lunes, 3 de noviembre de 2014

La empatía o la ausencia de ella



En ocasiones he asistido a espectáculos bochornosos entre dos personas: insultos, menosprecios, gritos y todo tipo de descalificaciones. Creo que todos, en algún momento u otro de la vida, hemos pasado por ahí: en el instituto, en la universidad, en alguna competición deportiva, en el trabajo, etc. La emoción principal que me embarga en esos momentos es la de vergüenza ajena. Me cuesta entender que dos seres humanos lleguen a comportarse de tal manera, aunque hay momentos que son comprensibles frutos de una tensión extrema. Cuando ese tipo de situaciones sucede entre dos cristianos, lo que siento va más allá: es puro dolor por la imagen y el mal testimonio que ofrecen.
Hace unos días fui nuevamente testigo de una escena que me dejó de piedra y con mal cuerpo durante muchas horas. No hubo improperios ni provocaciones, sino la acumulación de una serie de palabras duras en su contenido. En este caso, aunque los hechos sucedieron entre dos individuos, solo fue uno de ellos el causante, y que provocó mi asombro ante las afirmaciones que le hacía a su “hermano” en Cristo.
La persona en cuestión (adulto, con muchos años en el Señor y teóricamente maduro), tras el saludo de rigor y preguntarle a su oyente si tenía trabajo (su única pregunta), le dijo: “Entonces no tienes trabajo, no tienes oficio, no tienes estudios, no haces nada, solo pasearte para arriba y para abajo. Eres un marqués”. Todo ello aderezado con un tono irónico-festivo. Palabras sin tacto y carentes de sabiduría. Lo que me resultó llamativo de esta “no-confrontación” fue que llegó a estas conclusiones sin saber nada más de la vida de su prójimo. Desconocía por completo sus circunstancias pasadas y presentes, junto a la situación de su familia y su estado de ánimo. No se preocupó lo más mínimo por descubrirlas y tampoco sabía los motivos por los cuales carecía de empleo. Tampoco preguntó si servía a Dios en algún área en concreto. En definitiva, no sabía nada de nada. Y, sin embargo, lanzó su sentencia absoluta con el mazo de su lengua como un juez implacable, a pesar de contar con unos  datos escuetos, superficiales y subjetivos.
Me recordó a la nueva ley que ha aprobado el Ayuntamiento de Sevilla: 700 euros de multa a todos aquellos que busquen comida en los contenedores de basura. ¡Sin dinero para comprar comida y encima una sanción por comer los desechos de otros!
¡Qué diferencia con la actitud de Dios con Elías, al que dio de comer y le infundió palabras de aliento! (cf. 1 Reyes 19).
La reacción del ofendido no fue la habitual, y quizá fue sorprendente. No perdió la compostura ni entró al trapo. Con una mirada cómplice dejó bien claro que no quería que terceras personas le defendieran. En mi opinión, hizo bien. Hay ocasiones en que hay que mostrarse asertivo y dejar las cosas bien claras, pero hay otras en que no merece la pena hablar con el que no quiere escuchar y nunca cambia. Es la manera en que Jesús actuó en determinadas ocasiones. Él consideró que esta era una de ellas y prefirió no defenderse: no entró en ningún detalle personal de su vida, no contó qué hacía con su tiempo, ni cómo servía al Señor.
Es evidente que alguien que pronuncia tales palabras no pertenece al grupo de los 3500 millones de pobres que hay en el mundo, ni conoce el drama que supone el desempleo, y cuanto afecta a la dignidad y estima personal: “Cuando uno entiende el lugar central que ocupa el trabajo en los propósitos de Dios para los hombres y las mujeres, se ve al momento que el desempleo es un ataque serio a nuestra humanidad. William Temple, hablando de las personas desempleadas al norte de Inglaterra durante los años de la Depresión, escribió: “La más grave y amarga herida de su estado no es la queja animal (física) de hambre o incomodidad, ni siquiera la queja mental de vacío y aburrimiento; es la queja espiritual de no habérseles dado la oportunidad de contribuir a la vida en general y al bienestar de la comunidad. [...] Los psicólogos han asociado el desempleo con un duelo, la pérdida de un trabajo en algunos aspectos es similar a la pérdida de un familiar o amigo. Ellos describen tres etapas del trauma. La primera es un trauma. Un hombre joven desempleado en nuestra congregación habló de su ´humillación`, una mujer desempleada de su ´incredulidad`, ya que se les había asegurado que el trabajo era seguro. Al oírlos a ellos que habían sido despedidos y considerados innecesarios, algunos sienten ira, otros se sienten rechazados y degradados. Sin embargo, en esta etapa todavía están optimistas acerca del futuro. La segunda etapa es depresión y pesimismo. Sus ahorros, si los tuvieron al comienzo, se están acabando y sus planes se ven pocos prometedores. Ellos caen en una inercia. Como lo describió un hombre, estoy ´estancado`. La tercera etapa es el fatalismo. Después que una persona está desempleada durante varios meses y se ve rechazada continuamente al solicitar trabajo, disminuyen la lucha y la esperanza, su espíritu se llena de amargura y desfallece, realmente se desmoraliza y deshumaniza. La iglesia debe ser un lugar donde esta persona se sienta aceptada y amada y en la que también se ayude en forma práctica para encontrar trabajo”[1].
Todo esto me hizo pensar en la imperiosa necesidad que tienen/tenemos los cristianos de desarrollar la empatía, en el sentido bíblico del término.

Ideas erradas
Uno de los textos más repetidos entre muchos cristianos dice: “El que no trabaje, que no coma”. Lo pronuncian completamente convencidos de que es un pasaje bíblico, añadiendo carga y culpa a muchos hermanos que desconocen la realidad del pasaje. Las palabras exactas de Pablo son: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma” (2 Tesalonicenses 3:10). Hay una gran diferencia entre “no tener trabajo” y “no querer trabajar”. La primera situación no depende del individuo, sino de múltiples factores geopolíticos: económicos, sociales, personales, etc. Por mucho que lo intentan, no logran entrar en el mercado laboral; y si lo hacen, es de manera discontinua. La segunda es clara: la persona tiene la opción de un trabajo y se le ofrece uno tras otro, pero los rechaza todos, mientras que su vida gira en torno a la mera ociosidad.
Un excesivo número de cristianos tienen ideas erradas sobre lo que es un trabajo. Creen que si no está remunerado no se puede considerar como tal. Dejaré que sea John Stott quien aclare ciertos conceptos: “Es importante señalar lo opuesto, no todos los que trabajan tienen empleo. Muchas personas están correctamente sensibles cuando se les da la impresión que si la persona no recibe pago por su esfuerzo entonces sus actividades no se consideran trabajo. Nada está tan lejos de la verdad. Muchas personas trabajan en su casa, y colaboran en trabajos voluntarios para cuidar niños u otros que dependen de la familia. Esos trabajos pueden ser arduos, pero pasan desapercibidos. [...] Es cierto que el trabajo en la iglesia depende, más que todo, de las personas que están dispuestas a dar su tiempo como voluntarios para el servicio de Dios. [...] Así que, con la excepción de los que rehúsan hacer el trabajo que está disponible, somos todos trabajadores”[2]. Por lo tanto, no todo el que no tiene trabajo vive como un “marqués”, como le dijo el hermano al otro. En lugar de criticar, “todas las iglesias necesitan saber qué están haciendo sus miembros, ya sea pago o no, porque ellos son la iglesia y necesitan el apoyo para todo lo que Dios los ha llamado a hacer y ser. [...] Ayudar a buscar y encontrar trabajo no puede ser una tarea delegada al sector voluntario, sin embargo, la iglesia puede hacer mucho para ayudar. Los que buscan trabajo tienen diferentes necesidades dependiendo de su pasado, talentos y habilidades”[3].

La verdadera empatía
Aunque he narrado la experiencia que vivió un creyente por las palabras de otro, solo ha sido un ejemplo de lo que realmente quiero mostrar. Vivimos en un mundo suficientemente complicado de por sí como para que otros nos añadan cargas, y más si son cristianos. El sarcasmo, los chistes a costa de otros, las burlas, las bromas personalizadas, los menosprecios, los comentarios jocosos, ¡sobran por completo!
La empatía es la capacidad de experimentar los sentimientos de otra persona, involucrándose en su vida de manera directa. Es una expresión concreta de amor. Una persona con empatía es capaz de situarse en el lugar del otro y experimentar lo que está sintiendo en su corazón. Por ejemplo: el esposo que comprende la manera en que piensa y siente su esposa, y la esposa que comprende la manera en que piensa y siente su esposo. Es la única manera que ambos tienen de arreglar sus diferencias para llegar a acuerdos y tener un matrimonio sano, donde prime el amor. Basta que uno de los dos no muestre empatía para que resulte un fracaso.
En una amistad igual: si uno trata de imponerle su opinión al otro, los dos perderán. Por eso la empatía es igualmente necesaria en las relaciones familiares, profesionales, etc.
¡Eso es precisamente lo que necesitamos también dentro del pueblo de Dios! Personas que se metan en “los zapatos” de todos aquellos que están pasando por dificultades y problemas. Que sepan qué sienten los desempleados, los huérfanos, los solteros, los viudos, los divorciados, las amas de casa sin amigos, los ancianos, los jubilados solitarios, los enfermos, los deprimidos, los inmigrantes, los desahuciados, los que trabajan de sol a sol, los que están mal remunerados en sus trabajos y sufren las consecuencias del estrés, los padres sin recursos económicos, las parejas con serias dificultades sentimentales, los que perdieron sus sueños y esperanzas, etc. Es la única manera de comprenderlos y poder ayudarlos en la medida de las posibilidades personales.

Lo que no necesitamos
No necesitamos más desaliento. No necesitamos más desánimo. No necesitamos más palabras ásperas que roban la paz. No necesitamos más miradas altivas, malas caras ni gestos torcidos. No necesitamos que echen más leña al fuego. No necesitamos más soberbia y prepotencia. No necesitamos más legalismos que ignoran la gracia. No necesitamos más sacerdotes y levitas que participan de decenas de actividades religiosas pero que pasan de largo ante el dolor (cf. Lucas 10:31-32). No necesitamos más hermanos que interpreten papeles o que sobreactúen, sino que sean auténticos. No necesitamos más hermanos que se preocupen por nosotros solo si nos congregamos en una “iglesia” convencional. No necesitamos más hermanos que miren con recelo a otros por salir de alguna congregación. No necesitamos más hermanos que solo vean nuestros defectos y errores. Y aclaro que cuando digo “no necesitamos más hermanos que...” no me refiero a que ellos sobren, sino sus actitudes, que deben ser completamente desterradas.
Jesús dijo que en este mundo tendríamos aflicción (cf. Juan 16:33), pero cuando esta tiene su origen en la actitud o en las palabras de un cristiano es doblemente doloroso. 

Lo que sí necesitamos
No tiene lógica bíblica que se interesen más por nosotros los incrédulos que los conversos. Hay que crear el ambiente propicio para que las tornas cambien. Hay que cambiar ciertas estructuras, cuyo máximo interés es mantener un sistema religioso y no la existencia en sí de las personas. La vida en el cuerpo de Cristo no puede ser como una fábrica, con un comienzo de jornada, una cadena de montaje y un toque de sirena para marcar el fin del día... hasta la siguiente reunión, taller, estudio o conferencia.
Necesitamos cristianos con el corazón de Dios, que nos atraigan “con cuerdas de amor” (Oseas 11:4). Necesitamos creyentes que se acerquen a los heridos y a los quebrantados de corazón, para pregonar libertad a los cautivos y poner en libertad a los oprimidos, como hizo Jesús (cf. Lucas 4:18). Necesitamos hermanos que “desciendan” ante el dolor ajeno, tal y como el Altísimo hizo con el pueblo hebreo esclavizado en Egipto: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel” (Éxodo 3:7-8).
Necesitamos cristianos humildes y sencillos que abracen y que besen. Necesitamos que alienten. Necesitamos que se preocupen y se interesen genuinamente, y no que nos hablen del estado del clima. Necesitamos que entren en nuestras mentes y en nuestros corazones en lugar de juzgarnos sin misericordia. Necesitamos personas que sinceramente quieran conocernos, en lugar de valorarnos por las palabras malévolas de otros. Necesitamos que se ganen nuestra confianza y compartan su tiempo, en lugar de vernos una hora a la semana como desconocidos. Necesitamos que abran las puertas de sus casas y que sean hospitalarios. Necesitamos que demuestren que realmente les importamos fuera de las cuatro paredes del local de reunión. Necesitamos creyentes como el buen samaritano con el malherido, siendo movido a misericordia;  y acercándose vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él” (Lucas 10:33-34).
En definitiva, cristianos que amen como Pablo a los filipenses: “con el entrañable amor de Jesucristo” (Filipenses 1:8). Por eso él se preocupó de recoger una ofrenda para los pobres de Jerusalén. Por eso le dijo a los ricos que hicieran el bien, que fueran ricos en buenas obras, dadivosos y generosos (1 Timoteo 6:18). Y por ese mismo amor los doce discípulos eligieron siete diáconos para atender a las viudas (cf. Hechos 6:1-6). ¡Todo era práctico y no mera teoría!
Tenemos que aprender a ser como Aaron y Hur, que sostenían las manos de Moisés cuando estas se cansaban (cf. Éxodo 17:12). Tenemos que llorar con los que lloran (cf. Romanos 12:15). Tenemos que vestirnos, como escogidos de Dios, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia (cf. Colosenses 3:12). Tenemos que enseñarnos y exhortarnos unos a otros en toda sabiduría (cf. Colosenses 3:16). Tenemos que alentarnos, animarnos y edificarnos mutuamente (cf. 1 Tesalonicenses 4:18, 5:11). Y tenemos que sobrellevad los unos las cargas de los otros (cf. Gálatas 6:2).
¡Y ojo! Esto tiene que ser recíproco, ya que las relaciones humanas son bilaterales: Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás (Filipenses 2:4; NVI). De lo contrario, una de las dos partes terminará por cansarse y desistir.
¡Aprendamos a tener empatía y seamos prácticos!



[1] Stott. John. Los problemas que los cristianos enfrentamos hoy. Vida.
[2] Ibid.
[3] Ibid.

sábado, 11 de octubre de 2014

¿Caer bien a todo el mundo?


Cada etapa de la vida tiene sus dificultades. Entre estas, quizá sea la adolescencia la mas problemática; al menos en lo que concierne a su complejidad. Entre los 12 y los 16 años apenas entendemos nada de la vida que se presenta ante nosotros y nos sentimos extraños en un mundo que no terminamos de comprendemos, y cuyas reglas de juego nos parecen absurdas. No somos niños ni adultos, sino inmaduros por definir. No poseemos las herramientas que la misma experiencia nos va concediendo para afrontar cada paso que damos. Apenas sabemos manejarnos y cada vivencia se convierte en un pequeño drama.
Sin duda alguna, a esas edades, una de las grandes tragedias (o que nosotros la consideramos como tal), y que más nos afecta, es el pánico que sentimos a no caerle bien a los demás, especialmente a los compañeros de clase, y más si son del sexo opuesto. Nuestra identidad como seres humanos no está formada y “creemos que somos lo que los demás piensan de nosotros”: padres, familiares, amigos, profesores, etc. Por eso cada uno de nosotros trata a su manera de reflejar una buena imagen de cara a la galería. Unos usan la simpatía desmedida, que los conduce a querer agradar a todo el mundo, aunque esto no les haga sentir bien consigo mismos, puesto que sienten que están traicionando sus esencias, el verdadero “yo”. Están rodeados de “amigos”, pero se han tenido que vender para lograrlos. Viven en una especie de obra teatral donde no tienen el control de los acontecimientos. Otros emplean la fanfarronearia y la rudeza verbal y/o física, creyendo que si son duros serán respetados. En realidad, ese mal carácter solo esconde multitud de miedos e inseguridades. Aquellos que no están en alguno de estos dos grupos, se esfuerzan en pasar desapercibidos y se esconden bajo su propio caparazón de timidez.

Del pasado al presente
El problema, el verdadero problema, se produce cuando arrastramos esta forma de pensar a la vida adulta. Es sorprendente la cantidad de libros que hay en el mercado cuyo propósito es “caer bien instantáneamente”. Querer caerle bien a todo el mundo es una utopía y esforzarse hasta la extenuación es agotador e inútil. Al final, cuando llegas a esta conclusión, te das cuenta de que tienes dos opciones: o te vendes a ti mismo para “caer bien” a todos o desistes de alcanzar ese objetivo.
Por eso tenemos que tomar lecciones del pasado, en este caso de la vida de Jesús. Así las asimilaremos como enseñanzas para nosotros:

  • Hizo el bien siempre que tuvo ocasión. Sanó a diez leprosos. ¿Qué pasó a continuación?: solo uno vino a darle las gracias (cf. Lucas 17:17).
  • Liberó a un hombre de una posesión demoniaca. ¿Qué le dijeron al Maestro todos aquellos que conocían el caso de este endemoniado?: Entonces toda la multitud de la región alrededor de los gadarenos le rogó que se marchase de ellos, pues tenían gran temor” (Lucas 8:37).
  • Habló verdad entre los líderes religiosos, pero los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo matarle (Lucas 22:2).
  • Nadie pudo acusarle de pecado (cf. 8:46). Sin embargo, ¿qué le aconteció?: Y los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él y le golpeaban; y vendándole los ojos, le golpeaban el rostro, y le preguntaban, diciendo: Profetiza, ¿quién es el que te golpeó? Y decían otras muchas cosas injuriándole" (Lucas 22:63-65).

Resulta sumamente llamativo comprobar que Jesús no le caía bien a todo el mundo, a pesar de que representaba la perfección encarnada. Así que pregunto: nosotros, que de perfectos no tenemos nada, ¿queremos que todo el mundo nos mire con buenos ojos? ¡Es imposible! Este principio en la vida de Jesús hay que asimilarlo para vivir en paz.
Pablo mismo lo puso en práctica consigo mismo respecto a su relación con algunos creyentes de Corintio que le juzgaban: “Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo. Porque aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor. Así que, no juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor, el cual aclarará también lo oculto de las tinieblas, y manifestará las intenciones de los corazones; y entonces cada uno recibirá su alabanza de Dios” (1 Corintios 4:3-5).
Esto no significa que Pablo se considerara perfecto, que nunca pecara o que no cometiera errores, sino que no tenía mala conciencia de nada porque era fiel al Señor y a su llamado. Por eso, en el lenguaje coloquial de hoy en día, y citando a William Barcley, “le importaba un pimiento lo que pensaran de él”[1].

La intolerancia entre cristianos
Si hay algo que me indigna es la intolerancia que observo día tras día en el mundo entero entre muchos cristianos. Hablo con hermanos de otros rincones del planeta y me cuentan escenas semejantes. Un cristianismo lleno de personas que no son capaces de respetar diferentes maneras de pensar en asuntos concretos de la vida, donde solo ellos son los humildes y están bajo la misericordia de Dios.
Es perfectamente comprensible la intolerancia entre inconversos. Ellos viven según una ética y moral diferente a la cristiana. Es lógica la tensión y el choque que podemos experimentar con ellos en determinados momentos, incluso en la familia. Jesús ya advirtió que estaría dividido el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra” (Lucas 12:53). Pero es irritante que esto mismo suceda entre cristianos. Es lamentable la guerra de guerrillas entre diversas “facciones” de los hijos de Dios: calvinistas & arminianos; premilenaristas & amilenaristas; pretribulacionistas & postribulacionistas; carismáticos & no carismáticos; etc. Ambos sectores se consideran en posesión de la verdad absoluta. Cada uno de ellos piensa que son los otros los que están completamente errados. Es cierto que hay creyentes que difieren en estas cuestiones citadas y se respetan, pero son minoría.
Todos deberían aprender del Concilio de Jerusalén: hubo mucha discusión (cf. Hechos 15:7), pero bajo el respeto y la concordia buscaron la voluntad de Dios, llegando a un acuerdo, estableciendo un principio práctico para todos: Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros (Hechos 15:28). Ejemplo a seguir.
La imagen que esto ofrece ante la sociedad es terrible. En demasiadas ocasiones tengo que escuchar las historias de compañeros de trabajo inconversos que conocen a cristianos cuyo testimonio es penoso. Nuevamente se hacen reales las palabras que Ghandi le dijo a un misionero: “Me gusta tu Cristo, pero no me gustan tus cristianos. Tus cristianos son tan diferentes de tu Cristo”. Es ahí donde no me queda más remedio que entenderles, para a continuación volcarme en el Evangelio y en el mensaje de la cruz. 

Juzgados segundo a segundo
Cuando esto se transfiere de asuntos doctrinales a cuestiones personales y se generaliza, se convierte en puro hastío. Ante tanta intolerancia, se convierte en una misión imposible caerle bien incluso a muchos cristianos. Si eres serio, “es que eres demasiado serio”; si eres risueño, “es que eres demasiado risueño”; si hablas mucho de Dios, “es que eres un pesado”; si hablas poco de Dios, “es que eres un carnal”; si no vas a varios cultos semanales, “es que eres un mundano”; si denuncias una herejía, “eres enemigo de la Iglesia”; si no denuncias la herejía con palabras duras, “es que eres un blando”; si indicas algo que se puede mejorar, “es que nunca estás contento”, si no indicas lo que se puede mejorar, “es que no aportas nada”; si crees en el arrebatamiento, “eres un falso maestro”; si no crees en el arrebatamiento, “te quedarás cuando suceda”; si haces deporte, “pierdes el tiempo”; si no haces deporte, “eres un vago”; si vistes moderno, “es que eres demasiado moderno”; si no vistes moderno, “es que eres un anticuado”. Y así con todo los ejemplos que nos podamos imaginar.
Te señalan con el dedo por tu forma de vestir, de hablar, de actuar, del uso que haces de tu tiempo, de cómo empleas tu vida y de cómo sirves al Señor. Hagas lo que hagas, tus intenciones son oscuras; digas lo que digas, hay algo de maligno en ti. Así piensan aquellos cristianos que se mueven por prejuicios bipolares. Te observan en blanco o en negro, en luz o en tinieblas, en bien o en mal. Para ellos no existen los puntos ni los colores intermedios. Te encasillan en sus listas de “amigos” o “enemigos”, “amados” u “odiados”, “cristianos” o “apóstatas”, “ángeles” o “demonios”. Eres “Saruman” o “Gandalf”. Te consideran una marioneta manejada por los malos deseos que anidan en ti. Tienes que ser un clon de ellos: pensar, sentir y vivir con sus principios. De lo contrario, sacarán a relucir la espada Excalibur y comenzarán a cortar cabezas, arrollando y arrasando con todo como si fuera una nueva Inquisición, cuando lo que deberían hacer es sentarse y reflexionar sobre la Palabra de Dios, en lugar de usar textos bíblicos como armas arrojadizas.

Descansado en la verdad
Si te dejas guiar por la opinión de aquellos que te rodean, te volverás loco y nunca vivirás en paz. Tienes que tener muy claro que la verdad no reside en este tipo de personas intolerantes que viven sentenciando a los demás como jueces. Ellos no son la verdad. Ellos no son el camino a seguir ni el ejemplo a imitar. No te conviertas en uno de ellos. Ten presente que la única verdad está en Dios. Por algo Jesús dijo que él era el camino, y la verdad y la vida (cf. Juan 14:6). Tu identidad está en Cristo como hijo de Dios que eres, no en lo que digan los demás; tu valor está en la sangre de Cristo, no en el valor (o el desprecio) que otros te concedan. Si dices la verdad y te llaman mentiroso, ¡que crean lo que quieran! Si en tus ojos hay honestidad y ellos te miran con recelo, ¡que crean lo que quieran! Si tu conciencia está limpia y te llaman rencoroso, ¡que crean lo que quieran! Si haces el bien y creen que tus intenciones son ocultas, ¡que crean lo que quieran! Si eres humilde y te acusan de soberbio, ¡que crean lo que quieran! Si tu corazón está limpio y afirman que está podrido, ¡que crean lo que quieran! Si Dios te ha salvado y ellos te condenan, ¡que digan lo que quieran!
Libérate de la presión. Descansa y vive tranquilo en la voluntad de Dios. Es a Él a quien debes agradar. No te agotes tratando de caerle bien a todo el mundo ni a las masas porque no servirá para nada y te traerá desdicha. El Señor ha preparado para ti a aquellos que caminarán a tu lado a lo largo de la vida sin necesidad de grandes esfuerzos. Tú mismo los reconocerás de manera natural: aquellos que son íntegros, genuinos y sencillos. Solo sigue esa senda y no te desvíes: Busca la paz, y síguela” (Salmo 34:14).








[1] Barclay, William. Comentario al Nuevo Testamento. Clie.

jueves, 18 de septiembre de 2014

¿El perdón es gratuito para quien no se arrepiente? (2ª Parte)



Venimos de aquí: ¿El perdón es gratuito para quien no se arrepiente? (1ª Parte):
En esta segunda parte comprobaremos que no perdonar no es sinónimo de rencor, veremos cuál debe ser nuestra actitud mientras la concesión del perdón sea imposible por falta de arrepentimiento, y terminaremos analizando cuáles son los mecanismos de control que se deben dar en cada iglesia local para solucionar actitudes pecaminosas.

¿A qué nos llama la Palabra de Dios?
Cuando un creyente no perdona a alguien que no le ha pedido perdón ni se ha arrepentido, suele llenarse de sentimientos neuróticos de culpa por la enseñanza que ha recibido respecto al perdón. Se siente un mal cristiano. Y esto es consecuencia de que se le ha hecho creer que tiene que perdonar incondicionalmente, cuando la enseñanza global de la Escritura no muestra tal instrucción. Olvidamos que los principios que se requieren para que Dios conceda el perdón son aplicables por igual en las relaciones interpersonales, y los textos son contundentes al respecto, como ya vimos en la primera parte.
No perdonar a quien no se arrepiente de un mal que ha cometido y que persiste en su actitud contra nosotros no es falta de amor ni resentimiento. Ni siquiera como conceptos son sinónimos, a pesar de que muchos usan ambas ideas como si fueran una sola. Y esto es un grave error. Es simplemente el ajuste a los patrones bíblicos por la parte que nos toca. Es el método que Dios ha establecido (no el del hombre), el que debemos de seguir. No es que no queramos perdonar al que no se arrepiente, sino que no podemos hacerlo en los términos que Dios mismo ha impuesto. Flaco favor hacemos cuando perdonamos sin arrepentimiento. Si lo hacemos, en algunos casos, estaremos rebajando la justicia; en otras, directamente la anularemos. Lo mismo sucede cuando nos perdonan sin que nos hayamos arrepentido.
También es cierto que debemos buscar la reconciliación en humildad, poniendo sobre la mesa todas las cartas de la discordia, señalando cuáles deben cambiar y eliminarse de la baraja. El fin último de todo problema que surge entre dos seres humanos es la paz (y más entre cristianos), aunque hay ocasiones en que esto es imposible por la negativa del ofensor a reconocer su culpa (fruto de la soberbia, de su empecinamiento en el error, o de la propia ceguera), por la terquedad que muestra en su actitud, y por su falta de arrepentimiento genuino. Por eso Pablo dijo: “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Ro. 12:18). Nuevamente observamos cuándo es unilateral y cuándo bilateral en determinados aspectos de las relaciones con nuestros semejantes, qué parte depende de nosotros y cuál no. De ahí que haya ocasiones en que, aun siendo triste, no nos quede más remedio que poner tierra de por medio con algunas personas.
La pregunta que tenemos que plantearnos entonces es la siguiente: si no podemos conceder la “absolución” por falta de arrepentimiento de la parte ofensora ni podemos tener comunión con ella, ¿a qué nos llama entonces la Palabra de Dios?:

- A no permitir que el enojo se instale en nosotros: “No se ponga el sol sobre vuestro enojo” (Ef. 4:26). Hay un enojo justo, como por ejemplo el que sentimos al ser gravemente ofendidos, pero éste no debe “guardarse” eternamente como si fuera un preciado tesoro.
- A orar y a bendecir al ofensor para que el Señor toque su corazón: “Bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mt. 5:44). Estas palabras son una clara advertencia contra la indiferencia. Es un llamamiento a ser pro-activos en lo que respecta a la oración y a las acciones.
- A no pagar con la misma moneda: “No paguéis a nadie mal por mal” (Ro. 12:17). Esto implica no insultar aunque nos insulten; a no condenar aunque nos condenen; a no ser agresivos aunque lo sean con nosotros; a no injuriar aunque nos injurien; etc. Es una renuncia voluntaria a devolver la moneda, tomando el ejemplo de Jesús, cuya actitud contemplamos en todo su esplendor en el capítulo 53 de Isaías, y más concretamente en el versículo 7: “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca”.
- A no tomar venganza por nuestra cuenta: “No os venguéis vosotros mismos, amados míos, sino dejad lugar a la ira de Dios; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor” (Ro. 12:19). Para esto es fundamental el espíritu de dominio propio que Dios nos ha dado (cf. 2 Timoteo 1:7). Por venganza no nos referimos únicamente a la violencia física, sino a cualquier tipo de “ajuste de cuentas”, como los ejemplos citados en el punto anterior. Si hemos sido dañados, tendremos que dejar que Él sane nuestro corazón quebrantado, y vende las heridas (cf. Salmos 147:3).
- A procurarle el bien si está en nuestra mano: “Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber; pues haciendo esto, ascuas de fuego amontonarás sobre su cabeza” (Ro. 12:20). Amar al enemigo es parte del fruto del Espíritu (Gá. 5:22).
- Y por último: A quitar de nosotros “toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia” (Ef. 4:31).

Estas acciones son para nosotros, y no dependen de lo que haga o deje de hacer el responsable del mal causado. De lo contrario, nos pondremos a su misma altura.
Dar por hecho que vamos a odiar, a llenarnos de amargura, a enfermar o a tomar venganza por el hecho de no perdonar al que no se arrepiente es una idea que parte de una base errada. Se puede amar al culpable sin perdonarlo, y al mismo tiempo no tener comunión con él.
Por todo esto, quiero incidir en este aspecto: la clave en todo proceso ofensivo donde somos gravemente dañados, donde no nos han pedido perdón ni ha habido muestras de arrepentimiento, es guardar nuestro corazón. Como señala el conocido proverbio, “de él mana la vida” (Pr. 4:23). Así evitaremos que la amargura y el resentimiento aniden en nosotros, permitiendo que la paz del Señor esté en nosotros y podamos mantener una actitud sana, acorde a los deseos divinos.

¿Verdaderamente se ha arrepentido?
Quizá la parte más compleja es saber cuándo las disculpas son sinceras. En este aspecto, hay algo que debe estar claro: cuando la persona toma consciencia de que ha pecado contra alguien, se siente consternado y busca con prontitud pedir perdón, restaurar en la medida de lo posible el mal causado y cambiar su conducta de manera clara.
El primer paso que debe llevar a cabo la parte ofensora es pedir perdón de forma verbal (o escrita, si las las circunstancias no permiten la primera opción), reconociendo sus actos, y siendo consciente del dolor ocasionado. Pero recordemos que “pedir perdón” no es sinónimo de arrepentimiento. El arrepentimiento no es ni más ni menos que el cambio radical en la actitud. Esto conlleva implícitamente reparar el mal causado, siempre que sea posible. Un ejemplo claro sería una infidelidad: el culpable deberá abandonar por completo a la “tercera” persona y dar pasos concretos para restablecer con el tiempo la confianza con su cónyuge (en el supuesto de que le ofrezca esa oportunidad). Por citar otro caso: cuando se mancilla el honor de una persona. Se tendrá que restituir de forma clara y evidente la reputación que se dañó. Sea cual sea el pecado cometido, el arrepentimiento debe ser evidente.
Zaqueo mostró el significado del verdadero arrepentimiento: Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador. Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:7-10). Fuera o no consciente, estaba cumpliendo las exigencias de Cristo: “Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento” (Mt. 3:8). Manifestó claramente que su vida había cambiado y así se ganó la confianza del Señor.
Todos estos pasos los observamos en la historia de José, hijo de Jacob. No otorgó su confianza a sus hermanos de manera inmediata. Incluso en primera instancia fue áspero con ellos (cf. Gn. 42:7). Su actitud fue una mezcla de severidad y bondad. Los probó duramente para comprobar si habían cambiado. Todos conocemos la historia: sus hermanos quisieron matarlo. Uno de ellos, Judá, quiso venderlo. Sin embargo, años después, aceptaron toda la culpa que sus acciones desencadenaron. Aquí nos encontramos a grupo de hombres transformados que imploraron misericordia. José la concedió. Se conmovió y depositó nuevamente su amor sobre Judá y el resto de sus hermanos arrepentidos: Viendo los hermanos de José que su padre era muerto, dijeron: Quizá nos aborrecerá José, y nos dará el pago de todo el mal que le hicimos. Y enviaron a decir a José: Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre. Y José lloró mientras hablaban. Vinieron también sus hermanos y se postraron delante de él, y dijeron: Henos aquí por siervos tuyos. Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios? Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo. Ahora, pues, no tengáis miedo; yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos. Así los consoló, y les habló al corazón” (Gn. 50:15-21).
Las palabras sin acciones concretas no sirven absolutamente de nada. Podemos perdonar, pero hay ocasiones en que es imposible volver a confiar en personas que repiten sin cesar sus malas acciones y que viven bajo una continua hipocresía. Las supuestas promesas de cambio se las lleva el viento ya que que sus actos demuestran que sus palabras carecen de valor alguno. Son situaciones en que el individuo cree sus propias mentiras, o silencia las señales de alarma de su propia conciencia. Termina por ser incapaz de reconocer la propia culpa y de sentir remordimiento. Para esto no tiene ningún inconveniente en justificar sus actos tergiversando los hechos o contando medias verdades (lo que, al fin y al cabo, son mentiras). Ante hechos así no hay nada que hacer; lo mejor es alejarse por completo y dejarlo en las manos de Dios.
Estemos siempre dispuestos a perdonar pero tengamos cuidado de no ser ingenuos. No se trata de ser desconfiados per se, sino prudentes como serpientes (cf. Mt. 10:16). Recordemos que el propósito final del arrepentimiento y el perdón es el reestablecimiento de la comunión, pero bajo unos patrones de conducta muy diferentes a los que se dieron lugar al pecado.

Mecanismos de control
Aquí no estamos hablando de ofensas menores que pueden ser pasadas por alto, puesto que, como dice en Proverbios 19:11: “La cordura del hombre detiene su furor, y su honra es pasar por alto la ofensa”. Estamos haciendo alusión a faltas graves que han sido cometidas contra nuestra persona (o que nosotros hemos cometido contra otros): injurias, calumnias, burlas, menosprecios, insultos, muestras severas de soberbia, mentiras continuas, infidelidad, cualquier tipo de abuso (físico, emocional o espiritual), traición, etc. En este tipo de situaciones, es completamente imposible estar en paz con otra persona (cf. Romanos 12:18). También podríamos citar muchas de las obras de la carne a las que hace alusión Pablo en Gálatas 5:19-21: “adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”.
Para este tipo de cuestiones, Jesús en persona mostró claramente qué mecanismos de control tendría que llevar a cabo cada iglesia local cuando un hermano pecara contra otro: “Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano” (Mt. 18:15-17). Si estos mecanismos de control se llevaran correctamente en cada congregación, la vida entre cristianos sería más saludable de lo que suele ser. Tenemos un ejemplo con los corintios, que no estaban llevando estas medidas a cabo, y Pablo tuvo que reprenderlos por permitir a un incestuoso anidar a sus anchas entre ellos (cf. 1 Co. 5:1-5).
Como ya dije sobre este texto en “Cuando el pecado entra en la iglesia”: Si el pecado ha quedado solucionado tras una conversación cara a cara, ahí debe quedar el asunto. Ni el pastor ni nadie debe saberlo. Si se arregla tras tomar dos o tres testigos, exactamente igual. Muchas veces se ignora por completo este principio divino y se camufla bajo “la necesidad de informar”, eufemismo de “murmurar”. Es trágico cuando, a pesar de que muchos asuntos se resuelven en primera instancia, hasta el último miembro de la congregación termina por saber aquello de lo cual jamás debería haberse enterado: “La confesión de un pecado es siempre un secreto, algo estrictamente confidencial. Parece muy sencillo: un secreto es un secreto, pero ¡cuántos problemas, cuántas relaciones rotas, cuántas tensiones en la vida de una iglesia, de una familia, se han producido por no saber guardar algo tan elemental! Ante una confidencia, ni siquiera las personas mas allegadas, esposo o esposa, deben tener conocimiento de ello. La única excepción es cuando tenemos la autorización del interesado. Si vemos la necesidad de compartir este secreto con el cónyuge, quizás para descargarnos nosotros mismos, podemos hacerlo siempre y cuando el interesado nos haya dado su consentimiento”[1].
Cuando nada de esto se pone en práctica, y la mayoría guarda silencio (especialmente los ancianos), se dan situaciones surrealistas donde es el hermano contra el que se ha pecado quien se tiene que marchar de la congregación, profundamente herido, cuando la Escritura es contundente sobre qué hacer con el pecador que no se arrepiente: tenerlo por gentil y publicano (cf. Mt. 18:17). Como señala William Macdonald al respecto: “El significado más evidente de esta expresión es que debería ser considerado como fuera de la esfera de la iglesia. Aunque puede que sea un verdadero creyente, no está viviendo como tal y no debería ser tratado como uno. Aunque siga perteneciendo a la iglesia universal, debería ser privado de los privilegios de la iglesia local. [...] El propósito de esto es hacerlo consciente y llevarlo a confesar su pecado. Mientras no se consiga este objetivo, los creyentes deberían tratarle con cortesía pero también deberían mostrarle, con su actitud, que no aprueban su pecado y que no pueden tener comunión con él como hermano en la fe. La asamblea debería estar bien dispuesta a recibirlo de nuevo en cuanto haya evidencia de un arrepentimiento genuino”.  
En algunos casos concretos, puede darse la situación donde el ofensor no sea consciente de la afrenta que ha cometido. Si es así, es nuestra obligación y deber moral decírselo. Exactamente igual si es el caso contrario: es su responsabilidad para con nosotros. 

Para terminar con este estudio, recordemos que, sea cual sea el caso, tenemos que tener siempre presente las palabras de Pablo: “Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado” (Gá. 6:1). Es este espíritu el que debe predominar, sabiendo que nosotros mismos podemos caer. En lugar de dejar que caiga la ira sobre el culpable (que solo termina por hundir aún más al creyente que ha pecado), recordemos que el propósito principal es su restauración. En caso de que no sea posible, vivamos en paz.


[1] Martínez Vila. Pablo. Psicología de la oración. Andamio.