lunes, 30 de marzo de 2026

Los domingos: ¿Buscando a Dios o huyendo del dolor, el vacío y la soledad?

Ainara es una adolescente de diecisiete años como otra cualquiera, al menos en apariencia: más allá de su inteligencia y educación, tiene su grupo de amigos, canta en el coro de la iglesia donde conoce a un chico que le atrae y sale de fiesta. ¿Qué la diferencia del resto? Al contrario de lo que todo el mundo espera de ella —estudiar una carrera en la Universidad—, está tratando de discernir “la voluntad de Dios”, que ella cree que es hacerse monja, y no una cualquiera, sino de clausura.
La noticia cae como una bomba en la familia, que no la comprenden, temiendo perderla para siempre, por lo que intentan convencerla de mil maneras diferentes de que desista. A la cabeza de esta “rebelión” se encuentra su tía.
Este es, groso modo, el argumento principal de la película Los domingos, ganadora de cinco Premios Goya en 2026 (Mejor Película y guion original, entre otros); inspirada —que no basada— en una historia real que llegó a conocer la directora Alauda Ruiz de Azúa y que la marcó, aún más siendo ella atea: «Me preguntaba cómo alguien tan joven de pronto siente esa vocación en un momento en el que está a punto de empezar a vivir muchas cosas y por qué decide encerrarse». Está magistralmente interpretada por la debutante Blanca Soroa, que derrocha credibilidad y atraviesa la pantalla con su mirada en cada aparición.

Situarse en medio
Cuando vemos una película de carácter religioso, como espectadores nos inclinamos en reafirmar nuestro punto de vista en función de nuestras creencias:
  • Un católico dirá: «Es conmovedora la valentía y decisión que muestra. Dios la llama y ella se entrega. ¡Ojalá hubiera más jóvenes como Ainara!».
  • Un evangélico declarará: «¿En qué se basa esa chica para decir que la vocación que Dios demanda es encerrarse entre cuatro paredes y aislarse de todos? La Biblia no enseña nada de eso».
  • Y el ateo manifestará: «¿Monja? ¿De verdad va a tirar su vida por la borda? Qué pena me da».

Este sesgo particular nos impide percibir las luces, las sombras y los puntos ciegos del relato. Debemos ir más allá. Solo así podremos empatizar realmente con el personaje y sacar conclusiones honestas.

¿Por qué, Ainara?
La película plantea una serie de cuestiones que debe contestar el espectador, puesto que muchas de ellas no las responde ni siquiera la protagonista; a veces porque no se las formulan, en otras porque guarda un ensordecedor silencio cuando se las hacen.
¿Qué es lo que vemos en la vida de esta adolescente?

  1. Ama a su familia y sabe que ellos la aman, pero no se siente unida a ellos. Se observa en cada interacción. Cuando pasa unos días en el convento con las monjas, la madre superiora le pregunta si los echa de menos, a lo que contesta que no.
  2. A pesar de tener un “pandilla”, no se siente parte de la misma. No termina de conectar con ellos, cuyos temas de conversación suelen girar en torno al sexo vulgar y a la diversión.
  3. Se ha besado en un par de ocasiones con un chico que le atrae, pero este tampoco es que sea un dechado de virtudes.
  4. Su madre murió cuando era muy joven, y esa pérdida le duele sobremanera; así se percibe cuando habla de ella casi de forma descarnada, aferrándose a una medalla con una cruz que ella le regaló.
  5. Su padre, de carácter distante y muy serio, está saliendo con una mujer a la que Ainara no puede ni ver, pues siente que ese era el espacio que era de su madre.
  6. En ningún momento observamos que tenga grandes intereses ni talentos especiales.
En definitiva, no encuentra su lugar en el mundo, se siente huérfana, sola y vacía, y afirma que en el amor a Dios encuentra la plenitud y el sentido a todo.

¿Buscando o huyendo?
Maite, su tía, es consciente de todo esto y trata de hacerla recapacitar. Siempre argumentando: al principio de forma sosegada; finalmente enojada.
Para algunos viene a representar el papel de “abogado del diablo” que quiere alejar a su sobrina de sus “locuras”. Para aumentar el énfasis en su papel teórico de “malvada”, se la caracteriza de forma muy concreta: malhumorada, amargada, infiel, atrapada en un matrimonio que desea romper y, para más inri, atea.
La realidad es que es el verdadero contrapeso a las ideas de Ainara. Es la única que mete el dedo en la llaga: según Maite, Ainara huye de su dolor, de su vacío y de su soledad. Cree que su vocación es pura imaginación: un refugio inventado en un Dios que dice amarla y en un grupo de mujeres que han renunciado a todo por Él y que afirman no necesitar nada más para ser felices.
Antes de preguntarnos ¿monja sí o monja no?, debemos detenernos en este punto clave: ¿Y si Dios se sirve de todo eso (el vacío existencial, la falta de propósito, incluso del dolor), para atraernos a Su amor? Por mi parte, eso es, con milimétrica exactitud, lo que yo experimenté en mi vida. Por eso comprendo cada latido del corazón de Ainara: circunstancias con algunos puntos en común; edades parecidas; mismos interrogantes que flotaban ante mí. 
Lo que para muchos podría verse como una huida, para nosotros fue un encuentro. No, no hubo zarza ardiente. No, no escuchamos la voz de Dios audiblemente. No, no nos sentimos especiales ni mejores que nadie. Solo fuimos conscientes de un gran agujero en nuestro interior que iba más allá de una falta de propósito. Respondía de forma plena a la pregunta: ¿Tiene sentido la mera existencia? Nada, ni amigos, ni aficiones, ni relaciones sentimentales, ni trabajo, ni dinero, ni éxitos, ni la propia ciencia, podía contestar; solo Dios como creador. De distintas maneras, dimos por hecho que Dios nos atrajo con cuerdas de amor (cf. Os. 11:4).[1]
Es ahí donde tú como espectador —en este caso, lector— debes mirarte ante el espejo y responder sinceramente: tengas una buena vida (amor, familia, amigos, necesidades materiales cubiertas) o no sea esta como te gustaría, contesta ante ti mismo:

  • ¿Siento este vacío o no?
  • En caso de que la respuesta sea afirmativa, ¿a qué se debe?
  • ¿Estoy buscando la manera de solucionarlo?
  • ¿Qué hago para sentirme pleno?
  • ¿Lo logro?
  • Si mañana perdiera todo lo que hoy me hace sentir “pleno” (familia, salud, amigos, trabajo, éxito), ¿qué quedaría de mi identidad?
  • Aunque me sienta “pleno” y “feliz” con mis circunstancias, ¿creo que mi mera existencia es una simple casualidad de la naturaleza con principio y fin? ¿O, por el contrario, que tiene un sentido eterno?

Estas preguntas no puedo responderlas por ti; tampoco un sacerdote, un pastor, un psicólogo, un ser querido o tu mejor amigo. Ainara llegó a su propio veredicto y Maite al opuesto: Dios o no dios. No hace falta que tengas las respuestas al instante. Deja que aniden en tu mente y reflexiona sobre ellas sin prisas. Luego, conviértete en un buscador de la Verdad.

¿Monja?

Quien tenga buena memoria y lleve tiempo visitando este blog, recordará un largo escrito del año 2016 titulado Quiero ser monja: ¿Podemos tener una doble cara y una doble vida? (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/05/quiero-ser-monja-podemos-tener-una.html).
En el mismo analicé un programa de televisión donde cinco chicas, con edades comprendidas entre los veinte y los veintitrés años, se estaban planteado si entrar a forma parte de la vida monacal como manera de servir a Dios. Eran alegres, con diversidad de talentos, procedentes de distintos trasfondos y con creencias espirituales variadas. Eran muy diferentes entre ellas, pero todas tenían un nexo en común: el mundo exterior no las satisfacía, a pesar de tenerlo todo. Unas y otras expresaban que Dios era el centro de sus mundos, que querían seguir a Jesucristo y que sin Él todo se derrumbaba. Me sorprendió gratamente escucharlas, ya que no es algo que se oiga muy a menudo. En ese aspecto, me quité el sombrero ante ellas, a ver que eran “buscadoras”.
Diez años después, el tiempo ha dictado su veredicto y, curiosamente, ninguna de aquellas cinco jóvenes terminó profesando como monja. Todas encontraron su camino y su servicio a Dios fuera de los muros del convento. Esto no resta valor a su búsqueda de entonces, pero sí refuerza una idea fundamental: la emoción del momento no siempre es sinónimo de vocación bíblica.
Donde difería con todas ellas —y donde difiero con Ainara— es en el concepto de «vocación». Y estas fueron, y son, mis razones actualizadas:

1. Origen histórico. El movimiento monástico surgió en el siglo IV como reacción al paganismo que se introdujo en el cristianismo cuando se convirtió en la religión oficial del Imperio tras el Edicto del emperador Constantino. Muchos creyentes decidieron alejarse del “cristianismo estatal” para vivir como ermitaños. Fue una respuesta humana a una crisis institucional, no un mandato divino original.[2]  

2. La tentación y el aislamiento. En Los domingos, una monja de clausura dice: «A veces quieres hacer las maletas e irte, pero es una prueba», a lo que otra añade: «El diablo nos tienta». Ni los apóstoles ni los los primeros cristianos se apartaron del mundo de esa manera. Cristo no nos llamó a enclaustrarnos por miedo a contaminarnos del pecado. La verdadera voluntad de Dios es que transformemos nuestros pensamientos sin adaptarnos a la moral de este   mundo (cf. Ro. 12:2), estando en él.

3. Sacrificios no demandados. Dios no pide a nadie que vivir bajo voto de silencio, sin espejos o hablando tras una reja. Él ya proclamó que quería misericordia, no sacrificios (cf. Mt. 9:13). Ninguna disciplina física pobreza, celibato o rituales— demuestra mayor entrega, pues el sacrificio de Cristo fue el definitivo (cf. Heb. 7:27).

4. Las Bienaventuranzas. Cuando Jesús expuso en el sermón del Monte cómo ser bienaventurado (cf. Mt. 5:2-12), jamás insinuó que el gozo o la paz dependieran de vivir en un convento.

5. El celibato obligatorio. El guía espiritual de Ainara sugiere que «quizá Dios la quiere solo para Él». En el contexto del largometraje, se sobreentiende que eso implica dejarlo todo, incluyendo a su familia y al chico que le gusta. Es vital recordar que no fue hasta el año 1123, en el I Concilio de Letrán, que la Iglesia católica prohibió el matrimonio, una decisión sin apoyo bíblico; más bien nos avisa de tal error (cf. 1 Tim. 4:3) que ha traído innumerables desgracias. Pedro y el resto de los apóstoles lo dejaron «todo» para seguirle (cf. Mr. 10:28), pero esto no incluía abandonar a sus esposas (cf. Mt 8:14; 1 Co. 9:5). Dios quiere nuestro corazón, ser nuestro «todo», no que permanezcamos célibes por norma. Así lo enseñó Jesús: “No todos son capaces de recibir esto, sino aquellos a quienes es dado” (Mt. 19:11).[3]

En definitiva, seguir a Dios no es una cuestión de muros físicos ni de renuncias impuestas por hombres ni por uno mismo, sino de una libertad que se ejerce en medio de nuestra realidad cotidiana. Sin embargo, tras analizar estas razones, y aun cuestionando las formas, el aislamiento y la base teológica del convento, me es imposible no volver la mirada a Ainara porque, en el fondo, nada de lo expuesto invalida la sinceridad de quien busca algo más allá de lo material.

A pesar de todo, las entiendo. Pero…
Que no comparta bíblicamente la postura de entrar en un convento de clausura ni el estilo de vidas de las monjas, no significa que no las comprenda. ¿Qué encuentran entre ellas? Compañerismo, apoyo, lealtad, un mismo sentir y una fe genuina y sin hipocresía. En nuestra sociedad, hallar algo así es, como diría un castizo, «harto difícil». Ni siquiera la iglesia  institucional  —sea católica o protestante— lo garantiza.
Además, te evitas la locura de esta sociedad: escuchar cada día de la guerra de turno, del político corrupto de la semana, de la violación diaria y del resto de sucesos terribles que son parte de este mundo caído. Visto de esta manera, dan ganas de seguir la misma senda que estas monjas. En mi caso, con mi naturaleza introspectiva, mi alergia a los encuentros sociales multitudinarios, mi amor al silencio y a la la lectura, sumado a mi condición de soltero perenne, yo mismo sería un buen candidato para monje; solo cambiaría los horarios…
Entonces, ¿cuál es el “pero” que le pongo? No es mi “pero”, sino el de Jesús: no podemos apartarnos de la sociedad; se nos exhorta a ser luz en medio de las tinieblas sin ser arrastrados por ellas: «Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt. 5:14-16).
Cuando un hombre le pide a su novia la mano en matrimonio, es un acto simbólico que no se queda en la mano; le solicita todo: su vida, su corazón, su presencia y su futuro. Pero no le está diciendo que deje a su familia a un lado, que deje de hacer aquello que le gusta, que deje de hacer deporte, que deje de comer sano. Dios, de igual manera, al pedirnos todo, no nos dice: «Enciérrate para dedicarte a la vida contemplativa, a la oración, a la lectura de la Biblia y a la liturgia». Llama a servir al prójimo —no solo al que está en tu convento—, a obrar para los perdidos, y a mil tareas que se pueden realizar: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef. 2:10).
Al final, no fuimos llamados a ser un secreto guardado entre muros, sino una luz encendida que, a pesar de sus propias sombras, se atreve a iluminar el camino de los demás. Y tú, ¿te atreves a ser luz en medio del ruido?


[1] Mi “hallazgo” personal ya lo expliqué en Buscando el sentido a la existencia (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/04/mi-historia-buscando-el-sentido-la.html).

[2] Tras el Edicto de Milán (313 d.C.) y la posterior oficialización del cristianismo con Constantino, la iglesia experimentó una secularización masiva. Muchos creyentes, conocidos como los «Padres del Desierto» (como San Antonio Abad), huyeron a Egipto y Siria buscando una espiritualidad pura que sentían que se había perdido en las iglesias de las ciudades, ahora llenas de intereses políticos.

[3] Aunque hubo intentos previos de imponer el celibato, fue en los Concilios de Letrán I (1123) y II (1139) donde se declaró oficialmente que los matrimonios de clérigos eran inválidos. La base de esta decisión fue más administrativa y económica (evitar que los bienes de la Iglesia pasaran a los hijos de los sacerdotes) que puramente teológica.  

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