lunes, 13 de diciembre de 2021

8.6. ¿Qué valores están enseñando los padres cristianos a sus hijos?

 


Venimos de aquí: La “edad del pavo” de los adolescentes y los adultos (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/12/85-la-edad-del-pavo-de-los-adolescentes.html). 

Como acertadamente señalan Pilar Guembe y Carlos Goñi, “educar (del latín educare) tiene dos sentidos: significa tanto ´hacer salir` como ´conducir`. Nuestra labor como padres tendrá, por tanto, esta doble finalidad: procurar que nuestros hijos se desarrollen como personas y conducirlos hacia su plenitud. Ambas acciones requieren de un cierto arte, aliñado, entre otras cosas, con dedicación, alegría, sentido del humor y mucho cariño. El arte de educar debe encontrar el justo medio para que nuestros hijos puedan realizarse como personas sin dejarlos a la deriva ni arrastrarlos por donde queremos nosotros que vayan. La libertad, que también tiene sus límites, ha de estar presente en el proceso y en el final de toda tarea educativa, porque se trata de educar en la libertad para la libertad. Es decir, que quien educa hace más libre al que educa. Sin embargo, no todos los padres lo consiguen. En el doble sentido de educar se pueden dar dos extremos por exceso y dos por defecto. Así, respecto al primer sentido (hacer salir), los padres proteccionistas son aquellos que no ´dejan salir` al ser humano que hay en cada hijo, mientras que los padres desertores dejan que salga sin preocuparse más. Respecto al segundo sentido (conducir), los padres permisivos se niegan a guiarles ya en los primeros pasos, sin embargo, los padres autoritarios los llevan en volandas. En el punto medio entre estos cuatro tipos se encuentran los padres educadores, los que ´hacen salir` y realmente ´conducen` a sus hijos hacia su propia realización”[1].

Valores insanos
Hay padres que son responsables directos de que sus hijos tengan unos valores perniciosos e inmorales. Estos progenitores son los que han actúan tal y como describe Bernabé Tierno de forma irónica: “Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que le pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece. Cuando diga malas palabras, riáselas. Esto le hará pensar que es muy gracioso y le animará a decir palabras aun mas graciosas. No le dé ninguna educación espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente por sí mismo. No le reprenda nunca ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpa. Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, juguetes, ropa, etc. Hágaselo todo, ahórrele todo esfuerzo. Así creerá que todos están a su servicio y se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás. Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide bien de que sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero deje que se le llene la mente de basura. Dele todo el dinero que quiera gastar, no vaya a sospechar que para disponer de él es necesario trabajar. ¿Por qué dejar que el pobrecito pase los mismos sinsabores que usted? Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. La mortificación y la austeridad no harían más que conducirle a una frustración perjudicial. Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con los vecinos, maestros o policías. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo, que le han tomado manía y le quieren mal. Si pone en practica estos preceptos, prepárese para llevar una vida de pesares, que será la que usted mismo se ha labrado. Y cuando su hijo se encuentre en serios apuros, discúlpese diciendo: ´nunca pude con este muchacho`”[2].
Augusto Cury también señala con una pequeña historia a este tipo de padres: “Había una madre que no sabía decir ´no` a su hijo. Como no podía soportar sus quejas, berrinches y confusión, quería satisfacer todas sus necesidades y exigencias. Pero no siempre podía hacerlo, y para evitar conflictos hacía promesas que no podía cumplir. Tenía miedo de frustrar a su hijo. Esta madre no sabía que la frustración es importante en el proceso de formar la personalidad. Quienes no aprenden a lidiar con la pérdida y la frustración, nunca madurarán. La madre evitaba conflictos momentáneos con su hijo, pero no sabía que estaba tendiéndole una trampa emocional. ¿Cuál fue el resultado? Este hijo perdió todo respeto por su madre. Comenzó a manipularla, a explotarla y a discutir intensamente con ella”[3].
Así que, sin conoces a algún joven que cambia de novia cada seis meses y se acuesta con todas ellas, que es extremadamente desordenado con su cuarto, que usa un lenguaje vulgar cuando sus padres no están delante, que miente, que es egoísta, que hay que pedirle mil veces que haga un favor para que lo lleve a cabo, que siempre está insatisfecho, que pone mala cara cuando le dicen que ´no`, que viste provocativamente, que escucha música decadente, que gasta el dinero en sandeces, que su máxima interés son las fiestas o los videojuegos, etc., ya sabes que posiblemente se debe a la mala educación y a la falta de valores que ha recibido.
Dicho esto, y como veremos en el último apartado, esto no es siempre así y los padres no tienen la culpa del resultado final de sus hijos. En muchas ocasiones, éstos han recibido una buena educación pero “pasan” de ella.

Los padres deben estar al frente de la educación de sus hijos
Después de todo lo que hemos analizado en este libro, un padre y una madre se pueden sentir apabullados ante las extremas dificultades para educar correcta y sanamente a un hijo. Entre la naturaleza caída que traen de serie –como tú y yo-, la sociedad que ofrece el pecado en bandeja y el pavo propio de la edad, la cuestión no es nada fácil. Y también es cierto que, mientras ese hijo no nazca de nuevo y entregue su vida a Dios, sus reacciones primarias se inclinarán irremediablemente a seguir su naturaleza espiritual muerta. Pero es ahí donde entra la educación que les proporcionen los padres y de los valores que le inculquen.
El enfoque del que deben partir los progenitores consiste en que sean consciente que ese pequeño ser que está ante ellos se está descubriendo a sí mismo y el mundo que le rodea, siendo algo muy complejo para él. Por eso es el deber de ellos ayudarle en cada paso e inculcarle sentido crítico, a que no dé por hecho opiniones ajenas –ni siquiera las propias-, sin escuchar los argumentos de los demás y a comprobar si son ciertos o no, acertados o desacertados. La televisión es un ejemplo general de cómo se debe actuar: “(hay que) aportar a los hijos el complemento ético: nunca aparece alguien en la pantalla haciendo un juicio de valor y explicando si aquello que se está diciendo es bueno o es malo, y por qué lo es o no lo es. (Lo mismo con) el complemento intelectual: hay que ayudar al muchacho a distinguir la imagen de su interpretación, enseñarle a discernir la realidad de la ficción. (Lo mismo con) la actitud crítica, enseñarle igualmente a aceptar las cosas que ve, no porque se afirmen o nieguen con mayor vehemencia emotiva, sino por la fuerza de las razones que las avalan”[4].
La solución no es encerrarlos en una mazmorra o aislarlos del mundo, porque la represión, tarde o temprano, con 15 o 30 años, estallará de una manera u otra: “No  pocos adolescentes adoptan posturas extremas en su conducta precisamente para compensar la rigidez e intransigencia de unos padres que solo piensan en someter por la fuerza la voluntad de sus hijos. Tremendo fallo, porque sin libertad solo conseguimos amaestrar, pero nunca educar. Papá, mamá, vencéis, pero no me convencéis. [...] La autoridad es necesaria, pero siempre unida a la comprensión y el diálogo. [...] Si ahora no aprenden a razonar por sí mismos y a tomar sus decisiones, si solo piensan y obran como dicen papá y mamá, dentro de nada solo actuarán como borregos conformistas ante todo lo que les ordene cualquier persona que se crea con alguna autoridad sobre ellos”[5].
Hay que educarlos, dejarles claras las ideas, inculcarles valores cristianos y proporcionales lo que ya vimos en “Los jóvenes y los adolescentes piden que sus padres les valoren y les comprendan” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/11/31-los-jovenes-y-los-adolescentes-piden.html), “Que se les escuche y se les corrija: lo que necesitan los jóvenes” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/11/32-que-se-les-escuche-y-se-les-corrija.html), “No compares a tus hijos: se mueren por tu amor y respeto” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/11/4-no-compares-tus-hijos-se-mueren-por.html) y “Tu hijo necesita que sus padres le prediquen el evangelio y que no sean unos “ogros” en casa” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/04/53-tu-hijo-necesita-que-sus-padres-le.html).

Los valores de los padres
Si uno mismo no está formado, ¿cómo podrá formar a sus hijos? Si uno no ha alineado su manera de pensar con la de Dios, ¿cómo podrá ayudar a su hijo a que el los alinee? Si no ha asentado sus valores conforme a los patrones bíblicos, ¿cómo podrá inculcárselos a sus hijos?
Ya hablamos en una ocasión de la imposibilidad de que una persona que no es cristiana viva como tal y de lo absurdo de tratar de imponérselo (“Realmente no habías nacido de nuevo”: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/12/2-realmente-no-habias-nacido-de-nuevo.html). De la misma forma, unos padres que no viven según los valores cristianos que dicen creer, no tienen legitimidad ninguna ni autoridad moral para enseñarle esos principios a sus hijos. Ese es el primer error que se comete y que cada padre y madre debe examinar en su vida, las áreas concretas que resultan incongruentes entre la fe cristiana que creen pero que no viven.
Los padres DEBEN saber, conocer y creer los valores cristianos y, especialmente, sentirlos y aplicarlos. Es algo que tienen que tener muy claro. Es la única manera en que tienen de educar a sus hijos. Si ellos no los viven, sus hijos los ignorarán por completo –y con toda la razón del mundo-, puesto que son los primeros que se dan cuenta de las incongruencia entre palabras y actitudes: “Lo que los padres viven, hacen, enseñan, valoran o no es lo que tendrán en cuenta los hijos a la hora de tomar decisiones, aunque no cabe duda de que llegará el momento en que muchas decisiones las tomarán por si mismos”[6].
Si los padres dicen ser cristianos –y lo son realmente-, pero no viven con los valores bíblicos, ¿qué cristianismo están enseñando a sus hijos? ¿Uno en el que solo importe congregarse, ser parte del grupo, hacer actividades y poco más?
Por muy bien que el niño o el adolescente conozca el significado de la muerte de Cristo en la cruz, las historias de Isaías y mil narraciones bíblicas, si no ve que sus padres son consecuentes con lo que le proclaman, no servirá de nada. Si los ven con cara de santos cuando se congregan con otros creyentes y luego en casa con colmillos de ogro, se quedará con dicha incoherencia. O, por ejemplo, ¿cree un padre que su hijo no detecta una mentira por el hecho de ser pequeño? ¡La huele inmediatamente!
Aunque se haga el despistado o parezca que está mentalmente en otro lugar, está atento a:

- Cómo se hablan entre el padre y la madre: con respeto o sin él.

- Si se esfuerzan por vivir en santidad. Es un error medir a las personas por lo “amorosas” o “cariñosas” que son. Al igual que los dones espirituales no son nada sin amor (1 Co. 13), sin santidad se queda cojo el amor y no refleja el carácter de Dios. Por lo tanto, los hijos observarán con detenimiento esta faceta de sus padres.

- Si continuamente se quejan por lo que no tienen y envidian a otros, o si, por el contrario, han aprendido a vivir en contentamiento y agradecidos a Dios cada día.

- Si gastan el dinero en naderías o si tienen deudas por querer vivir por encima de sus posibilidades.

- Cuánto valor le conceden a lo material, en qué y cómo gastan el dinero. Esta es una buena lección que podrían poner en práctica: “Una de mis hijas fue criticada una vez por algunas de sus amigas por ser una persona sencilla, que no gustaba de la ostentación, y también porque no se preocupaba excesivamente por la estética. Ella se sentía triste y rechazada. Después de escucharla, di rienda suelta a mi imaginación y le conté un cuento. Le dije que algunas personas prefieren un hermoso sol pintado en un lienzo, y otras prefieren un sol verdadero aunque esté oscurecido por las nubes. Y le pregunté: ´¿Qué sol prefieres?`. Pensó en eso y contestó que prefería el sol verdadero. Así que agregué que incluso si la gente no cree en su propio sol, éste está brillando. ´Tú tienes tu propia luz; un día, las nubes que la oscurecen desaparecerán y la gente te verá. No tengas miedo de la crítica y no temas perder tu luz`”[7].
Aunque estaba escrito para novios, los padres podrían darle un nuevo vistazo a estas palabras, puesto que los principios son exactamente iguales para todos: “Los valores espirituales entre dos cristianos en una relación sentimental” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2018/03/1063-los-valores-espirituales-entre-dos.html).

- Qué aficiones tienen y en qué emplean su tiempo libre, ¿en centros comerciales o yendo al campo? ¿Jugando al aire libre o viendo la televisión? ¿Leyendo o sin oler ni un libro? Aquí los padres tienen que conocer el problema con el que se enfrentan para encararlo y ser de ejemplo para sus hijos: “Los jóvenes están viviendo en la generación de la ´hamburguesa emocional`. Odian la paciencia. No saben contemplar la belleza de los pequeños detalles de la vida. No les pida que admiren las flores, los atardeceres y las conversaciones simples. Todo les aburre. [...] ”. Muchos de ellos tienen el Síndrome de Pensamiento Acelerado (SPA), el cual “genera una hiperactividad que no es de origen genético. [...] ¿Cuáles son las causas del SPA? La primera causa es el exceso de estímulos visuales y auditivos producidos por la televisión, que ataca directamente el ámbito de la emoción. Observe que no estoy hablando de la calidad del contenido de los programas televisivos, sino del exceso de estímulos, tanto buenos como malos. La segunda causa es el exceso de información. La tercera es la paranoia del consumismo y la estética, que dificulta la interiorización”[8].
Por eso los jóvenes se pueden pasar horas ensimismados visualizando contenidos digitales en un teléfono móvil o una tablet (que se los dan hecho y no requieren esfuerzo mental alguno), pero les cuesta la misma vida concentrarse en leer un libro, o en prestar verdadera atención a una conversación cara a cara: “Prestan atención durante unos 8 segundos y tienen 5 pantallas abiertas simultáneamente. Viven en permanente multitasking porque buscan gratificación instantánea, necesitan sentir cosas continuamente”[9].
¿Qué hacer ante esto? Nuevamente, ser de ejemplo uno mismo para con sus hijos y no caer en estos errores. ¿Y luego?: “Guíe a sus hijos para que encuentren grandes razones para ser felices con las pequeñas cosas. Una persona emocionalmente superficial necesita grandes eventos para sentir placer; una persona profunda lo encuentra en las cosas ocultas, en los fenómenos aparentemente imperceptibles, como el movimiento de las nubes, el ballet de las mariposas, el abrazo de un amigo, el beso de un ser querido, una mirada de complicidad y la sonrisa de solidaridad de un extraño”[10].

- Si son honrados, íntegros y dadivosos.

- Si muestran el fruto del Espíritu: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza” (Gá. 5:22-23).

- Si ayudan al prójimo.

- Si gritan.

- Si comparten con ellos sobre los libros que leen.

- Si conversan sobre temas profundos que les despierten la curiosidad, la imaginación y el deseo de aprender.

- Cuáles son sus amistades.

- Cómo tratan a los enemigos.

- Cómo solucionan los problemas.

- Cómo afrontan el estrés.

- Cómo reaccionan ante las críticas ajenas, ante la tristeza y las malas experiencias de la vida (“Inside Out: Aprendiendo del dolor & Los recuerdos y nuestras islas de la personalidad”: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/02/inside-out-aprendiendo-del-dolor-los.html) e, incluso, ante los traumas (“Alma salvaje: Cuando el dolor puede convertirnos en la mejor o en la peor versión de nosotros mismos”: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/06/alma-salvaje-cuando-el-dolor-puede.html).

- Cuáles son sus sueños y metas.

- Si se muestran igual en público que en privado.

- Si hablan bien de alguien cuando está presente y todo lo contrario en la intimidad de la casa cuando no está.

- Si usan un lenguaje sano o lleno de vulgaridades y palabras soeces.

- Si oran, tanto a solas, como entre ellos, y como familia.

- Si son sinceros o mienten de vez en cuando. Si ellos ven a sus padres mentir –aunque sean mentirijillas que parezca que no tienen importancia, cuando sí las tiene-, él no tendrá problema alguno en mentir igual. Conozco a personas que mienten de tal manera que, incluso cuando supuestamente dicen la verdad, cuesta la misma vida creerlos; tanto que sus palabras siempre las pongo en duda. Es algo que ellos mismos se buscan desgraciadamente. Como siempre digo, la mentira es el refugio de los cobardes que siempre quieren quedar bien o quieren tapar sus errores.

- Cuánta importancia le conceden al físico. Para que los padres sepan cómo piensa un adolescente de hoy en día, refresquemos la memoria: imaginemos que nos cortan la cabeza y nos la trasplantan en un cuerpo nuevo. Nos chocaría de tal manera que sentiríamos rechazo hacia ese nuevo cuerpo. A los adolescentes les pasa lo mismo. Si los adultos suelen quejarse de su propio cuerpo, ¡cuánto más un adolescente! Podríamos asegurar que ninguno está contento con su físico y que hay partes que no les gusta: pies, manos, caderas, tobillos, muslos, torso, hombros, espalda, caderas, nariz, etc. Les han cambiado de un cuerpo infantil al que estaban acostumbrados a uno sobre el cual no han tenido control ninguno: se ven demasiado altos o bajos, con un pelo lacio cuando lo querrían rizado o viceversa, con unos ojos más grandes o más pequeños de lo que desearían. Y así con todo: que si los labios, que si el mentón, que si el pecho. Y muchos se obsesionan –y más teniendo en cuenta con la sociedad de la imagen y el postureo en la que vivimos-, por lo que le buscan algún remedio: haciendo dietas locas, matándose a ejercicios, tomando pastillas o soñando con poder operarse. Muchos quieren moldear un cuerpo cuyas características son difícilmente modificables.
Por eso es tan importante que los hijos también vean que sus padres son sanos en este aspecto, así que recomiendo leer con tranquilidad este escrito: “Cómo nos adoctrinan sobre nuestro cuerpo y qué hacer al respecto” (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/06/como-nos-adoctrinan-sobre-nuestro.html).

Continuará en: ¿De quién depende, finalmente, que un joven elija el buen o el mal camino cuando se hace adulto?


[1] Guembe, Pilar & Goñi Carlos. No se lo digas a mis padres. Ariel. Pág. 181.

[2] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 225, 226.

[3] Cury, Augusto. Padres brillantes, maestros fascinantes. Zenith. ePUB v.1.0. Pág. 63.

[4] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 246.

[5] Ibid. Pág. 214.

[6] Zaballos. Virgilio. Esperanza para la familia. Logos. Pág. 50.

[7] Cury, Augusto. Padres brillantes, maestros fascinantes. Zenith. ePUB v.1.0. Pág. 26.

[8] Ibid.

[9] Paris de l’Etraz, director del Ventura Lab de IE.

https://www.elindependiente.com/economia/2018/04/27/el-fin-de-la-paciencia/

[10] Cury, Augusto. Padres brillantes, maestros fascinantes. Zenith. ePUB v.1.0. Pág. 21.

lunes, 6 de diciembre de 2021

8.5. La “edad del pavo” de los adolescentes y, sí, también, de los adultos

 


Venimos de aquí: La única solución al gran problema de los jóvenes y adolescentes (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/09/84-la-unica-solucion-al-gran-problema.html).

Cada adolescente, como cada persona de este planeta, es un mundo diferente, por lo que hacer generalizaciones es arriesgado. Ahora bien, aunque los matices varíen, hay etapas de la vida en que suelen ser muy parecidas, y una de ellas es la llamada “edad del pavo”. Suele durar desde los once a los dieciocho años, pero, como vamos a ver, puede durar toda la vida.

La primera edad del pavo
¿Cómo son los adolescentes en la edad del pavo? A menos que sean extremadamente sinceros consigo mismos, ellos no se describirían de la siguiente manera, así que usemos un poco de humor para reflejar un trasfondo completamente real:

- Emocionalmente manipuladores: “¡¡¡Papáaaaa, tú no paras de comprarte cosas y a mí no me compras naaaaadaaaa nuuuuncaaaaa!!!”. De niños lloraban como posesos como táctica para alcanzar sus deseos. Ahora se encierran en el cuarto y le retiran la palabras a los padres durante unos días, al mismo tiempo que se muestran sumamente serios, como si estuvieran en un funeral.

- Buscan salirse con la suya y creen que siempre tienen la razón, ya que sus puntos de vistas son los correctos.: “Pues noooooo, eso no es asiiiií. ¡¡¡O lo hacemos como yo digo o te juro que no hago nada!!!”.

- Mienten si la oportunidad lo requiere para escabullirse de algo: “Si me llaman por teléfono dile a Mari que estoy durmiendo que tengo que descansar para el examen de mañana de astrofísica, que la muy pesada quería que la ayudara a pintar su habitación”, dice mientras está tirado en el sofá jugando a la videoconsola.

- Arrogantes: “Papá, mamá, no tenéis ni idea. En el insti todo el mundo dice que os habéis quedado anticuados y sois unos lelos ignorantes”.

- Tienen la rebeldía por bandera. Dicen lo contrario a los padres. Si éstos dicen “sí”, “bueno”, “no vayas”, “no hagas”, ellos dirán “no”, “malo”, “sí voy”, “sí hago”.

- Se muestran a la defensiva cuando se les indica lo que han hecho mal: “No digas tonterías mamá, no es para tanto. Juan, Antonio, Paco, Laura y Antonia lo hicieron y sus padres no les regañaron”, señala tras llegar medio borrachos a casa.  

- Todo lo ponen en tela de juicio y les parece injusto: “¡¡¡Siempre me toca a mí poner la mesa y quitarla, afuuuu!!!”.

- Ven todo error propio y ajeno, junto a las circunstancias negativas de la vida, como una catástrofe de dimensiones apocalípticas: ese mechón de pelo que no queda en su sitio, la ropa no lavada ni planchada que iban a usar precisamente ese día, ese grano que aparece en la barbilla, ese chico que no le hace caso, que la madre no le compre el paté y el zumo de la marca que toma habitualmente, etc.

- Son egoístas. Piden mucho y dan muy poco desinteresadamente, y cuando lo dan suele ser una estrategia disimulada para obtener algún beneficio: “Quiero las zapatillas deportivas Nike rojas con cordones azules. Quiero el libro de Harry Potter con sobrecubiertas doradas y firmado por la autora. Quiero la caja roja de Nestle que sale en Navidad y trae 128 bombones. Quiero... (así una hora sin parar). Tras su lista infinita de peticiones, le dice la madre: “Acompáñame al supermercado para hacer la compra y ayudarme a subir los recados”. A lo que contesta: ¡¡¡Ve tú, yo no tengo ganas, estoy cansado!!! Además, tengo que terminar la carta de quince folios a los Reyes Magos de las cosas que quiero. ¡¡¡Y no me regañes ni me grites que me duele la muela y el lóbulo temporal!!!”.

- Al creerse el centro del universo, siempre quieren más y más: más ropa, más zapatos, más dinero, más videojuegos y más artilugios tecnológicos, y nunca están satisfechos. Sus palabras favoritas son “dame”, “quiero” y “cómprame”: “La sanguijuela tiene dos hijas que dicen: !!Dame! !!dame!” (Pr. 30:15).

- Son quisquillosos hasta el frenesí: “Mamá, tienes que llevarme al Mcdonals a las 14:30 exactamente (puesto que si llega antes no habrán llegado sus amigos y se sentirá solo, y si llega dos minutos después se reirán de él). Y tienes que venir a por mí a las 16:00 exactamente (ya que si llega antes le “cortará el rollo”, y si llega después sus “compis” pensarán que sus padres pasan de él)”.

- Rechazan todo contacto físico con sus padres: los “ainssss” y los “que te quieroooo” que les dedicaban sus progenitores con abrazos y les encantaban, ahora les causan repelús: “La alergia a los padres se debe a una batalla interna de sentimientos contradictorios en el joven. Quiere a sus progenitores, desea estar con ellos, sentirse amado e importante en el hogar, pero a la vez esta imagen de amor, candidez y dependencia le fastidia muchísimo. Ignora que amar a los padres no tiene nada que ver con ser infantil. Para el adolescente cualquier gesto de cariño o ternura le recuerda que es dependiente, vulnerable y pueril. Y no es extraño escuchar: ´mama déjame, no me vuelvas a dar un beso. Odio los besos`”[1].

- Se sienten intocables, y se muestran irascibles e irritables cuando se les contradice, que es cuando explotan. Saltan a la mínima y cuando algo no se hace como ellos quieren tienen la escopeta cargada para lanzarse al ataque con todo tipo de reproches, argumentos manidos y un amplísimo repertorio verbal: “Las chicas despliegan con habilidad malabarista el arte de la verborrea. Todo, absolutamente todo, es objeto de disección y combate linguistico. La niña adorable que daba muchos besos y sonreía con frecuencia se convierte en un dragón que echa fuego por la boca cuando se le lleva la contraria. Pone mucho empeño en demostrar que ya no es dócil, ni mona, ni manejable. Cuando más ácido es el comentario, más eficaz. No importa el daño que cause el destinatario. En el fondo, sabe que no siente lo que dice y como es muy egoísta, eso le parece más que suficiente”[2].

- Si pudieran establecer una ley por decreto, sería sin duda la que dice “hago lo que me da la gana”. Así quieren demostrar que ya no son dependientes ni dóciles, y que son dueños de su propia vida sin que nadie les diga qué hacer con ella: “Durante la pubertad el joven se muestra irritable con los padres y los hermanos. Critica y forcejea con las reglas y las normas de convivencia. Comienza a dar signos de autonomía con deseos de separarse de los padres, aunque el distanciamiento es más piscológico que físico. Todo ello sirve para que el joven descubra su identidad, en qué aspectos de la vida es fuerte y en cuáles débil, [...] el chico y la chica luchan por su independencia, por tener criterio propio, por no acatar ordenes de los demás. La vida en casa transcurre entre discusiones, desacuerdos y discrepancias. Aun el joven mas dócil se vuelve polémico. El ritmo cotidiano es objeto de litigio debido a que el adolecente intenta cambiar a su gusto todo lo que concierne a la vida en casa: las normas familiares, los trabajos, los habitos personales, el uso del telefono y la televisión, el dinero o los hermanos. [...] de pronto, padres e hijos parecen hablar idiomas distintos. Uno dice algo e inmediatamente el otro dice lo contrario. Adolescencia es sinónimo de separación, autonomía. El problema es que son los hijos quienes, sin previo aviso, desean alejarse de los padres. Solo ellos marcan la distancia. Los límites, las reglas, las normas de convivencia son los mismos de siempre, pero ahora el joven decide hacerlos añicos, amoldarlos a su gusto o convenciencia. Deja de estar de acuerdo con ellos. Antes no protestaba. Ahora lo hace con frecuencia”[3].

- Son irracionales ya que no suelen razonar lo que dicen. Sueltan lo primero que se les pasa por la mente.

- Son caprichosos y cambian continuamente de opinión. Lo que un día les encanta (ese pantalón, esa chica, ese look, esa música) al siguiente les repele.

- Se vuelven ateos: “Venga ya papá, que en el colegio nos han demostrado que la teoría de Darwin es la verdad y que Dios no existe”. Como nos les gusta la ética cristiana –la cual, según ellos, reprime sus deseos de fiesta y libertad sexual-, la rechazan, poniendo en tela de juicio las creencias familiares y sus valores morales basados en la Biblia.

- Se quejan por todo: “Esta comida no me gusta”; “La comida está muy fría”; “La comida está muy caliente”; “Me has echado demasiada comida, ¿qué quieres que me ponga como una foca?”; “Me has echado muy poca comida, ¿qué quieres que me muera de hambre?”.

- Actúan inconscientemente de manera hipócrita: “Papa, eres un flojo, ve tú a por tus zapatillas y no me mandes a mí. ¡¡¡Mamáaaaaa, llevo diez minutos esperando a que me traigas el yogur de la nevera!!!!”.

- Cuando no les gusta el trato que les dispensan sus padres, los comparan con los de sus compañeros y amigos: “Pues que sepas que los padres de Manuela la dejaron ir a la fiesta. Ellos sí que son enrollaos, no como vosotros”. La realidad, que se ignora en el pavo, es que los padres de sus amigos –que ellos desde fuera consideran perfectos, también son criticados por sus propios hijos: “Toda esta combinacion de increíbles virtudes en el padre o la madre de fulanito colma de celos a los progenitores, porque el elegido no suele dar para tanto beato. En realidad, el padre o la madre de fulanito tambien es un sufridor, igual que cualquer padre de adolescentes: no es liberal ni tranquilo, no está al corriente de todo lo que concierne a su hijo, se halla al borde la deseperación, tambien es víctima de críticas, mofas o insultos, e incluso ostenta el título de el padre y la madre más horrible de toda España, aunque por lo visto, algún amigo de sus hijos se empeña en no darse cuenta”[4].

- Suelen tener una empatía máxima con sus amigos y, por el contrario, mínima hacia sus padres y profesores: “Pobrecitos los padres de Laura. Su perrito se les ha puesto enfermo... ¡Papá, no sé de qué te quejas tanto ni el porqué esa cara que pones de dolor, que solo te han extirpado el ligamento de la rodilla! ¡Ni que te hubieran cortado la pierna!”.

- Hacen todo lo posible para no ir al colegio: 8 de la mañana, la madre entra en la habitación: “Reyes, levántate que es la hora”. Frase repetida 10 veces durante 10 minutos. A lo que Reyes responde: “Tengo frío, no me encuentro bien”. Tras unos lloriqueos para hacer su actuación más convincente, la madre desiste, se va a trabajar y deja a su hija “durmiendo”, diciéndole que luego irán al médico. En cuanto la madre sale por la puerta, Reyes enciende el móvil, llama por teléfono a sus amiguitos que también han hecho pellas y se pone a escuchar música.

Ante todo esto, los padres describen así a su hijo adolescente: “Solo entiende la palabra ´no` cuando la dice él. Detesta cualquier gesto de ternura. Explota a la menor sugerencia. Miente como un bellecaco. Pasa de todo. Solo hace caso a los demás. Usa una jerga que no hay quien la entienda. Es hipocrita. Cree que siempre le estoy criticando. Solo él tiene razon. El resto de la humanidad se equivoca. Es muy egoísta”[5].

Un pequeño stop
Educar a un jovencito en plena edad del pavo... ¡madre mía, qué locura! No me extraña que ante semejante panorama la paciencia de los padres sea puesta a prueba una y otra vez.
Evidentemente hay diversos grados de pavo, algunos light y otros muy intensos, que también dependerá en buena parte de la educación en valores que hayan recibido por parte de sus padres durante la infancia y la preadolescencia. Si durante la etapa infantil y juvenil se ha educado correctamente al hijo y con determinados valores, las situaciones descritas, aunque suelan ser esporádicas, no deberían ser habituales. Además, “el ocaso de la adolescencia llega de forma tan inesperada como empezó. Un bien día, de pronto, asoma un atisbo de civilizada humanidad en la compostura del joven. Quiere cooperar. Deja de criticar. Conversa con sus padres. [...] Incluso se ofrece para sacar la basura. Algo insolito para esos sufridos padres resignados a padecer el síndrome de la adolescencia el resto de sus vidas”[6].
El pavo de por sí no los convierte en diablillos maliciosos. En general, los adolescentes, cuyo pavo es nivel medio, son muy emotivos, y también hay nobleza en sus corazones. De forma inesperada, realizan buenas acciones que sorprenden al más curtido. Tienen una imaginación desbordante, son idealistas y muy observadores aunque parezcan despistados e ingenuos, le encuentran el sentido del humor a casi todo –por muy absurdo que resulte-, y suelen profesar un grado de amor que suele sorprender a muchos adultos. 
También están aquellos que, a nivel humano, destacan sobre la media, que forma parte de “la juventud responsable, alegre y entusiasta, que no necesita de procacidades, desmadres y actos vandálicos, sensible, respetuosa, entrañable, dialogante y entregada con tesón a la preciosa tareas de hacer de este un mundo mejor. Me estoy refiriendo a chicos de todas las edades y condiciones que visitan a ancianos, pobres y enfermos en sus ratos libres, que sacrifican sus vacaciones para pasarlas trabajando con la gente del tercer y cuarto mundo, que dedican sus ratos libres a la alfabetización de las personas más ignorantes, que reúnen sus ahorros para adquirir en la época de rebajas prendas de abrigo para los niños que tiemblan de frío en sus chabolas de madera y cartón, que se llevan a casa bolsas de comida para sus mendigos. Estos son los otros jóvenes, los que no necesitan hacer tanto ruido para estar presentes en nuestra sociedad, son los que se solidarizan con el oprimido, con el desesperado, con el que siente hambre de afecto...”[7].

La segunda edad del pavo
Cumplir años no quita de por sí este pavo. Muchos se quedan ahí anclados y les dura toda la vida. La edad por sí misma no logra la madurez, solo afianza la personalidad primaria, a menos que esta haya sido formada. Por eso este planeta está lleno de veinteañeros, treinteañeros, cuarentones y más que siguen en dicha edad.
La cuestión es que hay otra edad del pavo. Casi todo el mundo cree que dura únicamente el periodo de la adolescencia y que se supera:

- Cuando se deja atrás todas las características citadas.
- Cuando se tienen claras las ideas.
- Cuando la histeria propia de esa edad desaparece.
- Cuando se empiezan los estudios universitarios.
- Cuando la vida ya está más o menos asentada.

Tras esto, el primer pavo se queda atrás. En términos humanos, puede ser, pero como dice Bernabé Tierno: “Quienes permanecen anclados en la intransigencia, la incomprensión y las actitudes egoístas como normas de su obrar, jamás serán adultos psicológicamente”. Y así hay millones de personas”[8].
Aparte de este, hay un segundo pavo, que es el que se tiene ante los ojos de Dios. ¿Cuándo ocurre eso? Cuando los valores son contrarios a Su voluntad o se vive de espaldas a Él. En ese caso, el “hombre” sigue siendo “niño”. No ha crecido. Ante su Creador sigue perdido y en pañales. Pablo lo entendió perfectamente: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” (1 Co. 13:11).
Cuando el individuo sigue depositando sus sueños y deseos completamente en este mundo, ignorando al Altísimo, está estancado en la segunda edad del pavo con todas las de la ley, aunque sea un buen estudiante universitario, alcance el éxito profesional, obtenga el reconocimiento de la sociedad, tenga valores loables, use un lenguaje exquisito, sea fiel a su novia o esposa, sea colaborador de alguna manera en una ONG y esté en la lista como donante de órganos, y mil cosas más. Se consideran justos y buenos, pero la Escritura dice de ellos: “Hay generación limpia en su propia opinión, si bien no se ha limpiado de su inmundicia” (Pr. 30:12). Siguen muertos en sus delitos y pecados y delitos (cf. Ef. 2:1). Ante Dios no son sabios, sino necios.

Conclusiones
Como vimos en los capítulos previos, las dificultades para afrontar ambos tipos de pavo son evidentes:

- Una sociedad que enseña unos valores enfermizos.
- La presión de grupo que contagia a cualquiera.
- La propia naturaleza caída. No olvidemos nunca uno de los grandes principios bíblicos y que ya hemos analizado ampliamente con anterioridad: todos los seres humanos nacemos con una naturaleza caída e inclinada al mal, y donde única y exclusivamente una genuina conversión puede remediar sus efectos y darle la vuelta a la situación.


Continuará en: ¿Qué valores están enseñando los padres cristianos a sus hijos adolescentes?


[1] Nágera, Alejandra. La edad del pavo. Temas de hoy. Pág. 46.

[2] Ibid. Pág. 48.

[3] Ibid. Pág. 30, 41, 44.

[4] Ibid. Pág. 54.

[5] Ibid. Pág. 43.

[6] Ibid. Pág. 287.

[7] Tierno, Bernabé. Adolescentes, las 100 preguntas clave. Temas de hoy. Pág. 64.

[8] Ibid. Pág. 30.

lunes, 29 de noviembre de 2021

Otra ronda (6ª parte): El alcohol vs Dios

 


Venimos de aquí: Otra ronda (5ª parte): El alcohol vs La conciencia vs El ejemplo ante los inconversos & Una familia mutilada por el alcohol (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/11/otra-ronda-5-parte-el-alcohol-vs-la.html).

Una vez puestas todas las cartas boca arriba, vayamos terminando y sacando las últimas conclusiones. Y para esto seré claro: necesitar o usar el alcohol, incluso en pequeñas dosis, para alcanzar cualquier fin de los que hemos descrito en los artículos anteriores:

- Es un menosprecio a la grandeza de Dios.
- Es tenerlo en poca estima.
- Es considerarlo “insuficiente” para las propias necesidades personales.
- Es creer que no lo necesitas para llegar a ser la clase de persona que puedes ser.
- Es decir que las palabras que Jesús le dijo a la mujer samaritana (“mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás”, Jn. 4:14)) no son ciertas.
- Es señalar que el gozo que Él produce no alcanza el nivel deseado.
- Es negar las bienaventuranzas descritas en el capítulo 5 de Mateo.
- Es proclamar a los cuatro vientos que no sirve de nada echar nuestra ansiedad sobre Él.
- Es olvidar que Jesús prometió de sí mismo, y cuyo origen era su propia Persona, que había venido para que tuviéramos vida, y en abundancia (cf. Jn. 10:10).

Algunos se escudan bajo el paraguas de que ellos “controlan”. En la película llegan a afirmar que ellos deciden cuándo beben, al contrario que el alcohólico que no puede contenerse. Esto se puede convertir en un autoengaño muy sutil, puesto que, aunque realmente haya muchas ocasiones en que hagan todo lo citado a lo largo de estos escritos sin consumir alcohol, también es cierto que en otros momentos sí lo usan. Por eso me vuelvo a repetir: la persona que bebe poco, aunque controle la cantidad que ingiere, el lugar y el momento, y su tasa de alcohol en sangre sea baja, si depende de él (“si” condicional), como de cualquier otro factor externo y en cualquiera de las facetas que hemos descrito, no controla; es más: es dependiente del mismo. Se puede ser esclavo del alcohol, incluso si se toma en pequeñas cantidades, cuando se bebe por los motivos ya mencionados. 
En mi caso, ¿por qué no bebo alcohol? Con todo lo dicho, creo que ha tenido que quedar bastante claro, pero recalcaré ciertos puntos a modo de conclusión. Eso sí, no lo hago para aparentar una supuesta superioridad moral ni nada semejante, puesto que no es esa mi intención, ni de lejos, sino para llevar a la reflexión personal del lector:

1) No lo necesito absolutamente para nada. No me hace falta la más mínima gota de alcohol para socializar, para “vencer” la timidez”, para confrontar el dolor y reducir la ansiedad, para disfrutar de la vida, para estar bien o alcanzar un supuesto potencial y, ni muchos menos, para usarlo recreativamente. Como hemos visto, las alternativas que Dios nos ofrece para lograr todo eso, convierte en completamente innecesario algo como la bebida.
Es muy llamativo que Pablo, con la infinidad de consejos que ofrece a los cristianos en sus cartas, nunca diga que beban para sentirse bien, relacionarse o “quitarse las penas”, solo a Timoteo por las razones medicinales que ya vimos.

2) Con todas las bebidas alternativas no alcohólicas que existen, no veo la necesidad de ingerir las que sí. Hasta hace un año, bebía esporádicamente refrescos; ahora, por salud, únicamente agua. Pero, el que no tenga problemas de salud, puede encontrar infinidad de bebidas no destiladas a su gusto y de buen sabor.

3) Me niego rotundamente a tomar un solo sorbo de algo que, cuando te excedes lo más mínimo, estimula el sistema nervioso de manera antinatural, disminuye el autocontrol, te idiotiza, te infantiliza, te animaliza, saca lo peor de ti, baja el umbral en el cual uno se enoja ante los demás, despierta las pasiones más bajas y acaba con las líneas morales de forma muy sencilla, convirtiéndote en una mala caricatura de ti mismo.

4) Cuando se llega al punto de estar “contento” o “pillar el punto”, la mayoría de las conversaciones se convierten en puras sandeces y banalidades, que suelen consistir en chistes subidos de tono, burlas sobre los demás, bromas de dudoso gusto a costa de otros, enseñamiento y señalización de los defectos ajenos y en revelación de secretos de terceros que fueron contados en confianza. En resumen, hablar sin pensar previamente y sin pasar las ideas mentalmente por el filtro de la Palabra de Dios. Proverbios ya nos avisa de los contrastes que suelen darse al hablar por hablar: “En las muchas palabras no falta pecado; mas el que refrena sus labios es prudente” (Pr. 10:19). De ahí este consejo práctico: “el corazón del justo piensa para responder” (Pr. 15:28).

5) Saber de todas las desgracias que ha provocado, y que provoca, tanto en el propio afectado como en su círculo, destruyendo multitud de familias y provocando la caída en incontables inmoralidades, me hace sentir nauseas a nivel moral y repulsa hacia la bebida. En un mundo tan afectado y seriamente golpeado por el alcohol, considero difícil beberlo de una forma que “glorifique a Dios”. Observar los efectos de las “botellonas” entre millones de jóvenes cada fin de semana, me produce tristeza, asombro e incomprensión, e incluso a veces me siento como Pablo en Atenas, cuyo “espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría” (Hch. 17:16). De ahí que me parezca un completo sinsentido que algunos cristianos participen de estos “eventos”.

6) Una vez que se comienza a beber en grupo, especialmente entre jóvenes, ¿quién pone el límite? Por norma general, nadie. El ambiente y el “compañerismo” suelen animar a tomar siempre más: una cervecita más, un Ron Bacardí más, un gin tonic más, un “lo que sea” más. Por eso es tan fácil pasar de la moderación al exceso. Es más, se nos avisa del peligro y las consecuencias de andar con “amigos” que convierten el consumo de alcohol en una práctica habitual de sus reuniones: “No estés con los bebedores de vino, ni con los comedores de carne; porque el bebedor y el comilón empobrecerán, y el sueño hará vestir vestidos rotos” (Pr. 23:20-21). Más sobre este tipo de “compañías”, aquí: “Si es necesario, aléjate, ya, de esas amistades” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2020/08/15-si-es-necesario-alejate-ya-de-esas.html).

7) Nunca puedes saber a ciencia cierta cómo se siente en lo profundo de su corazón una persona. Quizá, para ti, tomarte algo no suponga ningún problema, pero ¿quién te asegura que el que está sentado contigo compartiendo una bebida alcohólica no está pasando por problemas y está usándolo como escapatoria mental o anestesiante del dolor? ¿Y si se deprime con facilidad y le cuesta mantener el equilibrio emocional, agudizándolo el alcohol? ¿O cómo sabes si es una debilidad que mantiene oculta a ojos ajenos? ¿Y si fue adicto en el pasado y no lo sabes? ¿Y si, a partir de entonces, esa primera copa que le ofreces, le conduce a que consuma habitualmente?
Puede que, sin ninguna intención y sin mala intención, estés iniciándolo en algo que no sabes cómo va a evolucionar en el tiempo o, en el caso de que ya sea real y una concupiscencia para el afectado, ahondes en su dificultad. Ofrecer a un invitado una bebida alcohólica como señal de hospitalidad es un riesgo del que tienes que tomar conciencia, puesto que no tienes ningún control sobre las posibles consecuencias, pudiéndote hacer cómplice de la caída de otros.
Por eso, siguiendo la máxima del amor, el cual no busca lo suyo (1 Co. 13:5), considero muy importante ser cuidadoso y prudente de cara al prójimo inconverso y ante los hermanos en la fe: “Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni nada en que tu hermano tropiece, o se ofenda, o se debilite” (Ro 14:21).

8) De todos los argumentos que he leído de los cristianos pro, el más peligroso ha sido sin duda es el que dice que “se recomienda para los ´de amargado ánimo`”, basándose en Proverbios 31:6.
Me parece una temeridad absoluta que alguien recomiende el alcohol para las personas deprimidas partiendo de dicho proverbio, como si la Biblia no fuera un todo que avisa de sus peligros. Si ya de por sí, una persona con buen ánimo, suele pasarse en su consumo, exponer a tal riesgo a un desanimado no tiene ni pies ni cabeza. Es lanzarlo a un pozo oscuro y sin fondo. Deberíamos recordar que muchos deprimidos caen también en el alcoholismo, y viceversa. Por eso, siempre es mejor actuar como Pablo nos exhorta ante cualquier situación de desaliento: “alentaos los unos a los otros [...] animaos unos a otros y edificaos unos a otros” (1 Ts. 4:18; 5:11).

9) En el primer escrito mostré los dos tipos de estudios médicos que existen y que chocan frontalmente: por un lado, los que dicen que es bueno para la salud y, por otro, los que dicen que no es cierto[1]. Pero, incluso si fueran ciertos los supuestos beneficios del alcohol en pequeñas dosis, la realidad es que, en muchas ocasiones, son una mera excusa para justificar su consumo social; ni el propio interesado se toma en serio dicha argumentación respecto a la salud.
Una alimentación sana, el ejercicio físico y algunos productos naturales de herboristería, son más que suficientes para una buena salud. Por lo tanto, como señala el doctor Borja Bandera: el que no ha bebido nunca, no tiene realmente ninguna razón para comenzar ahora.

10) No creo que este sea un asunto para bromear o mantenerse neutral. El cristiano no está llamado a tontear con el viejo hombre. Los principios divinos son claros: apuntan una y otra vez a no alimentar la naturaleza caída. No enseñan a imitar las costumbres de este mundo. No enseñan a comportarse como el resto para quedar bien ante la sociedad. Nos llama a la madurez. Nos llama a trabajar nuestros puntos débiles. Nos llama a confrontar con el poder del Espíritu que mora en nosotros cualquier situación. Nos llama a tener comunión con Él. Nos llama a guiarnos en la vida por la enseñanza bíblica y no por las filosofías y modas imperantes. Y todo ello sin subterfugios para lograrlo.
En definitiva, nos llama a despojarnos del viejo hombre –en todas las esferas-, y a revestirnos del nuevo: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Ef. 4:22-24).

11) Debemos ser sal y luz, y creo que el consumo de alcohol no edifica ni es el mejor ejemplo de parte de un cristiano, y menos con todo lo que representa, significa, simboliza y provoca este producto endiosado, plaga mundial y causante de tanto dolor. Pienso que aquí también podríamos encajar las palabras de Pablo: “Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica” (1 Co.10:23). Como dice Gerardo de Ávila: “Todo lo que puedo hacer compatible con la fe cristiana, lo hago. Y viceversa. Y no hay luchas, ni reprender demonios, ni ayunos u oraciones. Todo lo que hagáis, hacedlo en el nombre del Señor. ¿Puedo disfrutar y participar de este placer? ¿Si o no? Hay cosas que me gustan, pero no son compatibles. Esto no significa que quiera hacerlas, sino que me gustan”.

Conclusión
Aunque eso ya queda fuera de mi ámbito y cae expresamente en manos ajenas, puede ser que, algunos –muchos o pocos-, tras el enfoque que he ofrecido, sienta que las “utilidades” sociales, físicas, emocionales y sentimentales que le han dado hasta ahora al alcohol, incluso de forma “moderada”, carecen de total sentido para un cristiano.
Si estás convencido de que, bíblicamente, el vino es una bendición de Dios, que eres libre en conciencia para beberlo y que la Escritura no lo prohíbe, y sin condenarte por mi parte sin piensas así, te animo a que reflexiones seriamente sobre todo lo que hemos visto en esta serie de seis artículos. Así podrás verlo desde una óptica mucho más amplia de la habitual, que suele limitarse al “sí” o al “no”, y decidir si tienes que reajustar ciertos aspectos de tu ser, de tu actuar y sentir. No porque lo veas como una especie de “mandamiento o imposición legalista”, sino como una elección personal y voluntaria, que puede ser la mejor para ti y los que te rodean. Ahí lo dejo.


[1] Dr. Borja Bandera. Esto es lo que ocurre en tu cuerpo cuando bebes alcohol a diario (https://www.youtube.com/watch?v=SIClDy1SlEQ).