lunes, 18 de septiembre de 2017

Respondamos sinceramente: ¿deseamos justicia o venganza?


De izquierda a derecha, y de arriba abajo: Arnaldo Otegi, Nicolas Maduro, Kim Jong-un, Anna Gabriel, Oriol Junqueras, Carles Puigdemont, Àngels Martínez y Carme Forcadell.

Si nos ponemos en “modo espiritual”, instantáneamente responderemos a la pregunta que encabeza el escrito que, ante la maldad de determinados individuos, lo que deseamos es justicia y no venganza. Por el contrario, si nos quitamos las caretas por unos minutos y respondemos sinceramente en función de lo que en ocasiones sentimos, nos daremos cuenta de que, en términos humanos, no es tan fácil distinguir ambos conceptos y lo que realmente queremos.

Personas y situaciones que me irritan a día de hoy
Eran las 5 de la madrugada del pasado 14 de septiembre y no paraba de dar vueltas en la cama. No podía dormir, y no era por alguna enfermedad o porque no estuviera cansado, sino por la tremenda irritación que sentía en mi cuerpo y que se había ido acumulando en apenas unos días. Aunque ya llevaba “calentito” varios meses por la situación creada, el detonante final y la gota que colmó el vaso de mi paciencia fue ver a la diputada Àngels Martínez retirar las banderas de España del Parlamento catalán, mientras que Anna Gabriel, parte de esa secta política llamada CUP, se reía.

Si a esto le añadimos los continuos pitos al Rey de España cada vez que asiste a la final de la Copa de fútbol que lleva su nombre, las pancartas que pusieron en las gradas del Camp Nou (“SOS Democracia” y “Welcome a to the Catalan Republic”), junto a las burlas continuas a la Justicia, a la Constitución y, en consecuencia, a todos los españoles, de los secesionistas Carme Forcadell (presidenta del Parlamento de Cataluña), Carles Puigdemont (presidente de la Generalidad de Cataluña), Oriol Junqueras (vicepresidente de la Generalidad), y cientos de alcaldes como ellos, más la presencia en la Diada de Arnaldo Otegi (expresidiario por pertenencia a ETA), pues ya tenemos el cuadro completo del porqué de mi profunda irritación como ciudadano español. También habría que sumarle la indignación que siento al ver cómo les han lavado el cerebro a chicos y chicas jóvenes de 9 a 15 años y los usan como marionetas.
Se supone que un cristiano debe amar la paz y respetar a todo el mundo, pero no por ello es menos humano o insensible ante la sociedad, y menos aún cuando un grupo de personas, que dicen representar a una mayoría (completa mentira y que ha provocado la fractura de la propia sociedad catalana), quieren, literalmente, saltarse todas las leyes habidas y por haber. Para los que viven fuera de España y no sepan de qué va el tema, se los explico en pocas palabras: el Parlamento Catalán ha convocado un referéndum el próximo 1 de Octubre para que los catalanes, y solamente los catalanes, voten si quieren que Cataluña sea un estado independiente en forma de república. Quieren decidir sobre la “autodeterminación”. La realidad es que ningún texto constitucional de los países occidentales permiten dicha opción[1]. La misma Constitución Española dice que “la soberanía nacional reside en el pueblo español” (Art. 1.2). Es decir, si hubiera una votación, tendría que hacerlo TODO el pueblo de España, los 47 millones de habitantes: andaluces, madrileños, manchegos, gallegos, vascos, etc. Contándome a mí, somos seis hermanos. Si yo decidiera por mi propia cuenta quedarme con una parte de nuestra casa sin consultarle a ellos, ¿qué pensarían? Seguro que nada bonito. Fácil de entender, ¿verdad?
Por eso el Tribunal Constitucional ya ha declarado dicho referéndum como ilegal. Y aún así, los políticos catalanes han lanzado todo un órdago a la nación y se han declarado en rebeldía, en contra del artículo 9.1: “Los ciudadanos y los poderes públicos están sujetos a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico”. ¡Constitución que ellos mismos aprobaron en 1978! ¡Pero claro, se presentan como víctimas y nos llaman dictadores fascistas!
¿Tengo razones para estar irritado? Creo que sí, y de sobra. Estoy seguro que el apóstol Pablo no estaba “bailando sevillanas” y saltando de alegría cuando expresó su sentir: “!!Ojalá se mutilasen los que os perturban!” (Gá. 5:12). Y recordemos que Jesús se encendió cuando vio a los mercaderes en el Templo por ir en contra de las leyes divinas y engañar a las personas. Con esto no estoy queriendo ni mucho menos poner la Constitución Española a la misma altura de la Ley de Dios, sino mostrando que este tipo de sentimientos son completamente lícitos ante cualquier injusticia observable. ¿O es que no te indignas cuando lees los datos sobre el número de abortos y escuchas de una violación, del abuso de un menor o de la agresión a un profesor de escuela?
Todo lo que he reseñado hasta ahora es lo que me movió a escribir en mi muro de facebook una sátira llamada “El Guateque”[2], y que también me llevo a hablarlo con un  amigo como forma de desahogo, y, por último, a reflexionar seriamente sobre ciertos sentimientos que estoy experimentando.

Los deseos de nuestra naturaleza caída
Vivamos en una u otra parte del mundo, tenemos razones de sobra para sentir enojo ante ciertas personas. Dos se me vienen a la mente:

- Nicolás Maduro, que tiene al pueblo venezolano pasando hambre y sumido en una crisis económica brutal, y que hace unos días presentó el “plan conejo”. Mientras se reía a carcajadas, anunciaba que se iba a entregar un conejo a cada comunidad para que se reproduzcan y poder comérselos; así se combatiría la falta de proteínas de la población, puesto que el pollo y la carne vacuna ya son lujos que casi nadie se puede permitir.

- Kim Jong-un, el presidente de Corea del Norte, que casi siempre que se le ve en una fotografía con sus lacayos está “partido” de risa”, que invierte casi todo el dinero del país en el ejército a pesar de la pobreza del pueblo –siendo él el único con sobrepeso de toda la nación (130 kilos pesa el buen mozo)-, y que desprecia las resoluciones de la ONU en su contra, amenazando día tras día con atacar con misiles nucleares a Corea del Sur, Japón y Estados Unidos.

¿Mis sentimientos iniciales hacia estos dos personajes? Junto a todos los falsos teólogos de la prosperidad que engañan a los ingenuos para sacarles la plata (euros, dólares o la moneda que sea), los pondría en una isla desierta y les dejaba caer un “bombazo atómico”. Muerto el perro, se acabó la rabia. “Ay, ay, Jesús, no digas esas cosas”, pensarán muchos. La realidad es que, aunque nos podamos escandalizar de lo dicho, es el mismo sentimiento que embarga a cualquier cristiano con otras personas o situaciones, aunque sea de forma puntual. ¿O es que no te hierve la sangre de vez en cuando? Y el que diga que no, que me llame por teléfono para explicármelo, mientras arranca varios salmos del rey David donde él pide venganza.
Ahora bien, es aquí donde deben leer con atención: estoy hablando desde mi humanidad caída, desde mi naturaleza carnal. Y recordemos que una de las obras de la carne es la ira (cf. Gá. 5:20). Ahora bien, “desear” y “sentir” no es lo mismo que “hacer” o “llevar a cabo”. Igual que hay creyentes (verdaderos hijos de Dios que han nacido de nuevo, pero que, como todos, siguen teniendo una naturaleza caída), que en momentos concretos pueden llegar a desear hacer cualquiera de las obras de la carne que cita Pablo (fornicación, lascivia, adulterio, etc.), el apóstol nos dice a todos: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis (Gá. 5:16-17).
Pablo es consciente de que, a nuestro “yo caído”, le gustaría hacer lo malo. Incluso él mismo se incluyó y dijo: “Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. !!Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (Ro. 7:21-25).

¿Se contradicen la justicia y la misericordia?
Algunos creen que la justicia y la misericordia no pueden ir de la mano puesto que se contradicen; craso error: sencillamente, se complementan. Por seguir la línea marcada con la situación en Cataluña: la justicia es que se cumpla la ley. Eso implica que los que los que no la han cumplido paguen ante la Ley de la forma en que esté estipulado: inhabilitación, penas de cárcel, etc. Lo repito: es el pago que merecen ya que eso es JUSTICIA, y todo cristiano debe estar de parte de ella, puesto que no va en contra de ningún principio ético-bíblico.
La Ley es la misma para todos y la justicia es igualmente aplicable a Maduro, Kim Jong-un, terroristas, asesinos, ladrones, corruptos, maltratadores, hackers, traficantes, etc. Y si yo delinquiera, exactamente igual. Por el contrario, la venganza sería insultarlos, desearles el mal y ponernos a su nivel o incluso superarlo, dándoles “bofetadas” de todos los colores hasta dejarlos bien magullados o muertos. Eso ya está muy lejos de lo que el cristiano debe practicar.
Jesús llegó a reprender a Pedro por cortarle la oreja a un soldado romano (cf. Mt. 26:52) y se nos enseña muy claramente que no nos venguemos nosotros mismos, que la venganza le corresponde en exclusiva a Dios (cf. Dt. 32:35; Ro. 12:19). El mismo rey David que cité líneas atrás clamando por venganza, cuando tuvo ocasión de llevarla a cabo por su propia mano, no mató a Saúl (cf. 1 S. 24).

¿En la carne o en el Espíritu? & Predicando el Evangelio
¿Qué debemos hacer los cristianos? Darle la vuelta a la situación, tirar de “misericordia” (la misma que tuvo Dios con nosotros), no dejarnos llevar por los deseos de la carne y andar en el Espíritu: “Se requieren dos cosas para comenzar a ser cristiano. La primera es una fe y una confianza firmes en el Dios todopoderoso para obtener toda la misericordia que nos ha prometido, mediante los merecimientos y los méritos de solamente la sangre de Cristo, sin consideración por nuestras propias obras. Y la otra es que abandonemos el mal y nos volvamos hacia Dios para guardar sus leyes y combatir contra nosotros mismos y nuestra naturaleza corrupta perpertuamente a fin de que podamos hacer la voluntad de Dios cada día y cada vez mejor” (William Tyndale, 1494-1536).
En lo que concierne al amor a los enemigos, tengamos en cuenta que el amor descrito en la Biblia no se refiere tanto a los sentimientos, sino a los hechos: “Amar hoy significa ´tener cariño`, ´ser amable` (en sentido moderno) y en general no ofender a los demás (por lo menos, a ´los nuestros`). Esos son valores importantes, con mucha validez, pero creo que este concepto de amor es moderno, desconocido hasta la modernidad y el surgimiento del capitalismo burgués individualista, y los conceptos modernos de privacidad, tolerancia, etc. Pregunto si alguien puede demostrar ese sentido sentimental de ´amar` en las escrituras y la historia pre-moderna de la teología”[3].
Pablo también sabía que en la vida nos encontraríamos individuos con los que sería imposible llevarnos bien; no por nuestra causa, sino por la de ellos. De ahí que nos dejara escrito que solo somos responsables de la parte que nos toca: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Ro. 12:18).
¿Deseos de justicia? Por supuesto. Que se aplique en cuanto sea posible. Pero eso es solo la primera parte; la segunda nos corresponde a nosotros. Tanto si los políticos catalanes terminan siendo detenidas como si no, alguno de los cientos de pastores o de los miles de cristianos que hay en Cataluña deberían ir a hablar con ellos, y no para tratar de política o para hacerles cambiar de ideología, sino para predicarles el Evangelio. Grabemos a fuego en nuestra mente que “no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Jn. 3:17). Y el mismo Hijo dijo que no había venido “a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento” (Lc. 5:32).
Esto es lo mismo que vimos en La segunda oportunidad (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/11/la-segunda-oportunidad.html), donde Julio García Celorio, director de los centros de rehabilitación “Nueva Vida”, fue a ver a José Rabadán, más conocido como “el asesino de la Katana”, porque asesinó con 16 años a sus padres y a su hermana menor con una espada japonesa en abril de 2000, y se convirtió tras su visita.
Es lo que tú y que yo tenemos que hacer con aquellos cuyas actitudes son las propias de un “enemigo”, sean quienes sean (conocidos, familiares, vecinos, jefes, compañeros de trabajo, políticos, etc.): “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt. 5:44-48).

¿Es fácil de llevar a cabo lo descrito? ¡No, ni mucho menos! Nadie dijo que lo sería, pero es nuestro llamado. Ahora, que cada uno reflexione ante los principios bíblicos expuestos y saque sus propias conclusiones para ponerlas por obra.

 

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Una evidencia de los últimos tiempos: el carácter del ser humano




A muchos seres humanos les encantaría saber con todo lujo de detalles el futuro –de ahí el éxito del ocultismo-, por lo que prestan suma atención a todo el que describe detalles en particular. 
Los cristianos caen muchas veces en el mismo error, haciendo caso a pequeñeces y viéndolas como si fueran parte de las profecías bíblicas. Es aquí, en la búsqueda de señales concretas sobre el fin del mundo y la segunda venida de Cristo, donde se cae en la mayor parte de la especulaciones, las cuales terminan por provocar división y conflictos entre muchos cristianos.
Aunque las dos grandes interpretaciones escatológicas se basan en el preterismo –algo ya pasado- o en el futurismo -algo por venir-, creo que el equilibrio está en verlo como algo continuo a lo largo de la historia, que abarca el pasado y, sobre todo, el presente y el futuro, sin necesidad de hacer malabares o cálculos para establecer en cuántos años concretos es o será el cumplimiento de todas las profecías. Ahora bien, teniendo esto en mente, hay que dejar muy claro que, justo antes de la Parusía, todo los acontecimientos a nivel mundial se intensificarán, aún más de lo que ya vemos hoy en día. Por eso Jesús llamó a ese tiempo la “gran tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá” (Mt. 24:21).

El respeto a las ideas ajenas & Lo importante es la esencia: Cristo viene
No entraré en debates sobre el pre y el postribulacionismo, puesto que ya se ha escrito suficiente sobre el tema y hay muy buenos libros al respecto. Por eso dejo para otros la cuestión sobre si la Iglesia pasará o no por la misma, o si el rapto será antes o al mismo tiempo que la Parusía.
Si los cristianos son sinceros, aceptarán que ninguno de ellos puede verificar al 100% que su punto de vista es el acertado en estas áreas tan concretas. Sin embargo, lo que me encuentro una y otra vez entre los creyentes es pura soberbia, afirmando que unos llevan la razón y el resto está equivocado. He llegado a leer afirmaciones como que los que no creen en el rapto pretribulacional no serán arrebatados, aunque sean verdaderos hijos de Dios. Por este tipo de temas, y otros muchos, se suele leer por Internet todo tipo de descalificaciones que se dedican unos “hermanos” a otros, incluso señalando de forma agresiva que los que no piensan como ellos en cada punto no son cristianos genuinos. Se consideran mejores, superiores y actúan de manera exclusivista, como si fueran los 7000 que no han doblado su rodilla ante Baal.
Que esto suceda es lamentable y tristísimo, y más si cabe por el mal ejemplo que dan a los que no son creyentes: Es importante recordar que Jesús dijo que seríamos conocidos por el amor a nuestros hermanos creyentes. La realidad es que si no demostramos relaciones amorosas dentro de la iglesia, no importa cuánto mostremos de Jesús a los de afuera. Muchos de los de afuera dijeron que los cristianos se comen a los suyos. Señalaron que nos ven criticándonos, levantando fondos para enviar las tropas contra otros creyentes, y actuando de maneras que no parecen cristianas. Nuestro testimonio se seguirá erosionando si no podemos abrazar a nuestros hermanos en Cristo”[1].
Deberíamos aprender a ser humildes, a no despreciar a nadie y a respetar al que no piense como nosotros en temas escatológicos secundarios que son dados a interpretación. Podemos tener nuestro punto de vista, defenderlo y argumentarlo con las Escrituras, pero nada más: “Hay casos en los que una postura tolerante y elástica puede ser la más recomendable. Esta postura casi se impone ante cuestiones susceptibles de más de una interpretación seria de la Escritura. Cristianos igualmente fieles y amantes de la Palabra de Dios sustentan opiniones muy diversas en torno a determinados puntos teológicos”[2].
Millard Erickson resalta estas ideas: “Tan importante como es tener convicciones sobre escatología, es tener en cuenta que su importancia varía. Es esencial el acuerdo en materias básicas como la segunda venida de Cristo o la vida después de la muerte. Por otra parte, mantener una posición específica en temas menos importantes o que se han explicado menos, como el del milenio o el de la tribulación, no debería considerarse como una prueba de ortodoxia o una condición para la comunión o la unidad cristiana. El énfasis debería ponerse en los puntos en los que se está de acuerdo, no en los que se está en desacuerdo”[3].
Nuevamente Erickson expresa lo principal: “Las enseñanzas sobre la segunda venida corporal son simplemente las hojas que recubren el auténtico mensaje, el grano de maíz. Lo que debemos hacer es pelar las hojas para extraer el grano. El verdadero mensaje de la segunda venida es la victoria de la justicia de Dios sobre el mal en el mundo. Esto es el grano; el segundo advenimiento es simplemente la hoja o el envoltorio. No es necesario que nos quedemos con el envoltorio. Nadie en su sano juicio se come las hojas con el grano”[4]. Eso es lo que me interesa. Si un acontecimiento ocurre cómo y cuándo yo creo no es trascendente. Lo sublime es que Cristo va a volver y lo que Él prometió se hará realidad.
Por la parte que nos toca, en lugar de discutir con otros hermanos, lo que debemos hacer es predicar el Evangelio a todo el que quiera oírlo, a la vez que velamos, porque no sabemos “cuándo vendrá el señor de la casa; si al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o a la mañana” (Mr. 13:35).
Y sin más preámbulos, siendo conscientes de que no es una lista exhaustiva de todas las señales –puesto que hay más que las que voy a reseñar-, analicemos algunas de ellas, junto a los síntomas claros que ya se observan.

El carácter del hombre y los tiempos peligrosos
Una de las señales indiscutibles que ya estamos contemplando en directo es la que hace referencia a cómo va a ser el carácter del ser humano en los últimos tiempos, que se describe en 2 Timoteo 3, y que ya es una realidad presente. En consecuencia, todo lo reseñado por el apóstol en ese capítulo se ha asentado de una manera frenética en estas dos últimas décadas. La generación presente, que está comprendida entre los 10 y los 50 años, acepta y considera perfectamente normal:

- El ateísmo y la burla a los cristianos: “blasfemos [...] impíos” (2 Ti. 3:2).
- El consumo masivo de alcohol entre los jóvenes o el “beber por beber”.
- Las relaciones sexuales entre adolescentes y/o antes del matrimonio.
- Las parejas de hecho.
- Las familias monoparentales.
- El acceso a la pornografía.
- Las escenas sexuales en la televisión y la hipersexualización de la sociedad.
- El aborto y la eutanasia.
- La homosexualidad y el matrimonio entre personas del mismo sexo.
- El exhibicionismo y la llamada “cultura del destape” en lo que concierne a la forma de vestir, sea en la propia calle, en las redes sociales, en la webcam, en el cine, en la playa, en el gimnasio, en las discotecas, en las revistas, en la prensa, en las concursos de belleza o en los desfiles de modelos: “amadores de sí mismos [...] vanagloriosos” (2 Ti. 3:2).
- El uso de material sobre el ocultismo (Tarot, quiromancia, horóscopo, ouija, magia, etc.) que consideran juegos divertidos.

Todo esto y muchas cosas más, que hasta hace poco estaban mal vistas y eran practicadas en secreto, hoy en día están “institucionalizadas” desde los propios medios de comunicación que las fomentan, apoyados por líderes políticos y muchos gobiernos que están influenciados ideológicamente y respaldados económicamente por diversos lobbies, que promulgan leyes que afectan profundamente nuestra cultura y ética. Incluso los padres lo han terminado por aceptar como algo normal, o no les ha quedado más remedio que tolerarlo por el empuje de la sociedad que ha cambiado los valores.
De ahí que sean considerados como “tiempos peligrosos” para los que consideramos inaceptables tales perversidades (2 Ti. 3:1), ya que somos considerados anticuados o represivos, y tratados como tales. El cisma entre unos y otros es evidente en asuntos morales: “Tenga en mente que parte de la razón por la que los cristianos poseen una mala reputación es porque nuestras perspectivas de fe chocan contra la cultura relativista en el aspecto moral. Ellos encuentran que las perspectivas cristianas van en contra de su mentalidad de que cualquier cosa es aceptable”[5].
Por eso no se sienten cómodos con nosotros cuando les decimos que lo están haciendo mal, que necesitan arrepentirse puesto que de lo contrario perecerán, como bien dijo Jesús (cf. Lc. 13:3). Como este mensaje no les agrada y se defienden señalando que todo el mundo se comporta de la misma manera (tesis sustentada en “el principio del borreguismo), terminan arremetiendo contra nosotros señalando nuestros errores y usando el tan manido, cansino y ya aburrido ataque ad hominem, con las típicas frases como “¿y tú qué?”. En otras ocasiones preguntan retóricamente y con sarcasmo:¿Y si eres tú el que está equivocado?. Tiene gracia, porque esa misma pregunta no se la formulan a ellos mismos. Ven la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio (cf. Lc. 6:41-43), como Simón el fariseo, que veía con toda claridad los pecados de la mujer que había delante de Jesús, pero estaba cegado ante sus propias faltas (cf. Lc 7:36-50).
Según esta generación, todo esto es fruto de la liberación y del avance de la humanidad. No ven nada perverso ni negativo en sus prácticas. Se mueven por instintos, por lo que les hace sentir bien a sus sentidos. Ninguno de ellos busca a Dios y, si dicen hacerlo, lo hacen en la filosofía, en las religiones, en el esoterismo, en la propia razón o en la ciencia –y casi siempre por Internet o por lo que enseñan terceras personas-, hallando mentiras o una mera sombra de la verdad.
Tampoco creen que tengan que arrepentirse de nada. Resulta extremadamente llamativo que no tienen la más mínima conciencia de pecado ni consideran malo lo que otros hacen: “no sólo las hacen, sino que también se complacen con los que las practican” (Ro. 1:32), por lo que tampoco se escandalizan de las actitudes ajenas. Les parece que su camino es derecho, “pero su fin es camino de muerte” (Pr. 16:25). Están entrando por la puerta ancha y caminando por la senda espaciosa que conduce a la perdición (cf. Mt. 7:13). 

La maldad va de mal en peor 
Muchos creen que alguien que hace el mal debe ser feo y tener cara de malvado o de villano cinematográfico. Otros piensan que por hacer cosas buenas, por llevar a cabo actos de bondad y por ser simpáticos, divertidos, cariñosos, agradables, inteligentes o, como ellos dicen, “buena gente”, ya no son malos. Nada más lejos de la realidad. Aunque a lo largo y ancho de mis años de vida he conocido a personas desbordantemente encantadoras, amables y amigables en grado sumo sin ser creyentes, la realidad es que la maldad va intrínseca a la naturaleza humana: “Así que yo, queriendo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí” (Ro. 7:21). Nadie que sea sincero, absolutamente nadie, puede negar tal conclusión.
Recordemos que esto nos incluye a los cristianos, y que nosotros no somos aquellos que están exentos de dicha maldad o que nunca erramos y pecamos[6], sino aquellos cuyos pecados ya han sido perdonados en la cruz: “El cristianismo es la única religión[7] en la que el individuo reconoce que su conocimiento de Dios no le hace superior a las demás personas [...] que no predica lo bueno que debamos ser para ganarnos el cielo ni lo mucho que debamos amar a Dios para evitar el infierno, pues no consiste en aquello que nosotros hagamos o hayamos hecho sino en lo que Él hizo por nosotros (Jn. 3:16; 1 Jn. 4:10)”[8]. 
Hacer el mal consiste, ni más ni menos, que ir en contra de la voluntad de Dios. Si Él dictamina que algo es malo, es que es malo dicho algo, por mucho que nosotros digamos que “sentimos” o “dejamos de sentir” que no lo es. Por eso los incrédulos que no aceptan dicho principio son “amadores de los deleites más que de Dios” (2 Ti. 2:4). Necesitan justificar de mil maneras distintas su forma de actuar con decenas de excusas que no se las creen ni ellos, aunque muchas veces se autoengañan y terminan creyéndose sus propias mentiras.
Si rechazan a Dios no es por un problema intelectual –como excusa falsa que señalan- sino por su propio corazón. Prefieren seguir viviendo bajo sus propias leyes, en lugar de bajo las de Dios; prefieren tener su propia moralidad, y no la que Dios señala como perfecta; prefieren seguir viviendo en pecado, cuando Dios les reclama santidad: “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn. 3:19).
Si Pablo dijo que “irán de mal en peor” (2 Ti. 3:13), es porque la forma de pensar y vivir libertina en la que ya están instalados va a ser transmitida a sus hijos, que los imitarán, y así sucesivamente. Estos, a su vez, seguirán descendiendo en la escalera de la inmoralidad. Por eso dijo Jesús que se multiplicará la maldad antes del fin (cf. Mt. 24:12). Vuelvo a recalcar que dicha maldad es presente, y más que nos queda por ver. Se repite la misma situación que contempló Dios antes de lanzar el diluvio sobre la tierra: “Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”. 
Todos los que les precedemos hemos sido testigos de este cambio de paradigma en pocos años: lo que creían y llevaban a cabo un reducto, ahora está extendido, y cada vez desde edades más tempranas. El conocido Juan Antonio Monroy relata su experiencia: “Yo comencé a predicar el Evangelio a tiempo completo hace muchos años. Los jóvenes predicadores de aquella generación y yo creíamos que íbamos a cambiar el mundo. Al menos el pequeño mundo que nosotros podíamos alcanzar. Pero hoy día el mundo es peor que cuando yo empecé a querer cambiarlo”[9].
Por todo lo dicho, estas palabras resultan atemporales: “!!Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!” (Is. 5:20). ¡Ay, ay, ay! 

Volviéndolos a llamar 
Dice el refrán que “mientras hay vida, hay esperanza”; en este caso, todavía están a tiempo de volverse a Dios. El peligro de tal dicho es que, por un lado, nunca se sabe cuándo va a llegar la vida a su fin. Si pensarán realmente en esta realidad, no lo dejarían ni para dentro de un minuto. Y por otro, que a cada ocasión que Dios los llama al arrepentimiento y ellos dicen “no”, sus corazones se van insensibilizando y endureciendo: “Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido, atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios” (Ro. 2:5).
Michael Licona, uno de los grandes historiadores cristianos de los últimos años y excepcional apologeta, cuenta que un amigo suyo “reconoció finalmente que Jesús resucitó de los muertos, sin embargo, aun así, no quiso hacerse cristiano porque dijo que quería ser ´el dueño de su vida`; lo dijo exactamente con estas palabras”[10]. Es lo mismo que vemos en la inmensa mayoría de las personas: no cambian ni quieren hacerlo por pura soberbia (aunque no la reconozcan), por no dar su brazo a torcer, por no admitir que están equivocados, porque quieren ser su propio “dios” y que nadie les diga qué está bien y qué está mal, por el miedo a la burla o al qué dirán sus amigos, familiares y conocidos, a que les digan que les han lavado el cerebro y eso les lleve a perder “prestigio” o buena fama, etc. Así que “rechazan” la fe de forma consciente, porque saben que si la aceptaran tendrían que cambiar aspectos concretos de sí mismos: forma de pensar, de sentir y de vivir. Están proclamando que “no van a creer, no porque no puedan, sino porque no quieren creer”. En su voluntad ya han dicho “no”.
Ante todo esto, solo pueden hacer una cosa, que es reconocer la verdad ante uno mismo como la que expone Francis S. Collins, el famoso científico y director del Proyecto Genoma Humano, y ateo convertido en cristiano: “Mi deseo de acercarme a Dios estaba bloqueado por mi orgullo y pecaminosidad, lo cual era, a su vez, una consecuencia inevitable de mi propio deseo egoísta de controlar las cosas. Ahora la crucifixión y la Resurrección surgían como convincente solución al vacío que se abría entre Dios y yo, un vacío cuya distancia podía ahora ser salvada por la persona de Jesucristo”[11]. 
Si eres uno de los que vive de espaldas a Dios, puedes seguir siendo uno más entre la masa y dejarte arrastrar por ella, como hasta ahora. O puedes cambiar. No te estoy haciendo un simple llamado a cambiar tu moralidad o determinadas actitudes; eso lo puede hacer cualquiera que se lo proponga seriamente. Te estoy llamando a volverte a Dios (aunque esto segundo lleve implícito lo primero): “He aquí el objeto y la eficacia del sacrificio de Cristo. El reconocimiento de que el Hijo de Dios murió por nosotros, produce un cambio absoluto de actitud y de sentimientos en nuestros corazones hacia Dios y hacia la misma vida humana”[12].
Por eso, te repito, una vez más, el mismo mensaje: “He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Co. 6:2).



[1] Kinnaman, David. Casi cristiano. Creación.
[2] Martínez, José M. Ministros de Jesucristo, vol. 2. Curso de formación teológica. Clie.
[3] Erickson, Millar. Teología Sistemática. Clie. Pág. 1167.
[4] Ibid. Pág. 1159.
[5] Kinnaman, David. Casi cristiano. Creación.
[6] Aspecto que dejamos bien claro en Cuando los cristianos ofrecemos un mal ejemplo y se nos acusa con razón de hipócritas (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/09/1-cuando-los-cristianos-ofrecemos-un.html).
[7] Como ya expliqué en No soy religioso, ni católico, ni protestante: Simplemente cristiano (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/09/no-soy-religioso-ni-catolico-ni.html), y aunque entiendo lo que quiere decir el autor, el cristianismo no es una religión: “La religión es el esfuerzo del hombre por tratar de llegar a Dios por medio de sus buenas obras, y el cristianismo es el esfuerzo de Dios por tratar de llegar al hombre por medio de Jesucristo. Religión y cristianismo son completamente opuestos”.
[8] Puyol. Daniel. La fuga. Noufront.
[9] Monroy, Juan Antonio. ¿En qué creen los que no creen? Clie. Pág 101.
[10] Lee Strobell. El caso del Jesús verdadero. Clie. Pág. 134.
[11] Ibid. Pág. 154.
[12] Vila, Samuel. ¿Es razonable la fe cristiana? Clie. Pág. 39.