De izquierda a derecha:
- Inés del Río: 19 asesinatos, cinco
atentados con muerte y 107 asesinatos frustrados, entre otros delitos. En la imagen, los cuerpos del comandante
Ricardo Sáenz de Ynestrillas y del soldado conductor Francisco Casillas.
- Henri Parot, condenado a 1.118 años.
En la imagen, bomberos observan
los restos de la casa cuartel de la Guardia Civil del barrio de La Jota,
destruida en el atentado de ETA en Zaragoza del 11 de diciembre de 1987, en el
que murieron 11 personas.
- Domingo Troitiño, activista del
comando Barcelona de ETA, condenado a 1.118 años. En la fotografía, miembros de los servicios de emergencias preparan
bombonas de oxígeno para entrar en los grandes almacenes de Hipercor de
Barcelona, tras el atentado de ETA, el 19 de junio de 1987.
- Antonio Troitiño, condenado a 2.200
años. En la fotografía, el
atentado de ETA del 14 de julio de 1986, contra un autobús con alumnos de la
Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil en la plaza de la República
Dominicana de Madrid. Nueve guardias civiles murieron y otras 56 personas
resultaron heridas.
- Juan José Legorburu, condenado a 746
años. En la fotografía, estado
en que quedó el coche de la Policía Nacional tras la explosión de una trampa
bomba que causó la muerte del policía Francisco Miguel Sánchez y de un niño de
14 años, Alfredo Aguirre, que circulaba con su bicicleta. El atentado se
produjo en Pamplona, el 30 de mayo de 1985.
- Juan Carlos Arruti, condenado a 1.285
años. En la imagen, atentado
contra la casa cuartel de la Guardia Civil en la localidad de Llodio (Álava),
que destruyó parcialmente la instalación, pero no produjo víctimas mortales.
Este atentado coincidía con el primer día de la Cumbre de la Comunidad Europea
que se celebraba en Madrid, 26 de junio de 1983.
- Santiago Arrospide Sarasola, condenado
a más de 3000 años. En la imagen,
dos guardias civiles murieron por la explosión de una bomba adosada al vehículo
Nissan Patrol con el que habitualmente hacían sus rondas de vigilancia en
Sallent de Gállego (Huesca). El atentado perpetrado por ETA, el 20 de agosto de
2000, con una "bomba lapa" ocasionó la muerte instantánea de Irene
Fernández Pereda y produjo heridas de carácter muy grave a José Ángel de Jesús
Encinas, quien murió durante su traslado al Hospital de San Jorge de la capital
oscense.
- Inmaculada Noble, condenada a 397
años. En la imagen, el cuerpo de
un guardia civil yace bajo una manta y su tricornio tras el atentado contra un
Land Rover en la esquina de las calles de Juan Bravo y Príncipe de Vergara de
Madrid, el 25 de abril de 1986, tras el atentado de ETA que costó la vida a
cinco personas.
- Afganos defensores de Bin Laden y un
miembro neonazi del Ku Klux Klan.
¿Qué es lo que sientes cuando ves estos
rostros y las consecuencias de sus actos bárbaros? ¿Indignación? ¿Desprecio?
¿Odio? ¿Rabia? ¿Amargura? ¿Dolor? ¿Impotencia? ¿Una mezcla de todo?
Hace unos días, el Tribunal de
Estrasburgo mandó a la Justicia Española excarcelar a Inés del Río, miembro de
la banda terrorista ETA, que fue condenada a casi cuatro mil años de cárcel por
veinticuatro asesinatos. Pienso que ante tales delitos, la pena debería ser la
Cadena Perpetua. A diferencia de Juan Calparsoro, Fiscal Superior del País
Vasco, no creo que una persona que asesinó a 24 personas haya pagado con la
sociedad tras 26 años de prisión (ni siquiera con los 30 que iba a cumplir como
máximo), y más cuando ni siquiera hay arrepentimiento. Pero lo dicho, es mi
opinión personal, que podrá ser o no compartida.
Desde la excarcelación, la indignación
se ha extendido por las familias de las víctimas y por buena parte del pueblo
español. En algunos casos, las reacciones han sido viscerales, fruto de la propia
humanidad que exige que la justicia rectifique.
Tenemos que decir algo que todos
sabemos: los etarras no son los únicos que predican el mal en su pura esencia.
Hay miles y miles de otras organizaciones que promulgan ideas iguales o peores:
grupos fascistas y neonazi, terroristas integristas que procuran la muerte de
los infieles (Hamas, Hezbolá, Al Qaeda, etc.), miembros del Ku Klux Klan,
líderes sectarios que engañan a miles de personas con falsas promesas, entre
otros muchos. El primer sentimiento que nos embarga en muchas ocasiones es el
de odio hacia las personas que forman parte de estos grupos, hasta el punto de
que podemos llegar a desearles lo peor: la muerte.
Saulo,
el terrorista
Es aquí donde los cristianos debemos
refrescar la memoria con el caso de un “cabecilla” terrorista del primer siglo,
para que volvamos a recuperar la lucidez y tener la perspectiva correcta. Su
nombre es Saulo de Tarso, más conocido como el apóstol Pablo, al que la inmensa
mayoría de nosotros admiramos y tenemos de ejemplo. ¿Saulo un líder terrorista?
Dice la Biblia: “Y Saulo asolaba la
iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los
entregaba en la cárcel” (Hch. 8:3). Es el mismo Saulo que consentía en la
muerte de Esteban cuando lo estaban apedreando (cf. Hch. 8:1). Es el mismo
Saulo que fue al sumo sacerdote pidiéndole autorización para apresar a los
cristianos que pudiera encontrar en Damasco (cf. Hch. 9:2). Su mismo ser
“respiraba” amenazas y muerte contra los discípulos (cf. Hch. 9:1). Él les daba
caza. Visto así, es la descripción misma del líder de una organización
terrorista. Estaba completamente convencido de que estaba haciendo lo correcto.
Una especie de Inés del Río y todos los que piensan como ella a lo largo y
ancho del planeta Tierra. ¿Qué le ocurrió?: “Habiendo
yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a
misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad. Pero la gracia de
nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús.
Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo
para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1 Ti.
1:13-15). Una de las personas que escribió buena parte del Nuevo Testamento se
reconoció como el primero de los pecadores. ¡Pero cómo lo usó Dios después de
arrepentirse!
El
deseo de Dios
Expuesto este caso, es aquí el lugar
donde debemos trazar la línea: odiamos a nuestros enemigos que nos odian y nos
desean lo peor, o los amamos tal y como nos enseñó Jesús. Y vuelvo a insistir:
no reclamo libertad para ellos ni de lejos. Líneas atrás ya dije lo que pienso
de la cadena perpetua. Es más, si estos terroristas, sean quienes sean, no se
arrepienten estando en vida, irán al infierno de cabeza, lugar donde será el
llanto y el crujir de dientes por la eternidad (cf. Lc. 13:28). Pero lo uno no
quita lo otro. ¿Cuál es el deseo en el corazón de Dios?: “No quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su
camino, y que viva” (Ez. 33:11). En palabras más coloquiales sería: “Pero yo, el Señor, juro por mi vida que no
quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva” (versión
“Dios habla hoy”). ¿Es ese nuestro deseo?
Es muy fácil hacer el bien al que te
hace igualmente bien. La vida te sonríe y tú le devuelves la sonrisa. Pero, ¿y
cuándo caen rayos sobre nosotros o vemos el sufrimiento que los malos causan a
otros?
Cuento de mi propia experiencia y del
trato con personas muy complicadas: durante los meses de verano, trabajo como
Coordinador en el puerto de mi ciudad (Algeciras) en la llamada “Operación Paso
del Estrecho”. Hay días de auténtica locura, y más si coincide con el Ramadán:
más de 1000 coches procedentes de diversos lugares de Europa entrando a la hora
no es poca cosa. Hay momentos en que el Puerto no da más de sí y las autovías
de acceso se colapsan. En mi caso, tengo que organizar una y otra vez a un
grupo de trabajo de 16 personas en función del trabajo del momento. Recibo de
50 a 80 llamadas al móvil de las compañías navieras y de la Policía Portuaria
en las ocho horas de mi turno, más todas aquellas que yo tengo que realizar. Y
hay semanas que no tengo ni cinco minutos para sentarme y comerme un bocadillo.
Basta un descuido de pocos segundos para que el caos se apodere de la situación.
A todo esto súmale una temperatura infernal. ¿Cómo te sentirías si, a todas
estas condiciones, le añades unos viajeros de mayoría musulmana que vienen
extremadamente cansados del viaje, de mal humor, que desean entrar los primeros
en los barcos aunque hayan llegado los últimos, que si no complaces sus antojos
te insultan y desprecian a las mujeres y a tu patria? Te puedo asegurar que la
tensión se palpa en el ambiente. En casos extremos, y después de muchos años,
he visto a compañeros perder el conocimiento de una insolación, vomitar del
cansancio acumulado, a otros ser agredidos, manifestaciones espontáneas
agresivas de decenas de personas porque sus barcos se retrasaban y que han
provocado la intervención de los antidisturbios de la Guardia Civil, etc. He
visto de todo y yo mismo me he tenido que encarar verbalmente con alguno en más
de una ocasión cuando no obedecen o le faltan el respeto a algún compañero bajo
mi cargo, algo que no consiento. Pero allí, en medio de todo ese “fuego”, tengo
que actuar por principios y no por lo que puedo sentir en momentos concretos,
porque a veces uno se siente como Juan y Santiago (“los hijos del Trueno”),
quienes le preguntaron a Jesús si podían pedir fuego del cielo para que
consumiera a los samaritanos. Pero, ¿qué les contestó Jesús, reprendiéndoles?: “Vosotros no sabéis de qué espíritu sois;
porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los
hombres, sino para salvarlas” (Lc. 9:54-56).
¿Odiar
o amar?
Dice en Proverbios que “el corazón del justo piensa para responder”
(Pr. 15:28). Siendo consciente de las veces en que he cometido una “metedura de
pata” (y de lo mal que me siento por ello), cada día que voy al trabajo
“pienso” con antelación cómo debo comportarme para no dejarme arrastrar por las
circunstancias que se puedan dar: mostrar empatía, ser asertivo pero educado y
ayudar en la medida de mis posibilidades a todo el que me lo demande. Me siento
satisfecho cuando me dicen que extienda felicitaciones a todo el grupo por el
buen trabajo realizado, pero mi mayor satisfacción es, aun con mis errores,
saber que en términos generales he tenido la oportunidad de “amar al enemigo”,
aun cuando se ha mostrado hostil hacia mí.
¿Odiar a Inés del Río? ¿Odiar a los
asesinos? ¿Odiar a los terroristas? ¿Odiar a los pro-abortistas? ¿Odiar a los
integristas que me matarían si pudieran? ¿Odiar a los que yerran en sus
doctrinas? ¿Odiar al que nos critica sin saber que lo estamos oyendo? ¿Odiar al
conductor que nos adelanta como un loco? ¡No, no, no, no y no! ¿Nos dejaremos
llevar por sentimientos que claman por venganza? Jesús dijo: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo,
y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid
a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os
ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los
cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre
justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?”
(Mt. 6:43-46).
¿Quiénes somos nosotros para desear el
mal a alguien? La venganza es de Dios (Ro. 12:19). Podemos exigir justicia, y
así lo hacemos (la misma que sigo demandando contra Bashar al-Asad y otros como
él), pero no tenemos ningún derecho a condenar a la perdición eterna a alguien
a quien Dios quisiera que se arrepintiera.
Tenemos que tomar consciencia una vez
más de las palabras de Esteban mientras caían las piedras que terminaron por
causarle la muerte: “Y puesto de
rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hch.
7:60). ¿Qué dijo Jesús en la cruz?: “Padre,
perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23:34).
Y nosotros, ¿qué haremos
ahora? ¿Qué actitud tomaremos desde este instante? ¿Desearemos que Dios les
muestre el camino como hizo con Pablo de Tarso? ¿Pediremos por su salvación?
¿Actuaremos ante ellos de la mejor manera posible? ¿Rogaremos al cielo para que
podamos verlos a través del amor de Dios?
Muy bueno!!!es muy fácil decir somos cristianos,y cuando se nos presenta asuntos así parecer todo lo contrario.Hay que poner la osa palabra en práctica aunque cueste.Un saludo
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