jueves, 8 de octubre de 2015

7.6. La transformación & Libres de la esclavitud



Ya hemos visto pautas muy concretas para levantar paredes y muros contra la lujuria en forma de barreras de protección, pero ahora nos queda lo más importante: la renovación de nuestro ser interior, tanto de la mente como del corazón.

La renovación
Las palabras de Pablo son muy claras: “Todo me es lícito, pero no todo me conviene” (1 Corintios 10:23). ¡Sí, la gracia y la redención nos da la libertad de vivir en plenitud, pero no a cualquier precio! El ponerse ciertas normas no es imponer cargas ni leyes como hacían los judíos, ni es caer en el legalismo, sino poner puertas a la tentación y al pecado para controlar lo que entra en tu mente y en tu vida. A un amigo del pasado le dijeron en una ocasión que era muy legalista, cuando lo único que hacía era no usar su libertad para darle rienda al pecado. Curiosamente, aquel que le dijo esas palabras, a los pocos meses se apartó del Señor. ¿Por qué? Porque le concedió demasiada libertad a su naturaleza caída. 
Como ya dije, a veces es mejor pasarse que no llegar. Una vez leí de un hombre que no encendía la televisión sin mirar antes la programación para no llevarse ninguna sorpresa al hacer zapping. Me gustó la idea y desde hace muchos años sigo ese ejemplo. 
En ti está renovarte o no hacerlo. La solución no se basa únicamente en despojarse del pecado. Eso, por sí solo, no sirve de nada. Dura días o semanas, y poco más. No basta con dejar de complacer a la vieja naturaleza en sus deseos pecaminosos. Sería quedarnos vacíos, y eso es humanamente imposible, así que Pablo nos muestra claramente la pauta a seguir:

“No proveáis para los deseos de la carne
SINO
vestíos del Señor Jesucristo”
(Romanos 13:14)[1].

Muestra las dos caras de la misma moneda, que se complementan:

1.     Matar de hambre la carne: “Mera lujuria corría por mis venas la mayor parte del tiempo, ardiendo tan fuerte que podía hacerme sentir nauseas hasta que consiguiera un alivio sexual. Yo no quería hacer todas esas cosas, pero sentía como si nunca fuese capaz de concentrarme en nada hasta que hubiese rascado ese picor. Por tanto, seguía rascándome, lo cual hacía que el picor empeorase. Me di cuenta de que dejar hambrientos esos deseos era la única manera en que podría dominarlos”[2].
2.     Al mismo tiempo, vestirse de Dios.  

De lo contrario, surgirá un conflicto que acabará en frustración. Vestirse de Dios consiste en dejar de hacer el mal y comenzar a hacer el bien en los múltiples aspectos que marca la Palabra de Dios: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:22-24). Despojarse, renovarse y vestirse. Si esto no se lleva a cabo, todas esas parafernalias que he visto como pulseras de pureza, lazos de castidad y demás recordatorios, resultan ridículas. Si el interior no es renovado, el exterior fracasará irremediablemente. Como dijo Dietrich Bonhoeffer: “La búsqueda de la pureza no se trata de la supresión de la lujuria, sino de la reorientación de la vida de la persona hacia una meta mayor”[3].

Pensamientos: Sensibilidad & Insensibilidad
Cuanto más cerca estás de Dios y menos de la cultura de este mundo, más sensible te vuelves hacia el mal que acarrea el pecado, porque precisamente ese es uno de los grandes males que trae como consecuencia el pecado: la insensibilidad. La conciencia se va deformando progresivamente, hasta el punto que llega a no sentirse culpable por algo que sabe está mal. Y esa sensibilidad hay que recuperarla para que tus oídos y tus ojos no toleren tanta basura. Una sensibilidad natural debería sentirse irritada ante el pecado. Tu cerebro debería sentirlo, y más cuando vas conociendo qué quiere Dios respecto a la santidad, y te vas apartando de todo aquello que antes considerabas como algo normal. 
En ocasiones pueden aparecer imágenes en tu mente que no deseas. Incluso representaciones del pasado que están archivadas en la memoria. La cuestión es qué hacer con esos pensamientos. ¿Recrearse en ellos o cambiar el “chip”? Hay hermanos que me han contado cómo se han levantado turbados porque han tenido sueños eróticos muy reales. La pauta que les marco es siempre la misma: vigilar lo que entra en sus mente y por sus ojos. Esto debería llevar a que esos sueños disminuyan considerablemente, aunque es cierto que parte de ellos son consecuencia directa del deseo natural y sano de la sexualidad humana. Como vimos, una persona puede desear casarse y tener relaciones sexuales (tanto si tiene actualmente novi@ como si no), y no por ello el deseo tiene qué llevar un componente lujurioso. Y estos deseos, de una manera u otra, se manifiestan en los sueños, cuando ciertas barreras caen y se manifiestan determinados anhelos naturales que Dios puso en nosotros.
La segunda parte sería, ¿qué hacer con esas ensoñaciones una vez que se ha despertado y recobrado la plena consciencia? ¿Seguir dándole vueltas o pasar a otra cosa?: “Hace mucho tiempo, dos monjes que estaban viajando llegaron a un río inusualmente turbulento. En la orilla se encontraba una mujer sola. Ella se acercó a los monjes y les preguntó si podrían ayudarla a cruzar para regresar a su hogar con su familia. Sabiendo que les estaba prohibido tocar a una mujer, uno de los monjes apartó la mirada, haciendo caso omiso al pedido de ayuda. El otro monje sintió compasión por la desesperada mujer y decidió ser flexible con las reglas. Rompiendo la tradición, la levantó en brazos y la llevó a salvo hasta el otro lado del río. La mujer estaba muy agradecida y le dio las gracias al monje. Luego siguió su camino. Los dos hombres continuaron su viaje y después de permanecer en silencio durante varios kilómetros, el primer monje dijo con repulsión: ¡No puedo creer que hayas levantado a esa mujer! ¡Sabes que no se nos permite tocar a ningún miembro del sexo opuesto! El monje compasivo respondió: Yo la dejé hace varios kilómetros ya. Tú sigues llevándola en tu corazón”[4].

Libres de la esclavitud
Contaré una historia secular para llegar a un principio bíblico. La historia transcurre dentro del clásico y genial libro El mago de Oz, de Fran Baum. Muchos habrán visto la película, pero el hecho que ahora voy a contar aparece únicamente en la novela. Todos conocemos el argumento básico: Una niña llamada Dorothy fue llevada por un tornado desde su casa en Arkansas hasta un mundo fantástico. Para poder volver a su hogar debía llegar al palacio del “Mago de Oz”. Después de muchas aventuras, rodeada de personajes estrafalarios como el Espantapájaros, el hombre de Hojalata y el León cobarde, lo logró. Pero una vez allí, el mago le indicó que solamente la ayudaría si era capaz de matar a la Malvada Bruja del oeste. Esta bruja tenía su propio “gobierno”. Una parte de él eran los “Winkies”, los cuales eran sus esclavos. Los Winkies no eran gente valiente, pero tenían que hacer lo que se les ordenaba. Resumiendo mucho, nuestra protagonista logró matar a la bruja, sencillamente arrojándole agua, la única manera de acabar con ella. Pero, ¿y los Winkies? ¿Qué ocurrió con los esclavos de la bruja?: “Dorothy convocó a todos los Winkies y les comunicó que ya no eran esclavos. Hubo un gran regocijo entre los amarillos Winkies, porque habían sido obligados a trabajar intensamente y durante muchos años para la Malvada Bruja, que siempre les trató con gran crueldad. Tanta era su alegría que pasaron el día bailando y cantando y decidieron celebrarlo todos los años”. Sin necesidad de narrar nada más, diré que la historia prosigue con los Winkies ayudando una y otra vez a Dorothy.
No somos Winkies, pero nuestra relación era exactamente igual a la que se describe en la novela. Antes nuestro padre era la “bruja”; en este caso, el diablo (cf. Juan 8:44). Él decía algo y nosotros lo hacíamos. Éramos obedientes. Éramos sus esclavos. Pero ahora las cosas han cambiado. Hemos sido liberados. No fuimos llamados a esclavitud, sino a la libertad gloriosa de los hijos de Dios (cf. Romanos 8:21). El pecado es esclavitud. Vivir bajo los designios de Dios es LIBERTAD: “Para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios. Baste ya el tiempo pasado” (1 Pedro 4:2-3). ¡¡¡Baste ya!!!
Dios liberó a los judíos de la esclavitud a la que Faraón les sometía en Egipto. De igual manera, nos ha liberado de nuestra particular bruja para que no tengamos que hacer la voluntad del enemigo de nuestras almas, sino para que seamos un pueblo santo. Dejemos de quejarnos como el pueblo hebreo cuando iba por el desierto, que no dejaba de acusar a Dios y a Moisés, rogando que les dejaran volver al yugo de Egipto.
Es tu  propia decisión decir no a la lujuria; no a los pensamientos inmorales; no a todo lo que ensucia la imagen del sexo opuesto. Dios hace la obra en ti, pero tú eres su colaborador. Si tú no quieres cambiar tus pensamientos y no deseas realinearlos con los de Dios, Él no te pondrá una espada en el cuello para que doblegues tu voluntad.
Pablo nos dice que nos transformemos renovando nuestra mente (cf. Romanos 12:2). Hay que sustituir los pensamientos propios por los de Dios. Esta transformación lleva tiempo. No días ni semanas. Meses, incluso años. Ahora bien, la transformación debe comenzar HOY, no mañana. Esto es un plan específico para iniciarlo ahora mismo, no una promesa para después de Navidad como el que quiere perder unos kilos tras atiborrarse en las fiestas. El “gimnasio” moral es diario y para el resto de tus días. Quien no se lo toma de esta manera, terminará por volver al mismo punto de derrota. ¿Sabes tu debilidad? Seguro que sí. Ahora, actúa en consecuencia.
¡Transforma tu mente mientras que Dios se encarga de tu corazón!: Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10)[5].

* En el siguiente enlace está el índice:
* La comunidad en facebook:
* Prosigue en:
7.7. ¿Cómo debe vestir una mujer cristiana?




[1] Para explicar la idea, he cambiado el orden del texto sin romper su significado. El original dice: “sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne”.
[2] Ethridge, Shannon. La falacia de grey. Nelson.
[3] Ibid.
[4] Groeschel, Craig. El cristiano ateo. Vida.
[5] Aunque en este capítulo he mostrado pautas más que suficientes sobre cómo afrontar la sexualidad desde un punto de vista bíblico y cómo marcar límites ante la sobresaturación de sexo en la sociedad, si hubiera personas que necesitan profundizar más en el tema por adicciones severas, les recomiendo el libro Cómo sanar las heridas de la adicción sexual, de Mark Laaser.

jueves, 1 de octubre de 2015

La diferencia entre “estar” bien y “sentirte” bien




        Hace unos meses, una mujer de 42 años, a la que ninguno de mis allegados y lectores conoce, me dijo que la vida ya no tenía nada bueno para ella. Literalmente, afirmó ser una fracasada. Lo había intentado todo y nada le había salido bien. Me confesó que no encontraba trabajo, por lo que vivía con sus padres que la mantenían. Y no tenía amigos. Es más, incluso llegó a expresar que le resultaba aburrida la vida cristiana. El dolor la embargaba profundamente y su desesperación era total.
No me resulta muy díficil detenerme durante unos minutos y “entrar en la piel del otro” para comprenderlo. En esos momentos siento ese dolor agrio que todos los seres humanos experimentamos en diversos momentos de nuestro caminar por este mundo. Hay ocasiones en que las palabras que buscan consolar no surgen ningún efecto, e incluso lo mejor es no decir nada, solo expresar con lágrimas cuán rota está el alma. 
Tristemente, este no es un caso aíslado. El problema se agudiza cuando quienes no experimentan este tipo de situaciones y sentimientos prefieren mantenerse un tanto al margen, vaya que hablar de las cosas negativas les traiga una especie de maldición, palabra tan de moda hoy en día en la jerga de muchos y que está llena de pura superstición disfrazada de cristianismo. Llorar con los que lloran no va con ellos. Eso en el caso de que no lo acusen de algo peor: falta de fe.

Preguntas y más preguntas
Personalmente me afecta en grado sumo cuando escucho a alguien expresar esta clase de sentimientos. Puede que en demasía. Quizá sea la edad, la etapa de la vida en la que me encuentro, algunas cuestiones del presente o las diversas circunstancias a las que me he enfrentado en los últimos años, algunas de ellas surrealistas. Pero todo esto, sumado a la contemplación meticulosa del planeta donde vivo, de la vida de aquellos que conozco de cerca o un poco más lejos (sea o no partícipe de sus vidas), y de los que se cruzaron conmigo en algún momento del pasado, me ha hecho especialmente sensible ante el dolor ajeno. Cuando lo percibo me abruma y lo siento como mío. No creo que esto sea muy sano, puesto que repercute incluso en mi salud de maneras inesperadas, pero es tal y como experimento la realidad desde hace tiempo. A día de hoy, no he aprendido a tomarme las cosas de otra manera. Sinceramente, no sé ni cómo hacerlo. Y ahí me ahogo. Entre risas y disimulos, mi mente se vuelve obsesiva, como un volcán en plena erupción, tratando de encontrar soluciones a los problemas que surgen y se mantienen indefinidamente en el tiempo, tanto los propios como los ajenos.
Hay tantas preguntas que desbordan las emociones y el raciocinio... ¿Qué se le puede decir a una persona como la mujer que me abrió su corazón, para la cual la vida es un suplicio y está totalmente convencida de que estaría mejor “en el otro barrio”? ¿Qué se le dice a un familiar que se pasa entre hospitales y salas de urgencia horas y tiene que convivir con la enfermedad día tras día? ¿Qué se le dice a un amigo que vive de ayudas sociales y familiares? ¿Qué se le dice al que se siente solo porque lo ha perdido todo, incluso las amistades? ¿Qué se le dice al parado de larga duración y sin expectativas? ¿Qué se le dice al que ha sufrido una dolorosa ruptura sentimental? ¿Qué se le dice al que ha sido traicionado y tiene pánico a abrir nuevamente su corazón por miedo a que se lo vuelvan a partir en mil pedazos? ¿Qué se le dice a un hombre al que el cáncer está consumiendo? ¿Qué se le dice a unos padres que han perdido a su hijo en un accidente? ¿Qué se le dice a quien ha visto sus sueños morir? ¿Qué se dice uno a sí mismo cuando el dolor emocional te abruma de tal manera que te provoca arritmias, sudores instantaneos en plena madrugada y un tic nervioso en el ojo? ¿Y en casos emocionalmente extremos donde se pierde el conocimiento de tal manera que te lleva a caer a plomo contra el suelo en apenas dos segundos?

El esquema de la vida
Nuestro cerebro suele ser como el disco duro de un ordenador: Almacenamos nuestros recuerdos en distintos compartimentos. En la memoria lo guardamos todo, sea que conscientemente nos acordemos o no. Mientras más se presta atención con los cinco sentidos a los detalles, más capaces somos de evocar conversaciones o situaciones intensas que ocurrieron hace muchos años. Por eso nos encontramos con personas ancianas que se acuerdan de su propia adolescencia, aunque hayan pasado 80 años, y con la capacidad de detallarte con todo detalle emociones que sintieron hace décadas.
En esa misma mente tenemos una especie de esquema de lo que debería ser la vida. O, al menos, lo que esperamos de ella: una infancia feliz y sin traumas graves, amistades profundas e íntimas, una buena formación académica, el hallazgo de que algo se te da especialmente bien y te apasiona junto a ese don con el que servir a Dios para dejar alguna especie de legado, un trabajo con el que poder sostenerse económicamente y desarrollar en diversas áreas, terminando con el milagro de encontrar esa persona especial que quiere compartir la vida contigo porque os amáis y formar una familia.
Evidentemente, nadie desea ser como el anuncio de las cucarachas, que nacen, crecen, se reproducen y mueren. Pero hay personas que se sienten como estos insectos  cuando se miran a sí mismas y contemplan sus vidas a la luz de las evidencias, ya que los esquemas que creían no se han cumplido y no tienen viso de hacerlo.

El error de los megaespirituales
Hay una corriente muy peligrosa entre grupos muy determinados de cristianos que se dedican a proclamar “bendición”, “salud”, “prosperidad” y “éxito” para todo aquel que crea las promesas del Señor. El problema es que estas personas tienen una guillotina, ya que para defender sus ideas han tenido previamente que cortar de las Escrituras pasajes enteros y textos muy claros que enseñan justo lo opuesto a lo que creen. Toman lo que les gusta y desechan el resto, con lo que la teología que se forman es monstruosa. No tienen reparo en hablar de “lluvia de bendiciones” y de que todo les irá bien a partir de ahora. Viven en un mundo irreal donde les han vendido la euforia como el estado definitivo del cristiano en este mundo. El problema es que un día sienten que han alcanzado una especie de Nirvana y al siguiente están en alguno de los círculos del Infierno de Dante. Tarde o temprano, cuando la realidad se hace manifiesta en forma de circunstancia dolorosa, el “sopapo” que se llevan es de proporciones cósmicas. Un verdadero síncope emocional y espiritual. Y a muchos les cuesta la misma vida levantarse cuando eso ocurre.

Ser & Estar y sentir
Muchas de las preguntas que realice líneas atrás tienen una respuesta teológica. En ocasiones las he contestado en diversos artículos y otras las plantearé en el futuro. En todas ellas, el que pasa por penurias puede encontrar consuelo y aliento, y hay maneras de animar a una persona en este tipo de situaciones dolorosas, aunque en muchas ocasiones lo único que se puede hacer es acompañarla en el sufrimiento con la mera presencia física para empatizar con ella, simplemente escuchando, comprendiendo y guardando silencio.
Pero hoy no es ahí donde quiero centrarme, ni siquiera en las respuestas a estas cuestiones, sino en aquello que nos sostiene cuando las circunstancias no son como nos gustaría. La clave está en entender la diferencia entre dos términos: “Ser” vs “Estar”.
Muchas personas los confunden porque parecen iguales. Pero la realidad es que son muy diferentes. Y cuando la vida se tuerce –porque de una manera u otra los esquemas se rompen en algún punto-, entender la diferencia entre ambos marcará el resto de la vida, tanto de la tuya como de la mía.
Veamos la diferencia entre “ser” y “estar” para un cristiano:

- Ser. Es un estado que es para siempre: soy español; soy hombre; soy alto. Define nuestra posición y qué/quiénes somos. Aplicando esta definición al concepto bíblico, podríamos aplicarla directamente a nuestra posición como hijos de Dios. Esa posición no cambia puesto que es inalterable e inmutable. ¿Por qué? Porque no depende de nosotros, ni de las circuntancias, ni de nuestras emociones, ni de nuestro estado anímico, sino de la obra que Dios ya hizo y hará en la eternidad: Soy hijo de Dios y soy amado por Él. Mientras que “permanezcamos” en Él, todo lo demás se puede sobrellevar aunque nos sintamos hundidos emocionalmente en determinados periodos de tiempo, sean breves o extensos.

- Estar. Es un estado que no es permanente sino temporal. Por citar algunos ejemplos: Estoy jugando al fútbol; Estoy viendo la televisión; Estoy comiendo; Estoy acostado; Estoy triste; Estoy enfadado; Estoy alegre. En consecuencia, no siempre estoy jugando al fútbol, no siempre estoy viendo la televisión, no siempre estoy comiendo, no siempre estoy acostado, no siempre estoy triste, no siempre estoy enfadado y no siempre estoy alegre.
Este “estar”, en uno de sus significados (el que expresa sentimientos y emociones), está intrísecamente unido con el verbo “sentir”. Como lo define la RAE: “Experimentar sensaciones producidas por causas externas o internas”.
¿Qué significa esto?: Que, en función de las circunstancias temporales, de las experiencias que nos acontezcan en la vida y según el instante, estaremos/nos sentiremos de una manera u otra. Nuestro estado anímico variará en un sentido u otro. Si las circunstancias son negativas, las sensaciones que experimentaremos serán desagradables. Si las circunstancias son positivas, las sensaciones que experimentaremos serán agradables. Es algo temporal, y tiene un principio y un fin, porque las emociones son fluctuantes. De ahí que haya días que te levantas de la cama con energía y te sientes fresco con apenas cinco horas de sueño, y en otros te hace falta una grua para sacarte de las cuatro mantas en las que andas liado, y catorce horas durmiendo te parecen pocas porque sigues cansado. De tener ilusiones y proyectos, a sentirte engullido por un Tsunami.
Somos seres emocionales, y negar todo esto sería negar nuestra naturaleza.

¿Qué podría decir según el momento?
Una vez explicada la diferencia, según el momento en que me encuentre, podría decir: "Me siento animado y con ganas de comerme el mundo. Disfruto de todo lo que siempre me ha apasionado y siento que puedo afrontar todo lo que venga contra mí. Así que estoy/me siento genial". Pero en otras ocasiones, aunque me sienta mal, puedo decir: "Me siento bajo de ánimos y sin ganas de nada, pero soy hijo de Dios. Me cuesta hasta comer y no disfruto de algunos placeres sanos que normalmente me encantan, pero soy amado por Dios porque así lo dice Su Palabra ya que me lo demostró en la cruz. Siento que no tengo control sobre muchas circunstancias de la vida que son claramente injustas y tampoco entiendo la razón de mi situación personal en diversos aspectos del presente, pero soy perdonado por el sacrificio expiatorio de Cristo. No me siento bien porque no tengo trabajo estable, estabilidad económica ni una salud perfecta, pero soy eterno porque Él resucitó de entre los muertos y me está preparando una morada en los cielos ya que así lo prometió" (cf. Juan 14:2).
Esa es la fe que describe el autor de Hebreos, “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (He. 11:1). Podemos ver un claro ejemplo en las palabras de Pablo. Bajo circunstancias muy adversas, dijo: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados [sentimientos] en todo [circunstancia negativa], mas no angustiados [fe]; en apuros [circunstancia negativa], mas no desesperados [fe]; perseguidos [circunstancia negativa], mas no desamparados [fe]; derribados [sentimientos], pero no destruidos [fe]” (2 Co. 4:7-9). El ánimo y las circunstancias son variables. La posición no, porque se basa en los principios de la Palabra de Dios.
Estos son principios bíblicos inalterables, me sienta bien o me sienta mal, porque Dios no cambia ni depende de mis emociones: Esta es la base del creyente y su estabilidad en todos los aspectos: “Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?” (1 Jn. 5:4-5). Así hizo Moisés, andar por fe, y “se sostuvo como viendo al Invisible” (He. 11:24.27).
Esto no significa que no podamos buscar las maneras de “sentirnos bien/mejor” –en otra ocasión trataremos ese tema puesto que Dios está muy interesado en nuestra salud mental y emocional-, y Su Palabra está llena de principios que nos hablan de esta cuestión-, pero lo que aquí y ahora estoy resaltando es que lo que importa en esencia es el “ser” por encima del “estar/sentir”.

¿Creer o sentir? ¿Dónde buscarás el sentido a todo?
Por lo que hemos visto, en lo que respecta a la fe, no confío en los sentimientos. Es más: ante una crisis personal de cualquier índole (sentimental, emocional, eclesial, espiritual, etc.), nuestro peor enemigo son las emociones, ya que en esos casos son predominantemente negativas. Por eso no me baso en ellas, sino que creo en lo que Dios dice. Esa es la fe. Es lo que me sostiene y no las emociones.
Cuando no asimilamos estos dos conceptos (normalmente, porque nos han enseñado incorrectamente), nos sentimos bastante perdidos. Se vive por emociones, por cómo nos sentimos, por cómo nos va la vida, por nuestras circunstancias. Nos convertimos en personas de doble ánimo, inconstante en todos los caminos (cf. Stg. 1:18). Un día nos sentiremos bien y creeremos que todo es una bendición, que Dios nos ama con locura, que Su presencia nos acompaña en todo momento y que no habrá nada que nos hará mal. Pero la mañana que nos levantemos con mal pie, creeremos que hemos sido maldecidos, que Dios prácticamente nos odia, que se ha apartado de nosotros o, al menos, que está muy lejos. Los rayos del sol se convierten en rayos destructores. Esta inestabidad no hay mente ni corazón que la soporte mucho tiempo.
Por todo esto, vemos que “el justo por la fe vivirá” (Ro. 1:17, Gá. 3:11). Ahí las emociones quedan a un lado. El que vive por fe, se sienta como se sienta, pase lo que pase, sea su vida como sea, decide creer que Dios lo ama y camina junto a Él: “El que anda por fe, aunque no entienda las razones de sus desgracias ni reciba del cielo explicaciones de las mismas, sabe que ´a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien` (Ro. 8:28). El que anda por fe, aunque sienta lejos a Dios, sabe que Él está a su lado todos los días, hasta el fin del mundo (cf. Mt. 28:20). El que anda por fe, aunque pueda llegar a creer en su noche más oscura que el Señor no le ama, sabe que ´ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro` (Ro. 8:38-39) y que vino al mundo a rescatarle por amor (cf. Jn. 3:16). El que anda por fe, pase lo que pase, sabe que ´Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos` (He. 13:8). [...] Por todo esto, y mucho más, el camino de la fe es un camino muy superior al de los sentimientos”[1].
El que camina por la vida según sus sentimientos, jamás estará firme en Dios y posiblemente terminará por alejarse de Él. Buscará llenarse de mil maneras diferentes, para darse cuenta una y otra vez de que no es posible. Se llevará un batacazo tras otro, por mucho que trate de engañarse a sí mismo o lo niegue ante los demás. La “almohada” será su peor enemiga porque la conciencia no se puede acallar. 
¿Qué dice Isaías 26:3?: Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado”. No dice que guardará en paz a aquel cuyos sentimientos perseveran en Él, sino a aquel cuyo pensamiento, ya que ha confíado.
Nuestra fe debe edificarse sobre la roca (Cristo), no sobre las arenas de las emociones: Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena;  y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mt. 7:24-27).
Entre otros muchos, podemos encontrar un ejemplo extraordinario en la vida de Job. Perdió su salud, su ganado y a todos sus hijos. Su misma esposa le dijo que maldijera a Dios y que se muriese (cf. Job 2:9). Humanamente hubiera sido lo lógico, desear la muerte. Sin embargo, él contestó: “¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos?” (Job 2:10). No se dejó llevar por el dolor ni por sus terribles circunstancias personales, sino que caminó por fe, aun sin saber todas las razones ni los motivos de su sufrimiento.
¿Siempre es fácil aplicar lo que estamos hablando? ¡No! Como esas emociones desorientan y son tan traicioneras, en algún momento se puede llegar en pensar que nada merece la pena, que lo mejor es tirar la toalla y dejarte llevar por la corriente de este mundo. ¡A vivir que son dos días! Podemos buscar nuevas emociones. Podemos probar todo tipo de diversiones. Podemos encontrar nuevos estímulos gratificantes y nuevas personas que toquen nuestro corazón. Podemos tratar de anestesiarnos incluso con el alcohol para no pensar en nada de esto ni en nuestras verdaderas emociones que nos recuerdan cómo nos sentimos realmente. Pero al final, como no podemos escapar de nosotros mismos, cuando nos quedamos solos en la noche o caminando por la calle envueltos en miles de pensamientos, terminamos por volver al punto de partida: el vacío sigue ahí. Y éste no se resuelve hasta que encontramos a Dios y caminamos con Él, entendamos o no Su manera de actuar para con nosotros ni el por qué de las circunstancias dolorosas de nuestra vida, incluso aunque duren todo nuestro caminar por este mundo.
Recuerda: la manera de confrontar estos pensamientos es tomando conciencia de que nada ni nadie llena el vacío del ser humano sino Dios, y nada ni nadie le da sentido a nuestra existencia sino Él. Es algo que pude comprobar por mí mismo hace quince años tras mucho tiempo de búsqueda. Ahora depende de ti decidir qué quieres hacer con tu vida y en qué basarás tus creencias, en el “ser” o en el “estar”.


[1] Guerrero Corpas, Jesús. Mentiras que creemos. Logos. Pág. 67-68.