lunes, 2 de febrero de 2026

11. ¿Te gustaría vivir cientos de años en este planeta, conociendo el futuro de la humanidad?

Venimos de aquí: “¿Una Inteligencia Artificial que querrá destruirnos, u otra que querrá ser nuestro amo?” (https://usatumenteparapensar.blogspot.com/2025/09/10-una-inteligencia-artificial-que.html)

Como ya vimos, hay personas a las que les gustaría vivir cientos de años en este mundo en el caso de que lleguen a buen puerto las investigaciones médicas sobre la longevidad indefinida. En mi caso, voy a presentar diversos argumentos personales y bíblicos completamente tajantes y demoledores para no querer vivir de forma indefinida en este planeta.
Especialmente si eres cristiano, te invito a que reflexiones profundamente al respecto para saber dónde estás sustentando tus creencias personales, si en tus propios pensamientos carnales o en lo que Dios enseña claramente y que, en su perspectiva final, resulta completamente EMOCIONANTE por las expectativas que despierta ante el gran acontecimiento por venir.
Que quede claro que en este y en los siguientes artículos no voy a tratar de defender la fe cristiana, sino a exponerla. El que sinceramente, de puro corazón y sin prejuicios desee saber por qué los cristianos creemos que la Biblia es la Palabra de Dios, que Jesús de Nazaret es Dios y que resucitó de entre los muertos entre otras cuestiones, le remito a libros como Mero cristianismo (C.S. Lewis), 3 Preguntas clave sobre Jesús (Murray J. Harris), Jesús bajo sospecha (Michael Wilkins), El caso de Cristo (Lee Strobel) y Nueva evidencia que exige un veredicto (Josh McDowell).

El ser humano va a ir a peor
Este texto es tan explícito que hay poco que explicar:
 
“También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios” (2 Tm. 3:1-4).

Los humanistas afirman sin tapujos que los seres humanos: 

·      Somos buenos por naturaleza, o al menos neutros, y nacemos como “hojas en blanco”, donde nuestra tendencia hacia el bien o el mal dependerá de qué “escriban” sobre esas hojas; es decir, de cómo nos eduquen. Por lo tanto, achacan nuestras malas acciones a un problema de educación. 

·       Si las condiciones sociales fueran las ideales, el mundo sería una especie de paraíso. 

La realidad empírica demuestra que estas supuestas verdades —que se venden como absolutas, son falsas. No me estoy refiriendo a psicópatas, asesinos o violadores. Hablo de cualquier persona normal: “El intento del corazón del hombre es malo desde su juventud” (Gn. 8:21). La maldad es parte intrínseca de nosotros.
Creer que dejará de existir la ira, el rencor, el odio, la envidia, la avaricia, el egoísmo, el menosprecio, la mentira, la arrogancia, la crítica, y la infidelidad –entre muchas más cosas- del corazón humano, en el caso de que lográramos alcanzar una hipotética sociedad idílica viviendo cientos de años o tras convertirnos a cada uno de nosotros en mitad cíborg —o en parte de una red cibernética—, es depositar una fe en las bondades del ser humano que nadie en su sano juicio puede defender. Sencillamente, es una necedad absoluta.
A nivel global, asistimos día tras día a la normalización, fomento, implementación e institucionalización del aborto, de la eutanasia, del adulterio, del divorcio, de la ideología de género, de la pornografía, etc. Una muestra más de cómo el hombre impone leyes que considera buenas y que son completamente opuestas a las establecidas por Dios.
¿Por qué en la India hay más de medio millón de accidentes de tráfico al año, con casi 400 muertos al día? Porque los conductores no respetan las normas. De igual manera, y en lo que respecta a la humanidad en general, como no obedece las reglas perfectas que Dios estableció, todo marcha mal.
En definitiva: el ser humano, por sí mismo, no tiene solución, porque, como explicó Pablo: “Hallo esta ley: que el mal está en mí” (Ro. 7:21). Hace mucho tiempo escribí al respecto: “Aunque establezcamos leyes justas y buenas —que ya vemos que no es así—, aunque todos los corruptos estuvieran en la cárcel, aunque el pleno empleo fuera realidad en todo el mundo, aunque se impusiera la paz en todo el planeta, aunque ni una sola persona pasara hambre y todos tuvieran casa propia, ese “mal” seguirá en nosotros, en toda la humanidad”[1]. Y esto no va a mitigar.
En la Biblia encontramos que, por causa de la maldad humana, fue directamente Dios quien “limitó” el tiempo de vida a 120 años: “Y dijo Jehová: No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre, porque ciertamente él es carne; mas serán sus días ciento veinte años” (Gn. 6:3). Y dada la naturaleza caída que poseemos y que en este mundo no va a cambiar, es lo mejor que pudo hacer.

El planeta va a ir a peor
Todo lo que hemos visto sobre la tecnología es desde el punto de vista de Occidente, donde la calidad de vida ha mejorado en términos generales. Pero si creemos que el resto del mundo está mejorando porque tienen fibra óptica para sintonizar los partidos de fútbol o la conexión más rápida a Internet para descargarse las películas de moda, es que estamos cegados. Resulta irónico que desde el 2020 hay más usuarios con dispositivos móviles (5.400 millones) que personas con acceso al agua potable (3.500 millones)[2].
Mientras que las multinacionales, las empresas y los países ricos expolian los recursos naturales de los pobres bajo el amparo de sus propios  gobernantes corruptos, los trabajadores son explotados con salarios miserables. Un solo ejemplo es el Coltán, un mineral con aplicaciones en telefonía móvil, ordenadores, armas inteligentes, implantes médicos, industria aeroespacial, etc. El 80% de sus reservas naturales se encuentra en la República Popular del Congo, donde las guerrillas de Ruanda y Uganda se matan por lograr tan preciado mineral, y que se ha cobrado ya más de 5 millones de vidas[3]. Y, a pesar de que los grandes empresarios se lucran hasta extremos insospechados, la pobreza en el país de origen no decrece, con miles de niños trabajando para extraer el mineral y viviendo en el inframundo.
Esto es solo un caso concreto, pero basta con ver al continente africano en general, a regiones enteras de Oriente Medio, al lejano Oriente y a buena parte de Sudamérica para comprobar que viven sumidos en pesadillas de las que nunca salen: viven en chabolas, las condiciones higiénicas son paupérrimas, al mismo tiempo que se alzan partidos extremistas y surgen nuevos populistas que se presentan como agentes del cambio y salvadores que prometen revoluciones a favor del pueblo, cuando tampoco logran nada, solo dividir aún más esas sociedades.
Por otro lado, a nivel planetario, estas palabras directas de Jesús apuntan a lo que está por venir: “Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares” (Mt. 24:6-7).
Y lo más llamativo de todo: “Y todo esto será principio de dolores” (vs. 8). Las guerras no van a cesar. La violencia no va a cesar. El terrorismo no va a cesar. La delincuencia no va a desaparecer. Seguirá habiendo catástrofes naturales. Seguirá habiendo enfermedades. Seguirá habiendo millones de personas que mueran de hambre. Con o sin calentamiento global, la Tierra está herida de muerte, y así será hasta la Parusía. Por eso la propia “creación entera se queja” esperando su redención (cf. Ro. 8:22).
Si creemos que porque la tecnología siga “mejorando” nuestro sentido del bienestar y logremos la “longevidad indefinida”, las catástrofes van a dejar de suceder como por arte de magia, es que somos los más ingenuos del universo.

Este mundo y esta vida es una pobre sombra de lo que está por venir
Esta vida está llena de sinsabores: traiciones, amigos que dejan de serlo, mentiras que te rompen el corazón en un millón de pedazos, etc. Hay altibajos, decepciones, discusiones, disgustos, tristezas, depresiones y valles oscuros llenos de lágrimas. Eso nadie podrá cambiarlo. 
Aunque colonizáramos otros planetas, nada de eso cambiaría. Los seres humanos tratan de sentir y experimentar emociones nuevas para sentirse vivos: se vuelcan en nuevas modalidades deportivas, escalan montañas, viven por y para un equipo de fútbol, derraman sus corazones ante “estrellas” del cine, la música y la moda. Pero, al final, todo esto es más de lo mismo: nunca se sienten ni se sentirán satisfechos y plenos.
Los que estudian marketing lo saben perfectamente y juegan con las personas. Como no creen en el más allá,  predican la filosofía del “comamos y bebamos, porque mañana moriremos” (1 Co. 15:32). Por eso inventan nuevas actividades y artilugios prometiendo al consumidor lo más parecido al placer y a la felicidad. Ahí está el porqué del éxito de los centros comerciales, de los mega-gimnasios, de los macroconciertos, de las macrodiscotecas, de las nuevas salas de bailes y pubs, de los cientos de canales de televisión, de los perfumes, de las apuestas online, de las webs para encontrar sexo fácil, de los festivales y fiestas, de las redes sociales, de la cirugía plástica, etc.
La realidad es que todo es Panem et circenses: un fraude que se limita a ofrecer diversión y a estimular los sentidos, pero que termina siendo como comer de un pan y beber de agua que nunca sacia, puesto que solo Cristo lo hace: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Jn. 6:35). Tampoco alcanza el anhelo más profundo del ser humano, que es el de la inmortalidad y la felicidad absoluta. Por eso el salmista dice que solo estará satisfecho (en el pleno sentido del término) cuando “duerma” (muera) y “despierte” (resucite) delante de Dios: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; Estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Sal. 17:15).
Los cristianos somos “extranjeros y peregrinos” en este mundo (cf. 1 P. 2:12), ya que “nuestra ciudadanía está en los cielos” (Fil. 3:20). Simple y llanamente, estamos de paso y no tiene sentido querer clavar el ancla eternamente en este barrio.
Es normal que no queramos envejecer por lo que conlleva: enfermedades, dolores, pérdida de la belleza —el que la tenga, que no es mi caso—, de la fuerza, de masa ósea, de la memoria y del vigor físico, la disminución de los reflejos, de la agudeza sensorial y de la agilidad mental, dificultades de concentración, encorvamiento, arrugas, etc. ¿A quién le puede gustar eso? ¡A nadie! Es humano y lógico querer evitarlo, y si la medicina logra paliar en buena parte los efectos de la vejez, bienvenida será... pero la muerte es irreversible.
Que un creyente verdadero quiera vivir ilimitadamente en este mundo tal y como lo conocemos —incluso con todos los avances científicos que podamos imaginar y la longevidad indefinida—, manifiesta una visión muy pobre de la eternidad ya que no ha terminado de asimilar las realidades bíblicas sobre la vida eterna. Está perdiendo de vista el significado final de su propia redención y no ha terminado de entenderla. ¿O es que no queremos librarnos definitivamente de nuestra naturaleza caída y de este cuerpo de muerte, que está inclinado al pecado? (Ro. 7:24). ¿No sabemos aún que “aunque este nuestro hombre exterior (el cuerpo) se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día”? (2 Co. 4:16).
Equiparar esta vida con la otra sería como preferir pasar unas vacaciones en una choza sin comida ni bebida en medio del desierto en lugar de en un Hotel de cinco estrellas con todos los gastos pagados y con el clima perfecto. Y este ejemplo es muy pobre respecto a lo que nos espera. Será un nuevo mundo donde “morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará” (Is. 11:6).

Conclusión
Medita sobre todo lo que hemos visto y asegúrate de que tus pensamientos están en sintonía con los de Dios y no con los carnales de la sociedad que tanta influnecia suelen ejercer: no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Co. 4:18). Si Dios te ve sentado “en los lugares celestiales con Cristo Jesús” (Ef. 2:6), ¿prefieres acaso verte tú sentado en el sofá de tu casa? ¿De verdad vas a comparar?
Graba a fuego estas palabras de Jesús en tu corazón: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14:2-3).

Continuará en Argumentos para querer vivir cientos de años en este mundo.