lunes, 6 de abril de 2015

Mi historia: Buscando el sentido a la existencia


Cuando por primera vez tuve la idea de este blog, busqué los consejos de otros blogueros en la red sobre cómo llegar al mayor número de personas. Todos ellos tenían un punto en común: señalaban la importancia de describirse a uno mismo para llamar la atención del lector. Sinceramente, nunca me ha atraído esa idea. Aunque en mis artículos intercalo opiniones con mis propias experiencias lo que le aporta vida y un toque personal al contenido, no me suele gustar que las crónicas giren en torno a mí.
Aunque para algunos pueda sonar extraño, ni siquiera me gustan los libros biográficos. Quizá algún día me aficione a ellos, pero a día de hoy no es el caso. Valoro conocer aspectos de la vida de figuras destacadas porque me aportan riqueza, y en algunos casos son ejemplos a seguir, pero reconozco que los detalles exhaustivos terminan por cansarme. Soy de los que piensan que, cuando uno escribe, «lo importante no es el cartero sino la carta». Quién es el cartero es lo de menos; lo que debe destacar es el contenido. Si pudiera, publicaría mis libros con un simple «Anónimo». Mientras más desapercibido paso, más cómodo me siento; por eso estas líneas han permanecido mucho tiempo en el baúl de los recuerdos.
Hoy voy a hacer una excepción a mi propia regla para narrar mi testimonio, sin abundar en detalles anexos a la historia principal para ser lo menos pesado posible. Lo haré únicamente porque soy consciente de que puede que a algunas personas les sirva en sus vidas en el momento más inesperado del futuro. Aunque describo algunos buenos recuerdos, el deseo que manifiesto no es la vanagloria personal, sino mostrar lo que Dios ha hecho en mí, y a pesar de . No cambiaría eso por ningún triunfo personal. De ahí que me sienta identificado con las palabras de Pablo: «Cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo» (Fil. 3:7-8).

Un pasado lejano
En mi habitación reposa un marco de madera con una cantidad considerable de medallas y trofeos de mi etapa juvenil. Más de la mitad de esos premios fueron logrados a título individual, tanto en balonmano como en baloncesto. Durante aquel largo trayecto de mi vida, destaqué generalmente en los deportes. Mi motivación era superarme cada día y ser mejor que el contrario. Lo que me llenaba realmente no era tanto ganar, sino deleitarme a la hora de imprimir espectacularidad a mis acciones si la ocasión lo permitía, aunque algunos lo entendieran como presunción. Esos segundos eran gloriosos en mi interior. En general, fuimos muchos años campeones de nuestra ciudad y competíamos a nivel provincial al más alto nivel.
Un error personal, fruto de la inmadurez de la edad, residía en que el valor que me concedía a mí mismo dependía casi en exclusiva de mis éxitos deportivos. Era lo que me llenaba, y pensé que ese podría ser mi futuro aunque ya nunca sabré si tenía nivel suficiente para lograrlo. Pero conforme iba pasando el tiempo, el deseo iba muriendo en mí por una pregunta que me hacía insistentemente en mi interior y que jamás me atreví a plantearle a nadie. Seguía en mi equipo, pero por rutina y porque se me daba bien; nada más. Para mí ya no tenía ningún significado. Tras un primer amago, terminé por renunciar años después, aunque nunca expliqué los verdaderos motivos. ¡A saber qué hubieran pensado! Todavía recuerdo aquella mañana en que le devolví mi equipación a mi antiguo y querido entrenador. Nada de aquello me llenaba y todo me hacía sentir vacío.
En los estudios mis notas eran las justas para aprobar y pasar de curso. Me costaba la misma vida concentrarme en estudiar, por la sencilla razón de que tampoco sentía ninguna motivación de cara al futuro. Había algo que me estaba torturando en mi interior y me iba hundiendo el ánimo progresivamente.  Entre los quince y los dieciocho años, lo habitual suele ser mirar la vida con expectativas y pensar en las mismas cuestiones que todo el mundo se plantea, como qué estudiaría o dónde trabajaría, pero ese no era mi caso. El “plan” —casarse y formar una familia, que se supone que está establecido para todos los seres humanos—, tampoco me decía nada por aquel entonces.
En aquella sociedad, mucho más inocente que la actual, las diversiones eran sanísimas: ver alguna película en el cine o en casa de algún amigo; celebrar con mi padre los goles del Real Madrid; reírme con series como Médico de familia o Farmacia de guardia; ir a la piscina a bañarme o jugar al fútbol, al tenis y al ping-pong. Recuerdo pasar las tardes de los sábados en casa de un vecino, salir con la pandilla del colegio para charlar y tomarnos unos gigantescos polo flash de cinco duros, o ir una vez al año a Madrid a visitar a mis hermanos —donde pasear por la Gran Vía y comer en el McDonald's era lo máximo.
Ni ordenadores, ni teléfonos móviles, ni redes sociales, ni tablets. Nada de eso existía. Pura sencillez y todos tan felices. Pero, aun siendo todo magnífico: ¿A eso se limitaba todo?, me preguntaba sin cesar.

Buscando el sentido
Posiblemente conozcas el libro El hombre en busca de sentido, del famoso psiquiatra Viktor E. Frankl (Viena, 1905-1997). Es el clásico manuscrito que te obligan a leer en plena adolescencia y que, a menudo, atraviesas sin que te roce, porque plantea temas que no suelen interesar a esas edades y formula preguntas para las que aún no tienes heridas.
Pero, tras releerlo y disfrutarlo años después, descubrí qué era exactamente lo que me ocurría y, por fin, pude ponerle palabras a mis inquietudes. Durante la Segunda Guerra Mundial, Viktor fue preso en el campo de concentración de Auschwitz (Polonia), mientras que casi toda su familia fue exterminada en otros. No podemos imaginarnos el horror que describe: dormían hacinados, nueve hombres en apenas cinco metros cuadrados, usando los zapatos como almohadas para que no se los robaran. Solo podían tenderse de costado, apretujados y amontonados en habitaciones llenas de bichos. El hambre era constante ya que la ingesta diaria de comida se resumía a menos de 300 gramos de pan y 1 litro de sopa aguada. No podían lavarse durante muchos días y llevaban la misma camisa durante medio año. Muchos morían de tifus o de pura desnutrición.
Todo esto les aconteció a nivel físico y externo. Pero la peor tortura era la interna. Viktor llamaba a ese estado del alma «la muerte emocional». Él observó que, llegado a ese extremo, había dos clases de personas: por un lado, aquellos que se volvían apáticos, porque perdían las ganas de seguir luchando, al no encontrarle ningún sentido a la vida: «Un camarada, una vez perdida la voluntad de vivir, rara vez se recobraba». Por otro, aquellos que seguían adelante, porque para ellos la vida sí tenía sentido, por diversos motivos: normalmente, la esperanza de que sus seres queridos también sobrevivieran.
Ahí estaba buena parte de la clave a la pregunta que me martirizó por años y que me llevó a una especie de muerte emocional. Para Viktor la pregunta era: «¿Tiene la vida sentido?». Su interrogante venía a confirmar las palabras del filósofo alemán Nietzsche (1844-1900): «Quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo».
La vida casi siempre tiene un porqué que hace que merezca la pena vivirla: disfrutar de sanos placeres, los amigos, el matrimonio, los hijos, ser parte de algún bien altruista, mejorar la sociedad en pequeños detalles o la consecución de metas. Así lo enseñó este psiquiatra el resto de sus días de forma admirable tras ser liberado cuatro años después por el ejército norteamericano.
En mi caso, podría haber encontrado ese sentido en los deportes, en las amistades o en los logros personales que me marcaran el resto de mis días. Pero mi pregunta, la que me torturó durante años, iba más allá: «¿Tiene la existencia sentido?». La pregunta de Viktor abarca los cuarenta, cincuenta, setenta o noventa años que vivimos en este mundo. Mi dilema, que para mí era mi propio campo de concentración del cual ningún ejército podía liberarme, englobaba tanto esta vida un período de tiempo limitado, como el «después». Si la vida tiene un punto y final donde todo desemboca en la nada más absoluta, la mera existencia es un absurdo infinito. La simple idea me abrumaba y producía vértigo en mi alma. En definitiva, aunque tuviera un porqué para vivir, si no había un después, un motivo real a la existencia, lo primero no me interesaba en absoluto.
No he conocido a muchas personas que busquen seriamente respuesta a esta cuestión. Por eso la inmensa mayoría evita hablar seriamente sobre la muerte, o se dedica a vivir el día a día al máximo de todos los placeres a su alcance, ya sean materiales o meramente hedonistas, beneficiosos o perjudiciales. Ni más ni menos, es la manera que usan para acallar esa vocecita en sus conciencias que trata de recordarles esa soledad existencial que experimentan cuando están solos. Por eso tienen esa imperiosa necesidad de estar conectados con el mayor número de personas en todo tiempo y en todo lugar, ya sea mediante la presencia física o por medio de los dispositivos móviles y las redes sociales. Ese es el miedo a la nada absoluta; el deseo de gritar a los cuatro vientos que existen y que son parte de un todo.
Hasta que no encontré la respuesta a mi pregunta a los veintitrés años, caí en lo que se conoce como depresión existencial. Este estado lo disimulé de la mejor manera posible, lo cual no tiene nada de sano ni para el cuerpo ni para el alma. De ahí que lo mejor del día era cuando estaba durmiendo. Era la forma ideal para no pensar en esa cuestión y evadirme de todo sentimiento amargo.

Hallando al Invisible
Quienes me conocen desde la infancia podrían alegar con razón que no entienden cómo esa duda me carcomía, porque me crié en un colegio donde se profesaba intensamente la fe en Dios, y más siendo yo católico practicante (de confesarme con el cura, misa semanal, etc.).
Se supone que la religión respondía a mi pregunta: existía un «después» e iría al cielo si era digno por las obras que hiciera en esta vida, o al infierno si moría sin confesión estando en pecado mortal. Me conformaba con ir al purgatorio, lugar que, según el catolicismo romano, es de «purificación» para aquellos que aún no están preparados para ir al cielo. La realidad es que nada de esto me provocaba seguridad alguna. Lo había aceptado sin más desde que era un crío porque era lo que me habían enseñado.
Pero cuando reflexionaba sobre el tema, no lo veía nada claro. Dios en el caso de que existiera me parecía alguien muy lejano, indiferente ante los problemas humanos y mis dilemas existenciales. La imagen que tenía de Él era la de una especie de sheriff con la escopeta siempre cargada, esperando a que fallara para fusilarme. Llegó un momento en que ya no sabía si creer o no, por lo que dejé de practicar a los veinte años. No podía seguir viviendo en una farsa para guardar la imagen, porque me sentía un hipócrita.
Por entonces, recuerdo que una mañana de primavera me fui a una de las playas de mi ciudad. Allí me senté en la arena durante horas, con mi mirada perdida en el horizonte. En mi mente, me lancé al vacío, dando una especie de paso de fe, y le dije a ese supuesto Ser invisible: «Creo que estás ahí, que existes, pero necesito que me lo demuestres y que me hables de alguna manera». Silencio total. Ni en aquel momento ni en los años posteriores ocurrió absolutamente nada...
Y así saltamos en el tiempo hasta finales del año 1999. Seguramente recordarás que en tal fecha hubo una especie de psicosis mundial donde muchos avispados vaticinaban el fin del mundo a raíz del llamado «efecto 2000», donde la tecnología se colapsaría en todo el planeta, llevándonos de nuevo a la Edad Media. Ante tal situación, un periódico nacional publicó un reportaje de todos los libros que se habían publicado en los últimos años sobre el tema. Entre todos ellos, me llamó la atención una novela titulada Dejados Atrás, de Tim LaHaye y Jerry Jenkins, convertida en todo un best-seller en Estados Unidos, y que trataba sobre la persecución a los cristianos tras una catástrofe mundial. Como gran aficionado a la literatura fantástica, le pedí a mi hermano que, si algún día lo publicaban en España, me lo consiguiera...
Avanzamos nuevamente hasta el 6 de junio de 2000. Cuando ni me acordaba, el libro cayó en mi poder. Tres días después llegué a la página ciento cincuenta. Esto decía el párrafo que cambió mi vida para siempre:

Primero, tenemos que vernos como Dios nos ve. La Biblia dice que todos hemos pecado, que no hay nadie justo, ni siquiera uno. También dice que no podemos salvarnos a nosotros mismos. Mucha gente pensaba que se podía ganar su camino a Dios o al cielo haciendo cosas buenas pero, probablemente, eso sea el malentendido más grande que hay. Pregúntele a cualquiera en la calle qué piensan que dice la Biblia o la iglesia sobre eso de irse al cielo y nueve de cada diez dirán que tiene algo que ver con hacer el bien y vivir bien. Tenemos que hacer eso, por supuesto, pero no para que nos ganemos la salvación. Tenemos que hacer eso como respuesta a nuestra salvación. La Biblia dice que no es por obras de justicia que hayamos hecho, sino por Su gracia que Dios nos salvó. También dice que somos salvados por gracia por medio de Cristo, no por obras, para que no podamos jactarnos de nuestra bondad. Jesús llevó nuestros pecados y pagó el castigo por ellos para que nosotros no tuviéramos que hacerlo. El pago es la muerte y Él murió en nuestro lugar porque nos amaba. Cuando decimos a Cristo que nos reconocemos como pecadores y perdidos y que recibimos su regalo de salvación, Él nos salva. Hay un traslado que ocurre. Vamos de las tinieblas a la luz, de ser perdidos a ser encontrados; somos salvos. La Biblia dice que a los que le recibieron, Él les da el poder de llegar a ser hijos de Dios. Jesús es eso: el Hijo de Dios. Cuando llegamos a ser hijos de Dios, tenemos lo que tiene Jesús; una relación con Dios, la vida eterna y, debido a que Jesús pagó nuestro castigo, tenemos también el perdón de nuestros pecados.

Aquella madrugada, en la soledad y en el silencio de mi habitación, Dios me contestó tras largos años de espera, desesperación y búsqueda. La existencia cobró pleno sentido. Aquellas palabras, como pude comprobar a posteriori, concordaban plenamente con lo que se revela con total claridad en la Biblia, aunque nunca antes las había oído y nadie me las había mostrado. Las creí por completo. Por eso no paraba de repetir: «Lo creo, lo creo, lo creo». Allí no hubo rayos ni truenos. No tuve una teofanía ni nada fuera de lo normal. Pero jamás podré olvidar cómo me sentía a la mañana siguiente cuando me levanté: en completa PAZ. Por fin pude entender la razón de mi existencia. Todo cobró sentido. La certidumbre en mi alma era total y nunca nadie ni nada podrá robarme mi testimonio. Como dijo hace poco mi hermano Antonio Vega: «No hay día más grande para la persona que cuando conoce al Señor».
Saber quién es realmente, qué piensa y siente por los seres humanos, cómo nos ama, la manera en que Dios mismo se hizo hombre y se encarnó en Jesucristo, lo que hizo realmente en aquella cruz, cómo nos consuela con sus promesas eternas, conocerle en profundidad y caminar con Él, según su voluntad, es la aventura más grande que el ser humano puede experimentar. Las palabras escritas por Agustín de Hipona en su libro Confesiones son completamente reales: «Nos hiciste para ti, y nuestro corazón no halla descanso hasta no estar en ti».
Desde entonces han pasado multitud de acontecimientos en mi vida y de muy diversos colores: alegrías, tristezas, lágrimas, sonrisas, sueños cumplidos, desilusiones, errores, aciertos, circunstancias tormentosas y otras soleadas. Todas esas aventuras exceden al propósito de este escrito. La vida sigue su curso, con altibajos y sabores agridulces, pero la perspectiva y el enfoque que reside en mí son completamente diferentes en todos los aspectos de la vida. Como señala Paul Tournier: «Desde entonces, Jesucristo se ha convertido en mi compañero Invisible de cada día, el testigo de todos mis triunfos y fracasos, el confidente de mis penas y alegrías».[1]
Deseo que seas de los que ya ha encontrado el verdadero sentido a la existencia en el único Dios verdadero, el Dios Invisible que se hizo Visible en Jesucristo, y que no es católico ni protestante. Si no es así porque vives una religión, una espiritualidad ritualista, porque crees que haciendo cosas buenas es suficiente, porque dudas de todo, porque eres agnóstico o ateo, te aliento a que inicies la búsqueda, aunque dure años. Jesús dijo que todo el que busca, halla (cf. Mt. 7:8).
Él saldrá a tu encuentro, te hablará en el momento más inesperado y de la manera adecuada para ti. No puedo realmente explicarlo con palabras porque hay que experimentarlo en las propias carnes. Cuando llegue el momento, lo sabrás sin ningún género de dudas. Por eso quiero terminar nuevamente con las palabras de Paul Tournier:

El encuentro de conocer al Dios vivo es el mayor acontecimiento humano posible: la experiencia humana por excelencia. Las circunstancias y formas de este encuentro pueden ser infinitamente variadas. Siempre llega como una sorpresa, de forma que la convicción es ineludible, de que es la obra de Dios, el resultado de Su iniciativa directa [...] Sin importar a qué edad este suceso ocurra, el encuentro personal con Dios constituye el gran acontecimiento de la existencia.[2]


[1] Tournier, Paul. El sentido de la vida. Clie. P. 53-54.
[2] Ibid

lunes, 23 de marzo de 2015

Islamofobia, Charlie Hebdo, la hipocresía occidental y la única solución



París. 7 de Enero de 2015. 11 de la mañana. Dos hombres encapuchados y armados con fusiles de asalto Kaláshnikov, interrumpieron en la sede del semanario satírico Charlie Hebdo al grito “Al-lahu-àkbar” (“Alá es grande” en árabe), asesinando a doce personas, incluyendo al director y a dos agentes de policía, rematando a uno de ellos en el suelo sin ningún tipo de piedad. Según ellos, estaban vengando la afrenta causada por la publicación en dicho medio de unas caricaturas del “profeta” Mahoma. Tres días después hallaban la muerte a manos de las fuerzas especiales francesas, a la misma hora que otro terrorista era abatido en un supermercado, tras haber asesinado a cuatro rehenes, todos ellos de nacionalidad judía.
Actualmente, las potencias occidentales están tomando medidas para hacer frente a este tipo de terrorismo. Vigilancia en infraestructuras como aeropuertos, centrales eléctricas y nucleares, despliegue del ejército en diversos lugares críticos, redadas contra grupos que planean atentados, detención de decenas de sospechosos, control de pasajeros que vienen de países en guerra como Siria, etc. Estas son algunos de los pasos que ya han puesto en marcha diversas naciones. Pero, como bien dijo la vicepresidenta del Gobierno español Soraya Sáenz de Santamaría: “El riesgo cero no existe”.  
Sin querer ser pájaro de mal agüero y, aunque no sea políticamente correcto, es evidente que, tarde o temprano, se producirá un nuevo atentado, en mayor o menor escala, con mayor o menor virulencia, y con más o menos víctimas (mientras escribo estas líneas, se ha producido uno más en Dinamarca, en una mezquita de Yemen con más de 130 muertos, y el último en Túnez, con al menos 19 personas asesinadas, siendo dos de ellas un matrimonio español que celebraba sus bodas de oro. Atentados reivindicados por el autoproclamado Estado Islámico o por alguna de sus “sucursales”).
Los ejemplos de la historia reciente vaticinan que esto no va a parar: la destrucción de las Torres Gemelas que segó miles de vidas el 11-S; la explosión de cuatro trenes el trágico 11-M en Madrid con 192 muertos y 1858 heridos; un autobús y tres vagones del metro en Londres en 2005, con 56 fallecidos y más de 700 heridos; el asalto a un centro comercial de Nairobi (Kenia) en 2012, con 72 fallecidos y más de 200 heridos; etc. También en 2012, Mohammed Merah asesinó en Francia a 7 personas, incluyendo a tres niños de un colegio de Toulouse. Ese mismo año detuvieron a varios terroristas que planeaban un ataque con aviones de aeromodelismo cargados de explosivos contra un centro comercial de mi ciudad. Esa es una pequeña parte de la estela que ha provocado el terror. La lista es mucho más amplia.

¿Hay razones para temer el Islam?
Desde aquel fatídico día en París, grupos ya existentes como los “Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente” (Pegida por sus siglas en alemán) o el Frente Nacional Francés, han tomado fuerza en los últimos meses, solicitando incluso la expulsión de los musulmanes de sus tierras y el fin de la diversidad cultural. Estos movimientos son considerado xenófobos, racistas y fascistas por los principales gobernantes mundiales. A aquellos que avisan de los peligros del Islam se les califica directamente de “Islamófobos”, en un sentido de “asco” y “animadversión”. Es más, por citar un ejemplo, el Doctor por la Universidad Autónoma de Madrid en el área de Estudios Árabes e Islámicos, Fernando Bravo López, en su tesis Islamofobia y antisemitismo: la construcción discursiva de las amenazas islámica y judia (2009)[1], señala que considerar el Islam como tal una amenaza es Islamofobia. Disiento completamente de su percepción. En realidad, el término fobia significa “miedo irracional, obsesivo y angustioso hacia determinadas situaciones, cosas, personas, etc.”. En mi opinión, no es un miedo irracional hacia determinados sectores que se consideran islámicos, sino un miedo basado en la evidencia.
Sin ser catastrófico ni querer ser alarmista, humanamente hablando (no como cristiano), hay razones de mucho peso para inquietarnos ante sectores muy concretos que se identifican con el Islam, aunque muchos musulmanes no se sientan representados por ellos. Independientemente del concepto que algunos hagan sobre la violencia en el Corán, también hay otros aspectos culturales derivados de su libro sagrado que para Occidente van a ser realmente problemáticos en un tiempo cercano, como ya estamos vislumbrando. En algunos casos, por cómo se está llevando a cabo la “integración” de estos inmigrantes en suelo europeo (que, a este paso, con el tiempo serán mayoría), con claras injusticias sociales que aisla en guetos a comunidades enteras sin trabajo ni futuro, aunque luego se les aplique algunos derechos sin obligaciones para mantenerlos medianamente tranquilos. En otros, por la aplicación de la sharia (Ley Islámica) en diversos países de corte dictatorial (aunque se camuflen como democráticos en sus relaciones con Occidente), donde las mujeres y las niñas son las principales víctimas y que los que se “convierten” al cristianismo son perseguidos e incluso asesinados. Y en último lugar, por la violencia desmedida y sin fin de grupos como Al-Qaeda o Al-Shabaab en Somalia y Nigeria, sin olvidar al naciente Estado Islámico, que controla amplias zonas en Irak y Siria, y amenaza con extenderse a más países de la región (como Libia), queriendo imponer su versión del Islam por medio de la fuerza, y que amenazan con atacar Europa de una manera u otra. Ante todo esto y como reacción, posiblemente nos toque contemplar cómo la extrema derecha tome con el tiempo el poder en algunos países europeos. Si esto llegara a extenderse, las consecuencias pueden ser impredecibles.
Expresar mi opinión no me convierte en “anti-nada” ni estoy a favor de movimientos como Pegida, por lo que no odio a los musulmanes ni los encasillo a todos por igual. El llamamiento de Jesús es a orar por ellos y a amarlos. Llevo desde 1998 trabajando cada verano en el Puerto de mi ciudad, y en apenas un par de meses pasan más de un millón de pasajeros con destino a diversos países africanos. Allí trato con personas que se muestran amigables y cordiales; y con otras que no lo son tanto, que provocan que la sangre hierva en diversos momentos de tensión y que mis ojos han contemplado estupefacto, siendo necesaria en casos extremos la intervención de los Antidisturbios de la Guardia Civil. Aún así, aunque sean muy llamativos, son casos aislados y puntuales. Y esto sucede igualmente en muchas partes del mundo, independientemente de la religión que practiquen, de que sean ateos, blancos o negros, o de diferentes nacionalidades.
El odio surge en el momento en que los etiquetamos y nos olvidamos que son seres humanos que han sido educados de una manera determinada, sin control alguno sobre los valores que les han inculcado desde jóvenes. Cuando perdemos esto de perspectiva, caemos en el fanatismo. Cuando olvidamos que nosotros podríamos haber nacido en esos países y haber compartido las mismas creencias, caemos en la repulsa personal. Y eso es un grave error.

Yo no soy Charlie
No comparto el lema Je suis Charlie” (Yo soy Charlie), tan de moda últimamente para identificarse con la revista donde trabajaban los asesinados en París. Lamento profundamente la pérdida de sus vidas y comparto el dolor de compañeros, amigos y familiares. Y nada justifica la deleznable acción que cometieron contra ellos. Pero esto no elimina lo que pienso sobre la forma que tenían de expresarse. El Primer Ministro británico, David Cameron, dijo: “Creo que en una sociedad libre, hay derecho a ofender a las religiones”. Y afirmó ser cristiano. Si realmente lo fuera, sabría que el mismo Pablo enseñó claramente que la libertad de conciencia tiene un límite: no ser de tropiezo a terceras personas, en el sentido negativo del término.
La libertad de expresión no es ilimitada. Hace unos meses, Iker Casillas, portero del Real Madrid y de la selección española, colgó en una red social una foto de pareja y su bebé. Una persona desalmada escribió: “Tíralo al agua, a ver si flota”. Iker le contestó con toda contundencia. Para defender la libertad de expresión no podemos basarnos en el “todo vale”. La educación y el respeto tienen que ir de la mano de la libertad. Por eso dijo Santiago: Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto [...] Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, !!cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! [...] Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?” (Santiago 3:2,5,9). Todo tiene un límite y Charlie Hebdo no es una excepción. Creer lo contrario solo conduce al odio.
Puedo expresar con total libertad mi desacuerdo con el Islam. Puedo mostrar –como haré en su momento, las enseñanzas del Corán que son sumamente controversiales en diversos temas, como el uso de la fuerza contra los llamados “infieles” o el valor que se le concede a la mujer y su posición en la sociedad. Puedo decir sin tapujos que, en su esencia, el Islam no es una religión de igualdad, a pesar de lo que nos quieren vender muchos políticos occidentales y los propios musulmanes europeos (reconociendo por mi parte que muchísimos de ellos están en contra de la violencia –el porqué lo explicaremos en su momento). Puedo esforzarme en entender las razones por las cuales diversos círculos del Islam consideran a los terroristas como fanáticos, fruto de una perversión del verdadero Islam, que interpretan incorrectamente el Corán y que se sirven del nombre de “Alá” para cometer sus fechorías. Y puedo manifestar con total libertad la manera en que aplican sus creencias.
Nada de esto es fomentar el odio o los prejuicios, sino mostrar con claridad lo que no se puede negar y así aportar un poco de luz en este peliagudo asunto, hablando claramente de los diversas escenarios que se pueden presentar en un futuro cercano.
Ahí está mi libertad de expresión. ¿Qué se sentirán ofendidos por señalar el estilo de vida que llevó Mahoma, junto a muchas de sus enseñanzas? Sin duda. Esto sucede siempre que se disiente del punto de vista de otras personas. Los mismos judíos se sentían ofendidos cuando Jesús les mostraba cuán errados estaban. Pero recordemos que las palabras de Cristo no tenían un afán destructivo. Su fin era corregir y llevar a sus oyentes a reflexionar sobre la senda correcta para que pudieran cambiar. Por eso mi libertad no radica en mofarme de los musulmanes de diversas maneras, sea con viñetas satíricas o escritos grotescos. En ese sentido, “yo no soy Charlie”.

La hipocresía del Occidente postmodernista
Occidente se considera superior al mundo islámico porque tecnológicamente está más avanzado y porque contempla el atraso en que viven sumergidos muchos países donde los musulmanes son mayoría, incluso en casos extremos igual que en la Edad Media. También nos creemos mejores porque nuestros derechos humanos son superiores a los suyos y la mujer tiene derechos que no poseen en otros países. En cierta manera, en nuestros países ondea la democracía, algo que no abunda en otros lugares. Estas características son reales, pero eso no nos convierte en “mejores”. La moral occidental también posee unos “valores” trágicos y abominables. El problema es que solemos ser selectivos con lo que nos gusta y con lo que no: lo que está bien para nosotros, simplemente está bien porque así lo creemos. Pero ellos no son ciegos y ven la hipocresía del occidente postmodernista, donde Dios es negado y las raíces judeo-cristianas abandonadas, donde todo gira en torno al ser humano, el nuevo “dios”. Observan la corrupción moral y política de sus dirigentes. Contemplan las desigualdades sociales, donde miles de familias sin recursos económicos son desahuciados de sus viviendas y tienen que recurrir a comedores sociales, mientras otros viven prácticamente en un paraíso terrenal. Contemplan un mundo donte el aborto se considera un derecho. Contemplan a millones de personas a las calles para manifestarse en contra del terror que provoca el fallecimiento de varias decenas de individuos, mientras nadie mueve un dedo por países como Siria, enfrascada en una guerra civil con más de 200.000 muertos, y cuyo dirigente sigue en el poder a pesar de haber usado armas químicas contra su propio pueblo.
Contemplan la doble vara de medir la realidad: “asesinato de inocentes” cuando los fallecidos son occidentales y “daños colaterales” cuando los países de la OTAN bombardean alguna ciudad, sin ningún tipo de compensación o ayuda para los familiares de las víctimas. Se denuncia las condiciones de esclavitud y de “obra de mano barata” de los trabajadores que construyen los estadios de fútbol de Qatar, pero no hay problemas en organizar el Mundial allí por intereses económicos. Se denuncia la falta de libertades sociales de las mujeres en Arabia Saudí, pero se firman acuerdos comerciales multimillonarios con sus líderes. Los políticos más poderosos del mundo organizan eventos donde, con caras largas y serias, señalan los horrores de tal o cual guerra, al mismo tiempo que venden tanques, aviones, fusiles y todo tipo de artillería pesada. Se critica a determinados estados por la violación sistemática de los derechos humanos, al mismo tiempo que se hacen negocios con ellos que reportan miles millones en beneficios. 
Los musulmanes vienen a los países del Mediterraneo y son testigos de cómo miles de jóvenes “adoran” al dios “alcohol”, que necesitan para desinhibirse. Se les critica por tratar a las mujeres como objetos sexuales, cuando aquí el uso de la prostitución está muy extendido por los mismos países que “producen” millones de videos pornográficos, tanto profesionales como caseros.   
Ven a personas que se llaman a sí mismas cristianas que no viven como tales y que incluso se odían entre ellos; los mismos que se burlan del amor que profesan hacia su libro sagrado y que no conocen el suyo propio, como es la Biblia. Nos enojamos cuando les escuchamos clamar por venganza, pero nosotros gritamos de la misma manera cuando somos los afectados. Los tachamos de inmorales por ser polígamos, cuando aquí el adulterio, la infidelidad y el sexo antes del matrimonio están a la orden del día. Los menospreciamos por sus túnicas o porque llevan un pañuelo en la cabeza, pero aquí no hay ningún problema en vestir sin pudor. Nos reímos de sus creencias por considerarlas infantiles, pero creemos en el Horóscopo, el Tarot y demás métodos de “adivinación”. 
Los occidentales consideran que su “ética” es la correcta y deseable, pero que la de los musulmanes es inadmisible. ¿Pero de verdad creemos que ellos son ciegos y “bobos”? ¿Qué Occidente es, en general, un “mundo mejor” para vivir? Es evidente. Pero la verdad es que, ante todas las circunstancias señaladas y ante toda esta hipocresía, buena parte de Occidente no tiene ninguna autoridad moral para indicarle a los musulmanes cómo tiene que pensar, sentir y vivir.
Está claro que el Islam no es el único problema de este mundo. Querer culparlos de todos los males es pura ceguera y reducirlo todo a “héroes” (nosotros) y “villanos” (ellos). El capitalismo voraz, el hedonismo, el materialismo, el egoísmo personal, la mentira, las dictaduras y los estados totalitarios, la hipocresía, la doble ética o la ausencia de ella, la xenofobia, la corrupción de menores desde los mismos medios de comunicación, el consumo de drogas, los empresarios que solo miran por sus intereses, las desigualdades sociales, las enfermedades causadas por la misma perversión sexual, e incluso las versiones distorsionadas del cristianismo, nos dan una visión global de la maldad del ser humano en general. Es la sociedad que hemos construido entre todos y es el precio que estamos pagando. No es para estar muy orgullosos. Nos seguimos matando por una bandera y por nacionalismos, por pedazos de tierra, por las ansias de poder, de dominio y de grandeza que abusa del débil, por los recursos naturales y por los sentimientos de superioridad respecto a otras etnias. Todo como consecuencia de la maldad innata que habita en el corazón de cada ser humano, y que se expresa de diversas maneras. En nuestro interior residen tanto la luz como las tinieblas.

La misma solución para todos
Como cristiano que soy, repito la palabras que pronunció Pablo en Atenás hace 2000 años: Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia” (Hechos 17:30-31). El texto es claro: A todos los hombres en todo lugar. ¿Por qué?: Porque Él “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2.1-6), ya que Él los ama a todos. Ahí está Su grandeza.
Esto va dirigido a todas las personas, sean de Occidente o de Oriente, del Norte o del Sur, sean musulmanes, ateos, agnósticos, filósofos, budistas, cristianos que no han “nacido de nuevo”, mormones, Testigos de Jehová, etc.
Si no crees que Jesús es la Encarnación de Dios y piensas que los acontecimientos narrados en el Nuevo Testamento son falsos, y hasta el día en que yo mismo escriba del tema, lo único que puedo es suplicarte que estudies profundamente aquellos escritos de apologética que defienden lo contrario. Por su claridad y brevedad, te recomiendo simplemente dos libros: “3 preguntas clave sobre Jesús”, de Murray J. Harris, y “Más que un carpintero”, de Josh MacDowell[2]. Hay mucho en juego.
Si eres de los que sí lo cree, pero piensas que no haces nada malo (o al menos “no mucho”), que nadie puede quejarse de ti, que no tienes maldad alguna, y todo esto te suena a chino, te remito aquí para que pueda explicarme:
Espero que te sirva.