Ainara es una adolescente de diecisiete
años como otra cualquiera, al menos en apariencia: más allá de su inteligencia y
educación, tiene su grupo de amigos, canta en el coro de la iglesia donde
conoce a un chico que le atrae y sale de fiesta. ¿Qué la diferencia del resto?
Al contrario de lo que todo el mundo espera de ella —estudiar una carrera en la
Universidad—, está tratando de discernir “la voluntad de Dios”, que ella cree
que es hacerse monja, y no una cualquiera, sino de clausura.
La noticia cae como una bomba en la
familia, que no la comprenden, temiendo perderla para siempre, por lo que
intentan convencerla de mil maneras diferentes de que desista. A la cabeza de
esta “rebelión” se encuentra su tía.
Este es, groso modo, el argumento principal de la película Los domingos, ganadora de cinco Premios
Goya en 2026 (Mejor Película y guion original, entre otros); inspirada —que no
basada— en una historia real que llegó a conocer la directora Alauda Ruiz de
Azúa y que la marcó, aún más siendo ella atea:
«Me preguntaba cómo alguien tan joven de pronto siente esa vocación en un
momento en el que está a punto de empezar a vivir muchas cosas y por qué decide
encerrarse». Está magistralmente interpretada por la debutante Blanca Soroa,
que derrocha credibilidad y atraviesa la pantalla con su mirada en cada
aparición.
Situarse
en medio
Cuando vemos una película de carácter
religioso, como espectadores nos inclinamos en reafirmar nuestro punto de vista
en función de nuestras creencias:
- Un
católico dirá: «Es conmovedora la valentía y decisión que muestra. Dios la
llama y ella se entrega. ¡Ojalá hubiera más jóvenes como Ainara!».
- Un
evangélico declarará: «¿En qué se basa esa chica para decir que la vocación que
Dios demanda es encerrarse entre cuatro paredes y aislarse de todos? La Biblia
no enseña nada de eso».
- Y el
ateo manifestará: «¿Monja? ¿De verdad va a tirar su vida por la borda? Qué pena
me da».
Este sesgo particular nos impide percibir
las luces, las sombras y los puntos ciegos del relato. Debemos ir más allá.
Solo así podremos empatizar realmente con el personaje y sacar conclusiones
honestas.
¿Por
qué, Ainara?
La película plantea una serie de
cuestiones que debe contestar el espectador, puesto que muchas de ellas no las
responde ni siquiera la protagonista; a veces porque no se las formulan, en
otras porque guarda un ensordecedor silencio cuando se las hacen.
¿Qué es lo que
vemos en la vida de esta adolescente?
- Ama a
su familia y sabe que ellos la aman, pero no se siente unida a ellos. Se
observa en cada interacción. Cuando pasa unos días en el convento con las
monjas, la madre superiora le pregunta si los echa de menos, a lo que contesta
que no.
- A
pesar de tener un “pandilla”, no se siente parte de la misma. No termina de
conectar con ellos, cuyos temas de conversación suelen girar en torno al sexo
vulgar y a la diversión.
- Se ha
besado en un par de ocasiones con un chico que le atrae, pero este tampoco es
que sea un dechado de virtudes.
- Su
madre murió cuando era muy joven, y esa pérdida le duele sobremanera; así se
percibe cuando habla de ella casi de forma descarnada, aferrándose a una
medalla con una cruz que ella le regaló.
- Su
padre, de carácter distante y muy serio, está saliendo con una mujer a la que
Ainara no puede ni ver, pues siente que ese era el espacio que era de su madre.
- En
ningún momento observamos que tenga grandes intereses ni talentos especiales.
En definitiva, no encuentra su lugar en el
mundo, se siente huérfana, sola y vacía, y afirma que en el amor a Dios
encuentra la plenitud y el sentido a todo.
¿Buscando
o huyendo?
Maite, su tía, es consciente de todo esto
y trata de hacerla recapacitar. Siempre argumentando: al principio de forma
sosegada; finalmente enojada.
Para algunos viene a representar el papel
de “abogado del diablo” que quiere alejar a su sobrina de sus “locuras”. Para
aumentar el énfasis en su papel teórico de “malvada”, se la caracteriza de
forma muy concreta: malhumorada, amargada, infiel, atrapada en un matrimonio
que desea romper y, para más inri, atea.
La realidad es que es el verdadero
contrapeso a las ideas de Ainara. Es la única que mete el dedo en la llaga:
según Maite, Ainara huye de su dolor, de su vacío y de su soledad. Cree que su
vocación es pura imaginación: un refugio inventado en un Dios que dice amarla y
en un grupo de mujeres que han renunciado a todo por Él y que afirman no
necesitar nada más para ser felices.
Antes de preguntarnos ¿monja sí o monja no?, debemos detenernos en este punto clave: ¿Y
si Dios se sirve de todo eso (el vacío existencial, la falta de propósito,
incluso del dolor), para atraernos a Su amor? Por mi parte, eso es, con
milimétrica exactitud, lo que yo experimenté en mi vida. Por eso comprendo cada
latido del corazón de Ainara: circunstancias con algunos puntos en común;
edades parecidas; mismos interrogantes que flotaban ante mí.
Lo que para muchos podría verse como una huida, para nosotros fue un encuentro. No, no hubo zarza ardiente.
No, no escuchamos la voz de Dios audiblemente. No, no nos sentimos especiales
ni mejores que nadie. Solo fuimos conscientes de un gran agujero en nuestro
interior que iba más allá de una falta de propósito. Respondía de forma plena a
la pregunta: ¿Tiene sentido la mera existencia? Nada, ni amigos, ni aficiones,
ni relaciones sentimentales, ni trabajo, ni dinero, ni éxitos, ni la propia
ciencia, podía contestar; solo Dios como creador. De distintas maneras, dimos
por hecho que Dios nos atrajo con cuerdas de amor (cf. Os. 11:4).[1] Es ahí donde tú como espectador —en este
caso, lector— debes mirarte ante el espejo y responder sinceramente: tengas una
buena vida (amor, familia, amigos, necesidades materiales cubiertas) o no sea
esta como te gustaría, contesta ante ti mismo:
- ¿Siento
este vacío o no?
- En
caso de que la respuesta sea afirmativa, ¿a qué se debe?
- ¿Estoy
buscando la manera de solucionarlo?
- ¿Qué
hago para sentirme pleno?
- ¿Lo
logro?
- Si
mañana perdiera todo lo que hoy me hace sentir “pleno” (familia, salud, amigos,
trabajo, éxito), ¿qué quedaría de mi identidad?
- Aunque
me sienta “pleno” y “feliz” con mis circunstancias, ¿creo que mi mera
existencia es una simple casualidad de la naturaleza con principio y fin? ¿O,
por el contrario, que tiene un sentido eterno?
Estas preguntas no puedo responderlas por
ti; tampoco un sacerdote, un pastor, un psicólogo, un ser querido o tu mejor
amigo. Ainara llegó a su propio veredicto y Maite al opuesto: Dios o no dios.
No hace falta que tengas las respuestas al instante. Deja que aniden en tu
mente y reflexiona sobre ellas sin prisas. Luego, conviértete en un buscador de
la Verdad.
¿Monja?
En el mismo analicé un programa de televisión donde
cinco chicas, con edades comprendidas entre los veinte y los veintitrés años,
se estaban planteado si entrar a forma parte de la vida monacal como manera de
servir a Dios. Eran alegres, con diversidad de talentos, procedentes de
distintos trasfondos y con creencias espirituales variadas. Eran muy diferentes
entre ellas, pero todas tenían un nexo en común: el mundo exterior no las
satisfacía, a pesar de tenerlo todo. Unas y otras expresaban que Dios era el
centro de sus mundos, que querían seguir a Jesucristo y que sin Él todo se
derrumbaba. Me sorprendió gratamente escucharlas, ya que no es algo que se oiga
muy a menudo. En ese aspecto, me quité el sombrero ante ellas, a ver que eran
“buscadoras”.
Diez años después, el tiempo ha dictado su veredicto
y, curiosamente, ninguna de aquellas cinco jóvenes terminó profesando como
monja. Todas encontraron su camino y su servicio a Dios fuera de los muros del
convento. Esto no resta valor a su búsqueda de entonces, pero sí refuerza una
idea fundamental: la emoción del momento no siempre es sinónimo de vocación
bíblica.
Donde difería con todas ellas —y
donde difiero con Ainara— es en el concepto de «vocación». Y estas fueron, y
son, mis razones actualizadas:
1. Origen
histórico. El movimiento monástico
surgió en el siglo IV como reacción al paganismo que se introdujo en el
cristianismo cuando se convirtió en la religión oficial del Imperio tras el
Edicto del emperador Constantino. Muchos creyentes decidieron alejarse del
“cristianismo estatal” para vivir como ermitaños. Fue una respuesta humana a
una crisis institucional, no un mandato divino original.[2]
2.
La tentación y el aislamiento. En Los domingos, una
monja de clausura dice: «A veces quieres hacer las maletas e irte, pero es una
prueba», a lo que otra añade: «El diablo nos tienta». Ni los apóstoles ni los
los primeros cristianos se apartaron del mundo de esa manera. Cristo no nos llamó a enclaustrarnos por miedo a contaminarnos del
pecado. La verdadera voluntad de Dios es que transformemos nuestros
pensamientos sin adaptarnos a la moral de este
mundo (cf. Ro. 12:2), estando
en él.
3.
Sacrificios no demandados. Dios
no pide a nadie que vivir bajo voto de
silencio, sin espejos o hablando tras una reja. Él ya proclamó que quería
misericordia, no sacrificios (cf. Mt.
9:13). Ninguna disciplina física —pobreza, celibato o rituales— demuestra mayor entrega, pues el sacrificio de Cristo fue el definitivo (cf. Heb. 7:27).
4.
Las Bienaventuranzas.
Cuando Jesús expuso en el sermón del Monte cómo ser bienaventurado (cf. Mt. 5:2-12), jamás insinuó que el
gozo o la paz dependieran de vivir en un convento.
5.
El celibato obligatorio.
El guía espiritual de Ainara sugiere que «quizá Dios la quiere solo para Él».
En el contexto del largometraje, se sobreentiende que eso implica dejarlo todo,
incluyendo a su familia y al chico que le gusta. Es vital recordar que no fue hasta el año 1123, en el I Concilio de Letrán, que la Iglesia
católica prohibió el matrimonio, una decisión sin apoyo bíblico; más bien nos
avisa de tal error (cf. 1 Tim. 4:3) que ha traído innumerables desgracias. Pedro y el resto de los apóstoles lo
dejaron «todo» para seguirle (cf. Mr. 10:28), pero esto no incluía abandonar a sus esposas (cf. Mt 8:14; 1 Co. 9:5). Dios quiere
nuestro corazón, ser nuestro «todo», no que permanezcamos célibes por norma.
Así lo enseñó Jesús: “No todos son
capaces de recibir esto, sino aquellos a quienes es dado” (Mt. 19:11).[3]
En definitiva, seguir a Dios no es
una cuestión de muros físicos ni de renuncias impuestas por hombres ni por uno
mismo, sino de una libertad que se ejerce en medio de nuestra realidad
cotidiana. Sin embargo, tras analizar estas razones, y aun cuestionando las
formas, el aislamiento y la base teológica del convento, me es imposible no
volver la mirada a Ainara porque, en el fondo, nada de lo expuesto invalida la
sinceridad de quien busca algo más allá de lo material.
A pesar de todo, las entiendo.
Pero…
Que no comparta bíblicamente la postura
de entrar en un convento de clausura ni el estilo de vidas de las monjas, no
significa que no las comprenda. ¿Qué encuentran entre ellas? Compañerismo,
apoyo, lealtad, un mismo sentir y una fe genuina y sin hipocresía. En nuestra
sociedad, hallar algo así es, como diría un castizo, «harto difícil». Ni
siquiera la iglesia institucional —sea católica o protestante— lo garantiza.
Además, te evitas la locura de esta
sociedad: escuchar cada día de la guerra de turno, del político corrupto de la
semana, de la violación diaria y del resto de sucesos terribles que son parte
de este mundo caído. Visto de esta manera, dan ganas de seguir la misma senda
que estas monjas. En mi caso, con mi naturaleza introspectiva, mi alergia a los
encuentros sociales multitudinarios, mi amor al silencio y a la la lectura,
sumado a mi condición de soltero perenne, yo mismo sería un buen candidato para
monje; solo cambiaría los horarios…
Entonces, ¿cuál es el “pero” que le pongo?
No es mi “pero”, sino el de Jesús: no podemos apartarnos de la sociedad; se nos
exhorta a ser luz en medio de las tinieblas
sin ser arrastrados por ellas: «Vosotros
sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder.
Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y
alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los
hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que
está en los cielos» (Mt. 5:14-16).
Cuando un hombre le pide a su novia la mano en matrimonio, es un acto
simbólico que no se queda en la mano; le solicita todo: su vida, su corazón, su
presencia y su futuro. Pero no le está diciendo que deje a su familia a un
lado, que deje de hacer aquello que le gusta, que deje de hacer deporte, que
deje de comer sano. Dios, de igual manera, al pedirnos todo, no nos dice: «Enciérrate para dedicarte a la vida
contemplativa, a la oración, a la lectura de la Biblia y a la liturgia». Llama
a servir al prójimo —no solo
al que está en tu convento—, a obrar para los perdidos, y a
mil tareas que se pueden realizar: «Porque
somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios
preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef. 2:10).
Al final, no fuimos llamados a ser un secreto guardado entre
muros, sino una luz encendida que, a pesar de sus propias sombras, se atreve a
iluminar el camino de los demás. Y tú, ¿te atreves a ser luz en medio del
ruido?
Tras
el Edicto de Milán (313 d.C.) y la posterior oficialización del cristianismo
con Constantino, la iglesia experimentó una secularización masiva. Muchos
creyentes, conocidos como los «Padres
del Desierto» (como San Antonio Abad), huyeron a Egipto y Siria buscando
una espiritualidad pura que sentían que se había perdido en las iglesias de las
ciudades, ahora llenas de intereses políticos.
Aunque hubo intentos previos de imponer el celibato, fue en los Concilios de Letrán I (1123) y II (1139)
donde se declaró oficialmente que los matrimonios de clérigos eran inválidos.
La base de esta decisión fue más administrativa y económica (evitar que los
bienes de la Iglesia pasaran a los hijos de los sacerdotes) que puramente
teológica.
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