(Portada de los libros de
Asimov que conforman la saga de los robots)
A diferencia de esos mundos imaginarios, en nuestro planeta viven más de
ocho mil millones de personas, cifra que sigue aumentando a pasos agigantados a
cada año que transcurre. Si ya hay considerables problemas de abastecimiento en
diversos lugares del globo terráqueo para seres humanos que viven varias
décadas, ¿cómo se surtiría de lo necesario si viviéramos centenares de años? En
contraste a las novelas de ciencia ficción, no tenemos los medios para viajar a
planetas teóricamente habitables; no habría recursos para mantenernos a todos.
Se desatarían hambrunas, guerras por los recursos y caos. Lo mismo que ya
empezamos a vislumbrar, pero en un grado todavía mayor.
Por otro lado, hablamos del número de habitantes actual, que ya de por
sí es una barbaridad. En el caso de que viviéramos tres o cuatro siglos, algo
tendríamos que hacer para que no se quintuplicara la población mundial en pocas
décadas. Si esto llegara a ocurrir, provocaríamos un desastre mayor. Así que
habría que controlar de forma extrema la natalidad, fuera por esterilizaciones
en masa, abortos masivos —lo cual, en parte, ya ocurre bajo agendas globales—, pero que en
este escenario se convertiría en una dictadura demográfica: prohibición de tener hijos y embarazos
penados por la ley. La cuestión sería: «¿nos imaginamos lo horrible que sería
un mundo sin apenas niños?». Este mundo no está diseñado para que tengamos una
vida de centenares de años y con un crecimiento exponencial de sus habitantes
de forma indefinida.
2. Hartazgo de la vida
El concepto humanista de inmortalidad es vivir para siempre, siendo
jóvenes y completamente saludables. Ante este planteamiento, me llamó mucho la atención la respuesta
que ofrecieron en el programa 2045: la muerte de la muerte[2] —que dio origen a estos escritos—, un grupo de alumnos de bachillerato sobre si
querrían ser inmortales: solo tres dijeron que sí; los nueve restantes que no.
Incluso entre los científicos y médicos que entrevistaron en el programa, había
una marcada división de opiniones. Volviendo
a estos jóvenes, sus rostros eran todo un poema; hablaban
de viajar, de probarlo todo, de estudiar muchas carreras, y donde el ocio —desde el más sano hasta el
destructivo— se dispararía exponencialmente.
Pero, entre los comentarios, hubo uno que expresaba el sentir general: «Lo peor
de todo al final sería la monotonía. No apreciarías las cosas. Llegaría un
momento en que te aburrirías y tú mismo pedirías morir». Esta
reflexión debería dar que pensar a muchos que ponen sus miras en la
“inmortalidad en este mundo y bajo este cuerpo”, por muchos inventos
tecnológicos que se hagan realidad, por muchos hobbies nuevos que surjan y por
muchas comodidades que nos hagan todo más fácil.
Los científicos nos presentan un mundo futuro donde seremos inmortales
llenos de robots con Inteligencia Artificial que trabajarán en nuestro lugar,
mientras que nosotros nos dedicaremos a la investigación, a viajar por el
espacio, a filosofar y a disfrutar de todo lo que esté a nuestro alcance. Pero
todos ellos se olvidan de que, incluso si se alcanzara todo lo mencionado, esa
vida —aparentemente perfecta e ideal—,
llegaría a cansar hasta el extremo.
Cuando se les ha planteado este problema, la respuesta que han ofrecido
es tétrica: el que no quiera seguir viviendo, siempre tendrá la opción de la eutanasia activa.
Gladia, una de las protagonistas principales de las obras de Asimov,
tenía doscientos treinta y tres años —aunque aparentaba
cuarenta, y le quedaban, al menos, diez décadas más de vida—, dijo con amargura estas palabras:
¿Quiere
que les haga un discurso y les cuente exactamente lo que significan cuarenta
décadas? ¿Quiere que les diga cuántos años sobrevive uno la primavera de la
esperanza, por no decir nada de los amigos y conocidos? Les hablaré del vacío
de hijos y familia, del interminable ir y venir de un marido tras otro, el
recuerdo borroso de los acoplamientos entre uno y otro; del momento en que uno
ha visto todo lo que quería ver, y oído todo lo quería oír, y encontrar
imposible pensar un nuevo pensamiento, y olvidar lo que la excitación y el
descubrimiento representan, y aprender, año tras año, cuán intenso puede
hacerse el aburrimiento.[3]
A pesar de haber visto otros planetas, a pesar de haber viajado por el
espacio, a pesar de haber conocido a seres humanos con culturas muy distintas,
a pesar de que vivía plácidamente servida por robots, a pesar de que había
experimentado todo tipo de ocio y placeres, a pesar de que amó y fue amada, a
pesar de que tuvo hijos y nietos, llegó a estar hastiada de todo. Ya nada le
hacía sentirse viva: «Comida tras comida, día tras día, estación tras estación,
había ido pasando y la tranquilidad casi la había aislado de la tediosa espera
por la única aventura que le quedaba, la aventura final de la muerte».[4] Es cierto que Gladia terminó encontrando un propósito —evitar la guerra entre terráqueos y espaciales—, pero ni siquiera hallar una
aspiración quita el hastío ni resuelve el problema final del ser humano, que es
la muerte.
Siendo ficción lo narrado por Asimov, lo dicho por Gladia coincide con
la idea expresada en la Biblia: «Todas
las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia
el ojo de ver, ni el oído de oír. ¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué
es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol»
(Ecl. 1:8-9).
3. La “felicidad” química
Tratemos de imaginar durante unos segundos un mundo donde no hubiera
enfermedades, todos tuviéramos comida en abundancia, dinero para adquirir y
poseer lo que quisiéramos, junto a todas las comodidades materiales que
deseáramos, terminando por robots que hicieran todo el trabajo. Algunos
pensarán que sería como estar continuamente en un parque de atracciones.
Ante este panorama, la
pregunta sería: ¿de verdad alguien cree que alcanzaríamos la verdadera
FELICIDAD —así, en mayúsculas— viviendo eternamente en este plano de la
existencia, fuera en sucesivos cuerpos reemplazables o con nuestra mente en una
red neuronal, sea en este planeta o después de haber colonizado otros? ¿De
verdad habría una ausencia total de conflictos personales, tanto con nosotros
mismos como con el prójimo? ¿De verdad nos embargaría un sentimiento constante
de autorrealización? ¿De verdad
experimentaríamos una quietud absoluta en nuestro espíritu?
Los mismos
científicos saben que nada de esto es posible. ¿Cuál es entonces la solución
que ofrecen?: inducir químicamente en el cerebro la “felicidad” por medio de
drogas sin efectos secundarios. Ellos lo llama «bienestar emocional a través
del control de los centros del placer», y lo dicen completamente en serio:
Al contrario que los narcóticos que
producen un caos en la química cerebral, causando un corto período de euforia
seguido de un período de depresión, estas nuevas drogas de uso clínico tienen
una alta especificidad en cuanto a la actuación sobre un neurotransmisor
determinado o algún subtipo de receptor, evitando los efectos negativos sobre
la conciencia del sujeto; él o ella no se sentirán drogados y ayudará a
mantener constante un alto nivel anímico sin provocar adicción. Davis Pearce se
adhiere a esta nueva era y predica una era post-Darwinista en la cual toda
experiencia adversa pueda ser reemplazada por niveles de placer más allá de la
experiencia humana normal. A medida que se desarrollen estas nuevas drogas más
seguras, combinadas con terapias que actúen sobre nuestros genes, será posible
la realidad de construir un paraíso terrenal.[5]
Incluso creen
posible modificar nuestra personalidad:
Estas nuevas drogas, con el apoyo de la
terapia genética, pueden modificar la personalidad y ayudar a superar la
timidez, eliminar los celos, incrementar la creatividad y aumentar la capacidad
emocional. Piense en todo el sermoneo, abstinencia y autodisciplina que tenemos
que pasar para intentar templar nuestra personalidad. Dentro de no mucho tiempo
será posible obtener los mismos objetivos en forma completa solamente
ingiriendo una píldora a diario.[6]
Estos
investigadores quieren que desemboquemos en una sociedad formada por individuos
alterados y remodelados genética y químicamente, con implantes robóticos en
diversas partes del cuerpo, incluyendo el cerebro. Desean que llegue el momento
en que nos liberemos de todas nuestras ataduras que nos impiden actualmente ser
dueños de nuestro propio destino. Llegaría el momento en que ni las propias
personas sabrían que han perdido su esencia como individuos, ya que lo
aceptarían como algo normal, especialmente las nuevas generaciones.
Si esa es la
meta, lamentable y penosa, a la que quieren conducirnos los científicos y a la
que aspira la humanidad, conmigo que no
cuenten.
Asimov, Isaac. Los robots del amanecer.
Debolsillo. Pág. 113
Asimov, Isaac. Robots e Imperio. Pág.
204. Debolsillo.
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