viernes, 4 de octubre de 2013

De Hannah Montana a Miley Cyrus: Perdida en el desierto

Muchos creen (creyentes incluidos) que los cristianos no podemos juzgar. Y se equivocan a lo grande. No podemos condenar a una persona porque esa labor le pertenece en exclusiva a Dios, pero sí podemos juzgar sus acciones y, sobre todas las cosas, buscar una solución al problema. Por eso quiero hablar de una chica de la que todo el mundo opina y opina últimamente.
Hasta hace poco tiempo, Miley Cyrus era ídolo de adolescentes en el canal Disney Channel con su programa de “Hannah Montana”. De aspecto dulce y angelical, ganó millones de dólares con su papel de actriz y cantante. Que sepamos, ganó nueve premios, entre ellos el ASCAP a “Mejor serie” en 2008, o el ARTIOS como “Mejor programa infantil de televisión” en 2007, y fue nominada dos veces a los Emmy. Siempre que concedía entrevistas hablaba de su fe, de su creencia en Jesús, de cómo basaba su actitud en lo que enseñaba la Biblia y de la importancia que le concedía en llegar pura al matrimonio. No sabemos si era una cristiana “nacida de nuevo” o simplemente tenía una religión inculcada por su familia. Fuera como fuera, algo pasó en el camino. Su propio padre, Billy Ray Cyrus, dijo que el programa de Disney destruyó a su familia, provocó su divorcio e hizo que su hija perdiera el control. Es bastante difícil analizar desde fuera estas palabras. Lo fácil es caer en el reproche y la condena, convirtiéndola en la reencarnación del mal. Hay decenas de detalles que se nos escapan. No conocemos los entresijos que se dan fuera del escenario, de los focos y de las cámaras de televisión. No sabemos qué pasaba por la mente de Miley cuando llegaba la noche y, en silencio, se quedaba sola con sus pensamientos.
Lo que vemos hoy en día es a una chica que cree estar en lo alto de la cumbre cuando realmente se encuentra en medio del desierto: consumidora de ciertos tipos de drogas “fashion”, desvergonzada y sin pudor alguno. Ella dice que quiere dejar el personaje de Hannah en el pasado y convertirse en una mujer “adulta”, pero no sabemos exactamente qué le ha llevado a cambiar de esa manera y a manifestar los instintos más bajos del ser humano: el deseo de revelarse contra sus padres, traumas personales, la necesidad imperiosa de sentirse amada y querida por un profundo vacío en su corazón, la perniciosa influencia de la sociedad y los medios en su vida, etc. Puede ser algo de esto o una mezcla de todo, u otras razones que se escapan a nuestra comprensión. Solo Dios lo sabe realmente.
En el presente, día sí y día también, aparece en los medios de comunicación ofreciendo una imagen de una persona que ha perdido la cordura por completo. Es lo mismo que observo en mayor o en menor medida en aquellos “cristianos” que han alejado a Dios de sus vidas. Unos lo manifiestan con una vida desordenada; otros con una forma de hablar que ha cambiado radicalmente; algunos porque desean vivir “la vida loca” y proveer a la carne de ciertos placeres fuera del orden de Dios. Las explicaciones son múltiples, y en un futuro cercano escribiré sobre esto. Pero la conclusión es la misma que leemos en las palabras de Hanna: “Olvídense de Jesús”. Es la misma persona que cuatro años antes había dicho: “Algunas personas no tiene una familia en donde apoyarse como yo la tengo, y eso una gran cosa, pero existe algo más grande incluso que la familia, y eso es la fe, y eso es lo que me mantiene fuerte. Pienso que mucha de esa gente no tiene una familia cristiana, pero no se dan cuenta que son más que las cosas materiales actuales, como las fiestas”.
La situación de esta chica-mujer es exactamente la misma que la que narró Jesús del hijo pródigo: gastó su fortuna en una vida de derroche y todo tipo de placeres. ¿Se sentía feliz y lleno? Todo lo contrario: su vacío se acrecentó hasta el infinito, pero fue cuando lo perdió todo “cuando volvió en sí”. Es decir, antes de recapacitar y ver la miseria en la que vivía, “estaba fuera de sí”. Es el mismo estado en que se encuentra Miley en la actualidad. El problema es que ella aun no lo ha perdido todo. Al revés, le dan todo y más perdida está. Y sabemos del efecto pernicioso que está provocando entre la juventud y todas aquellas adolescentes que la idolatraban. Ahora bien, en lugar de “satanizarla”, intentemos ver con los ojos del Padre, puesto que Él sigue buscando a la oveja perdida, esperando a que se arrepienta para abrazarla y celebrar una gran fiesta: “¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido. Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Lucas 15:4-7). ¿Acaso hemos olvidado que “no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17)?
      No hagamos más leña del árbol caído y recordemos que a nuestro alrededor hay más “Miley” que necesitan de misericordia y no del fuego de nuestras palabras. 

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