martes, 17 de mayo de 2016

Quiero ser monja: ¿Podemos tener una doble cara y una doble vida?


Si escuchas atentamente a cualquier joven y no tan joven en el presente, identificarás rápidamente cuáles son sus intereses, gustos, aficiones y prioridades, algunas saludables y otras no tanto: novios y novias, amistades, multitud de diversiones, fiestas, bailes, estudios, ropa, sexo, redes sociales, discotecas, pubs de moda, música, viajes, excursiones, vacaciones, compras, cine, series y programas de televisión, deportes, gimnasio, alcohol, Internet, videojuegos, etc. Son el «ABC» que ocupa su mente y prácticamente la totalidad de su tiempo, teniendo un conocimiento increíble sobre estos asuntos. Junto a las alegrías, tristezas, problemas y vicisitudes que se les van presentando en sus vidas, para la inmensa mayoría de ellos buena parte de lo citado es «su todo». Viven el día a día, enfocándose en sus metas y luchando por sueños futuros, pero de ahí no pasan.
Encontrar personas con inquietudes y genuinamente interesadas en hallar respuestas a temas trascendentales es un verdadero milagro. Se fascinan antes por los ovnis, las casas encantadas, las teorías de la conspiración, los illuminatis, las filosofías orientales y demás cuestiones estrafalarias. Algunos sí se las plantean de vez en cuando, pero no van más allá de breves conversaciones y de lanzar frases filosóficas al aire. Se quedan en las interrogantes, tanto por el rechazo que les provoca la religión organizada tradicional sea católica o evangélica, como por la idea que les han vendido desde el humanismo de que la creencia en un Ser superior es un pensamiento ancestral de nuestros antepasados cavernícolas no evolucionados.
Cuando les desarrollas una realidad diferente, la mayoría se pone a la defensiva: «También hago cosas buenas»; otros pasan directamente al ataque: «¿Y tú qué?», «A ti te han lavado el cerebro»; y los menos te reconocen que llevas razón porque no suelen reflexionar sobre determinadas materias.

Personas que salen de la norma
La rareza está en la minoría de individuos que se hacen preguntas impropias de su edad y no se quedan en la simple formulación de las mismas, sino que buscan las respuestas más allá de la superficialidad que nos invade. En este caso, cinco chicas se plantean cuál es la manera concreta en que pueden servir a Dios, puesto que la vida no se resume únicamente a esas actividades que parecen programadas por la sociedad para nuestro consumo y disfrute. Ese es el verdadero trasfondo apasionante e interesante del programa Quiero ser monja, más allá de lo desacertado de algunas de las doctrinas del catolicismo romano que se muestran sutil o directamente en el espacio (mariología, eucaristía, misa, confesión, vida monástica, etc.). 
Sé que en un principio puede ser difícil tomarse en serio un espacio televisivo que usa de música de fondo en la primera aparición de las monjas la banda sonora de 28 semanas después (una película de zombis), o una pieza de la cinta de ciencia ficción Interstellar cuando tuvieron que entregar sus móviles al entrar en el convento de clausura. Puede que fuera casualidad, pero creo que no me equivoco si afirmo que ese tipo de detalles son parte del curioso humor de los productores queriendo llamar la atención para vender el producto, aunque hay que agradecerles que no hayan tomado el camino del morbo, que hubiera sido lo fácil. Pero si quitamos este tipo de añadiduras y algunas situaciones un poco ridículas, nos queda un pozo amplio para reflexionar profundamente en el sosiego de nuestra mente.
El simple hecho de escuchar de la boca de jovencitas, de entre veinte y veintitrés años, pensamientos bien hondos es digno de destacar y analizar. Quizá tú seas como ellas. Quizá te hagas las mismas preguntas. Quizá te plantees los mismos temas. Quizá quieres ir más allá de la superficialidad que te rodea. O quizá, hasta ahora, no te has cuestionado nada, pero quieres dar el primer paso y este puede ser tu momento. Personalmente, me he sentido muy identificado con estas chicas porque me recuerdan muchísimo a mi adolescencia: las mismas inquietudes, la misma sensación de que «algo falta» y la misma búsqueda del sentido de la vida. Mi «hallazgo» personal ya lo expliqué en Buscando el sentido a la existencia (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/04/mi-historia-buscando-el-sentido-la.html).

Ideas iniciales
La inmensa mayoría pensará que ellas son bichos raros, pero basta con ver sus vidas en general para contemplar que son como cualquier otra persona de la sociedad occidental: son estudiantes o trabajan (Fernanda, veintitrés años, auxiliar de enfermería), tienen sentido del humor, les gusta la música, cantan (Jaqui, veintidos años, estudiante de filosofía), se maquillan, una tiene novio (Juleysi, veinte años, estudiante de moda), otra fue modelo (Janet, veintitrés años, administrativa) y, en términos generales, son cariñosas, alegres, espontáneas, naturales, simpáticas y bromistas como Paloma (veinte años, estudiante de Educación Social).
Puede parecer que unas se lo toman más en serio que otras o que alguna sobreactúa, pero creo que no es así y que la apariencia depende del carácter personal (extrovertido en unas e introvertido en otras), de su educación y de su cultura original (hay dos sudamericanas). Sea como sea, la conclusión es que son de carne y hueso, con sus virtudes y defectos, puesto que incluso entre ellas tienen sus tensiones, roces y berrinches. Podrán caernos mejor o peor según nuestros gustos y preferencias, pero a todas les otorgo el beneficio de la duda y prefiero pensar bien de ellas.
Esto lo digo porque en internet ya he leído a los típicos burladores penosos que no tienen otra cosa que hacer que reírse de ellas de manera hiriente y considerarlas como fanáticas religiosas. Es triste y lamentable que, por ejemplo, algunos hayan tratado de descalificar la búsqueda espiritual de Janet por su pasado como modelo. Lo que no saben estos individuos llenos de prejuicios es que son esclavos, viven en tinieblas y están perdidos, mientras que ellas son libres en su búsqueda de la verdad, y por eso se muestran emocionadas y nerviosas.
Para mí, el hecho de que se planteen si quieren ser monjas es solo el velo que oculta lo que anhelan en realidad: todas quieren plenitud, propósito y felicidad. Ni más ni menos, lo que cualquier persona con sentido común de este mundo desea. Aunque estoy totalmente convencido de que el camino que se propone es errado, pienso que como exploración les puede servir para hallar el fin. Por eso, para lo que quiero exponer, me sirve perfectamente contar sus vivencias. Así que, para empezar, si eres un «buscador» o una «buscadora», partamos de las palabras iniciales de algunas de ellas:

«Dios tiene que estar en el centro de mi mundo. Si no está Él, mi mundo se derrumba» (Juleysi).
«Desde pequeña siempre he sentido que Dios me pedía algo más. [...] Cristo es mi hombre, eso siempre lo he tenido claro» (Paloma).
«Para mí lo más importante, aunque suene muy friki, y muy raro, y la gente no me va a entender, e incluso me diga que estoy loca, pues lo más importante es Dios. [...] La locura de Jesús es dejarlo todo por amor. Yo quiero seguir esa locura [...] Dios es un Dios vivo que lo podemos ver sobre todo por Jesucristo»  (Fernanda).
«Jesús es como mi amigo» (Jaqui).

Sin contar las estrofas de canciones, puedo contar con los dedos de una mano las veces que he oído a mujeres tan jóvenes hablar de esta manera. Es todo un logro que haya personas que lleguen a tomar conciencia de que nada de lo que hay en el mundo les puede llenar su ser interior y ofrecer un propósito para la eternidad. Lo que más suele darse es justo lo contrario: aquellos que rompen con todo, pero en el sentido negativo, dedicándose a vivir en «los deleites temporales del pecado» (Hb. 11:25): se alejan de los verdaderos cristianos para no sentirse mal en presencia de ellos, ya que no tienen nada en común y se juntan con los que viven igualmente en tinieblas; dejan a Dios por completo si es que alguna vez supieron algo de Él y cambian su manera de pensar, transformando así su manera de ser y vivir de manera progresiva.
Así que, visto este contraste, a día de hoy, por lo que respecta a estas chicas, Chapeau; me quito el sombrero ante ellas. El grado de sinceridad o lo que hagan en unos años ya es cosa suya. Lo que sí deseo y espero es que se tomen más tiempo para reflexionar como en el caso de Paloma y Fernanda, que ya han decidido sin basarse tanto en la experiencia que han vivido.

Enfoque errado
Reconociendo con toda naturalidad que las monjas son fieles y consecuentes a sus creencias, que realizan una EXTRAORDINARIA obra social, y que las que han aparecido en el programa eran muy cariñosas y emotivas, el problema del programa reside en que la esencia y premisa principal es al mismo tiempo su mayor equivocación, ya que se hace creer que la vida cristiana tiene dos compartimentos: la consagrada y la no consagrada, la religiosa y la no religiosa, la espiritual y la no espiritual. Este es un error que arrastra el catolicismo romano desde hace siglos.
Para muchos de sus fieles puesto que les han educado así, la vida espiritual consiste en asistir a misa, comulgar, rezar, guardar algunas fiestas conmemorativas, hacer buenas obras o participar en romerías. Sutilmente, en la mentalidad de algunos de nosotros también se ha infiltrado dicha idea, al creer que la consagración está enfocada exclusivamente en participar frecuentemente de los cultos, cantar, orar, evangelizar, etc. Mientras más intervenga el cristiano en todo esto, más consagrado estará. Esto es lo que creemos o nos han hecho creer. Parece que el resto de los aspectos de la vida son secundarios, como si Dios no le concediera importancia a lo que hagamos o dejemos de hacer fuera del local de reunión de la iglesia local, y eso no es así.
En términos bíblicos, no hay distinción entre ambos aspectos. La misma Teresa de Jesús dijo que «también entre los pucheros anda el Señor». Para el creyente, toda su vida tiene una connotación espiritual. Tampoco existen ocupaciones religiosas y no religiosas. Para el cristiano, todas lo son. Pablo dijo: «Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col. 3:23). ¡Todo! ¡Sin distinción entre una parte de la vida y otra!
En la vida del «nacido de nuevo» no hay partes consagradas y partes no consagradas. De las acepciones del diccionario respecto al término consagrado, la que concuerda con el pensamiento de Dios es: «Dedicarse con especial esmero y atención alguien o algo a un determinado fin».[1] La vida consagrada no es una posesión exclusiva de aquellos que se dedican a ministerios reconocidos o a labores consideradas espirituales en lugares teóricamente sagrados. Incluye también a todos los cristianos: al padre que provee para las necesidades de su familia, al pediatra que cuida a los críos como si fueran sus propios hijos, a la ama de casa que se esfuerza por educar emocionalmente sanos a sus hijos y al joven que es honrado y ayuda a los demás según sus posibilidades económicas.
Recordemos que desde el Nuevo Pacto el sacerdocio incluye a todos los creyentes que han nacido de nuevo. Para el Señor, todos los cristianos somos «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 P. 2:9). Además, hay muchas maneras de servirle: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef. 2:10). Comprender esta idea tan clara nos llevará a no compararnos ni a dejarnos arrastrar por sentimientos de superioridad o inferioridad ante otros hermanos en Cristo.

La doble cara
No entender esta clara realidad lleva a muchos a comportarse de una manera u otra en función de la actividad realizada y del lugar donde se encuentren. Por citar un ejemplo muy reciente: cuando el futbolista Neymar ganó el mundialito con su club el pasado mes de diciembre, apareció en la celebración con una cinta en la frente donde ponía 100% Jesús, mientras supuestamente oraba de rodillas. Sin embargo, aunque en sus entrevistas cita a Dios por aquí y por allá sobre cuán importante es para él, luego le vemos llevar una vida desordenada, de fiestas, de despilfarro y derroche de dinero, de fraude fiscal, de patadas y de faltas de respeto e insultos graves a los rivales.
Como cristiano, me irrita y siento vergüenza ajena del mal ejemplo que ofrece alguien que dice serlo cuando en la televisión leo en sus labios los “piropos” que le dedica a los jugadores del equipo contrario. Y ante esto no valen de nada las citas bíblicas que escribe en sus redes sociales, como cuando copió Efesios 6:11: «Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo».
Nunca me ha valido ese dicho que citan los futbolistas: «Lo que ocurre en el campo, se queda en el campo». ¡Ni que tuvieran doble personalidad como Gollum! En lugar de reconocer sus errores, es la manera que tienen de quitarle hierro al asunto y de  excusar el mal comportamiento en el terreno de juego, alejando de ellos la culpa. En el caso del brasileño, las críticas que recibe no son por su supuesta fe que me cuesta muchísimo creer, sino por su conducta y estilo de vida. Lo triste es que mientras marque goles esto no le importa a muchos. Quizá él sea otro de los que piensa que Dios no está fuera del local de reunión de la iglesia. No quiero hacer leña del árbol caído y ojalá cambie ese es mi deseo, pero en el presente su comportamiento habla bien alto.
Esto mismo lo vemos en personas que no son famosas: creyentes que tienen una vida eclesial activa, pero tienen noviazgos de yugo desigual y relaciones sexuales prematrimoniales, usando como excusa extrañas interpretaciones de las Escrituras; personas muy “santas” cuando se reúnen con otras de su misma fe, pero que en su trabajo les falta integridad, que no les importa ser “chapuceros” o contar chistes verdes; cristianos que ofrendan sistemáticamente, pero luego se quedan con el dinero que se encuentran en una cartera perdida o el que no les pertenece tras la devolución errónea de una dependienta en el supermercado; oradores que claman con los ojos llenos de lágrimas por la conversión de los que no conocen al Señor, pero que luego exudan fuego al afirmar que ellos no oran por los gobernantes y que desean el exterminio de algunas etnias del planeta. 
Vemos también a fieles que toman la santa cena de forma ceremoniosa y con caras serias cuando horas antes tenían las venas llenas de abundante alcohol y los pulmones de la nicotina del tabaco; hombres que los domingos saludan con un puro y casto beso a las damas cuando el sábado por la noche tratan de seducirlas; mujeres que visten con total elegancia en las mismas reuniones, pero que cuando salen a cenar esconden bien poco de su anatomía en su búsqueda de atención y admiración; chicos que hablan con un respeto reverente en presencia de sus mayores, pero cuando ven un partido de su equipo favorito abundan las palabras malsonantes y los vulgarismos escritos en Twitter o en grupos de WhatsApp. Todos ellos deberían saber que la bipolaridad espiritual no puede tener cabida dentro del verdadero cristiano.
Días antes de terminar este escrito, tuve un sueño más bien una pesadilla donde me veía a mí mismo en mi época de estudiante. No sé si influenciado por llevar varios días reflexionando sobre este tema, aparecía un antiguo profesor que era un ejemplo más de lo que estoy describiendo. Aunque era sumamente religioso, tanto en persona como en el aula era una mezcla de ogro y vampiro: aterrador y desagradable, hasta el extremo de que parecía disfrutar humillando y menospreciando a los alumnos (de entre quince y diecisiete años), con los que incluso llegó a tener más de un altercado serio. Pero claro, para la mayoría de nosotros era la “autoridad” y nadie se atrevía a levantar la voz, puesto que en aquellos tiempos el maestro siempre tenía más crédito y se le daba la razón (todo lo contrario que ahora). La realidad es que nunca soporté esa doble cara y lo consideraba un hipócrita, así que lo evité todo lo que pude, aunque intuyo que por la expresión de mi cara ante él sabía que no era de mi simpatía.
Ante personas así no puedo disimular. Como dice Jaqui: «Hay gente que es muy “creyente” y se sabe la historia de la creación de pe a pa, van a misa cada domingo, y luego no son capaces de estar bien en su entorno familiar o de ayudar a un amigo». Lo mismo podría aplicarse a otros creyentes de la otra rama cristiana, evangélicos de culto diario y que actúan igual.
Como todos estos modelos, nos encontramos centenares de historias de individuos que toman de la Biblia lo que quieren y cuándo quieren, obedeciendo únicamente lo que les gusta. Y no me refiero al que lucha contra su naturaleza caída, tropieza y se levanta tras arrepentirse, sino al que actúa así por norma.
Todo esto significa que no podemos tener una doble cara ni comportarnos de manera diferente en función de la tarea realizada y del lugar donde nos encontremos. Tenemos que ser iguales siempre. Como dijo Gandhi: «La vida es un todo indivisible». La integridad que mostramos en las llamadas actividades eclesiales debe ser luego la misma en los estudios, en el trabajo y en las relaciones personales. Nuestra obediencia a la Palabra de Dios no debe variar según nos convenga, obedeciendo algunos mandamientos y pasando por alto otros de manera voluntaria.
La santidad que mostramos ante el resto de creyentes debe continuar entre los incrédulos y cuando estamos a solas. Nuestro vocabulario debe ser puro independientemente de con quien hablemos. Y así en todas las demás cuestiones en que seamos partícipes: política, deportes, aficiones, etc. Lo contrario sería una especie de postureo religioso.

Vocación: Hablando a todas
¡Hay tantas cosas que me gustaría decirle a las chicas de Quiero ser monja y a los que piensan como ellas! Casi con total seguridad no me leerán ni sé la manera de hacerles llegar este escrito—, pero espero que presten atención aquellos que tienen sus mismas incertidumbres:

1. La vida entera como escenario
Como dejamos claro, la consagración, religiosidad oespiritualidad no está limitada a una actividad o lugar. Toda la vida lo es o no lo es. No hay término medio. La vida cristiana comienza con el nuevo nacimiento. Ni antes ni de ninguna otra manera. Es a partir de ahí donde cada uno debe encontrar la manera de servir a Dios según los dones que ha recibido.
En términos bíblicos, no hay dos compartimentos ni distinción entre el cristianismo clerical y el laico. Existen diversos ministerios y funciones, algunos muy visibles y otros no tan llamativos, pero no por ello menos necesarios y significativos. Lo vemos claramente en uno de los muchos ejemplos vistos en el Nuevo Testamento: unos se dedicaban a servir a las mesas de las viudas y otros a predicar el Evangelio (cf. Hch. 6:1-5).

2. Fe sin barreras ni rejas
La vida de un creyente no implica vivir como un amish o en un monasterio como asceta con otros creyentes sea en una vida activa o contemplativa, ni hacer voto de silencio, no tener espejos o besar el suelo. Y mucho menos con una reja de separación. ¿O alguien se imagina a Jesús visitando a sus amigos y familiares con unos barrotes de por medio? Todo esto son mandamientos humanos. Por mucho que lo crean las monjas de clausura, Dios no llama a nadie al enclaustramiento y eso no significa que las personas no estén oyendo Su voz porque no quieran vivir así. Mezclar lo uno con lo otro es un nuevo error. Tampoco es la manera exclusiva de hallar la paz y la felicidad como algunas de las protagonistas afirman, ya que esto es parte del fruto del Espíritu (cf. Gá. 5:22) y accesible a todo cristiano verdadero como Jesús explicó en las bienaventuranzas (cf. Mt. 5:2-12), independientemente de las circunstancias. Lo comprobaréis al estudiar detenidamente los Hechos de los Apóstoles y las cartas del Nuevo Testamento.

3. Luz en medio del mundo
Tened en mente un simple hecho histórico: el movimiento monástico surgió en primer lugar en el desierto en el siglo IV como reacción al paganismo que se introdujo en el cristianismo y a las falsas conversiones cuando esta religión se convirtió en la oficial del Imperio con Constantino. La moralidad y la espiritualidad cayeron sobremanera, hasta el extremo de que muchos verdaderos creyentes decidieron alejarse del cristianismo estatal para vivir una vida pura como ermitaños. En términos humanos, era comprensible. 
La realidad es que Cristo no nos llamó a vivir apartados por miedo a contaminarnos del pecado, sino a ser luz “en medio” de las tinieblas sin ser arrastrados por ellas, como Él mismo hizo, junto al resto de cristianos de los primeros siglos: «Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt. 5:14-16).

4. Moderación y equilibrio personal
No hay nada malo per se en maquillaros con sencillez y no tenéis que vestir con hábitos. Jaqui lo señala claramente: «No vas a ser peor persona o mejor si vas sin maquillaje que con». Se nos llama a renunciar al pecado, y en este tema en particular el equilibrio está en huir de la vanidad y en ser moderadas dentro de vuestra propia elegancia (¿Cómo debe vestir una mujer cristiana?: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/10/77-como-debe-vestir-una-mujer-cristiana.html).

5. Uso sabio de la tecnología
Podéis tener un móvil y sacarle utilidad sin problemas, siempre que no se convierta en la “droga” que es para muchos que no pueden dejar de mirarlo cada cinco minutos y viven pegados a él como una extensión de su cuerpo (vosotras mismas confesáis que sois adictas; ese es el problema y no otro). E igualmente podéis disfrutar de todo lo sano que Dios ha creado para nosotros sin ataros por ello (¡Vive! Disfrutando sanamente: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/01/81-vive-disfrutando-sanamente.html).

6. Dios y familia son compatibles
No tenéis que renunciar a vuestra familia como algunas creéis. Seguir a Dios no significa elegir entre Él y la familia. Son compatibles. Pedro dijo que él y el resto de apóstoles lo dejaron todo para seguirle (cf. Mr. 10:28), pero esto no incluía abandonar a sus esposas (cf. Mt. 8:14; 1 Co. 9:5). Puede que, por ejemplo, un misionero tenga que escoger un estilo de vida que le impida pasar mucho tiempo con su familia natural, pero tampoco esto es sinónimo de «adiós, hasta nunca».

7. Un llamado universal al servicio
Habláis de dar y entregar amor, de ayudar a los pobres escuchándolos, de llevar a cabo obras sociales, de transmitir valores que se han perdido, de servir a la humanidad, etc. Y lo lleváis a cabo. Admirable. Pero os vuelvo a decir que ese es el llamado a todo cristiano, no solo a un sector pequeño y en concreto, ni tampoco exclusivo a los que están consagrados a una parroquia: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Ef. 2:10). Hay muchas maneras de servir a Dios (¡Vive! La réplica a la sociedad: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/01/82-la-replica-la-sociedad.html).

Vocación: Hablando a los que piensan como esas chicas
A Jaqui: «Me llena (la Biblia), es como escuchar música. Me ha enseñado a hacer todo con amor, hasta ponerme los guantes para limpiar un retrete lo hago con amor». Poco más que decir a esas palabras. Si acaso, aconsejarte que todo lo que otros te enseñen de ella lo compruebes por ti misma (el amor que te ofrezcan no es garantía absoluta de que lleven la razón), no olvidando nunca el contexto de los pasajes y la enseñanza global de las Escrituras, puesto que muchos cometen el error de tomar varios textos sueltos y establecer a partir de ellos una enseñanza.
Tanto a Jaqui como a Janet como sois hermanas os pediría que, para empezar, aclaréis la base de vuestras creencias y en qué os basáis para ellas. Esto lo digo porque tenéis muchas ideas de otras religiones y de filosofías orientales, y se os nota claramente cuando habláis de energías, vibraciones, encarnaciones, en el intento de Janet de querer hacer el Ramadán o en las palabras de Jaqui: «Para mí la religión es amar, entonces qué más da que seas de una o de otra». Vuestra doctrina debe basarse en la Biblia o no hacerlo, pero no es posible hacer un sincretismo de diversos credos. Jesús fue claro al respecto: «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn. 8:31-32).

A Janet, quien dijo: «Creo que ser monja es una forma de ser feliz a contracorriente». Ser feliz contracorriente es mucho más que ser monja o fraile, ni tampoco es algo único para los que eligen este tipo de vida. Ir contracorriente es pensar, sentir y vivir de la manera en que Dios enseña, tan opuesta a la que este mundo predica a los cuatro vientos: «No vivan ya según los criterios del tiempo presente; al contrario, cambien su manera de pensar para que así cambie su manera de vivir y lleguen a conocer la voluntad de Dios, es decir, lo que es bueno, lo que le es grato, lo que es perfecto» (Ro. 12:2; DHH). Esa es la verdadera libertad.
Por otro lado, investiga y reflexiona sobre todos los temas que te han enseñado. Si tanto a tu hermana como a ti os choca que haya imágenes de oro en un templo, puede que haya más cuestiones que no te cuadren al compararla con las enseñanzas de Jesús.

A Juleysi: Su mayor duda es que no sabe si elegir a Dios o a su novio: «Todavía no tengo claro a quién quiero más. A los doce años quería ser monja y es una duda que debo resolver: descubrir si quiero pasar mi vida con Dios o con Alberto». La respuesta a esta duda que la carcome es muy sencilla: como ya dije respecto a la familia, servir a Dios y estar casado no es incompatible. No tienes que elegir entre el Altísimo y el amor, entre un chico y la fe. No todos los cristianos tienen que permanecer solteros y célibes. Así lo enseñó Jesús: «No todos son capaces de recibir esto, sino aquellos a quienes es dado» (Mt. 19:11). Pedro mismo estaba casado (cf. Mt. 8:14) e incluso otros apóstoles iban acompañados de sus esposas: «¿No tenemos derecho de traer con nosotros una hermana por mujer como también los otros apóstoles, y los hermanos del Señor, y Cefas?» (1 Co. 9:5).
Ten presente otro dato histórico: no fue hasta el año 1123, en el I Concilio de Letrán, que la Iglesia católica prohibió el matrimonio, lo cual no tiene ningún apoyo bíblico, más bien nos avisa de tal equívoco (cf. 1 Tim. 4:3) que ha traído innumerables desgracias.
Tú misma señalas que amas a Dios un poco más que a tu novio. ¿Algún problema? ¡Ninguno! ¡Ese es el orden correcto! ¡A eso resumió Jesús los dos grandes mandamientos!: «El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos» (Mr. 12:29-31). Mientras más ames a Dios, más amor tendrás de cara a tu pareja.
Ese es un tema bastante claro. Ahora bien, no es esa la pregunta que tienes que hacerte, sino otra que ya le planteas a tu novio justo al final del último programa: él no es creyente y vais a chocar si eso no cambia. Dices que lo amas, pero debes meditar seriamente en este texto: «No os unáis en yugo desigual con los incrédulos» (2 Co. 6:14). Es ahí donde verás qué tienes que hacer con esa relación. En el caso de que tú hayas nacido de nuevo (materia que tienes que investigar), si él da el paso de fe, la respuesta es sencilla. Pero si no se da el caso... De ahí la importancia de que lo analices cuanto antes. Recuerda que estas palabras de Pablo son un mandamiento, no un consejo o una sugerencia. Si quieres profundizar sobre este tema, te emplazo a Enamorado de un inconverso: ¿Es posible que suceda? (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/07/91-enamorado-de-un-inconverso-es_96.html) y Cuando algo no sintoniza (http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/07/92-enamorado-de-un-inconverso-cuando.html).

A Paloma: «Yo siento que Cristo es mi hombre. Para mí está vivo y me he enamorado de Él». La que más me ha impresionado de todas. Te llaman muchísimo los votos de voto de pobreza, castidad y obediencia en el que viven las monjas. El segundo ya lo comenté, y el primero y el tercero es algo que, de manera equilibrada, enseña la Biblia para todos los creyentes una vez más: sin opulencias y obedeciendo a Dios en Su Palabra. Generosidad y contentamiento, se tenga mucho o poco.
Es la manera en que vivía Pablo, fuera cual fuera su circunstancia: «No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil. 4:11-13).
Como hago con las otras chicas, sí te animo de corazón a que revises a la luz de TODA la Escritura cada una de las doctrinas que has aprendido en el catolicismo en general y en el camino neocatecumenal en particular.

A Fernanda: «Un día en misa sentí que no hablaban de San Pedro, sino de mí. Sentía un fuego por el pecho. Hablé con sacerdotes y me dijeron que era claramente una llamada divina». Para no repetir todo lo anterior (que no hace falta ser monja para encontrar el propósito y la vocación), añado un único apunte: el modo de servir a Dios (que citas como la llamada divina) debe estar en consonancia con lo que enseña la Biblia y no tanto por emociones o sentimientos, que no son un buen baremo para medir la espiritualidad. Como al resto de tus compañeras, te recomiendo fervientemente que estudies por ti misma la Palabra sin prisas ni ideas preconcebidas. Que sea Dios quien te guíe, no las opiniones de terceros (por muy buena fe que tengan) o la cantidad de personas que crean lo mismo. Esto es algo entre Dios y tú, y nadie más.
Puedes empezar escudriñando qué es, según el Nuevo Testamento, la Iglesia. Y lo más importante es qué tiene que ver la muerte de Cristo en la cruz contigo y su relación con tus propias palabras: «Me considero una persona muy insignificante, bastante pecadora y no del todo buena». Nada mejor para descubrirlo que las cartas a los Gálatas y a los Romanos.
Sobre el tema de los chicos («Me encantan, pero no son imprescindibles»), te remito a la respuesta ofrecida a Juleysi, aunque añado un pequeño apunte: el único que completa es Dios, no una pareja; esta, en todo caso, lo que hace es “complementar”. Entender la diferencia entre ambos conceptos es fundamental para no caer en el error que vende la sociedad con la idea de la media naranja (¿Incompletos sin pareja?: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2015/04/2-incompletos-sin-pareja.html).

Espero que todos aquellos que se encuentran en la búsqueda de su vocación y de la verdad la encuentren. Es una promesa de Dios si el deseo del corazón es genuino: «Me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón» (Jer. 29:13).
Por lo demás, mostremos una sola cara sin dividirnos en dos. Seamos verdaderamente genuinos.

Actualización 2026: Han pasado diez años desde que escribí estas líneas originales. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, sabemos que ninguna de las cinco jóvenes (Juleysi, Janet, Jaqui, Paloma y Fernanda) llegó a profesar como monja. Todas ellas, tras aquel intenso periodo de discernimiento y exposición mediática, decidieron seguir a Dios —o buscar su propósito— desde sus profesiones, sus familias y su vida cotidiana en la sociedad. Esto no invalida su sinceridad de entonces, pero confirma que el “fuego” de la emoción necesita la “roca” de la Palabra y una base bíblica sólida para no ser solo un refugio temporal.

lunes, 9 de mayo de 2016

¿El mundo no necesita un Salvador?



Venimos de aquí: Las abismales diferencias entre Jesús y Superman: http://usatumenteparapensar.blogspot.com.es/2016/04/las-abismales-diferencias-entre-jesus-y.html

Una vez que analizamos profundamente las gigantescas diferencias entre Jesús y Superman, hoy llegaremos a la conclusión de que el mundo –incluyéndote a ti y a mí- necesita un Salvador y un corazón transformado.
La Escritura es suficiente por sí misma y no voy a añadir nada a ella, pero volveré a usar en parte a un icono de la cultura popular –que, como ya expliqué, me infunde algunos sentimientos al evocar mi infancia- para llegar a ciertas verdades espirituales de una manera amena, al menos a mi parecer. Salvando las distancias, es el método que empleaba Jesús en las parábolas: se servía de todo lo que había a su alrededor, fuera la naturaleza o las costumbres humanas, para llevar a las personas a reflexiones profundas. Como dijo el pastor Quentin Scott: “Si me das la oportunidad de hablar con alguien acerca de Jesucristo, y puedo hacer eso gracias a esta película, se trata de una victoria, porque se trata de la difusión del Evangelio”. Y esto, por mi parte, como he insistido una y otra vez, no tiene la intención de igualar a ambos personajes como han hecho otros, sino realzar sus diferencias para llegar a determinadas conclusiones prácticas.
El cine, la literatura, y otras muchos aspectos culturales son herramientas de nuestra erudición folclórica y me sirvo de ellas cuando la ocasión se presenta. Y eso no significa que desconfíe en el poder de Dios y de Su Palabra, puesto que es ésta la fuente de todo y la que termina hablando al corazón humano. Pero como dije en la primera parte, si no te gusta este método, y como no quiero enojarte ni hacerte perder el tiempo, puedes dejar de leer cuando lo desees. Esto lo digo porque cuando otros autores han escrito del tema usando a esta u otras figuras ficticias, algunos “cristianos” (muy pocos, gracias a Dios) les han soltado todo tipo de improperios, acusándolos de volverse a las fábulas, incluso señalándolos de pregoneros del Anticristo y demás barbaridades, usando contra ellos textos apocalípticos y de condenación, actitudes ante las cuales siento vergüenza ajena. Se puede estar en desacuerdo, pero nunca faltar el respeto a un hermano. Así que si quieres opinar sobre estas líneas, tendrás que leerlas en su totalidad para entender a dónde quiero llegar.

El concepto de salvación
Lois Lane publicó un artículo en el Daily Planet que le valió el premio Pulitzer, con el cual llevaba soñando toda su vida. El título era: “Por qué el mundo no necesita a Superman” (why the world doesn´t Need Superman). Fue su manera de desprestigiar al héroe. Sin embargo, al final de la misma película, nos encontramos a Lois delante de la pantalla del ordenador escribiendo: “Por qué el mundo necesita a Superman” (why the world Needs Superman). En nuestro mundo real, la sociedad se debate sobre si los seres humanos necesitamos un Salvador o no, decantándose mayoritariamente por la segunda opción. Aquí mi reflexión al respecto.
En Superman Returns (Bryan Singer-2006), infravalorada en mi opinión[1], se nos cuenta que el hombre de capa roja y un “S” en el pecho estuvo cinco años viajando por el espacio porque los astrónomos habían descubierto los restos de su planeta y él quiso comprobarlo por sí mismo: “Aquello era un cementerio”, le confesó a Martha –su madre- tras regresar. Su compañera de trabajo y sentimental se sintió desolada ya que él ni siquiera se despidió. Profundamente enojada y dolida, escribió el artículo mencionado. Cuando se reencontraron, Superman le preguntó porqué escribió tales palabras, a lo que ella contestó: “El mundo no necesita un salvador, ni yo tampoco”. El superhéroe se mostró contundente: “Has escrito que el mundo no necesita un salvador, pero cada día oigo a la gente clamar por uno”.
Aquí tendríamos que empezar por definir qué entendemos por “ser salvado”. En términos humanistas, sería como el que vemos continuamente en la saga de películas: salvado de los peligros de la naturaleza, de un accidente de avión, de los planes megalómanos del villano de turno, de los ataques terroristas o de amenazas alienígenas. La misma idea, sin llegar a extremos tan fantasiosos, la encontramos en nuestra sociedad: queremos personas –políticos, empresarios, líderes- que arreglen y cambien el mundo, que proporcionen trabajo, casa, alimentos, electricidad, agua y demás necesidades y bienes a toda la población del planeta.
Si el mundo fuera gobernado de manera justa y equilibrada, quizá no sería un paraíso idílico, pero sí un lugar mucho mejor de lo que es. En Proverbios 29:2 se nos describe claramente y en pocas palabras el porqué de la situación de nuestra sociedad: Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra; Mas cuando domina el impío, el pueblo gime” (Pr. 29:2). Tristemente, son mayoría los impíos que nos dominan. Desigualdades sociales abismales, esclavitud infantil en los llamados países del tercer mundo, explotación laboral y mano de obra barata usada por empresarios sin escrúpulos, una minoría que abarca la mayor parte de la riqueza, poblaciones enteras masacradas por dictadores mientras que la comunidad internacional no mueve un dedo, miles de millones gastados en armamento que acaban en manos de terroristas, etc.
Este que hemos descrito es el concepto de “salvación” que solemos tener en mente, puesto que nos gustaría ser salvado de todo eso. Hay otro grupo de personas que entienden la salvación como algo más profundo, como una cuestión referente a sus emociones internas y necesidades profundas. Son aquellos que se mueren –en términos metafóricos- porque les amen, que les digan cuánto valen, que reconozcan sus méritos y esfuerzos, que curen sus heridas emocionales y sentimentales. Para ellos, eso es ser salvados.

El problema de la salvación
Es cierto que la salvación abarca los dos aspectos que hemos descrito, tanto el externo (el referente a las condiciones sociales y planetarias) como al interno (las emociones humanas). Es la misma salvación que nos encontramos en la Biblia:
1) La redención de la sociedad cuando el “Principe de paz” (Is. 9:6) venga por segunda vez, haga justicia –separando a justos de injustos- y establezca el Reino de Dios en un cielo y una tierra nueva: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. [...] Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda” (Ap. 21:1-3, 6-8).

2) La sanidad completa, junto al cese de las aflicciones y de la muerte: “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Ap. 21:4).

Pero, aún así, el concepto judeocristiano de salvación empieza mucho antes y llega mucho más allá. Me resulta muy llamativa la escena de la primera parte de Superman cuando el protagonista rescata de un árbol a un gatito para entregárselo a su dueña, una pequeña niña. Una manera más de mostrarnos que el superhéroe se preocupaba también de los pequeños detalles, haciéndolo así más cercano a la empatía del espectador. Siendo plenamente consciente de que es una película, con el paso de los años siempre me he hecho las mismas preguntas: ¿Por qué alguien con tales poderes, en lugar de rescatar a un gato, no estaba fulminando con su visión calorífica tanques y aviones de países enfrascados en conflictos armados? ¿Por qué no destruía los laboratorios donde se estaban fabricando drogas que matan a miles de personas en todo el mundo? ¿Por qué no detenía a cada dictador, asesino, violador y malhechor que hay suelto en el mundo? Y así muchos “por qué”. Si yo tuviera esos poderes, es lo que haría, y cualquiera con un sentido mínimo de responsabilidad para con los seres humanos.

¿Paz en la Tierra?
Parece que mis preguntas fueron oídas por el guionista Paul Dini y el dibujante Alex Ross, ya que en 1999 publicaron la excelente Paz en la Tierra, ganadora de los premios Eisner 1999 a la Mejor Novela Gráfica y Mejor Ilustrador, y del premio Harvey  al mejor portadista. En apenas 64 páginas se nos cuenta de manera introspectiva los pensamientos de Superman y el desafío al que se enfrenta: tras llevar a un centro de acogida a una mujer que desfallecía de hambre, el kryptoniano idea un plan para acabar con la hambruna en cada rincón del planeta, presentando su idea ante el Congreso de los Estados Unidos. El mismo nos cuenta sus pensamientos: “Por supuesto, están de acuerdo en que el hambre es un asunto que concierne a todo el mundo, y me aseguran que hacen todo lo que está en sus manos para ayudar. Con todo respeto, les digo que hay otro modo. Con los cultivos maduros sin cosechar en los campos abandonados o con lo que se pudre en los almacenes, América tiene más comida de la que se puede utilizar, pero carece de los medios para transportarla allí donde hace falta. Me ofrezco a llevar ese excedente y distribuirlo a toda la gente hambrienta del mundo a la que pueda llegar en un solo día”. Y así comienza su titánica tarea, una de las que siempre soñé para alguien con tales dones. Lo vemos volando y llevando en peso mastodónticos barcos de carga llenos de toneladas de alimentos a lugares tan dispares como la favelas de Brasil, países de Africa y Asia, incluso a zonas del este de Europa sumidas en la guerra: “vuelo tan rápido como puedo, y cruzo el planeta una y otra vez para mantener mis promesas. [...] A mediodía he regresado a África, con la intención de llegar a cada aldea y poblado remoto”.
Pero poco a poco aparecen los primeros problemas, destacando el ejército de un militar déspota que dice querer la comida para repartirla él mismo, cuando sus verdaderas intenciones es quedarse con ella. Cuando Superman decide no hacerle caso, el militar ordena a sus hombres disparar contra la población. El superhéroe tiene que interponerse, detener las balas y quemar los fusiles con su visión de calor.
Poco después, la situación llega a su límite: “oigo un misil un instante antes de verlo. Debido al peso de la carga que llevo, no me es posible esquivarlo. [...] temerosos de la influencia de un extranjero y decididos a mantener la subordinación de su pueblo, lo líderes de este país han hecho lo único que podían hacer para detenerme. Han envenenado el grano. Carbonizado y tóxico, desaparece entre mis manos. Mi misión termina aquí, incompleta y malograda”.

El verdadero carácter de la salvación & La dificultad de hablar del pecado
Superman fracasó y comprobó sus propios límites. He aquí la reflexión que hizo al respecto: “Oigo las voces de aquellos a los que he ayudado elogiándome por intentarlo. Veo titulares que comentan los efectos, positivos y negativos, de mi misión. [...] ¿De verdad pensé que lo conseguiría? Sabiendo lo que sé de la naturaleza humana, ¿cómo pude creer que todo el mundo aceptaría de buena gana lo que tenía para ellos? [...] El bienestar de la Tierra y de todos sus habitantes siempre será mi interés prioritario. Pero, si existe una solución al problema del hambre, deberá ser una que provenga del corazón compasivo del hombre y que se extienda hacia sus semejantes”, señalando su confianza en los jóvenes, de quienes depende, según él, toda esperanza de auténtica paz en la tierra.
La misma preocupación que mostró en esta novela gráfica el hombre de la “S” en el pecho, es la que mostró Jesús en la realidad, aunque en un espectro más amplio:

- Multiplicó los panes y los peces, en una ocasión dando de comer a más de cinco mil personas y en otra a cuatro mil, en ambos casos mujeres y niños aparte (cf. Mt. 14:13-21; Mr. 8:1-10). 
- Sanó a los enfermos: Y se le acercó mucha gente que traía consigo a cojos, ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó; de manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y a los ciegos ver; y glorificaban al Dios de Israel” (Mt. 15:30-31).
- Calmó a las fuerzas de la naturaleza: “Y despidiendo a la multitud, le tomaron como estaba, en la barca; y había también con él otras barcas. Pero se levantó una gran tempestad de viento, y echaba las olas en la barca, de tal manera que ya se anegaba. [...] Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza. [...] Entonces temieron con gran temor, y se decían el uno al otro: ¿Quién es éste, que aun el viento y el mar le obedecen?” (Mr. 4:36-37, 39, 41).

Aparentemente, el Jesús real y el Superman ficticio tenían los mismos intereses. Pero la verdadera misión de Jesús apuntaba mucho más lejos, como le dijo un ángel a José sobre el hijo que tendría su mujer María: “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.  Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el Señor por medio del profeta, cuando dijo: He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros” (Mt. 1:21-23). Aunque en la nueva tierra habrá animales conviviendo en armonía con los seres humanos (cf. Is. 65:25), Dios no se hizo hombre para bajar gatitos de los árboles, apagar fuegos de centrales químicas o detener a ladrones de joyas (como vemos en las películas de Superman). Aunque Jesús se preocupó –y se preocupa- del bienestar del ser humano, Él vino principalmente para salvarnos del pecado y de la muerte eterna. Este es el verdadero carácter de la salvación. Y ésta –que incluye el regalo de la vida eterna- no depende de los seres humanos, ni ellos pueden salvarse a sí mismos, “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23).
El problema reside en plantearle esta cuestión a las personas del siglo XXI, como bien expone Millard Erickson: Por importante que sea la doctrina del pecado, no es un tema fácil de discutir en nuestros días, por varias razones. Una es que el pecado, como la muerte, es un tema desagradable. No nos gusta pensar en nosotros como personas malas o malvadas. Sin embargo, la doctrina del pecado nos dice que eso es lo que somos por naturaleza. Nuestra sociedad enfatiza tener una actitud mental positiva. Se insiste en acentuar solo las ideas y las consideraciones positivas, las posibilidades y logros humanos. Hablar de los hombres como pecadores es como gritar una blasfemia o una obscenidad en una reunión muy formal, digna y distinguida. [...] Está prohibido. [...] Otra razón por la que es difícil discutir sobre el pecado es porque para mucha gente este es un concepto que les resulta ajeno. Echándole la culpa de los problemas de la sociedad a un medio ambiente nocivo y no a los humanos pecadores, en ciertos círculos se ha hecho bastante poco común el sentimiento de culpabilidad objetiva. En parte gracias a la influencia de Freud, se entiende la culpa como un sentimiento irracional que no se debería tener. Sin un punto de referencia teísta trascendente, no hay nadie más que uno mismo y los demás seres humanos ante los que ser responsable y dar cuentas. Por tanto, si nuestras acciones no hacen daño a los humanos, no hay razón para sentirse culpable”[2].

El corazón del hombre & La necesidad de salvación y el “cómo” de ella
Superman comete un grave error en su deducción, dejando al descubierto su clara filosofía humanista: por un lado apunta que la solución se encuentra en el corazón compasivo del hombre, cuando él mismo señala que sabiendo lo que sabe de la naturaleza humana no conseguiría sus objetivos. La Biblia es clara como el agua al respecto. El remedio no está en nuestro interior ya que el corazón del ser humano no es bondadoso por naturaleza: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jeremías 17:9). Palabras que coinciden con las que Jor-El le dice a Kal-El: El corazón humano sigue siendo víctima de engaños monstruosos”. Este mundo seguirá avanzando en cuanto a descubrimientos tecnológicos, pero nunca lo hará por sí mismo respecto a la naturaleza humana.
Es el mismo error de apreciación que comete Jor-El en las palabras que le expone a su hijo: “Aunque te has criado como un ser humano, no eres uno de ellos. Posees enormes poderes. No te está permitido inmiscuirte en la historia de los seres humanos, aunque sí puedes guiar a otros con tu liderazgo. [...] vive como uno de ellos. Averigua donde son necesarios tu fuerza y tu poder, pero conserva siempre en tu corazón el orgullo de tu origen. Ellos pueden ser un gran pueblo. Desean ser un gran pueblo, solo necesitan la luz que les muestre el camino. Por esta razón sobre todas, por la capacidad que tienen para hacer el bien, te he enviado a ellos, a tí, mi único hijo”. La cuestión es que Dios señala justo lo opuesto:

- Antiguo Testamento: Ciertamente no hay hombre justo en la tierra, que haga el bien y nunca peque” (Ecl. 7:20); “el intento del corazón del hombre es malo desde su juventud” (Gn. 8:21).
-Nuevo Testamento: Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno” (Ro. 3:10-13).

Aquí no estamos hablando de supervillanos, de que seamos terroristas, genocidas o maltratadores de género. Basta con que miremos en nuestro interior. ¡Sí, en el tuyo también! Aunque puedas ser educado y lo que se considera una persona agradable en general, hay ocasiones en que se manifiesta el egoísmo, la envidia, la mentira, la amargura, los celos, etc: El pecado tiene serias consecuencias en las relaciones entre el pecador y Dios. Estos resultados incluyen la desaprobación divina, la culpabilidad, el castigo y la muerte. La muerte física, la espiritual y la eterna surgen de las consecuencias del pecado. El pecado también tiene consecuencias que afectan al pecador individual. Estas son la esclavitud, la huida de la realidad, la negación del pecado, el autoengaño, la insensibilidad, el egoísmo y la inquietud. Estos efectos en el pecador también tienen implicaciones sociales como la competitividad, la incapacidad para identificarse con los demás, el rechazo de la autoridad y la incapacidad para amar. El pecado es un asunto muy serio tanto para Dios como para la humanidad”[3].
Todo lo apuntado son los efectos de nuestra naturaleza caída. Puede que pensemos que la controlemos en la mayoría de las ocasiones, pero está presente en nosotros. Cada uno de los seres humanos tenemos una tendencia innata al pecado. No somos pecadores porque pecamos sino que pecamos porque somos pecadores.
Por eso es suficiente que tengamos un mal día para que todo explote. Es suficiente con un segundo donde nos digan algo que no nos guste para sacar a relucir ese lado oscuro. Basta con ver lo que muchos escriben en las redes sociales fruto de ese impulso: palabras llenas de odio. Son los mismos que luego llevan a cabo obras altruistas y son simpáticos, pero la Ley de Dios es clara: Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Stg. 2:10).
 A lo mejor piensas que eres mejor que los que te rodean. Quién sabe, quizá sea verdad, pero ante Dios eres igualmente culpable, y nada de lo que hagas, ni las mejores obras que puedas imaginar ni la práctica de actividades bondadosas podrán salvarte. Es necesario creer de verdadero corazón que Jesús pagó en la cruz por nuestros pecados: “Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis” (Jn. 8:24). Y esto incluye aceptarlo inexorablemente como verdadero Señor de nuestras vidas.

La historia se parte en dos; la tuya también
Jor-El prohibió taxativamente a Kal-El inmiscuirse en la historia de la humanidad, orden que desobedeció al volver atrás en el tiempo para evitar la muerte de Lois. Jesús no desobedeció en ningún momento: yo hago siempre lo que le agrada” (Jn. 8:29). Es más, Dios Padre envió a Su Hijo para inmiscuirse directamente en la historia de los hombres, hasta el punto que esta se parte en dos: antes de Cristo y después de Cristo. Jor-El dijo que necesitábamos la luz que nos mostrara el camino. Pero esa luz no es Superman ni sus ideales, ni siquiera la respuesta que le ofreció a la pregunta de Lois de la razón por la que estaba aquí: “para defender la verdad, la justicia, y el modo de vida de los hombres”. Esa luz que todo hombre necesita es el mismo Jesús. Él es “el camino, y la verdad, y la vida” (Jn. 14:6).
Mientras tanto, ni todos los superhéroes del universo nos podrán salvar. ¿Qué haremos al respecto? ¿Qué harás tú, apreciado lector? ¿Se partirá la historia de tu vida en dos, o seguirá como hasta ahora? Te toca a ti responder.


[1] Cabe señalar que diversos aspectos de la trama fallan estripitosamente y que le falta más acción (aunque, a mi parecer, la escena del avión es la mejor que se ha rodado hasta ahora del personaje), pero en su conjunto lo considero un punto de vista muy atrevido del personaje, especialmente al lado concerniente a sus sentimientos y propósitos.
[2] Erickson, Millard. Teología sistemática. Clie, p. 578.
[3] Erickson, Millard. Teología sistemática. Clie, p. 614.