miércoles, 28 de mayo de 2014

Fútbol: ¿Juego o idolatría?



Hace muchos meses que rondaba por mi cabeza escribir este artículo, pero estaba esperando un acontecimiento que provocara una euforia desmedida entre una multitud incontable. Vista la reacción en la capital de España y en multitud de ciudades del mundo entero, esta emoción ha sido la consecución de la ansiada “Décima” Copa de Europa por el Real Madrid (evidentemente, colchoneros y culés no han compartido tal emoción). El que escribe es “blanco” desde muy jovencito, así que la alegría ha sido mayúscula. Pero, por encima de ser seguidor de un equipo de fútbol, soy cristiano. Como tal, y entendiendo ambos “mundos”, me gustaría ser lo más ecuánime posible a la hora de tratar un tema (el fútbol en general), que puede ser una diversión sana o convertirse en prácticamente una religión. Un grupo numeroso de cristianos directamente señalarán que el fútbol de por sí es pura idolatría. Otros dirán que no es para tanto. A ambos les pido que me dejen exponer mis argumentos y que luego vuelvan a recapacitar. Creo que así podremos ser un poquito más equilibrados en nuestras percepciones, sin caer en fanatismos.
Tanto hombres como mujeres somos seres emocionales desde que nacemos. Dios nos creó así. Si hay algo que nos apasiona es volcar nuestros sentimientos sobre algo en concreto. Mientras más nos volcamos, más vivos nos sentimos. Puede ser sobre una persona del sexo opuesto a la que amamos, sobre la familia, en los amigos, o en diversas aficiones (deportes, cine, literatura, música, etc.). Y esto no cambia con la edad. Quizá el fervor mengua, pero la emoción permanece en diversos grados. Basta con ver algunos de los videos sobre la alegría desbordada que provocó el gol del empate del Real Madrid en los últimos segundos. Hay otras personas que incluso lo usan como una evasión a sus problemas. Me llamó la atención esta semana un matrimonio que confesaba sentirse feliz tras la victoria a pesar de que ambos están desempleados y pasándolo mal.

El pasado
Uno de los recuerdos más intensos que conservo de mi primera juventud procede del verano de 1986. Contaba con 9 añitos. Por aquella época, el Real Madrid solía jugar un torneo de carácter amistoso en una ciudad cercana a la mía. Por encima de ir a ver el partido, para mí lo mejor de todo era que los jugadores se hospedaban en un Hotel a menos de cien metros de mi casa, el mismo donde mi familia solía pasar el día durante aquellos meses. Siendo un enano, mi objetivo, mi gran objetivo, era conseguir las firmas de aquellos “ídolos”. Y sí, los logré. Aun hoy conservo ese banderín –ya amarilleado por los años, con todos los autógrafos: desde Butragueño, Hugo Sánchez, Santillana y Michel, hasta el difunto presidente Ramón Mendoza y el famoso Juanito. Podría contar todo tipo de historias y anécdotas que me han acontecido alrededor de este deporte, algunas de ellas surrealistas.
Por aquel entonces, mi habitación era un pequeño museo: pósters, llaveros, bufandas, postales, banderas, pins, etc. Todo lo que se puede imaginar. Como todo niño, también coleccionaba cada temporada el álbum de los equipos de la Liga Española e intercambiaba en el colegio los cromos que me faltaban. Hay quienes dicen que uno nace de tal o cual equipo. Sonará muy místico, pero cualquier sabe que eso es mentira. Todos nosotros nos aficionamos porque alguien de nuestra familia o de nuestro entorno cercano nos lo inculcó siendo críos. Mi caso no fue una excepción: mi padre, mi abuelo, mis tíos y todos mis hermanos seguían al Real Madrid. En ninguna genética va incluido un gen “blanco”, “azulgrana” o “rojiblanco”. Todo depende del círculo familiar o de las amistades. Tengo un amigo que no sabe nada de fútbol. ¿Por qué?: Porque nadie en su familia es aficionado a este deporte. Así de sencillo.
Desde aquellos lejanos 80 y finales del siglo XX, el fútbol ha cambiado mucho y se ha convertido en un espectáculo de masas. De un partido semanal que emitían por televisión los sábados por la noche y un programa los domingos con los resúmenes, hemos pasado a una programación que nos abruma con información continua, tertulias, debates acalorados y la retransmisión en directo de absolutamente todas las competiciones en juego. Es aquí donde se ha perdido el equilibrio. Es obsceno que se paguen 90 ó 100 millones de euros por un traspaso. Es inmoral que un jugador gane 2400€ a la hora (más de 20 millones de euros al año) por muy bueno que sea y por mucho que después ofrezca beneficios económicos. Es lamentable que un futbolista vaya a un juzgado a declarar por evasión de impuestos y los presentes le aplaudan y le vitoreen. Es irracional que se gasten miles de millones en construir campos para el Mundial de Brasil en ciudades donde la población pasa hambre y vive en chabolas. Es absurdo que haya decenas de periodistas narrando la vida diaria de los deportistas (dónde comen, qué comen, qué coche se han comprado, qué música escuchan, en qué hotel se hospedan, qué hacen en sus horas libres, etc). Igual que me gusta el fútbol como juego, me asquea y me aburre mucho de lo que se mueve alrededor. Parece un mundo de locos. La sociedad y los medios de comunicación han usado un sentimiento humano para “capitalizar” un juego y convertirlo en negocio. Así se mueven miles de millones de euros e intereses políticos.
Por otro lado, muchos aficionados han llegado a un extremo donde no son conscientes de lo que implican algunas de sus acciones. Por citar algunas de ellas –que merecerían un artículo aparte dada la seriedad del tema:
a)Reverenciar a los jugadores con los brazos extendidos como si fueran ídolos. Idolatrar a Cristiano Ronaldo en lugar de a Cristo y usurpar el título de Mesías para ajudicárselo a Messi es deleznable. A los que los les ponen tales calificativos los considero burladores que andan en sus propias concupiscencias, tal y como dijo Pedro (cf. 2 Pedro 3:3). A los ídolos Jeremías los llamó “espantapájaros”[1]. Eso sí, cuando juegan mal o pierden, muchos se acuerdan peyorativamente de sus familiares y le desean todo tipo de desgracias.
b)Invocar a personas muertas pidiéndoles ayuda para lograr la victoria.
c)Dedicar a dioses paganos o a imágenes los títulos cosechados.

El presente
Desde Junio de 2000, soy cristiano –en el sentido bíblico del mismo (lo cual expliqué  exactamente qué significa: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/09/no-soy-religioso-ni-catolico-ni.html). Y ya conté una experiencia que me impactó sobremanera, cuando me encontré cada a cara con la miseria (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2013/08/elysium-1-parte-ficcion-o-realidad.html). Aparte de todo esto, uno de los primeros textos que escuché y que siempre recordaré es el de Romanos 12:2: No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”. El llamamiento del pasaje a la transformación de la mente es contundente. Hay algo mucho mejor que lo que nos puede ofrecer este siglo, este mundo: la voluntad de Dios, que es agradable y perfecta. Y así lo puse en práctica progresivamente. Pero antes de aquella fecha, mi “dios” –puesto que ocupaba el primer lugar en mi corazón, era el Real Madrid. En “él” volcaba mis emociones. Era “él” el que me hacía sentir vivo cuando lograba ganar. Sin saberlo y sin mala fe, era un idólatra. Quizá suena demasiado fuerte, pero es así, puesto que la idolatría no es ni más ni menos que anteponer cualquier actividad, ocio, afición o persona a Dios y a su voluntad.
Por lo tanto, no podemos esperar que aquellos que no han “nacido de nuevo” apliquen esta nueva forma de pensar. Es necesaria la conversión. A partir de entonces, Dios comenzará a mostrarles qué deberán cambiar de sus vidas. A mi mente vienen las palabras de Pablo: Porque no quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar; y todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto. Mas estas cosas sucedieron como ejemplos para nosotros, para que no codiciemos cosas malas, como ellos codiciaron. Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar. [...] Por tanto, amados míos, huid de la idolatría” (1 Corintios 10:1-7, 14).
Seguramente, buena parte de los lectores conocen al periodista Tomás Roncero. Emotivo a raudales con su gran “amor” al equipo madridista. La misma noche de la 10ª, con lágrimas en los ojos, dijo ante las cámaras que, después de la familia, el futbol es lo más grande que existe. A estos niveles se puede llevar un sentimiento cuando se desborda y no se sitúa en su justa medida. Y esto ocurre con el fútbol en muchos sentidos.Se convierte en un ídolo.

El futuro
Siendo hijos de Dios y teniendo el “manual” por excelencia a nuestra disposición (la Biblia), podemos disfrutar de muchos aspectos de la vida (incluyendo el fútbol) sin ser idólatras. ¿Donde creo que se encuentra el equilibrio?: Nuevamente en la conclusión a la que llega Pablo: “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Corintios 6:12). ¿Cómo podemos aplicar estas palabras en lo que respecta al fútbol?: Antes de responder, quiero especificar que aquí hablo por mí, ya que lo que puede valer para un cristiano no tiene que ser exactamente igual para otro. Cada cual tendrá que mirar en su propio corazón y sacar sus propias conclusiones para actuar en consecuencia. En algunos casos puede que haya que romper con esa afición completamente al ser pura idolatría. Otros tendrán que reordenar sus prioridades y encontrar el equilibrio, cuyo baremo será el lugar qué ocupe Dios en la ecuación. Ahora analicemos sus palabras:

1.- “Todas las cosas me son lícitas”: ¿Es el fútbol lícito? Por sí mismo, sí, cuando lo vemos como un juego sano, aunque esto implique de manera natural que deseemos “ganar” en ese entretenimiento, al igual que queríamos lograr la victoria cuando jugábamos de jóvenes al “escondite”. Seguiré jugando a este juego mientras el cuerpo me aguante a buen ritmo porque lo disfruto. Además, me despeja para luego poder centrar mi mente en temas verdaderamente importantes. A todos los que nos gusta practicar este deporte podemos afirmar que es un sano placer correr y conducir el balón como lo puede ser bailar para alguien que ejercita la danza o para un fotógrafo fascinarse en su instantanea. De igual manera, en su día era un deléite visual contemplar una “roulette” de Zidane, una “bomba inteligente” de Roberto Carlos, una “elástica” de Ronaldinho o una “cola de vaca” de Romario, y es un espectáculo ver a Bale correr como si fuera un leopardo inalcanzable, maravillarse ante un regate en media baldosa de Iniesta u observar en cámara lenta un control imposible con el pecho de Ibrahimovic. Es otro tipo de belleza plástica. Cada persona disfruta de diversas maneras, y este juego es solo una más.

2.- “mas no todas convienen”: ¿Conviene el fútbol como diversión? Sin equilibro, no; con equilibro, sí. Parte de este desequilibrio acontece cuando “endiosamos” a algunas personas por tener ciertas cualidades destacadas para este juego. Resulta muy chocante el contraste que hay en el mundo: el mismo día que la prensa hablaba de la felicidad desbordante de los madridistas, se retransmitían imágenes del conflicto armado en Ucrania, de la grave situación en Venezuela, del golpe de Estado en Tailandia o de la enésima amenaza del sociópata presidente norcoreano. Pero volvemos a lo mismo: si lo tomamos como una sana diversión donde nuestra vida no gira en torno a ella, no tiene nada de malo. Están aquellos cristianos que señalan que esta actividad no aprovecha para nada, que no sirve para el avance del Reino de Dios y que disfrutar de un mundo perdido que se está yendo al infierno es demencial. Respeto este punto de vista. Es aquí nuevamente donde cada uno debe analizarse, puesto que no podemos imponer nuestro punto de vista a nadie y decirle que “no toque ni guste” (cf. Colosenses 2:21) como ascetas. Cada cristiano deberá observar cuál es el llamamiento exacto de Dios para su vida, cómo aplicar Su voluntad a las circunstancias personales y cómo aprovechar bien el tiempo en el uso de los dones recibidos. Esto es lo que se llama “mayordomía”.

3.- “todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna”. Tener clara las prioridades es fundametal. La vida, los pensamientos y los sentimientos de un cristiano jamás pueden girar en torno a un equipo de fútbol o a una afición, sea la que sea, como tampoco tiene sentido que haya personas que se pasen buena parte del día viendo la televisión, con videojuegos, navegando por Internet o pensando en el ocio del fin de semana. En este tipo de situaciones, ocurre como señaló Jesús con las riquezas: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro” (Mateo 6:24). Para comprobar cuál es tu Señor puedes hacerte preguntas muy básicas: ¿Cuáles son tus ilusiones verdaderas en la vida? ¿A qué dedicas la mayor parte de tu esfuerzo? ¿En qué sueles ocupar tu mente? ¿Cómo usas tus dones? ¿A quién sirves con ellos? Y la última –que puede sonar cómica pero no lo es: ¿Vivir para Dios es lo que realmente te hace sentir vivo o te llenan más los partidos, la prensa y los programas deportivos?

Aparte, pienso que hay dos aspectos más que debemos considerar:

1.- “Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:16). Algunos cristianos creen que vivir de forma santa se reduce a no ser infieles, a no mentir, a no tener relaciones sexuales antes del matrimonio, a no ver pornografía y a no decir palabras malsonantes. Sin embargo, olvidan ser “santos” cuando hablan de fútbol, especialmente con los que son aficionados al equipo contrario. Esto es triste y tienen que corregirlo. Nunca hay que faltar el respecto a nadie y mucho menos mofarse con bromas de dudoso gusto, se gane o se pierda. Antes de hablar de fútbol o de cualquier otra afición, recuerda la cita de Proverbios 15:28: “El corazón del justo piensa para responder”. Reflexiona para que tu testimonio no quede empañado ni tus comentarios hieran la sensibilidad de algunas personas. En mi caso, evito hablar de este tema con algunos seguidores de otros equipos porque radicalizan sus discursos de manera enfermiza y solo expresan odio a los que piensan de manera opuesta a las suyas.   

2.- ¿Victoria o derrota? Tengo un sobrino aficionado al Barcelona. Durante años su equipo lo ganó absolutamente todo. Siempre le decía que recordara esos momentos, que no iban a durar eternamente. Ahora que pierde, su gesto se tuerce. La alegría ha desaparecido. Los mismos jugadores que eran unos fenómenos, ahora no valen para nada y son unos mercenarios. El cambio en su discurso es drástico. En el fútbol, como en cualquier deporte, unas veces se gana y otras se pierde. Sin embargo, el cristiano es vencedor de forma continua ya que somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:37). Nada ni nadie nos puede quitar la victoria sobre la muerte porque Cristo ya ganó por nosotros ese “partido”. ¡Qué gran diferencia respecto a los vaivenes de la vida!
¿He disfrutado con la Champions?: Muchísimo. ¿Celebré el gol de Sergio Ramos?: Efusivamente. Pero ni de lejos se puede comparar con el gozo como cristiano de la victoria eterna que ya poseo y que es parte del gozo del Señor, consecuencia directa de la resurrección de Jesús: “También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo (Juan 16:22). El que no es realmente cristiano no es capaz de entender esta verdad.

Recuerda que no hay nada de malo en alegrarse por ganar y en disfrutar de este juego u otros (siempre que se entiendan como tales), de igual manera que se puede hacer deporte y no caer en el culto al cuerpo o en disfrutar de la comida sin caer en la gula. Pero ante todo, ten presente la razón de tu existencia, para quien vives y el motivo máximo de tu alegría.


[1] Vine, Diccionario expositivo de Hebreo y Griego. Clie, p. 439.

jueves, 10 de abril de 2014

En la piel de Noé



Tras el reciente estreno de Noé -del director Darren Aronofsky y protagonizado por Russel Crowe, Jennifer Connelly, Emma Watson y Anthony Hopkins, entre otros muchos-, observamos que no ha sido la primera vez (y posiblemente no será la última), donde una película basada en un relato bíblico levanta polvareda, precisamente por alejarse de la fidelidad a lo narrado en las Escrituras, añadiendo una trama ficticia que desvirtúa a los personajes y manipula la verdadera historia. El guión distorsiona por completo el relato que se nos cuenta en el libro de Génesis.
La inmensa mayoría de los cristianos se han sentido profundamente decepcionados. Me gustaría decir que no ha sido mi caso, pero no es así. La desilusión ha resultado mayúscula. Iba mentalizado para abstraerme de las incongruencias que me encontraría, puesto que ya había leído algunas criticas al respecto. Así al menos podría disfrutar del espectáculo visual. ¿La realidad? Me resultó imposible desde el primer minuto. Como poco, es nefasta. Multitud de personajes salidos de la imaginación del director; una deformación absoluta en la esencia de la historia original; una forma esperpéntica de denigrar por completo a Noé, caracterizándolo como un lunático violento y desquiciado. ¡Si hasta Matusalén parece el hermano perdido de Gandalf, el famoso mago del Señor de los Anillos!
Puedo aceptar que se tomen ciertas licencias artísticas para narrar durante dos horas lo que la Biblia apenas cuenta en unas pocas líneas, siempre y cuando no se corrompa el mensaje. Darren Aronofsky ha hecho todo lo contrario, llenando al espectador de  perplejidad: ¿Noé recibiendo visiones y sueños confusos, cuando el relato bíblico especifica que Dios le habló clara y directamente? (cf. Gn. 6:13-22); ¿Qué Noé no sabía que tenía que construir un arca cuando Dios mismo le enumeró los detalles? (cf. Gn. 6:15-16); ¿Qué la voluntad de Dios era que solo los animales sobrevivieran y que Noé matara a sus nietos para que la raza humana se extinguiera, cuando realmente Dios quiso empezar de nuevo estableciendo un pacto con él? (cf. Gn. 6:18); ¿Por qué Aronofsky pasa por alto que en el arca entraron la mujer de Noé, sus hijos y las mujeres de sus hijos, y se inventa que su hijo Cam odiaba a su padre por no proporcionarle una esposa? (cf. Gn. 6:18) ¿Para crear un melodrama de telenovela? La lista de despropósitos es larguísima.
Personalmente, considero como rescatable dos escenas:

1) Las hermosas imágenes sobre los 6 días de la Creación. El problema es la penúltima escena antes de la creación del hombre: aparece un mono. ¿Es casualidad o intencionado por parte del director? Ambiguo. Por lo demás, el resto del relato visual es maravilloso.
2) Muestra la “Caída” (aunque con la clásica pero errada “manzana”, la cual no aparece en el texto bíblico) y los efectos en el ser humano del pecado original: “Como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5:12). Sin saberlo, el director apunta al mensaje del Evangelio: la necesidad de un Salvador que pague por nuestros pecados: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Ro. 5:18-19). Ese “Uno” que nos hace justos es Cristo.

Antes de pasar a la verdadera historia de Noé y ver qué podemos aprender para nuestras vidas de la misma, quiero detenerme en un apunte que personalmente me pareció el más grave de todos (quizá porque no me lo esperaba): la representación de los “ángeles caídos”, llamados “Los vigilantes”, como bondadosos, que incluso ayudan a Noé a construir el arca:

- En la película se nos cuenta que fueron lanzados a la Tierra por Dios como castigo por querer ayudar a los hombres. Por el contrario, la Biblia expone que un querubín (descrito en Ezequiel 28:12-19) se reveló contra Dios, queriendo ser igual a Él (cf. Is. 14:12-15). Es la misma “oferta” que le hizo a Adán y Eva: ser como Dios (cf. Gn. 3:5). En este intento de rebelión, arrastró a 1/3 de los ángeles del cielo (cf. Ap. 12:4). Por eso fueron expulsados del cielo; no por su deseo de socorrer a los humanos.
- Podemos ver que estos “ángeles caídos” (demonios), se redimen al ayudar a Noé y vuelven como seres de luz al cielo. Sin embargo, tanto Judas (no el traidor) como Pedro nos señalan todo lo contrario: “Y a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los ha guardado bajo oscuridad, en prisiones eternas, para el juicio del gran día” (Judas 1:6; 2 P. 2:4). Un estudio del Nuevo Testamento nos muestra con toda claridad que no hay ninguna bondad en ellos. Jesús mismo dijo del diablo (en singular), que había venido para robar, matar y destruir (cf. Jn. 10:10). En consecuencia, todos serán lanzados al fuego eterno (cf. Mt. 25:41).

La verdadera historia bíblica de Noé
Ante todo esto, ¿qué podemos hacer? ¿Perdernos en discusiones? No por lo que a mí respecta. No podemos esperar fidelidad a la narración bíblica de un grupo de personas que no tienen a Dios por Señor. Hagamos por tanto lo más lógico y práctico: Volver al relato bíblico y aprender de la verdadera historia de Noé.
Cuando repasamos mentalmente el libro de Génesis de manera cronológica, nos encontramos en primer lugar la Creación. Vemos la nada más absoluta y, de repente, contemplamos a Dios interviniendo directamente. No sabemos en que momento de la eternidad pasada ideó Su plan. Puesto que Él es Omnipotente, pudo “diseñar” tal idea hace cien mil millones de años o un solo día antes (hablando en términos humanos). Aunque algún día nos lo explicará (como otras tantas cosas), en el presente no tenemos respuesta para esta pregunta. 
Si seguimos avanzando, observamos en que llega un momento en que cesa su obra creativa, aunque sin apartarse jamás de su creación (al contrario de lo que opina desgraciadamente el “deísmo”), bendiciendo al ser humano por medio de Adán y Eva en el huerto del Edén. Pero también observamos la Caída, la expulsión del paraíso, la vida de Abel y Caín, y la expansión de la humanidad por toda la tierra. Así hasta llegamos a Noé, nuestro protagonista en el día de hoy, a quien la Escritura define como varón justo, perfecto en sus generaciones y que caminaba con Dios (cf. Gn. 6:9).
Todos conocemos su historia, pero podemos aprender mucho de él y de sus circunstancias para aplicarlo a nuestra vida. Algo que sucedió hace miles de años nos puede aportar una riqueza personal de incalculable valor. Para empezar, todos aquellos que han “nacido de nuevo” tenemos un punto en común con él: somos justos gracias al sacrificio de Cristo en la cruz que nos hace santos y redimidos delante del Padre. Así lo explicó Pablo: “Ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Co. 6:11). Esto no significa que Noé o nosotros seamos perfectos. El mismo Noé se emborrachó poco después y nosotros nos equivocamos muchas veces. Es por la gracia de Dios que estamos en pie delante de Él: “Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo” (Ti. 3:5).
Señalado este apunte importante, entremos en detalles sumamente reveladores del  mundo donde vivía Noé:

a)La maldad de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal” (Gn. 6:5). La historia se repite hoy en día. Una sociedad que vive solamente para el placer, para el aquí y el ahora, para el “comamos y bebamos que mañana moriremos”. Y puesto que no hay principios morales, el bien y el mal son relativos según la opinión de cada uno. En definitiva: “yo hago lo que me gusta y me comporto como quiero, y al que no le guste... es su problema”.

b)“Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia” (Gn. 6:11). ¿Cómo está la sociedad que visualizamos diariamente en la televisión? Tan degradada que parece surrealista. Un mundo donde muchos usan el nombre de Dios para cometer sus propios crímenes, sean de la religión que sean; un mundo que se gasta miles de millones de dólares en producir y comprar armamento: más aviones, más tanques, más misiles, más de todo; un mundo donde la vida humana no vale nada; donde se asesina a los bebes antes de nacer; donde los presos viven en condiciones infrahumanas en países tercermundistas; donde el terrorismo es aceptado por algunos radicales; un mundo donde se pagan cientos de euros por una entrada para un espectáculo (deportivos, musicales, etc.) pero no se le ofrece ni cinco euros a un pobre que no tiene donde caerse muerto. Los ejemplos son interminables. Daría para todo un libro. Este es el mundo en el que vivimos, descrito de manera suave. Basta con que abras bien los ojos para contemplar la miseria. Y podemos pensar que Dios es indiferente ante esta situación y ante la maldad del ser humano desde la Caída. Pero no es así: “Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón” (Gn. 6:6). Me quedo con esas palabras: “Y le dolió en su corazón”. A Dios le afliguía y le constierne la situación del mundo.

Como estamos viendo, la historia pasada es perfectamente equiparable con el presente. Es un cuadro que se repite. Las circunstancias se siguen reproduciendo en la actualidad de maneras diferentes. Dios avisó que iba a lanzar su juicio contra la humanidad en forma de Diluvio. Algo que se repite en los tiempos en que estamos. La paciencia de Dios es extrema pero no infinita; de lo contrario nunca se haría justicia. Y todo se cumplirá cuando Cristo regrese para establecer definitivamente Su Reino, como Él mismo afirmó: “Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre” (Mt. 24:37-39).
¿Que los cristianos llevamos 2000 años esperando? Pedro escribió al respecto: El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 P. 3:9). Sucederá tal y como está previsto.

El refugio
Llegados a este extremo, contemplamos algo grande. En medio de ese mundo antiguo y hostil, en la soledad de la adversidad y viviendo en una tierra que en poco tiempo sería tragada por las aguas, Dios no abandonó a Noé sino que le habló personalmente, al igual que nos habla a nosotros: “Dijo, pues, Dios a Noé: He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de violencia a causa de ellos; y he aquí que los destruiré con la tierra. Hazte un arca de madera de gofer, harás aposentos en el arca, y la calafatearás con brea por dentro y por fuera. Y de esta manera la harás: de trescientos codos la longitud del arca, de cincuenta codos su anchura, y de treinta codos su altura. Una ventana harás al arca, y la acabarás a un codo de elevación por la parte de arriba; y pondrás la puerta del arca a su lado; y le harás piso bajo, segundo y tercero” (Gn. 6:13-16).
Calafatear, ¡qué palabra más extraña! ¿Qué significa?: “Cerrar las junturas de las maderas de las naves con brea para que no entre el agua”. La brea era una sustancia para impermeabilizar el arca; así no se inundaría. Además, Dios le dijo que la hiciera de “madera de Gofer”. No se sabe exactamente qué tipo de madera era esta. Ni siquiera se sabe si es de algún tipo de árbol ya extinguido; carecemos de suficiente evidencia para determinar su identidad. Ni siquiera en el hebreo está claro el significado de “gofer”. Pero lo que sí es seguro es que tuvo que ser de una madera de una calidad impresionante para resistir la devastación que hubo a su alrededor. Seamos conscientes de que el juicio de Dios era la destrucción de todos los seres humanos a causa de su maldad, exceptuando a aquellos que estaban protegidos por el Arca.
Dios no dijo: “Oye Noé, va a venir sobre el mundo la destrucción. Tus problemas se van a acumular en gran medida. Sé que eres justo, pero...”. No, no fueron esas sus palabras. Parafraseando, declaró: “Noé, a causa de la maldad de este mundo, voy a limpiarlo. Tú caminas conmigo y eres justo por que crees en mis palabras. Ahora yo te he escogido para que la vida continúe adelante en un nuevo amanecer cuando todo haya pasado. Pero debes de saber una cosa. No te voy a dejar solo. Voy a protegerte. Vas a crearte un refugio, una guarida. Y esa guarida va a ser totalmente impermeable e indestructible”. Fíjate en los detalles. No era un transatlántico con jacuzzi, piscina y camareros al servicio de los pasajeros. Rodeado de animales, aquel lugar no olería precisamente a rosas. Pero, sin duda alguna, era un lugar protegido de todo mal, a pesar de las circunstancias adversas.
¿Y qué tiene que ver todo esto con nosotros? Podemos verlo en la oración de Jesús al Padre? “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Jn. 17:15). Dios no le ofreció a Noé un manual de instrucciones para que se construyera una nave espacial. Tampoco lo sacó volando de este mundo y lo llevó a la Luna para que fuera testigo lejano de lo que estaba ocurriendo bajo el cielo terrestre. Nada de esto aconteció, sino que en medio de la gran tormenta le ofreció una guarida y una protección infalible.
Un examen exhaustivo y global de toda la Escritura (y no pasajes sueltos), nos hace ver que las “olas” de la vida arremeterán contra nosotros cuando menos lo esperemos, pero que, a pesar de ellas, no nos hundiremos completamente por muy grandes que sean, ya que Dios mismo guarda a sus hijos, aún en la muerte: “No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti. Porque yo Jehová, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador” (Is. 43:1-3). No se nos indica que no pasaremos por el fuego ni que lo esquivaremos, sino que pasaremos por él y lo sentiremos realmente, pero con todo no nos quemaremos. Cada uno de nosotros puede hablar de las luchas, de las lágrimas derramadas, de las veces en que hemos sentido el corazón roto y de las desdichas que nos han acontecido en nuestro caminar. Todos tenemos nuestro propio diario personal. Algunas de esas páginas solo las conocemos nosotros. Y esto incluye las dificultades presentes. Y nada nos garantiza una vida sin problemas mientras pisemos esta tierra. Hay diluvios que pueden durar toda la vida: enfermedades crónicas propias o de seres queridos, problemas económicos, las consecuencias de pecados pasados o de decisiones erroneas, matrimonios destrozados, amistades deshechas, persecución por defender la verdad de las Escrituras, etc. Pero todos podemos decir como Samuel: Hasta aquí nos ayudó Jehová” (1 S. 7:12). Y siempre será así.
Toda la Biblia habla de Dios como refugio, como nuestra “Arca”. Hay decenas de ejemplos, como cuando el rey David fue librado de la mano de sus enemigos y de Saúl: Jehová es mi roca y mi fortaleza, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; Mi escudo, y el fuerte de mi salvación, mi alto refugio [...] Jehová será refugio del pobre, refugio para el tiempo de angustia [...] Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; Con cánticos de liberación me rodearás [...] Alma mía, en Dios solamente reposa, porque de él es mi esperanza. El solamente es mi roca y mi salvación. Es mi refugio, no resbalaré. En Dios está mi salvación y mi gloria; En Dios está mi roca fuerte, y mi refugio. Esperad en él en todo tiempo, oh pueblos; Derramad delante de él vuestro corazón; Dios es nuestro refugio(2 S. 22:2-3; Sal. 9:9; Sal. 32:7; Sal. 62:5-8; Sal. 121:1-2). Y el mismo profeta Jeremías sentencia: “Mi refugio eres tú en el día malo” (Jer. 17:17).

La ventana
Siempre me llamó la atención el hecho de que Dios le mencionara a Noé que construyera el arca con una ventana (cf. Gn. 6:16). ¿Para qué, si durante 40 días y 40 noches no iba a ver nada, solamente agua y más agua? Un detalle, aparentemente sin importancia, que tiene trascendencia para todas las generaciones humanas: Aún en medio de la tempestad, aún en medio de los problemas, aún en medio de las noches oscuras del alma, aún en medio de los problemas humanos irresolubles, aún en la tempestad, Dios quiere que asomemos nuestra cabeza y nuestro corazón por la “ventana” y que miremos por encima de lo que contemplan nuestros ojos físicos y carnales, para que veamos por encima de las dificultades. Alguien dijo que muchas veces no vemos el resto del bosque por culpa de un árbol. Una vez que sabemos que tenemos un refugio preparado por Dios para las tormentas de la vida, nos queda levantar nuestros ojos más allá para contemplar esperanza, consuelo y un sinfín de promesas eternas. De ahí las palabras del autor de la carta a los hebreos: puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe [...] para que vuestro ánimo no se canse hasta desmayar” (He. 12:2-3).

La puerta
Un refugio. Una ventana. Y por último, una puerta. Cuando comenzó el Diluvio “Jehová le cerró la puerta” (Gn. 7:16). La mano de Dios estaba protegiendo a Noé y a su familia cuando fueron rotas todas las fuentes del grande abismo, y las cataratas de los cielos fueron abiertas” (Gn. 7:11). Nada les haría daño sin Su consentimiento. Pero, pensemos en esto: las puertas sirven tanto para entrar como para salir. Y hay ocasiones en las que entramos en nuestra “guarida” en medio de la tormenta, en ese refugio que Dios nos ha preparado para esos momentos de dolor y pesadumbre, y nos encerramos eternamente. Escondidos, asustados y temerosos, a pesar de que el peligro ya ha pasado, las nubes se han disipado y el dolor ha mitigado. ¿Por qué actuamos así? Porque la experiencia ha sido tan terrible que nos da miedo enfrentarnos nuevamente con la realidad. Nos sentimos tan cómodos en nuestro refugio que preferimos no salir. Sin embargo, Dios fue muy claro con Noé: Sal del arca tú, y tu mujer, y tus hijos, y las mujeres de tus hijos contigo. Todos los animales que están contigo de toda carne, de aves y de bestias y de todo reptil que se arrastra sobre la tierra, sacarás contigo y vayan por la tierra, y fructifiquen y multiplíquense sobre la tierra” (Gn. 8:16-17). Si Noé se hubiera quedado a vivir en el Arca, el plan de Dios para la humanidad no se hubiera cumplido.
Noé estuvo un año en el Arca, hasta que la tierra se secó. En nuestras vidas pasamos por crisis. Algunas duran días. Otras semanas o meses. Para eso tenemos el refugio de Dios y una ventana para mirar más allá mientras tanto. El problema puede acontecer cuando la tierra ha vuelto a ser fértil y el sol a brillar, pero seguimos encerrados por miedo, temor o simplemente apatía.
Es aquí donde Dios habla a todos sus hijos: “Ya ha pasado la tormenta. Yo te he protegido. Yo te he cubierto. Como ser humano sé que has sufrido. Sé que tu corazón se ha desgarrado. Lo sé por que yo también caminé ese sendero. Pero ahora, levántate y camina como Lázaro. ¿Acaso no sabes cuánto aun me queda por hacer en ti? ¿Qué vendrán nuevas tormentas? Ahí tienes mi guarida, que es Mi presencia. ¿Qué vendrá dolor? Hay tienes mi Santo Espíritu para sostenerte. ¿Qué te sientes débil y sin fuerzas? Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (Cf. 2 Co. 12:9).
Noé vio la mano de Dios. Fue perfectamente consciente de que Él le protegió. Y se sintió tremendamente agradecido, tanto que edificó un altar a Jehová y ofreció sacrificio, hasta el punto de que Jehová percibió olor grato (cf. Gn. 8:20-21).
Cuando seamos conscientes de que Dios siempre estará a nuestro lado “antes”, “en medio” y “después de” cualquier diluvio personal, aunque haya ocasiones en que nos sintamos emocionalmente desbordados por las circunstancias, la perspectiva será completamente diferente. Es Su promesa: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20). Aquel que hizo que el arca no se hundiese y que la sostuvo a flote en medio del mar embravecido, es el mismo que nos sostendrá pase lo que pase: Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra” (Sal. 121:1-2).