el país de BORAVIA invadiera JARHANPUR, lo que desató la controversia mundial.
Hace tres horas, un metahumano llamado EL MARTILLO DE BORAVIA atacó a Superman en la ciudad de METRÓPOLIS.
Hace tres minutos, Superman perdió una batalla por primera vez.

Con esas impactantes palabras, a forma de introducción, comienza la película Superman, de 2025, donde no se detiene a explicar el origen del mismo por enésima vez, puesto que todo lo sabemos ya, al ser parte de la cultura popular.
Tras ellas, vemos a nuestro personaje cayendo en picado del cielo y estrellándose violentamente contra la Antártida, gravemente herido y sangrando. Alguien le ha derrotado. Sin poder moverse, comienza a silbar para que Krypto, un perro que pertenece a su prima Kara, le lleve “a casa”: la Fortaleza de la Soledad, una estructura gigantesca enterrada bajo la nieve.

Una vez allí, unos cíborgs a su servicio lo levantan en peso y lo tumban en una camilla, donde comprueban todos los huesos rotos que tiene y las lesiones internas. Puesto que recibe su fuerza de los rayos del sol, lo exponen al mismo. De una manera que nunca habíamos visto, su cuerpo comienza a regenerarse en medio de crujidos y un gran sufrimiento. Y aquí tenemos lo primero que nos llama la atención: durante el proceso, Kal-El le pide a los autómatas que le reproduzcan un holograma del mensaje que Jor-El y Lara, sus difuntos padres biológicos, le mandaron junto a su nave, el cual dice así: “Te amamos más que al cielo, hijo nuestro. Te amamos más que a la tierra. Nuestro amado hogar pronto desaparecerá para siempre, pero la esperanza llena nuestros corazones, y esa esperanza eres tú, Kal-El”.

Conocía esas palabras de memoria y las repetía a la vez que las escuchaba. Le animaban a seguir adelante y eran el combustible que alimentaba su corazón.
El problema residía en que la mitad del mensaje estaba dañado y no podía saber qué contenía... hasta que Lex Luthor, el villano de turno, sirviéndose de uno de sus esbirros, hackeó el sistema y su contenido salió a la luz. El mensaje, en su totalidad, decía así, y era estremecedor:

- Jor-El: “La gente de allí es simple y profundamente confundida; débiles de mente, espíritu y cuerpo. Señorea sobre el planeta como el Último Hijo de Krypton”.
- Lara Lor-Van: “Deshazte de cualquiera que no pueda o no quiera servirte, Kal-El. Toma tantas esposas como puedas para que tus genes y el poder y legado de Krypton vivan en esta nueva frontera”.
- Jor-El: “Enorgullécenos, nuestro amado hijo. Gobierna sin piedad”.

Este anuncio fue retransmitido a nivel mundial en cuestión de segundos por Lex, con la intención de desprestigiar a Superman. Cuando se supo, el héroe, que era admirado y querido sin parangón, pasó a ser criticado al instante. Todo el mundo le insultaba, le miraba con menosprecio, con odio y con miedo. ¡Incluso un señor se atrevió a lanzarle una lata a la cabeza, y vivió para contarlo! 
Esto lo cambiaba todo: Kal-El (Superman) había creído toda su vida que sus padres lo enviaron a la Tierra para hacer el bien, cuando en realidad tenían otro propósito para él: querían que la sometiera, que procreara a mansalva y que, así, en cierta manera, hiciera renacer “Krypton”. Tras intentar explicar que él no era un conquistador, se marchó apesadumbrado y estupefacto. Todo lo bueno había hecho con anterioridad, parecía haberse evaporado y olvidado.
¿A quién debía hacer caso? ¿Qué palabras debía seguir? ¿Debía “obedecer” a sus padres biológicos para no traicionarlos? ¿O, por el contrario, debía aferrarse a la educación que recibió de sus padres adoptivos y seguir viviendo para salvar vidas? Esta vuelta de tuerca en la historia es la parte más interesante de la película: el dilema del héroe que se enfrenta a la disyuntiva moral de tener que elegir entre dos caminos completamente opuestos. Y es aquí donde podemos empezar a ver la importancia que tiene la crianza de un hijo, la actitud de los padres y los valores que transmiten.

¿De qué depende que el niño, cuando crezca, sea Superman o Ultraman?
Hace unos años leí a un pastor señalar que usar con un hijo expresiones como “mi cielo”, “mi vida”, “mi amor” o “mi tesoro”, eran prácticamente malcriarlo. Ni mucho menos estoy de acuerdo. Un hijo es un regalo de Dios para cuidarlo, educarlo, valorarlo y ayudarle a madurar, y eso también implica expresarle palabras de afecto y cariño. Malcriar es algo muy distinto: es dejarlo a sus anchas en todo momento, no inculcarle valores, no corregirle cuando se equivoca, no establecer normas y límites. Lo que se ha observado entre las distintas generaciones de padres es una abismal diferencia:

1) en las más antiguas, quizá había un exceso de distancia entre padre e hijo, como si la autoridad del primero fuera lo más importancia, lo que conllevaba una severidad que un pequeño no podía entender, ni para la cual estaba preparado. Incluso el castigo físico era considerado como algo normal. Un cachete en el trasero, una torta en la cara o un buen tirón de orejas eran parte de esas rutinas. Todavía hay cristianos que se apoyan en Proverbios 23:13-14 para justificarse: “No rehúses corregir al muchacho; porque si lo castigas con vara, no morirá. Lo castigarás con vara, y librarás su alma del Seol”.
Y aquí saldrá alguno que dirá: “Mis padres me dieron dos tortas bien dadas cuando tocaba, y aquí estoy, hecho y derecho”. Pues me parece muy bien. Pero también digo que un padre tiene mil herramientas para instruir y disciplinar a un hijo, sin necesidad de golpearlo, incluso aunque sea con poca fuerza. ¿Qué implica más esfuerzo que una bofetada y dos gritos? Pues sí. ¿Que hay adultos que consideran que el castigo físico les ayudó? Lo puedo aceptar, pero no me vale: nadie debería tener esa serie de recuerdos a lo largo de su vida, como tampoco que le griten como si fuera un demonio, o recibir expresiones como “es que eres tonto”, mientras le levantan del suelo tirándole de la oreja. Hablar al corazón y a la mente es infinitamente superior que hablarle al cuerpo con el uso de la violencia. ¿Qué se lo merece en ocasiones? Bueno, si Dios “nos diera lo que nos merecemos”, dentro de cinco minutos no habría vivo ni un solo ser humano sobre la faz de la tierra. ¿Que el niño hace tonterías? ¿Y nosotros, los adultos, es que no las cometemos de vez en cuando? ¿Te gustaría que Dios te dijera “¡qué tonto eres!”? Sería bueno que los padres recapacitaran sobre lo dicho e hicieran suyas estas palabras de Harry L. Reeder: “Justicia es cuando Dios nos da lo que merecemos. Misericordia es cuando no nos da lo que merecemos. Gracia es cuando nos da lo que no merecemos”.

2) en las más actuales, se ha pasado a una laxitud casi absoluta. O al niño se le trata como a una “mascota” –se le da de comer, se le viste, se le lleva al colegio, se le apunta a actividades extraescolares, se le dice cuándo acostarse y levantarse, y poco más-, o se le permiten todos sus caprichos y “estilo de vida”: se le compra casi todo lo que demanda y se le deja decenas de horas a la semana delante de algún artilugio electrónico, sea una consola de videojuegos, un ordenador, un móvil o una tableta, con tal de que no haga ruido y los padres puedan estar tranquilos. Lo dicho, una mascota. ¿Hay tiempo para un ocio sano? Sin duda, pero también debería haberlo para llevar a cabo lo dicho en Deuteronomio 6:7: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes”. Y esto no significa meramente ir detrás del niño para que se aprenda de memoria los textos bíblicos, sino enseñarle en la vida cotidiana cómo aplicarlas.

En ambos casos, las dos actitudes mencionadas (“golpes” y “falta de educación”), ni fueron, ni son, las ideales, sino más bien un fracaso de los progenitores. ¿Que luego los niños se convirtieron en grandes adultos? Sucede en muchas ocasiones, pero fruto de su propia reeducación y transformación.  Es cierto que hay malos padres que sus hijos luego fueron excepcionales, y viceversa. Pero es innegable que la buena o mala educación recibida aumentará las probabilidades de que se haga realidad el consabido refrán “de tal palo, tal astilla”.
Y no, no me olvidaba: Ultraman, al que he mencionado en el encabezado, resultó ser la persona que se ocultaba tras la máscara y que logró derrotar a Superman al comienzo de la película. Era, ni más ni menos, que el clon de Superman, pero sin cerebro. En definitiva, una cáscara vacía, alguien sin moralidad, al que Lex Luthor solo le había inculcado el odio y la violencia. De ahí mi comparación entre uno y otro. Teniendo los dos el mismo ADN, fue la educación que recibieron lo que marcó la diferencia. Lo mismo con los hijos reales.

- Por eso unos acaban siendo “Superman”, con sanos valores, con una ética cristiana, con empatía, íntegros, honestos, fieles a sus cónyuges, que devuelven bien a pesar del mal, que no se dejan dominar por sus impulsos y pasiones, con profundos intereses intelectuales y espirituales, enfocando sus vidas a la práctica del bien y la bondad.

- Otros acaban convirtiéndose en “Ultraman”, con mentes huecas, superficiales, dedicando todo su tiempo libre a aficiones que no tienen repercusión eterna y a conversaciones banales, que se unen en matrimonio con personas que no les convienen, que devuelven mal por mal, que pierden el pudor, con lenguas llenas de palabras malsonantes o que las usan principalmente para criticar a sus seres cercanos o conocidos, que consideran normal la mentira, la promiscuidad y la infidelidad o cualquier tipo de relación sin importar si son hombres o mujeres, entre todo tipo de lindezas.
Superman vs Ultraman

El “todo” de Superman: los recuerdos con sus padres
Junto a algunos momentos espectaculares de esta nueva versión, ver “volar” a este personaje en pantalla siempre me ha emocionado desde crío, más que a un cerdo revolcarse en el barro. Pero, sin lugar a dudas, el alma del personaje lo vemos justo en la escena final, y que es el culmen de todo la historia: mientras está tumbado en la camilla, sonríe, con el alma llena, visualizando en imágenes todas esas vivencias, todos esos momentos, todos esos abrazos, todo ese amor, que compartió con sus padres adoptivos, Martha y Jonathan Ken, durante la niñez y la adolescencia, desde la más simple cotidianidad en la granja de Smallville, hasta el día en que descubrió sus dones y el apoyo que recibió de ellos.
He aquí su rostro, mirando a cámara y rompiendo la cuarta pared:
Un hijo, ya de adulto, debería poder mirar los momentos que vivió con sus padres y sonreír emocionado, como hizo Kal-El, en un final de película muy emotivo y lleno de significado

Todo padre debería aspirar a que sus hijos, cuando lo recuerden, lo hagan con esa expresión de pura felicidad. Esos recuerdos, esa educación que recibió, esos valores, y LA DECISIÓN PERSONAL de vivir según los mismos, eran su aliento, su fortaleza, su consuelo, su impulso. Todo ello le llevó a querer hacer el bien, a pesar de que, en muchos momentos, fuera incomprendido y sus acciones malinterpretadas. Es lo mismo que le sucede a muchos cristianos, cuyas vidas son severamente juzgadas por aquellos que no son creyentes o por aquellos que una vez lo fueron y abandonaron el camino –el único camino-, que incluso dudan de ellos o creen que tienen intenciones torticeras.
Debes tener presente que los recuerdos que tus hijos tengan de ti, en función de cómo hayan sido, serán su fortaleza o su debilidad. Hay millones de cosas que un padre puede hacer con su hijo para llenar esa mente de vivencias compartidas y que perdurarán para siempre: ir al campo, hacer una acampada, compartir la lectura de un mismo libro y comentarlo entre ambos para aprender y crecer, nadar, señalarle sus virtudes y aciertos en lugar de centrarse tan habitualmente en sus fallos, reconocer sus dones y ayudarle a que los desarrolle, ver una película con sanos valores y mostrárselos, ir por lugares antiguos, etc. La lista es tan larga como la imaginación de cada uno.

Si no has tenido unos padres así...
Puede que tus padres fueran más bien como los padres biológicos de Clark: malos consejeros o poco ejemplarizantes. Otros, un tanto despreocupados en la educación y poco esforzados en crear buenos recuerdos en común. No es necesario que fuera algo extremo, pero sí que no tuvieran, o tengan, a Jesús por Señor.
¿Cómo puedes enfrentar como persona una situación semejante? Aquí están las dos claves para ti:

1) Desobediencia a tus padres vs Obediencia a Dios: tu decisión te define
Cuando Kal-El supo del mensaje en su totalidad de sus padres biológicos, tuvo que elegir entre seguirlo o rechazarlo. Y lo rechazó. Es completamente cierto que se nos enseña a “obedecer a nuestros padres” (cf. Ef. 6:1; Col. 3:20), pero eso no implica hacerlo si sus enseñanzas van en contra de los mandamientos de Dios.
Si tus padres te enseñaron que están bien mentir, debes rechazar dicha enseñanza. Si tus padres te enseñaron que están bien pagar mal por mal, debes rechazar dicha enseñanza. Si tus padres te enseñaron que no pasa nada por usar palabras groseras, debes rechazar tal idea. Si tus padres te enseñaron que están bien creer en lo que te venga en gana, debes rechazar semejante deseo. Si tus padres te enseñaron que no importa cómo vistas y que muestres en público buena parte de tu desnudez, debes huir de plano de tal consejo. Si tus padres te enseñaron que están bien las relaciones entre personas del mismo sexo o las relaciones prematrimoniales, debes rechazar dicha enseñanza. En ocasiones, estas falsas enseñanzas vendrán por activa, por consejo directo, y en otras muchas por pasiva, por omisión, guardando silencio dichos padres ante la maldad.
En definitiva, y aunque en términos generales sean “buenas personas”, si ellos deciden vivir de espaldas a Dios, debes DESOBEDECERLOS en esas áreas que contradigan lo establecido en la “buena voluntad de Dios, agradable y perfecta” (Ro. 12:2).
Y es aquí donde cobran plena vigencia las palabras –su legado- que Jonathan le regaló a su “hijo”: “Tus decisiones, Clark. Tus acciones. Eso es lo que te define”. Y eso es lo que convirtió a Clark en un verdadero héroe, renaciendo como un verdadero Superman. Por eso esta historia es inspiradora para cualquiera de nosotros.
         Momento exacto en que Jonathan le dice esas palabras a Clark
 
Este Superman no es un semidiós o una especie de mesías –como nos lo presentaron en otras versiones- sino alguien que, como nosotros, sufre, llora, sangra, tiene momentos de vulnerabilidad, comete errores, tiene dudas y siente el rechazo de los que le rodea. Pero, a pesar de todo esto, no se rinde, se vuelve a levantar y decide a hacer el bien. Por eso le dice a Lex: “Soy de carne y hueso. Siento el miedo. Siento el amor. También sufro. Y sí, me equivoco todo el tiempo. Pero eso es ser humano. Y esa es mi mayor fortaleza. Y algún día espero, por el bien del mundo, que entiendas que la tuya también”.
En nuestro caso, como hijos, experimentamos circunstancias y emociones semejantes. Y, de igual manera que Clark, tenemos la capacidad de seguir adelante y, como cristianos, elegir el camino recto y seguir a Dios, pase lo que pase.
Que no lleves una capa roja (y ni se te ocurra llevar los calzoncillos por fuera, por favor), no significa que no puedas ser un superhéroe para Dios. Ya dijo el autor de hebreos que el mundo no era digno de aquellos que murieron haciendo la voluntad divina (cf. Heb. 11:38). Esta no es nuestra “casa” definitiva, puesto que aquí estamos de paso, a la espera de nuestra morada eterna. Mientras tanto, aunque no vayamos a salvar a una niña usando nuestro propio cuerpo, sabemos que Dios ha preparado obras de antemano para que andemos en ellas (cf. Ef. 2:10), y eso es lo que debemos hacer. Alinea tus dones con Su Obra y para Su gloria. Si los usas para tu propia voluntad y el aplauso de los que te rodean, estarás desperdiciando tu vida por completo.

Jonathan termina su alegato así: “Déjame decirte algo, hijo, no podría estar… más orgulloso de ti”. Si vives en la voluntad de Dios –aunque tus padres no lo hagan-, queriendo agradarle a Él, cuando estés en Su presencia, podrá decirte lo mismo, seguido de esta otra aseveración: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor” (Mt. 25:23).

2) Recuerdos del pasado/futuro
A menos que tus padres fueran unos monstruos –y deseo que no fuera así-, seguro que tienes algún buen recuerdo con ellos, sean muchos o pocos. Guarda esas perlas en tu corazón y rememóralas con gozo.
Incluso en la mayor de la oscuridad, “recuerda” lo que Dios hizo por ti: te creó de la nada, Sus ojos vieron tu embrión, se encarnó en Hombre, se enfrentó al mal con valentía, derrotó a la tentación, encaró su propia muerte por amor a ti y la derrotó resucitando al tercer día para redimirte, adoptándote como hijo. Con esa lista habitando en tu corazón, nadie podrá quitarte el gozo (cf. Jn. 16:22), y serás INDESTRUCTIBLE, puesto que no dependerás de los demás, ni de lo que digan o piensen de ti.
Él es tu fortaleza, tu guía, tu camino, tus huellas a seguir, por lo que puedes sonreír en lo que hizo y en lo que hará, porque lo ha prometido. Llena tu mente de todos esos recuerdos del pasado y futuro.

Espero que meditar sobre estas líneas te ayude en gran medida a tu crecimiento y madurez y que hayas disfrutado la lectura.

P.d: Para aquellos que quieran profundizar en otros aspectos del personaje, aquí le dejo el enlace a dos artículos que le dediqué hace unos años: