miércoles, 8 de febrero de 2017

10.5. Family man: un noviazgo basado en la sencillez.



Venimos de aquí: Dos características fundamentales entre novi@s y espos@s: Madurez & Reciprocidad. http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/12/104-dos-caracteristicas-fundamentales.html

Esta es mi reflexión y alegato sobre la búsqueda de la sencillez, y que viene a darle mayor sentido a la lista que mi amigo escribió sobre lo que busca en una mujer, e igualmente aplicable para ellas respecto a los hombres.

¿Sabes qué palabras vienen a mi mente cuando pienso en el tema de la sencillez de la pareja y de la vida en general? Las de Pablo: “El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará” (1 Corintios 13:8). ¿Qué reflexión hago sobre este texto al aplicarlo a las relaciones? Sencillo: muchas veces, y aun siendo cristianos, las personas buscan a alguien del sexo opuesto con unos niveles de excelencia prácticamente inhumanos:

- Que tenga los mismos gustos y aficiones (o al menos parecidos)
- Que posea una amplia cultura general y que tenga estudios.
- Que tenga profundos conocimientos teológicos y con algún ministerio eclesial.
- Con diversas habilidades manuales (ej. cocinar) y talentoso en diversas áreas.
- Que sea divertido y con un buen trabajo.
- Que sea elocuente y expresivo, y que transmita bien sus emociones.
- Que resulte sociable y desenvuelto en las relaciones personales.
- Que sepa algún idioma, y que su acento y tono de voz sea sumamente agradable.
- Que vista con clase y posea una estética atractiva.
- Que tenga una amplia pericia en la vida y que sepa manejarse con soltura en ella.

Si no posee alguna de esas cualidades o virtudes, queda descartado. Y lo he visto con mis propios ojos en demasiadas ocasiones. Esta es una manera más de “mundanizar” el concepto del ser humano que tenían los corintios, que valoraban a las personas en función de su cantidad de dones y cualidades.
En ningún momento trato de inculcar la idea de que dos personas tienen que encajar a la fuerza. A veces es imposible por multitud de factores, como por ejemplo  una forma de entender la espiritualidad radicalmente opuesta o de doctrinas que uno acepta como verdaderas sin querer escuchar al otro que le puede demostrar con total certeza que son herejías. También es totalmente desaconsejable que se casen un hombre y una mujer que tienen proyectos de vida opuestos porque acabará en ruina.
Tampoco hago alusión a aquellas parejas que no tienen absolutamente ningún interés en común, porque les será muy difícil ensamblar el tiempo que compartan juntos. Si la esencia no atrae, más allá de la belleza física o de algunas cualidades superficiales, lo mejor es desistir. Por mucho que lo desglosemos, el amor no es una ciencia exacta. Como ya vimos anteriormente, que dos individuos tengan cualidades maravillosas a nivel personal no significa que sean ideales como pareja o que puedan acoplarse.
A lo que aquí me refiero es a la sencillez. Todo debería ser más sencillo (que no simple), pero en muchos casos se complica por esa idea aparentemente sana pero sumamente perniciosa: el hombre y la mujer prácticamente perfectos, llenos de talentos y cualidades, exitosos según el concepto de la sociedad humanista, y con una relación idílica. El problema de esa imagen es que es ficticia y fuera de la realidad. Por esas expectativas desmedidas vienen a posteriori las desilusiones.
Siempre me ha resultado curioso que aquellos que protagonizan las historias de amor más excelsas y maravillosas en la gran pantalla, se divorcian una y otra vez en la vida real.

Family Man
Quiero replicar estos conceptos errados que anidan en la mente de hombres y mujeres analizando una de mis películas románticas favoritas. Ante tantos ejemplos cinematográficos que he puesto una y otra vez, sé que corro el riesgo de que me acusen de ser muy “peliculero”. Y tengo presente que alguna persona lo ha hecho en ocasiones con el deseo de desprestigiarme y burlarse de mí. Pero no me importa. No es que esté sumamente influenciado por el cine, sino que, como ya dije en la introducción, lo uso para mostrar ciertas verdades universales que se visualizan en esos mundos imaginarios y que nos sirven para reflexionar. En este sentido, José de Segovia (periodista, teólogo y pastor) es un ejemplo para mí, ya que le gusta escribir artículos tomando como base determinadas películas para mostrar realidades concretas del mundo y del cristianismo, aunque no siempre comparta sus ideas (como seguro él no compartiría todas las mías si me leyera).
La película en la que me quiero detener se titula “Family Man”, dirigida por Brett Ratner. Al principio de la misma, observamos a nuestro protagonista, Jack Campbell (interpretado por Nicolas Cage), despidiéndose en el aeropuerto de Kate Reynolds (Téa Leoni), su novia desde el instituto, ya que él se marcha a Londres para hacer un Máster durante un año. Ella le ruega encarecidamente que no se marche. Cree que, si se va, nunca más volverán a estar juntos. En un principio parece que da marcha atrás, pero finalmente parte hacia su nuevo destino. Antes de embarcar, le afirma que ni el tiempo ni la distancia cambiarán los sentimientos que le profesa. Aún así, Kate queda destrozada. 
La acción salta 13 años en el tiempo. Vemos a Jack como director de una gran empresa de Wall Street que maneja billones de dólares. Es un hombre que cree firmemente haber alcanzado el éxito: puede pagar cualquier mujer que desee, posee un ropero interminable, vive en un hotel de lujo, el dinero le sobra y conduce un lujoso Ferrari.
Es Nochebuena y, al no tener con quién pasar dicha fiesta, se acerca a comprar a un establecimiento cercano. Allí aparece un tipo peculiar de raza negra que quiere cobrar un premio, pero el dependiente asiático se niega a pagárselo ya que desconfía de él. Tras un cruce de palabras, saca una pistola exigiendo que le paguen, ante lo que interviene Jack, que le ofrece pagar la deuda. Más adelante descubriremos que el atracador resulta ser un “ángel” (eso sí, un tanto díscolo), que montó aquel numerito para llamar la atención de Jack.
Cuando éste despierta a la mañana siguiente, se encuentra en la misma cama de Kate, en un barrio humilde de Nueva Jersey. Allí vive junto a sus dos hijos y un perro baboso del tamaño de un caballo... Su hija pequeña le dice: “Bienvenido a la Tierra”. Aterrado, y sin saber qué ocurre, baja las escaleras y se encuentra con sus antiguos suegros. Tras pedir prestado el coche, se acerca a su hotel, pero ni el portero ni la vecina saben quién es él. Ni siquiera el recepcionista de la empresa lo reconoce. Segundos después, aparece nuevamente el “ángel” en su Ferrari. Sin especificarle el propósito de todo aquello, le dice que todo es una visión de la cual tendrá que aprender algo por sí mismo.
Poco a poco, va descubriendo su nueva vida, que no es ni más ni menos la que hubiera resultado de haberse casado con Kate tras su regreso de Londres. Ella ahora  trabaja de abogada ayudando a los necesitados sin apenas cobrar nada. Por su parte, en esta realidad alternativa, a causa del infarto de su suegro, Jack se hizo cargo de su tienda de neumáticos al por menor.
Las primeras semanas, Jack se siente completamente frustrado, echando de menos su vida anterior. Se considera un auténtico perdedor. Discute con Kate al querer comprarse un traje de 2400 dólares, algo que ellos no pueden permitirse. Según él, con esta indumentaria, “se siente mejor persona”. También se queja amargamente de su vida: “Me despierto cada mañana lleno de baba de perro, acompaño a los niños, y me paso ocho horas vendiendo neumáticos al por menor. Recojo a los niños, paseo al perro, juego con los niños, saco la basura y duermo 6 horas si tengo suerte”. Ella no entiende que él considere esa vida decepcionante, a lo que él responde que podría haber tenido mil veces más éxito en la vida, culpándola a ella de haber renunciado a sus sueños. Jack quiere una vida que los demás envidien. A lo que Kate responde: “¿No has notado que ya nos envidian?”.
Deseando cambiar su situación y su vida, intenta lograr un puesto en la empresa multimillonaria de su “otra” vida, demostrando en la entrevista de trabajo unos conocimientos impropios para un simple vendedor de neumáticos. Así logra un sueldo estratosférico y un piso de lujo en Nueva York, donde sus hijos podrán ir a los mejores colegios del país. Todo esto lo lleva a cabo sin consultar con su esposa. Sin embargo, ella le confiesa que le bastaba estar con él para sentirse feliz, imaginándose que se harían viejos en la humilde casa que ya poseían, donde sus nietos irían a visitarlos cuando fueran viejos y trabajando en el jardín mientras él pintaba la baranda. Aún así, ella está dispuesta a cambiar su vida, a renunciar a todo ello e ir a donde él necesite: “Lo haré porque te quiero y eso es más importante para mí que nuestra dirección. Creo en nosotros”, afirma Kate. 
Para sorpresa y alegría del espectador –entre los que me encuentro-, Jack va acostumbrándose a su rutina diaria, como cambiar pañales, preparar el biberón, la taza de cacao o pasear el perro. Lo mejor de todo es que disfruta plenamente de los pequeños placeres cotidianos que se van dando: unos momentos de risa con su esposa tras tirarse mutuamente a la cara un trozo de tarta de chocolate, una partida de bolos con los amigos que verdaderamente se preocupan por él, la celebración de su aniversario, los minutos que juega con su hija en la nieve para terminar juntos abrazados, etc. Incluso Kate se sorprende de este cambio, al observar la manera especial en que él la mira, como si no la hubiera mirado cada día durante los últimos 20 años.
Jack llega a la conclusión de que prefiere este estilo de vida sencillo donde realmente nada le falta. Ya no quiere volver su vida anterior, esa donde el concepto de éxito se basaba en la imagen externa y en lo material. 
Tristemente para él, el “ángel” reaparece y le dice que ya ha aprendido la lección, por lo que la “visión” acabará pronto. A la mañana siguiente, Jack despierta nuevamente en su vida real, tomando plena conciencia del rumbo tan equivocado que había seguido hasta ahora. Queriendo rectificar, se dirige rápidamente a ver a Kate para convencerla de que no se vaya a París (ahora ella era la “exitosa” que se marchaba) y le dé la oportunidad de tomar un café. Kate no acepta en ese instante, pero Jack la convence tras proclamarle cómo hubiera sido su vida si hubieran permanecido juntos. Y así acaba la película, con ellos charlando amigablemente. El resto queda en nuestra imaginación. 

¡Hazlo sencillo! 
No voy a plantearme ahora la pregunta sobre cómo sería nuestra vida en el presente si hubiéramos tomado algunas decisiones diferentes en el pasado. Eso es algo que queda en cada uno. Pero sí quiero asumir las profundas lecciones que nos deja la historia de Jack y Kate para que meditemos en ellas.
Creo que muchos cristianos se han alejado sobremanera de la forma de entender la vida tal y como la entendía el mismo Jesucristo. Aunque algunos enseñan que no era pobre, la realidad es que Él mismo sentenció que no tenía dónde recostar su cabeza (cf. Mateo 8:20). Lo asombroso es que, sin tener nada, lo tenía TODO. Ni siquiera sus mejores amigos eran cultos o exitosos según los parámetros de nuestra sociedad.
Partiendo de esta premisa, y llevándola de manera opuesta al plano sentimental, nos encontramos con millones de hombres y mujeres que buscan una pareja con cualidades como las que ya cité: prácticamente perfectos, llenos de talentos y cualidades, exitosos según el concepto humano, etc. Todos ellos se han olvidado de la sencillez. Y, para más inri, a nivel material anhelan lo mismo que el resto de la población. Todo esto les lleva a las mismas preocupaciones y estados de ansiedad cuando no alcanzan lo que desean. 
Hoy en día no es muy popular decir que tu espos@ trabaja en un supermercado, o que tu novi@ no tiene estudios y trabaja de dependienta, limpiando casas o cuidando ancianos. Conocí a una mujer que se divorció de su esposo que era barrendero porque era “muy poca cosa” para ella, para casarse con un Guardia Civil. 
A muchos les da vergüenza confesar estas ideas. Incluso si se sienten atraídos por una persona pero escuchan a qué se dedican, no se sienten satisfechos y se alejan buscando una persona sumamente inteligente, versada, con una linda voz, con amplia experiencia ministerial, con un buen trabajo secular, un buen sueldo, un buen coche, etc. En definitiva, una persona de “éxito”. Sinceramente, me resulta triste observar cómo ha calado el pensamiento del mundo entre los creyentes. Incluso a veces los incrédulos nos dan lecciones: “Una persona con muy bajo coeficiente intelectual puede ser amable, concienzuda, sincera y compasiva. Esta persona puede que tenga más paz mental que un destacado líder político, un miembro de la jerarquía eclesiástica, un concertista de piano o un catedrático, porque su inteligencia está compensada con otros aspectos del ser”[1].
Dios mismo nos mostró una lección para que tomáramos cuenta: mientras que los hombres miran la apariencia exterior, Él mira el corazón (cf. 1 Samuel 16:7). Por eso admiro a toda persona que no busca una apariencia de “éxito” en sus pareja, sino que anhela su corazón. De ahí que me fascinen las palabras de Pablo a los corintios: Yo no busco lo que ustedes tienen, sino a ustedes mismos” (1 Corintios 2:14, DHH). 
Al igual que el ejemplo de Jack, tomo para mí las palabras de Thomas Jefferson: “Los mejores momentos de mi vida han sido aquellos que he disfrutado en mi hogar, en el seno de mi familia”. No lo reduzco a las relaciones de pareja, sino a todas las relaciones humanas en general. En mi caso, no busco admiradores ni quiero piropos por las cosas que pueda hacer bien, ni siquiera por los dones que Dios me puede haber dado, ya que no tiene ningún mérito por mi parte. Prefiero no tener NADA, y tener cerca de mí a aquellos que me quieren por lo que soy como individuo.

Dos grupos 
A lo largo de mi vida, y entre todas las clasificaciones que se podrían hacer, he visto que se pueden agrupar a las personas en dos grupos sentimentales:

- Por un lado, están aquellos que buscan un compañero para compartir con ellos el deseo de alcanzar sus metas personales y sus ambiciones.
- Por otro, los que dejan los asuntos materiales en un segundo plano y se centran en aquello que consideran verdaderamente importante en la vida: las relaciones humanas.

¿Con cuál te sientes más identificado? Si eres de los que pertenece al primer grupo, quizá sea hora de reordenar tus prioridades. 
Hasta hace pocas generaciones, la mujer se dedicaba al hogar y a la crianza de los hijos, y el hombre a proveer para la familia, siendo cariñoso con su esposa y protector con sus hijos. No hay ninguna connotación machista en mis palabras, y más siendo consciente que en muchos lugares la esposa era subyugada. Y ni mucho menos estoy en contra de luchar por sanas ambiciones cuando es Dios quien las mueve. Si el hombre y la mujer quieren estudiar y desarrollarse profesionalmente, me parece genial. Y por supuesto que deben usar los dones que el Señor ha depositados en ellos. Tampoco digo que haya que conformarse con mucho menos de lo que se espera de una relación con tal de casarse. Me refiero a la sencillez en la vida personal y en las relaciones amorosas, para que sepas qué es lo verdaderamente importante.
En el mundo real, no todos son ingeniosos o saben contar chistes; no todos tienen una finca con caballos o tienen un descapotable con el que surcar carreteras perdidas; no todos son grandes cocineros; no todos tienen un pasado fascinante que contar ni son grandes narradores de historias; no todos saben bailar un tango o cantar bajo la lluvia como Gene Kelly. En la vida real, no comienza a nevar justo en el momento en que besas a la persona que amas ni suena música de fondo mientras un tierno gorrión se posa en tu hombro. Todos los clichés que he citado aparecen una y otra vez en la inmensa mayoría de las películas románticas. ¿Debe existir romanticismo en una relación amorosa? ¡Por supuesto que sí! Pero no seas tú ese gorrión con la mente en las nubes. 
Ante tantas ensoñaciones, me quedo con las palabras de una amiga de apenas veintiún años: “El dinero no da la felicidad. Yo soy feliz teniendo mi comidita, mi ropita planchada y limpita, y mi camita para dormir. Y me gustaría tener un esposo que me quiera y sea fiel”. Sin ser cristiana, expresa conceptos que sí lo son, más que nada porque son universales.
Si crees que me estoy equivocando, pregúntale a aquellos matrimonios felices que llevan media vida juntos. Durante la juventud, la inmensa mayoría busca una pareja llena de belleza, muy inteligente, con desparpajo y reconocimiento social. Pero cuando un matrimonio llega a la vejez y mira hacia atrás, no recuerda cómo de bien se expresaban hablando en público, ni el número de eventos sociales a los que asistieron, ni el dinero que poseían, ni lo grande de su ministerio, ni el tamaño de la casa donde vivieron, ni los buenos restaurantes donde comieron, ni los chistes que se contaron, ni la popularidad que alcanzaron, ni los conocimientos que adquirieron. 
Robando los términos que emplea Pablo en el texto que cité al principio, todo eso acabará. Sin embargo, el amor permanecerá. Recordarán el cariño que se mostraron el uno al otro. Recordarán las muestras de afecto y ternura que tuvieron entre sí. Recordarán las miradas de amor que se regalaron. Recordarán la unidad que hubo entre ellos cuando pasaron por circunstancias problemáticas, incluso ante la falta de recursos económicos. Recordarán el respeto y el valor que se concedieron mutuamente. Recordarán esas noches en que uno de los dos estaba enfermo y estuvo acompañado por su compañero que lo atendía. Recordarán esas tardes de invierno emocional cuando la vida trajo dolor y las lágrimas rodaron por las mejillas mientras que la pareja sostenía su cabeza en el pecho y lo reconfortaba. Todo eso es lo que se llevarán a la eternidad en sus corazones y perdurará para siempre.

Esta ha sido mi defensa a la sencillez. Esto es lo creo sinceramente que los seres humanos deberían buscar en una relación sentimental. Ahí queda. 
* En el siguiente enlace está el índice: 
* La comunidad en facebook: 
* Prosigue en: 
10.6. Conociendo a tu pareja sentimental: él a ti y tú a él.

 


[1] O´Connor, Nancy. Cómo crecer cuando ya has crecido. Sirio, Editorial S.A. 



martes, 24 de enero de 2017

¡Viva la madre que te parió!



Este artículo no está dedicado a los ultras, radicales o hooligans que se sirven del fútbol o del deporte en general como una simple excusa para llevar a cabo sus actos vandálicos y demás fechorías. Aquí me dirijo al aficionado de a pie, entre los cuales posiblemente estés tú, seas cristiano o el mayor de los ateos. Ya es hora de una vez por todas que muchos se sienten a reflexionar porque hace mucho tiempo que sobrepasaron los límites racionales.   

La polémica viene de bien lejos: desde que el jugador sevillano Sergio Ramos –capitán de la selección española- pasó a formar parte de la plantilla del Real Madrid en el año 2005, cada vez que juega en el Sánchez Pizjuán –el estadio de su antiguo club- un sector de la grada le dedica el cántico “hijo de p...”. Hasta hace poco eran únicamente los llamados “Biris”, una peña radical de dicho equipo que ocupa todo un fondo del recinto. Personalmente, conociendo cómo son esta clase de individuos, no me sorprende en absoluto. Los insultos dicen más de ellos que de aquellos al los que se los dedican. La mala educación que muestran no conoce límites. Cuando las cámaras los enfocan mientras gritan todo tipo de improperios parecen dementes a los que habría que encerrar en reformatorios.
Lo narrado podría parecer una anécdota lamentable, pero tristemente está sumamente generalizada por toda España. Basta con escuchar las melodías que dedican las aficiones locales al equipo visitante, sea el que sea. Les desean la muerte y se dedican a mentar a sus esposas, parejas e hijos, mientras que escupen, lanzan mecheros, botellas, cabezas de cochinillos, a la vez que sacan a pasear peinetas, cortes de mangas y todo tipo de gestos obscenos. Y si pierden el partido, los esperan a la salida para golpear los autobuses como si fueran una manada de búfalos. Incluso llegan a vitorear a un jugador que maltrató a su pareja: “Rubén Castro alé, Rubén Castro alé, no fue tu culpa, era una p…, lo hiciste bien”.
Generalmente, la iniciativa de estas acciones parten de los ultras. En algunos casos, se está logrando controlar por medio de acciones impulsadas por varios presidentes valientes –a pesar de recibir amenazas de muerte-, como Sandro Rosell y Florentino Pérez, que han expulsado respectivamente a los Boixos Nois del Camp Nou y a los Ultra Sur del Bernabéu. Pero en la inmensa mayoría, nada está cambiando: todo se resuelve con multas económicas que pagan los clubs –en el mejor de los casos- o directamente se archivan los casos. 
El problema es que, desde hace ya un tiempo, estas actitudes, que eran parte de una minoría, se están extendiendo al resto de los aficionados, sea que estén presentes en el estadio o viendo el partido a través de la televisión. No forman parte de ningún grupo radical organizado, pero se comportan exactamente igual. Es igualmente bochornoso y deleznable todo lo que se escucha en Pamplona, Bilbao, Madrid, Barcelona, Valencia y en multitud de otros campos de España, como lo que dicen en persona y escriben los aficionados de a pie en las redes sociales, en grupos de wasap y en los comentarios en la prensa escrita. Y esto abarca a todas las etapas de la vida y clases sociales: adolescentes, adultos, estudiantes, universitarios, licenciados, trabajadores, etc. Puede que tú seas uno de ellos; a más de uno conozco, tanto creyentes como los que no lo son. Así que te invito a que leas con detenimiento las siguientes líneas y, sobre todo, a que reflexiones profundamente, en lugar de escudarte en la masa, en el anonimato, en la pasión o en la edad.

Justificando la maldad
Escuché a un periodista decir que el futbolista debe entender que soportar los insultos de la grada va incluido en el sueldo. Es decir, si te insultan, si se acuerdan de tus muertos y de tu familia, te tienes que aguantar, porque para eso cobras lo que  cobras. Esta argumentación solo nos demuestra una vez mas la bajeza moral a la que puede llegar el ser humano para justificar la maldad bajo el escudo de que “el fútbol es pasión” y no se puede controlar.
Podríamos pensar que esta era la opinión de una sola persona. Por eso, al acabar el partido donde Sergio Ramos fue ultrajado, pensé que la afición (insisto: el aficionado de a pie) iba a rechazar mayoritariamente la actitud que tomaron unos pocos miles contra su paisano. ¡Ingenuo de mí! Cuando les preguntaron, todos dijeron lo mismo: “se lo merecía”. Incluso alguna señora mayor lo afirmaba con una sonrisa de satisfacción en la boca. Se me revolvió y se me revuelve el alma escuchando semejantes palabras.
Algunos podrían señalarme y apuntar: “bueno, tu eres seguidor del Real Madrid. Por eso te molesta que insulten a uno de tu equipo”. No señores. Pienso exactamente lo mismo cuando el afectado es cualquier otra persona, se dedique a jugar a este deporte o cualquier otra profesión. Por citar un solo ejemplo de los muchos que podría nombrar: sentí vergüenza ajena en la final de la Copa del Rey de 2011 cuando la afición del club blanco insultó continuamente a Shakira, la compañera sentimental del barcelonista Piqué, y lo condeno de la misma forma.
Con esto no estoy eximiendo de otras cuestiones a muchos de estos deportistas. En demasiadas ocasiones actúan como niños pequeños y mentirosos que tratan de engañar a los adultos: fingen y exageran para provocar la expulsión del contrario, dan patadas y cuando les pitan faltan se quejan airadamente diciendo que ellos no han hecho nada, se tiran al césped como si les hubieran atravesado el pecho con una katana y explotado una granada en sus pies, etc. Eso cuando no se pelean entre ellos y se menosprecian por estar en un equipo mejor o ganar más dinero, tratando de demostrar quién es el más viril de todos. Y, por otro lado, fuera de los terrenos de juego, la ética y moral que ponen en práctica suele ser contraria a los principios establecidos por Dios en su Palabra. Enumerarlos llevaría horas. Pero lo que acabo de señalar es otro tema y no invalida nada sobre la violencia verbal que ejercen los “espectadores”.

¿La pasividad ante la maldad o la toma de medidas?
Especialmente me llamó la atención una aficionada, de unos veinticinco años, que estaba esperando a la salida al jugador para volverlo a insultar de la misma manera. Entre ella y Ramos había una valla y un dispositivo de la Policía Nacional (que pagamos los ciudadanos con nuestros impuestos). Gritaba desaforada y su rostro agraciado se convertía en uno lleno de odio. Como he dicho, algo así se espera de un ultra, no de una persona aparentemente normal. Pero, por encima de todo, lo que me sorprendió fue la actitud del Policía que estaba a menos de un metro de ella. ¿Qué hizo? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! De brazos cruzados y mirando para otro lado. ¿Cuánto hubiera tardado en sacar la porra si ese mismo insulto se lo hubieran dirigido a él? No sé, quizá no quería meterse en problemas o fuera sordo el hombre...
Esta escena me recordó a otra acontecida con Piqué meses atrás con un final diferente. Sin necesidad de entrar a valorar sus continuas declaraciones polémicas, en una ocasión, cuando bajó del autobús a la llegada de la selección a la ciudad de León, un joven comenzó a insultarle de forma vejatoria. En este caso, un Policía se acercó al susodicho y le habló con toda claridad. Omito parte de sus palabras por el vocabulario que empleó, pero le dijo: “[...] A ver si te damos la nota y luego te cae una multa de 300 euros [....] ¿Vale? Por insultar...”[1]. Y se hizo el silencio por parte del seguidor.
¿Persona que insulta? Se le expulsa del campo y se le multa. ¿Reincidente? Se le quita el abono, el carnet de socio y se aumenta considerablemente la cuantía económica. ¿Exagerado? Ni por asomo. O se toman medidas ya o esto se termina por ir de las manos. Cuando comiencen a darse casos y el público comprenda que se va completamente en serio y hasta el final, comenzarán a tomárselo como deben y a cambiar porque no les quedará más remedio. Mientras tanto, parece que solo se toman medidas cuando hay muertos de por medio.
Hay jugadores de color que se han marchado de un terreno de juego en señal de protesta cuando parte del graderío ha imitado el sonido de un mono. Me parece sensacional. Pues, en mi opinión, lo mismo deberían hacer los equipos cuando se entonen cánticos de pura afrenta. Y así hasta que se cumplan las normas antiviolencia.
Todos sabemos cómo reaccionó hace unas semanas un repartidor cuando un youtubers le llamó “cara anchoa” en una supuesta broma de cámara oculta: éste se llevó de regalo una sonora bofetada. No justifico la reacción, pero ponte en la piel de un afectado: ¿te quedarías impasible si se dirigieran a ti en términos ofensivos? ¿Si llamaran a tu madre lo que ya sabes? ¿Si hicieran presentes a todos tus difuntos? ¿De verdad reirías la gracia? Empatía chavales, empatía.

La parte que te toca: reeducarte
Cuando leo a personas decir –citando nuevamente el caso de Ramos- que él provocó con su gesto (olvidando que los insultos a su persona vienen de muchos años atrás), lo que realmente están haciendo es esquivar el debate que no les interesa porque les destapa como lo que son: culpables. No puede ser que este deporte se haya convertido en un espacio donde muchos se reúnen para sacar lo peor de sí mismos y donde todo está permitido. No puede ser que haya leyes no escritas donde se ha regularizado e institucionalizado lo que es aberrante de por sí.
¿Deberían los jugadores mantenerse ajeno a todo y no responder a los insultos? Sí, ahí estoy de acuerdo. No deberían entrar al trapo ni responder. Pero la verdadera cuestión es: ¿por qué se debe tolerar lo intolerable? ¿Por qué un individuo tiene que escuchar como injurian a su madre? ¿Por qué una madre debe escuchar ciertas palabras contra ella?  ¿Por qué un arbitro, un juez de línea y un entrenador deben soportar todo lo que soportan? ¿Por qué los jugadores del Barcelona y del resto de equipos españoles deben soportar todos los años a la Curva Nord de Valencia (por citar un único ejemplo), que se dedican todo el partido a brindarles todas las groserías que se encuentran en el diccionario? ¿Cuánto y hasta cuándo esos ambientes hostiles, donde parece que se va a la guerra? ¿Es que la tolerancia consiste en que no haya límites?
Si no recuerdo mal la fecha, hace un par de años le planteé en una entrevista digital este tema a Carlos Carpio –subdirector del periódico Marca y uno de los periodistas más ecuánimes que conozco-, y me confesó con tristeza que no llevaba a su hijo pequeño a los partidos porque era monstruoso todo lo que allí se escuchaba, y que afecta incluso a los más pequeños de la casa, como el ejemplo del jovencito de la imagen que encabeza el artículo. Al que nunca haya ido a un gran estadio, le diré que en la televisión no se escucha prácticamente nada de todo lo que se oye presencialmente. Esta una de las razones principales por las que yo mismo llevo años sin asistir.
Una de las enseñanzas bíblicas más claras de todas es la que hace referencia a la naturaleza caída del hombre y que nos señala a todos nosotros como culpables delante de Dios: No hay justo, ni aun uno. [...] por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:10, 23). Si omites esta contundente conclusión, lo fácil es decir: “Pero yo no soy un ultra ni pertenezco a ninguno de estos grupos. No hago apología de la violencia, ni física ni verbal. Jamás le he pegado a nadie ni hago nada malo. Al contrario que otros, cuando se me escapa algo no lo digo con maldad. Y tampoco tiene tanta importancia”. ¡Venga, sé honesto contigo mismo, y deja de compararte con otros! Que cada uno someta a prueba su propia obra” (Gá. 6:4). Jesús dijo que “de la abundancia del corazón habla la boca” (Lc 6:45). Lo que sale por tu boca es lo que hay en tu corazón, así que no hay excusas posibles.
Considero que –en lugar de lanzar balones fuera- no hay persona más humilde que aquella que es capaz de reconocer sus errores con la intención de rectificar. ¡Debes cambiar y reeducarte! Si eres cristiano, las fuerzas para hacerlo ya sabes de quién proceden. Si no lo eres, cambia al menos tu actitud.
Que tengas un mal día en el trabajo con tu jefe, con tu familia, con tu novia, esposa o con quién sea, no te da derecho a soltar esa ira reprimida y a desfogarte con nadie. Pagar por una entrada o por un refresco en un Bar para verlo por la televisión no te concede ningún derecho a faltar el respeto.
Es que el fútbol es pasión, dicen muchos para disculpar ciertas conductas. ¡Mentira! El insulto barato y el desprecio hacia el prójimo es una pasión con un enfoque completamente errado. ¡¡¡¡¡¡Esto es un juego!!!!!! ¿Que del mismo se hace un show, un espectáculo o algo divertido? De acuerdo: lo acepto como animal de compañía; todo lo demás no (como expresé en Fútbol: ¿Juego o idolatría?: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2014/05/futbol-juego-o-idolatria.html). 

Conclusión
¿No quieres que el equipo contrario logre la victoria? Lógico. Yo no quiero que el Barcelona gane ni al parchís, pero no le deseo ningún mal a sus jugadores ni a la institución. ¿Quieres que el equipo que te gusta triunfe? Disfrútalo si es así. ¿Qué pierde? Que tu estado de ánimo no dependa de esto. Tal y como está articulada nuestra sociedad –que me recuerda mucho a Panem[2]-, es comprensible que los niños y adolescentes sean presa de esta trampa anímica, pero entre adultos es poco maduro, por no decir que nada en absoluto: Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” (1 Co. 13:11). No cito estas palabras de Pablo para decir que no podamos ser bromistas o risueños como un jovenzuelo, sino para recalcar que una de las señales externas que diferencia a un niño de un hombre es que éste sabe concederle importancia a lo que verdaderamente la tiene, y el fútbol no entra dentro de esta categoría.
¿Y si los los que tienen la misma afición que tú continúan con los mismos comportamientos? ¿Y si nadie y nada cambia? ¿Y qué? ¡Hazlo tú! ¡Reacciona! ¡Despierta de la hipnosis a la que te tienen sometido determinados medios de comunicación y prensa escrita que, implícitamente, incitan al odio y alimentan el peor de los fuegos en el corazón humano mofándose de otros equipos! ¡Huye de esos periodistas encendidos que hablan de temas meramente deportivos como si la vida y la muerte dependieran de ello! ¡Deja de dramatizar como si fuera una tragedia griega! ¡Deja de reírle las gracias a esos deportistas que desprecian al contrario! ¡Deja de infravalorar las victorias ajenas! ¡Deja de burlarte del que es derrotado! ¡Deja de ver al que defiende otros colores como un enemigo al que destrozar y vilipendiar? ¡Desmárcate de los que parecen fanáticos sectarios defendiendo a sus dioses! Si tienes que dejar de conversar con algunas personas sobre deportes, ¡hazlo! ¿No te das cuenta de que todo esto es enfermizo, insano, infantil y ridículo? ¡No seas una oveja más que forma parte de una masa! ¡Sé diferente!



[2] Panem: el nombre que recibe la antigua América del Norte en la trilogía distópica “Los Juegos del Hambre”, y que está dividido en 13 distritos, siendo el Capitolio la capital de la nación. Un país donde las desigualdades sociales resultan abismales y solo una pequeña parte de la población –la que reside en la capital- posee todos los lujos, riquezas y comodidades que se les niega a los habitantes de los distritos. “Panem deriva de la frase en Latín panem et circenses, que literalmente se traduce como pan y circo. La frase en sí es usada para describir el entretenimiento usado para distraer la atención del público de otros asuntos más importantes” (http://los-juegos-del-hambre.wikia.com/wiki/Panem).