martes, 2 de mayo de 2017

2. A favor y en contra de la eutanasia: dos posturas opuestas




Antes de presentar los argumentos de aquellos que están a favor de la eutanasia y los que estamos en contra de ella, hay que explicar varios conceptos.

¿Cuál es la diferencia entre eutanasia y suicidio asistido?
a) Eutanasia: “Es el acto deliberado de poner fin a la vida de un paciente, aunque sea por voluntad propia o a petición de sus familiares”[1]. Es indolora y se administra a personas con enfermedades graves e incurables, sean de nacimiento o adquiridas.

b) Suicidio asistido: “Consiste en la ayuda o asistencia a otra persona que desea terminar con su existencia. Se considera asistencia al suicidio la entrega del material necesario –habitualmente medicamentos- para su realización. La ayuda puede ser facilitada por profesionales médicos, enfermeras u otras personas. A diferencia de la eutanasia, en el suicidio asistido la actuación del profesional médico se limita a proporcionar al paciente los medios necesarios para que sea él mismo quien se produzca la muerte. El elemento distintivo no radica en el medio que se emplea, sino en el sujeto que la lleva a cabo: en la primera –la  eutanasia-, otra persona es el agente activo respecto de quien la solicita; en el segundo, el paciente es el sujeto activo, asistido y aconsejado por un médico”[2].

Lo que piensan aquellos que están a favor de la eutanasia
Para los pro, la eutanasia no es matar –porque eso sería robar la vida-, sino ayudar a morir a la persona cuyas condiciones son indignas por alguna enfermedad.
Por ejemplo, Holanda –donde está legalizada la eutanasia- se ciñe a estos requisitos desde 2002: enfermedades incurables en fase terminal y situaciones de sufrimiento físico o psíquico insoportable[3]. En este país, “en 2015 solicitaron la eutanasia 5.516 personas (un 10% más que el año anterior), lo que representa apenas el 3,9% de los fallecimientos de ese año. Si tenemos en cuenta que para poder acogerse a ella se ha de estar en fase terminal de una enfermedad incurable y acreditar un sufrimiento físico o psíquico imposible de mitigar, lo que ocurre en la práctica es que la ley sirve sobre todo para adelantar una muerte más o menos inminente y evitar así la fase más dolorosa y en algunos casos degradante de la enfermedad. De hecho, el 70% de quienes se acogen a la eutanasia son pacientes terminales de cáncer. Pero en 2015 también se aplicó a 56 pacientes con demencia o enfermedad psiquiátrica”[4].
Aunque los matices varían, muchos consideran que se debe permitir la eutanasia cuando la propia persona considera que su vida ya no es “digna”. Se considera que esto es así cuando:

- No se puede disfrutar de ella como uno desea.
- El sufrimiento físico y psíquico es insoportable.
- La medicación no mejora la calidad de vida.
- El paciente no quiere seguir viviendo ni ver el sufrimiento de sus seres queridos por su situación, al sentirse una carga para ellos.
- La enfermedad es irreversible.
- La incapacidad provoca que uno deje de ser autosuficiente y ya no pueda valerse por sí mismo, causando la dependencia absoluta de terceras personas (para comer, vestirse, el aseo personal, etc.), o de máquinas como respiradores.
- La pérdida de las capacidades motoras –sea por un serio derrame cerebral o algún accidente-, aunque la mente funcione perfectamente. Muchos llaman a estos “vivir aprisionados en un cuerpo muerto”.

La generalización de la eutanasia
Aunque hay casos extremos –que analizaremos en otros capítulos-, generalizar ante ciertas coyunturas límites es una frivolidad temeraria porque cada caso es distinto. El gran problema es que muchos quieren que las excepciones marquen la regla, cuando debe ser todo lo contrario.
Si optamos por practicar la eutanasia según los patrones que proclaman los pro, el número de vidas que ya no se considerarían dignas de ser vividas abarcarían a un número incontable de seres humanos, y no únicamente a los enfermos de ELA. Incluiría también a ciegos, sordomudos, autistas, personas sin miembros superiores y/o inferiores, tetrapléjicos, apopléjicos, ancianos con demencia senil, con alzheimer, con enfermedades crónicas del corazón, con la enfermedad de Huntington, con fibrosis quística, con artritis reumatoide, con espina bífida, con ataxia, con ataques epilépticos, con Síndrome de enclaustramiento, etc. Y este es precisamente lo que está sucediendo ante nuestros ojos. Cada vez se amplían más los supuestos en que se aplica la eutanasia, al igual que con el aborto. Que en Islandia se aborten a los niños que son diagnosticados con síndrome de Down es una consecuencia más de la amoralidad en la que vive sumida nuestra sociedad.
En la clásica novela Las bóvedas de acero de Isaac Asimov (publicada en el ya lejano 1953), y que en ciertos aspectos muy concretos muestra un futuro más que posible y cercano de la humanidad, era habitual llevar a cabo esta serie de prácticas: “según crecen los niños, se les selecciona cuidadosamente para encontrar defectos físicos y mentales antes de permitirles madurar. Si no están a la altura. De forma indolora (se les mata)[5].
Menos mal que alguien como Beethoven (1770-1827) no nació a finales del siglo XX. A causa de su sordera, hubiera tenido la posibilidad de la eutanasia. La humanidad se hubiera perdido a uno de los grandes compositores de todos los tiempos. Lo mismo que John Nash (1928-2015), matemático que ganó el premio Nobel a pesar de sufrir esquizofrenia paranoide, Helen Adams Keller (1880-1968), que fue una famosa escritora, oradora y activista política siendo sordociega desde los 19 meses, y Stevie Wonder (1950), famoso cantante ciego que ha ganado 25 premiso Grammy y ha sido incluido en el Salón de la Fama del Rock and Roll.
Así podríamos seguir poniendo ejemplos hasta el agotamiento, sin necesidad de citar celebridades, sino personas normales y corrientes que están a nuestro alrededor y cuyas vidas, aunque llenas de dificultades por sus discapacidades, son igualmente valiosas.

La eutanasia a bebés
Aunque pueda sorprender y muchos lo desconozcan, este tipo de principios ya se aplican en Holanda desde 2005 bajo el llamado Protocolo de Groningen, según el cual se practica el infanticidio en bebés enfermos ante estos cinco criterios:

1. El diagnóstico y pronóstico deben ser seguros.
2. Debe establecerse con certeza que el sufrimiento es incontrolable e intratable.
3. El diagnóstico, el pronóstico y el sufrimiento insoportable deben ser confirmados por al menos un médico independiente.
4. Los padres deben dar su consentimiento informado.
5. El procedimiento debe ser realizado de conformidad con la praxis médica generalmente aceptada.
 Los autores del protocolo afirman que cuando se cumplen estos requisitos, la eutanasia es éticamente aceptable[6].

¿Cuál es la realidad?: “Los últimos datos revelaron que al menos 650 bebes han muerto desde que se instaurara esta práctica. Sin embargo, son los padres del recién nacido los que están legalmente autorizados para tomar la decisión que crean más conveniente. Pero en la práctica las decisiones de acabar con la vida del bebé se llegan a realizar sin consentimiento de los padres y muchas veces en contra de su opinión, tal y como reconoce el jefe del departamento de Neonatología del hospital académico de la Universidad Libre de Holanda. En la unidad de neonatología de este centro es una práctica normal administrar una cantidad letal de sedantes a bebés a los que se ha decidido quitar el tratamiento intensivo aunque los padres manifiesten su intención de mantener la vida del bebé en el caso de que éste siga respirando por cuenta propia. ´Es una decisión difícil, pero no podemos dejar vivir a un niño en unas condiciones inhumanas, aunque los padres lo deseen. En una situación así, sólo el médico puede determinar objetivamente sobre lo que es lo mejor para el paciente`, afirma un responsable del departamento de Neonatología de dicho hospital. [...] El ‘protocolo de Groningen’ distingue tres grupos de recién nacidos en los que los médicos tendrían que tomar una decisión respecto al mantenimiento de la vida del bebé. Se trata de bebés que morirán poco después del nacimiento, los que requieran cuidados intensivos para sobrevivir, pero cuya calidad de vida sea muy baja y los que tengan un ´pronóstico sin esperanza` y ´sufrimiento intratable`. [...] Sin embargo, un estudio publicado en la revista Pediatrics por el investigador del Erasmus MC Myrthe Ottenhof y, entre otros, el neurocirujano Rob de Jong, demostraba que ´apenas tenían dolores` y que los padres, con la información correcta, podían haber elegido otro camino que no fuera el de la muerte”[7].
Este protocolo se puso en marcha para que los médicos pudieran evitar la cárcel ante la posible demanda de los padres. El argumento principal es que se considera que la calidad de vida de estos niños será peor que la de un bebé sano. Sin embargo, ¿qué nos encontramos?: “La mayoría de los niños médicamente estables eutanasiados por presunta mala calidad de vida, habían sido diagnosticados de espina bífida. Esta patología puede presentar una amplia variedad de manifestaciones clínicas, la mayoría de los cuales son tratables. La práctica correcta de la medicina aspira a mejorar la calidad de vida de los pacientes mediante la mejora de la salud y el bienestar. Es insostenible que el médico pueda predecir una mala calidad de vida futura para promover la eutanasia en casos de espina bífida. [...] Al mismo tiempo, la práctica de la medicina neonatal ha evolucionado de forma espectacular. Muchos más neonatos con problemas de prematuridad y patologías complejas son tratados con éxito. Incluso los bebés que nacen con malformaciones cromosómicas reciben tratamiento quirúrgico de forma rutinaria en la mayoría de centros”[8].

Con lo que hemos visto, podemos concluir que los argumentos de lo que predican los pro-eutanasia para todos aquellos que nacen con enfermedades graves (con el deseo de que sus ideales se establezcan en todos los países), es una barbaridad y una aberración.

Continuará en ¿Las enfermedades irreversibles y la muerte son indignas? & Vivir con una enfermedad incurable:http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2017/06/3-las-enfermedades-irreversibles-y-la.html

lunes, 10 de abril de 2017

Y el diablo gritó: “¡No lo crucifiquéis!”



Esta sección del blog está dedicada a mostrar “la otra cara de la moneda” en cuestiones que, por norma general, únicamente se muestra una de ellas. 

Posiblemente hayas oído en más de una ocasión el dicho que dice que el diablo conoce la Biblia mejor que tú y que yo. Sin necesidad de entrevistarlo, es casi seguro que así sea. En parte por ese refrán que expone que más sabe el diablo por viejo que por diablo, y por otra por la misma descripción que Dios hizo de él: “Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura” (Ez. 28:12). Aunque corrompió su sabiduría (cf. Ez. 28:17), ha tenido miles de años para leer y escuchar una y otra vez lo que muestran las Escrituras. Es más, se la citó al Hijo del Altísimo cuando lo tentó; eso sí, tergiversándola para sus propios intereses. Y puesto que la conocía, entendía lo que Isaías señalaba de la misión del Cristo: “Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados [...] Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. Por tanto, yo le daré parte con los grandes, y con los fuertes repartirá despojos; por cuanto derramó su vida hasta la muerte, y fue contado con los pecadores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores (Is. 53:3-5, 10-12).

El plan del diablo
Si nos atenemos a lo que exposición del Nuevo Testamento, el diablo no quería que Jesús llegara a la cruz y fuera crucificado. ¿Por qué? Porque sabía el significado que se escondía detrás de aquella muerte predicha en Isaías: la redención, el perdón de los pecados y la vida eterna para todos aquellos que creyeran por fe en ese sacrificio. Así que diseñó un plan para impedir la cruz. Es lo que vemos desde el comienzo del ministerio de Jesús hasta el final, incluso cuando el Señor estaba agonizando. A veces directamente, y en otras confundiendo las ideas de otras personas, el diablo quiso alejar una y otra vez al Mesías de su misión final. Podemos decir que fue su gran obsesión:

- Quiso nombrarlo rey del mundo por sus propios métodos: “Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró en un momento todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y a quien quiero la doy. Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos” (Lc. 4:5-7).

- Quiso que la muchedumbre le proclamara rey tras la multiplicación de los panes y los peces: “Aquellos hombres entonces, viendo la señal que Jesús había hecho, dijeron: Este verdaderamente es el profeta que había de venir al mundo. Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerle rey, volvió a retirarse al monte él solo” (Jn. 6:14-15).

- Quiso evitarle la muerte por medio del “consejo” de Pedro: “Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día. Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: !!Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mt. 16:21-23).

- Quiso forzar la situación para que “fuerzas sobrenaturales” hicieran acto de aparición y así salvar al Hijo de Dios de ser detenido: “Pero uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja. Entonces Jesús le dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. ¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mt. 26:51-53).

- Quiso que, tras la declaración de Jesús ante el Sanedrín de que era el Hijo del Hombre, lo demostrara fuera de lugar y de tiempo: “Entonces le escupieron en el rostro, y le dieron de puñetazos, y otros le abofeteaban, diciendo: Profetízanos, Cristo, quién es el que te golpeó” (Mt. 26:67-68).

- Quiso que Pilato lo liberase, al contrario que la multitud: “Entonces Pilato, convocando a los principales sacerdotes, a los gobernantes, y al pueblo, les dijo: Me habéis presentado a éste como un hombre que perturba al pueblo; pero habiéndole interrogado yo delante de vosotros, no he hallado en este hombre delito alguno de aquellos de que le acusáis. Y ni aun Herodes, porque os remití a él; y he aquí, nada digno de muerte ha hecho este hombre. Le soltaré, pues, después de castigarle. Y tenía necesidad de soltarles uno en cada fiesta. Mas toda la multitud dio voces a una, diciendo: !!Fuera con éste, y suéltanos a Barrabás! Este había sido echado en la cárcel por sedición en la ciudad, y por un homicidio. Les habló otra vez Pilato, queriendo soltar a Jesús; pero ellos volvieron a dar voces, diciendo: !!Crucifícale, crucifícale! Él les dijo por tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Ningún delito digno de muerte he hallado en él; le castigaré, pues, y le soltaré. Mas ellos instaban a grandes voces, pidiendo que fuese crucificado. Y las voces de ellos y de los principales sacerdotes prevalecieron. Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían; y les soltó a aquel que había sido echado en la cárcel por sedición y homicidio, a quien habían pedido; y entregó a Jesús a la voluntad de ellos” (Lc. 23:13-25).

- Y su último intento a la desesperada –ya crucificado-, donde jugó la carta que le quedaba: “Entonces crucificaron con él a dos ladrones, uno a la derecha, y otro a la izquierda. Y los que pasaban le injuriaban, meneando la cabeza, y diciendo: Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz. De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los fariseos y los ancianos, decían: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar; si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en él” (Mt. 27:38-42).

Por eso podemos afirmar que el diablo no era uno de los que gritaba entre la multitud que crucificaran a Jesús. Más bien se desgañitaba en su interior: “¡No lo crucifiquéis!”.

El plan de Dios
Si hubiera sido el deseo de Jesús, se habría declarado REY DEL MUNDO en cualquier momento:

- Habría bajado de la cruz instantáneamente, sin heridas y completamente sano.
- Habría fulminado a todos los impíos.
- Habría permitido que se hubieran hecho visibles todas las huestes celestiales. 

Ninguno de sus contemporáneos entendía exactamente el plan soberano de Dios, que se estaba ejecutando a la perfección, y que ni el diablo pudo impedir, siendo éste un actor más en la gran Obra divina. Incluso Jesús explicó que no era Pilato el que estaba al mando de la situación: “Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba” (Jn. 19:11).
La idea del Creador transcurría por unos derroteros muy distantes a los del ángel caído. Si el Hijo hubiera hecho todo lo que le propusieron, “¿cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga? [...] Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas” (Mt. 26:54, 56). ¿A qué Escrituras se refería Jesús? Pablo las resume de manera concisa y ejemplar: “Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:3-4).
Aunque el Hijo vino a anunciar el Reino de Dios (cf. Lc. 4:43), a sanar a los quebrantados de corazón y declarar libertad a los cautivos (cf. Lc. 4:18), a servir (cf. Mt. 20:28), a hacer la voluntad del Padre (cf. Juan 6:38), entre otras cuestiones más, el propósito final de su Encarnación era claro: “Cuando cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: !!Abba, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo” (Gá. 4:4-7).

Consecuencias de la crucifixión
Es ahí donde vemos las consecuencias de la muerte de Cristo para los que creen y el porqué el diablo no quería que ocurriese:

1) Somos perdonados.
2) Somos redimidos (salvados, rescatados).
2) Somos adoptados como hijos de Dios.
3) Recibimos el Espíritu Santo.
4) Somos liberados de la esclavitud de la ley y del pecado.
5) Pasamos a ser herederos de las promesas eternas de Dios.

Como dijo Govett: “Cristo, Hijo de Dios por naturaleza, vino a ser Hijo del Hombre, para que nosotros, por naturaleza hijos del hombre, pudiésemos llegar a ser hijos de Dios”. ¡Somos privilegiados!
El lugar donde Cristo pagó por nuestros pecados, logrando para nosotros la vida eterna y el triunfo sobre las fuerzas de las tinieblas, fue en la cruz: “Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz, y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz (Col. 2:13-15).
El acta de los decretos era un documento escrito donde quedaba manifiesto que un deudor había cancelado su deuda con el acreedor. Hoy en día sería el equivalente a un recibo o a una factura pagada. Este escrito quedaba expuesto en un lugar público para que así quedara constancia. Esto es exactamente lo que hizo Cristo respecto a nosotros. Nuestra infinita deuda para con el Padre, fruto del incumplimiento de la Ley y del pecado que mora en nosotros, quedó pagada completamente por Cristo, quién ´hizo pública` la cancelación de la deuda en la cruz para que fuera manifiesta a todos.

Derrota del diablo & Victoria en Cristo
La descarnizada batalla que llevó al diablo para impedir esa cruz fue brutal. Puso toda la carne en el asador. Quizá movilizó a todas sus huestes de maldad para lograr su objetivo, ¡pero fracasó! Quién sabe si gritó de angustia tras su derrota. Quién sabe si estuvo una semana dándose cabezazos contra una pared. Pero seguro que tembló y se estremeció de rabia y de impotencia. ¡Fue derrotado! Por eso Colosenses 2:15 habla del desfile victorioso y triunfal de Cristo sobre el humillado ejército de las tinieblas.
Es cierto que la resurrección ofreció el sello distintivo de la obra de Dios y demostró que la obra redentora era auténtica (venciendo así a la muerte), pero el paso trascendental se produjo en la cruz. El diablo no estaba tomándose una copa de Ron Bacardí en el infierno celebrando la muerte de Jesús. Sabía que había sido derrotado. Sabía que nada de lo que había intentado logró separar al Altísimo de cumplir sus planes. Ninguna tentación sirvió. Y seguro que a estas alturas de la histora, durante esos tres días en que Jesús estuvo en la tumba, tenía muy claro que iba a resucitar. Si todo lo anterior se había cumplido, ¿qué impediría que se levantara de entre los muertos? ¡Nada!

- Desde entonces, ni siquiera él puede acusar ni condenar a los hijos de Dios: “Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros” (Ro. 8:31-34). 

- Desde entonces, nada nos puede separar de Su eterno amor: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? [...] Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Ro. 8:35, 37-39).

En conclusión
Todos aquellos católicos romanos que “participan” activamente en la llamada Semana Santa de una manera u otra (procesiones, penitencias, imágenes de vírgenes y de santos, velas, cofradías, etc.) deben reflexionar a la luz de las Escrituras y darse cuenta que todos esos ritos, aunque puedan ser muy emotivos y tocar la fibra sensible, son ajenos a la enseñanza bíblica, ya que fueron añadidos muchos siglos después de Cristo como tradiciones importadas del paganismo, dando como resultado un llamativo sincretismo religioso. Aunque lo hagan de buena fe y llenos de devoción, son acciones innecesarias. Con esto no quiero ofender a nadie, sino respetar su inteligencia en grado sumo animándoles a que lo estudien con total libertad. Me educaron en tales ideas y sé cuán difícil puede llegar a confrontarse uno mismo con la Biblia, pero es necesario hacerlo.
Es bueno y necesario recordar de muchas maneras el sacrificio de Cristo y el porqué del mismo, pero esto no incluye prácticas que contradicen la verdad revelada. ¿Y cuál es esa verdad en su conjunto? ¡Que Cristo venció! ¡Que Él y solo Él es el mediador entre el Padre y nosotros! Y que aceptándolo verdaderamente como Señor y Salvador, tenemos el perdón de los pecados y la vida eterna. ¡Esa es la gran victoria de la que nos podemos gozar los creyentes, por siempre y para siempre! 
He querido de alguna manera centrarme en la derrota del diablo para RESALTAR aún más la victoria de Cristo, y el contraste de la obra de las tinieblas con la de la luz. Tenemos que ser conscientes de la BATALLA que se desarrolló en la Galilea de hace dos mil años para concederle el valor que tiene tal triunfo, que Dios comparte con todos nosotros con alegría infinita: Con gozo dando gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Col. 1:12-14).