lunes, 16 de febrero de 2026

13. Supongo que ya llevo un tiempo muriéndome. Lo raro es que me enteré la semana pasada

 


Venimos de aquí: Argumentos para querer vivir cientos de años en este mundo & Qué se esconde detrás (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2026/02/12-argumentos-para-querer-vivir-cientos.html).

Que nadie comience a celebrar mi próxima defunción tras leer el título del encabezado. No es ese el caso, al menos mientras escribo estas líneas. Así que siento la desilusión que pueda causar: habrá que dejar la fiesta, el jolgorio, las panderetas, los fuegos artificiales y demás señales de alegría para otra ocasión.

¿Pensar en la muerte? ¡No, por favor!
Dichas palabras corresponden a un personaje de cómic conocido como John Constantine. Están motivadas tras ser informado por su médico de un cáncer terminal a causa del tabaco. Tras ese momento, comienza a reflexionar sobre la muerte: «Poca gente piensa realmente en la muerte. Los paranoicos se preocupan por ella sin entenderla de verdad. Las víctimas de accidentes fatales y asesinatos no tienen tiempo de pensar. Solo piensas en ella si le dedicas tiempo. Y solo le dedicas tiempo si sabes que va a ocurrir. Entonces, la idea de la muerte te acompaña en todo momento».[1]
Sus conclusiones reflejan la realidad. Son muy pocos los que se detienen a pensar en el sentido de la vida y mucho menos en la muerte. Como dice el  psicólogo y escritor Xavier Guix: «La personas se plantean el sentido de la vida solo cuando reciben un duro golpe».[2]
Con la muerte casi nadie trata de comprenderla y de reflexionar al respecto. Y cuando fallece un familiar o un amigo cercano, eluden pensar que algún día les va a tocar a ellos. A los que están bien de salud o son jóvenes ni se les pasa por la mente. A menos que hayan tenido una experiencia donde estuvieron a punto de ver a la “Parca” y se libraron “por los pelos” (un accidente de tráfico, una enfermedad grave, un atentado terrorista, un infarto, etc.), ni se lo plantean. O lo hacen hasta que se les pasa el susto. Luego, nada. En el fondo, la mayoría teme al hecho en sí.
Luego están aquellos que piensan que si tratan la cuestión pueden convertirse en “transmisores de vibraciones negativas” o en “pájaro de mal agüero”. Así que, si surge la conversación, se cambia de tema con la mayor premura, aparte de que lo consideran incluso macabro. Creen que si se centran en la susodicha muerte, la atraerán, como si fuera un ente propio, con esa arquetípica imagen de la calavera encapuchada y con una guadaña. Por eso omiten mencionarla, pensando que así la esquivarán el mayor tiempo posible. Pura superstición. Además, como dijo el poeta griego Sófocles (496 a. C. - 406 a. C.), «nadie ama al mensajero que trae malas noticias», por lo que sacar a colación el asunto de manera seria es difícil.
Por último, sin contar a los que piensan que cuando se acaba esta vida concluye todo, están los que prefieren creer en:

  • La reencarnación, y que en los últimos años las películas hollywoodienses han vuelto a poner de moda con Orígenes (2014) y The discovery (2017).
  • Un paraíso para todo el mundo (sea uno cristiano, budista, musulmán, de cualquier religión o de ninguna), donde se reunirán con sus seres queridos, hayan vivido estos de una manera u otra, bien o mal.

Volviendo a Constantine: su partida era tan inminente que desde entonces todo comenzó a girar en torno a ese próximo acontecimiento. Ya no podía pensar en nada más. Se quedaba absorto delante de un simple café temiendo lo que le sucedería tras el “apagado”. Incluso en sus pesadillas comenzaron a aparecer sus temores en forma de fantasmas del pasado.

¿Afrontar la muerte o ignorarla?
Si en este preciso instante les llamara esa “señora” llamada “Muerte”, buena parte de la población mundial se quedaría desconcertada y no sabría qué contestar.
Ante la perspectiva de nuestra propia mortalidad, tenemos dos opciones:
  1. Vivir el día a día y seguir ignorándola hasta que sea demasiado tarde. El riesgo radica en que sobrevenga de forma abrupta y no haya tiempo material para tratar de meditar sobre ella, sea que vivamos ochenta o cientos de años como pronostican los científicos.
  2. Encararla cara a cara en el tiempo presente.
La inmensa mayoría de aquellos que conozco viven según la primera opción, a pesar de haberles insistido en más de una ocasión en la necesidad de cambiar de actitud.  La única solución que merece la pena está en afrontarla y en encontrar su verdadero sentido. Al hacerlo, la vida cobrará una nueva dimensión y se vivirá en paz, independientemente de que nuestro ciclo vital en este mundo llegue a su fin antes o después. Estoy totalmente convencido de que el primer asunto transcendental que debe tratar un ser humano cuando toma conciencia de sí mismo es la muerte.

Una cosmovisión diferente sobre la muerte
Como bien saben los que me leen con asiduidad, soy cristiano, aunque ya no estoy suscrito a ninguna confesión en particular. Los que se denominan ateos o agnósticos señalan que el concepto del infierno es el mayor invento de las religiones para controlar a sus fieles; a su vez, que la creencia de un cielo es la forma de consolarse que tienen aquellos a quienes les marcha mal en la vida y están deprimidos.
En mi caso, y como he explicado en más de una ocasión, la “religión” en sí es algo que me repatea el estómago una y otra vez, por lo que no creo en ella. Que te hagan creer que haciendo tal o cual cosa lograrás un “billete celestial” o un hueco en el paraíso, va en contra de la esencia misma del significado de la muerte en la cruz de Jesús.
Por otro lado, nadie me ha impuesto mis creencias. En mi juicio racional (o irracional, según se mire), he llegado a determinadas conclusiones, siendo la principal de ellas que lo narrado en el Nuevo Testamento es cierto. Y ahí el tema de la muerte se aborda una y otra vez, no como un final trágico, sino como una realidad que ha sido vencida.

¿La muerte del cristianismo?
Cuando le preguntaron a una de las estudiantes que apareció en el programa 2045: la muerte de la muerte[3] si sobrevivirían las religiones en el caso de que, por medio de la tecnología, se lograra la “inmortalidad”, dijo: «Las religiones desaparecerían entonces porque si es a lo único a lo que se aferra la gente para decir “voy a ser inmortal”, o “tengo otra vida más allá de la muerte”, no tiene sentido creer en algo más».
José Luis Cordeiro llega a las mismas deducciones:
 
Estos cambios tendrán grandes implicaciones en las creencias, porque la religión no tendrá ningún rol en el futuro. Las grandes religiones nacieron para explicar la muerte, las occidentales mediante la resurrección, las orientales mediante la reencarnación. [...] el envejecimiento no es algo irremediable. La muerte tampoco lo es, y eso se convertirá en el gran problema para la supervivencia de las religiones.[4]
 
Ya desmontamos la idea de la inmortalidad en la forma en que los humanistas la definen, así que decir que el Dios en el que creen millones de personas será olvidado porque ya no hará falta plantearse la vida más allá de la muerte es una falacia grosera e insultante. Todos moriremos sí o sí.
Estas personas —que se autodefinen como humanistas ateos al creer que el universo se hizo de la nada y se ordenó a sí mismo solo, donde las leyes de la naturaleza surgieron por azar— tratan, a pesar de ser seres finitos, de despojar de su trono al verdadero dueño de la creación, sentándose ellos en su lugar. Piensan que son algo parecido a “dioses” por el hecho de poder manipular el ADN (trabajando sobre lo ya existente), cuando el único que es capaz de crear ex-nihilo es Dios.
Hace un tiempo, un sobrino me dijo que es imposible que la conciencia sobreviva a la muerte. ¡Y se quedó tan pancho, como si nuestra conciencia fuera simplemente los impulsos eléctricos de nuestro cerebro, y que desaparece cuando este cesa su funcionamiento! Millones como él que llegan a hacer tales afirmaciones, desconocen lo que sentenció Jesús: “porque no hay nada imposible para Dios” (Lc. 1:37). Lo recalco: ¡nada! “Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven” (Lc. 20:38).
Si simples humanos limitados hemos sido capaces de dividir el átomo, ¿qué dificultad podrá hallar el Dios Omnipotente, que todo lo creó desde cero, para resucitar a los muertos, conservar la conciencia intacta y depositarla en un nuevo cuerpo de gloria? ¡Ninguna!: No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Jn. 5:28-29).

Continúa en Tú eliges: ¿Quieres la “inmortalidad” humana o la Inmortalidad de Dios? (el 23 de febrero)

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