Menuda sorpresa
inesperada. Solo así puedo describir la sensación que me he llevado al ver la
serie surcoreana “Estamos muertos”. Cualquiera que esté mínimamente versado en
la buena literatura y el cine de ciencia ficción y terror, sabrá que suele ser
una excusa para tratar temas mucho más profundos, siendo la acción o el
misterio únicamente lo exterior. Es así como
la usaba el difunto director George Romero para hablar sobre la naturaleza
humana, siendo los muertos vivientes una metáfora de cómo las personas suelen
moverse por instintos y no por el raciocinio y la lógica, siendo manejados
mayoritamente por los estímulos externos y las emociones.
En este caso, como degustador de ambas categorías, y
conociendo los tristes derroteros en los que ha caído en los últimos años este
género, no me esperaba absolutamente nada, más allá de zombies por doquier, mucho gore, adolescentes sin neuronas y un survival en toda regla; incluso creía
que mi visionado no pasaría del primer capítulo. Algunos de esos aspectos
–sangre, supervivencia extrema y muertos que caminan hambrientos- los ofrece
como parte del envoltorio; es en el tercero donde reside lo singular: aborda
temas sociales de mucho calado entre los jóvenes, como el acoso escolar, las
dificultades para sentirse parte de un grupo de amigos o los embarazos en
adolescentes, junto a otros positivos como el compañerismo, el sacrificio por
el prójimo y la fuerza de voluntad de resistir a pesar de las adversas
circunstancias.
Como ya dije cuando analicé la estupenda “Misa de
medianoche: Entre la fe y el fanatismo religioso” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2021/10/misa-de-medianoche-entre-la-fe-y-el.html), no
recomiendo que la vea nadie al que no le guste esta categoría y le desagrade la
casquearía. Además, no es necesario
que lo hagas para entender el desarrollo de este escrito, aunque me centraré en
el primero de ellos para no hacerlo infinito.
La destrucción de un joven
La primera escena es de por sí impactante: un chico
siendo acosado, insultado y golpeado sin piedad por dos compañeros del
instituto, mientras otros dos –un chico y una chica- se regodean en lo que ven.
Saber que existe el bullying en los institutos es una cosa y verlo de forma tan
directa es otra muy diferente. Te crea impotencia y desasosiego. ¿Y a cuento de
qué se nos muestra algo así? Todo tiene su explicación: este joven llevaba
mucho tiempo sufriendo a estos abusadores. Sus padres lo habían denunciado ante
la Junta Escolar y la Policía. De nada sirvió. Ante la falta de pruebas
absolutas, y en una reunión que hubo entre todos, sintiéndose intimidado
nuevamente, el chico señaló que la versión del acosador era cierta: eran solo
bromas. Esto no era así, por lo que los abusos prosiguieron. Tras esto, el
padre le dijo que fuera fuerte, que se enfrentara a ellos. Pero el chico no
podía, se sentía impotente y quería morirse. Trató de suicidarse, pero falló.
Fue ahí cuando su padre decidió pasar a la acción: como científico, había
observado que los ratones, cuando son atacados por los gatos, entran en pánico
y prácticamente se dejaban asesinar sin luchar. Pero, en algunas excepciones,
otros ratones se rebelaban, produciendo tal cantidad de adrenalina que se
enfrentaban al gato, haciéndoles huir. Queriendo que su hijo tuviera la misma
capacidad de defensa, ataque y fuerza, le inyecta dicha sustancia. El problema
es que lo convierte en una bestia sin alma y sin control, deseosa de matar a
todo lo que se encuentra en su camino. Y ese es el origen de toda la trama y
del porqué de la pandemia zombie, que
primero se produce en el Instituto y luego se expande por toda la ciudad.
El bullying en la sociedad presente
Este no es un tema menor. Ya en 2016, un informe de
Save the Children sobre bullying en España, señalaba que el 30% de los alumnos
entre 12 y 16 años habían sido golpeados físicamente, llegando los afectados a
la terrible cifra de 193.000[1].
En 2021, según
datos de la Asociación NACE (Asociación No al Acoso Escolar), uno de cada cinco
niños escolarizados lo sufrió en España y solo el 15% de las víctimas se
atrevieron a contarlo a familiares o profesores[2]. Los
datos en el presente siguen en aumento y afecta a la inmensa mayoría de los
países del mundo, siendo México el que encabeza la lista con más del 50% de
afectados entre sus 40 millones de alumnos. Es tan dramática la panorámica que,
en dicho país, el 15% de los suicidios están ligados al bullying, donde, según
cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) se registran
52 suicidios infantiles cada mes; de 2008 a 2018 alrededor de 7 mil
menores de edad se han quitado la vida a causa del acoso[3].
Resulta dantesco. Esta misma semana hemos conocido el terrible caso de Drayke
Hardman, un niño de 12 años de Utah (Estados Unidos) que ha acabado con su vida
por la misma razón, y cuyas imágenes publicadas por sus padres para denunciar
el caso estremecen a cualquiera, por lo prefiero omitirlas[4].
En el mundo real, se producen todo tipo de bullying en
las escuelas, que muchas veces son como una jungla: en el extremo, como las
vistas en la serie, donde hay agresiones físicas y verbales de mayor o menor
calado. Podemos ver que había más jóvenes que estaban sufriendo acoso: una
chica a la que la obligan a desnudarse y un chico a grabarla con el móvil, al
que chantajean exigiéndole dinero para que no subieran a Internet dicho vídeo.
Luego están las más sutiles, pero igualmente enfermizas y que afectan
sobremanera a los afectados: apodos despectivos, injurias, extorsión, bulos
malintencionados, burlas sobre el físico o el estatus social, risas a su costa
o desprecios a su personalidad, todo ello en persona y/o a través de las redes
sociales.
Aunque lo recuerdo perfectamente, no diré el nombre
porque no sé nada de él en el presente, ni es mi intención señalar a alguien
por algo que hizo hace treinta años, aparte que espero que aquella época de
“matón” la dejara atrás. Había un adolescente en mi clase, de unos 14 o 15
años, el cual medía unos veinte centímetros más que el resto y pesaba también
la misma cantidad en kilos que los demás. Era el arquetipo de persona
intimidante, y no solo por su tamaño, sino por su carácter desagradable, donde
no perdía la oportunidad de reírse y burlarse de los que él consideraba más
débiles. Sabía perfectamente con quién podía hacerlo: personas calladas,
sencillas, humildes y físicamente más débiles que él. Puedo dar las gracias de
que yo no era uno de los afectados por semejante individuo, pero cuando algún
otro pasaba por su lado y él les daba un empujón o chocaba su hombro aposta y
con mala intención, nadie se atrevía a decirle nada. Y lo disimulaba muy bien
ante los profesores. Era un mal estudiante y no encajaba con nadie, solo con
una o dos personas que parecían sus acólitos sumisos. Ver su actitud me hacía
hervir la sangre una y otra vez, pero tampoco me atrevía a hacer nada. No logro
traer a mi mente el comienzo de la escena, pero un día, en medio del pasillo,
estaba de nuevo haciendo de las suyas con otros compañeros. Ahí perdí el
control, algo extrañísimo en mí. Y no, que nadie me imaginé noqueándolo tras
convertirme en Bruce Lee y siendo a posteriori vitoreado por las masas. Nada
de eso sucedió y nunca me había enfrentado a algo así cara a cara. Le grité con
toda mi alma: “¡Ya basta! ¡Déjalo!”. Y le empujé para que se separara de la
persona a la que estaba acosando. No se movió ni un centímetro. Me dijo:
“Jesús, que esto no va contigo, que no te quiero hacer daño”, palabras que
repetía sin cesar. Temblando y sintiendo a la vez ira, volví a hacer lo mismo.
Como él no paraba, lo agarré del jersey a la altura del pecho. No faltó nada
para que me tirara al suelo con él encima. Semejante volumen hacía
completamente imposible escabullirse. Traté de girarme sobre él recordando una llave que conocía de cuando practicaba
Judo. No sirvió de nada, aparte de enojarlo más. Con sus enormes manos, comenzó
a agarrarme el cuello como si yo fuera un pollo al que estrangular. Me decía
una y otra vez que lo dejara pasar, pero yo me resistía, y a más que lo hacía
más me apretaba el cuello. Llegó el punto que ya no podía respirar, por lo que
cejé en mi empeño de voltear la situación. Cuando observó que me rendía, me
soltó y se levantó como si nada. Aquella situación no se volvió a repetir. Las
razones de que fuera así darían para mucho –siendo un tema muy interesante y,
quizá, a tratar en otra ocasión-, pero no es aquí donde voy a hablar de los
acosadores, sino de las víctimas, ya que es a ellos a quiénes me dirijo.
Lamentablemente, en todo instituto público o colegio
privado –incluso en algunas iglesias-, suele haber este tipo de personas. Se
vuelven todavía más peligrosos cuando hacen pandilla con otros del mismo
estilo. Muchos jóvenes no se atreven a denunciarlo ni a contarlo. Viven
estresados y angustiados, terminan por no querer ir a clase, se muestran
asustadizos, sintiéndose miserables, débiles y sin valor. Sienten tanta ira
que, al no poder expresarla ante sus acosadores, terminan pagándola con los más
cercanos, como si tuvieran un muelle que les hace saltar a la mínima. La
tristeza termina por inundarles hasta sobrepasarles y caen en depresión. En
conclusión: muertos en vida, como zombies.
Y más a esas edades, que nadie está mental ni emocionalmente preparado para
afrontarlo. ¡NADIE debería pasar por eso! Por eso no hay que quitarle
importancia jamás.
¿Qué hacer
anto una situación de bullying?
Si lo piensas un segundo, tomarás conciencia de que
todos los creyentes de todas las épocas han sufrido bullying, aunque esa
palabra no se suela emplear para referirse a nosotros cuando nos acosan,
hostigan, menosprecian y amenazan. También los relatos bíblicos abundan en
ellos, siendo Hebreos 11 una pequeña lista. Como deseo ayudar tanto a creyentes
como los que no lo son, aparte de ejemplos de la Escritura, incluiré los
consejos de psicólogos y expertos en la materia:
1) En la primera ocasión, prueba a ignorarlo. Quizá
sea el típico acosador que lo que busca es una víctima que se sienta como tal
ante él, pero si no se le hace caso no volverá a molestarte. Puedes también
tratar de hablarle, diciéndole que ya es mayorcito para ir comportándose como
un crío y que sus bromas no tienen gracia, e irte de forma indiferente sin
esperar una respuesta. Ahora bien, lo dicho dependerá de la situación: ante un
tipo o más de uno, que son físicamente amenazantes y suelen usar la violencia,
lo mejor es apartarse. Por ejemplo, Proverbios 15:1 dice que “la blanda respuesta quita la ira; Mas la
palabra áspera hace subir el furor”. Pero, como sabemos, esto no es una
promesa sino la actitud que tenemos que tomar ante los demás. No siempre una
respuesta suave elimina del oponente la ira; puede incluso aumentarla. Lo vemos
una y otra vez en Jesús: por muy comedidas que fueran sus palabras, más ira
sentían hacia Él. En mi caso, como veremos en el punto 3, donde a un fumador le hablé con educación, su respuesta no fue precisamente la deseada.
2) Eludir no es cobardía ni deshonor. Muchos creen
que, si no se enfrentan físicamente a un acosador, es porque son unos cobardes,
y eso no es verdad. A Jesús, el “hombre” más misericordioso y extraordinario
que ha existido y existe, comenzaron a tirarle piedras, ¿y qué hizo él? ¿Usó la
violencia? ¿Se enfrascó en una batalla campal a puñetazos contra ellos, siendo
uno contra muchos? Nada de lo citado: sencillamente, se fue (cf. Jn 10:31-42) y
se rodeó nuevamente de sus mejores amigos. Aléjate de cualquiera que te acose o
quiera agredirte, céntrate en tus amigos y en aquellas actividades que te
gusten (deportes, pasear en bicicleta, cine, música, etc.) y, si siguen
insistiendo contra ti, no tardes en poner en práctica lo que voy a describir en
el siguiente punto.
3) Si el problema sigue, no guardes silencio, y mucho
menos tu dolor: habla, habla y habla; cuenta, cuenta y cuenta, y hazlo con todo
lujo de detalles. Hacerlo no tiene la intención de “buscar el mal de nadie”, sino
“hacerte el bien a ti mismo”, protegiéndote para salir de ese círculo del que no
puedes salir. La diferencia puede parecer sutil, pero es abismal. Es la única
manera en que puedes ser ayudado. Hazlo con tus padres y con tus maestros.
Puede que ni los padres del acosador sepan cómo es su hijo realmente y ellos se
encarguen directamente de todo. Sea como sea, recaerá en tus padres y profesores la manera de buscar
una solución, por lo que no tienes que temer si eso implica que ellos hagan una
denuncia por la vía administrativa, policial o judicial. No creas que eso
aumentará tus problemas, solo sacará a relucir la maldad que una persona o
grupo de personas están llevando a cabo, para que así se les pueda parar los
pies de una vez y para siempre.
Igual que he contado mi experiencia anterior, saco a
colación otra que va por esta línea de actuación que estoy marcando: cuando
tenía 16 años, esperando en la cola para entrar al comedor del colegio, un
chico de un curso superior se encontraba fumando, lo cual estaba prohibido y
nadie hacia a la vista de los demás. El problema es que él no lo hacía en un
lugar apartado como hacía el resto, sino que estaba allí en medio molestando a
todo el mundo. Le pedí por favor que dejara de hacerlo. Me respondió echándome
el humo en la cara. A partir de ese momento, cuando me cruzaba con él, se
quedaba a mi lado durante unos segundos con cara de verdadero psicópata, como
un león enjaulado que está esperando la oportunidad para destrozar a su
presa... hasta que llegó el día. En la Liga de fútbol-sala se enfrentaba mi
clase contra la suya. Él era defensa y yo delantero. En la primera jugada del
partido, en el primer balón que toqué, lo encaré, le hice un caño y marqué gol.
Por dentro me sentí orgulloso. Seguramente fue soberbia, pero me alegré por
habérselo hecho a un mal tipo. Lo que vino después está fresco en mi memoria
con todo lujo de detalles: todos mis compañeros lo estaban celebrando conmigo,
abrazándonos y chocándonos las manos, cuando de repente, de forma inesperada,
noté en la parte alta de la espalda una brutal patada. Me tiró al suelo. Aquel
tipo había dado un salto enorme para patearme y caminaba de vuelta a su campo
como si no hubiera pasado nada. Como yo ya no era un niño pequeño y mi cuerpo
me permitía perfectamente defenderme, me fui corriendo hacia él y le metí un
fuerte empujón, también por la espalda. Podría haberle golpeado con mucha mayor
virulencia como hizo conmigo, pero no llegué a ese punto, aunque sabía lo que
mi acción podía provocar a continuación. Se giró con ojos encendidos en sangre,
y cuando nos íbamos a enfrascar en una verdadera pelea a puñetazos –los cuales
nunca he usado en mi vida-, todos los que había allí se interpusieron y nos
separaron. ¿Me quedé con las ganas de darle su merecido? Sin ser yo cristiano
por aquella época, que nadie lo dude. No sé quién habría vencido, pero su cara
habría también experimentado toda mi ira, algo de lo que me habría arrepentido toda mi vida, ya que pagar mal por mal te rebaja al nivel del contrario y no te hace mejor. Tras aquello –nos expulsaron a
los dos del partido inmediatamente-, fui a hablar con mi tutor, que a la vez
era subdirector del colegio. A pesar de que no teníamos una relación especial,
me escuchó seriamente y con aprecio, y me dijo que no me preocupara, que no era
la primera vez y que se iban a tomar medidas. Por lo que me contó, lo habían
echado varias veces, y esa vez iba a ser la definitiva. A pesar de que durante
unos días temí que pudiera aparecer por allí a la salida de clase, nunca jamás
volví a verlo. Y ahí acabó todo.
Por lo narrado, te vuelvo a animar fervientemente a
hablar sin tapujos. El problema no eres tú; es el otro. Y eso se soluciona
exponiendo el caso. Que no te digan que “son cosas de críos” o “devuélvele la
moneda”. No, eso es una falacia absoluta y un mal consejo. Insiste las veces
que sea necesario y muéstrate asertivo sin descanso hasta que te hagan caso. No
sientas vergüenza ni te sientas débil. Los débiles son esos acosadores y serán
ellos los que, en el futuro, si maduran, se sentirán avergonzados de cómo eran.
4) Este tipo de acosadores, cuando no llegan al
aspecto físico, tratan de imponerse sobre el otro de maneras más “emocionales”:
atacando la personalidad, algo rasgo del físico, los insultos a la familia, la
forma de vestir, el nivel de estudios, etc. Esto ataca a lo más profundo del
afectado, ya que llega a su propia alma. Pero recuerda día tras día: tu valor
no depende de lo que otros digan, sea lo que sea. Lo que digan, habla más de
ellos –de su propia debilidad y miseria moral- que de tu persona: tú eres un
ser humano creado por Dios mismo, con todo el valor que eso conlleva. Y, si
eres un cristiano nacido de nuevo, tu valor es tan alto que no debes olvidar
que el Hijo de Dios derramó Su sangre por ti y entregó Su vida para salvarte.
Por eso, no bases nunca tu autoestima y autopercepción en las palabras de estos
acosadores.
Conclusión
Si no es tu caso, pero conoces a alguien que esté
sufriendo dicha situación, ayúdalo, tanto con las herramientas que tienes en tus
manos como con las presentadas. Y si eres el afectado, no caigas en el
desánimo. Toma en consideración los pasos que he señalado y actúa en
consecuencia, buscando a las personas adecuadas para que te ayuden. De una
manera u otra, saldrás de esta situación. ¡Mucho ánimo!
* Para el que necesita más ayuda, aquí dejo la página
web de Asociación Española para la Prevención del Acoso Escolar (A.E.P.A.E): http://www.acoso-escolar.es/acoso-escolar/protocolo-de-actuacion/
Si eres de otro país, busca en Internet asociaciones
que se dediquen a la misma tarea y ponte en contacto con ellos si lo consideras
necesario para que te guíen.
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